El taxista regresó a su casa en el amanecer. Bullía en su mente una regla no escrita «las deudas de juego son deudas de honor». Con sigilo se llevó el tanque de gas. «¡Aquí tienes lo apostado!». Regresó. «¡Levántate, vístete, iremos a comer barbacoa!» misma que le pidió fiada a su compadre. Poco después la mujer se dio cuenta que no estaba el cilindro de gas. Llorando le contó a su esposo, que en el entresueño le contestó: «María deja de llorar y entiende que la delincuencia no descansa» y volvió a dormirse.
El enano dormía. Soñaba que de la playa salían cientos de hombrecitos que hundían sus lanzas en su cuerpo. Despertó chillando de dolor y quitándose las hormigas rojas que seguían aferradas a sus nalgas.
Se levanta impulsado por un olor y apoyándose con el bordón camina hacia las afueras del pueblo. Escucha el grito lejano de los animales del monte.
Va rumbo a la cañada tratando de recordar su sueño. Al pasar por debajo de el zapote, un pájaro aletea cerca y un aroma a plumas queda en su nariz aguileña. Sube con dificultad. La humedad de las lajas lo hace ir lento.
Al llegar a la cima, la luz de la luna proyecta la sombra de la higuera y, abajo, sobre la falda del cerro, se ve el cementerio. Allá, camino al río, vivió con su madre. La visualiza lavando montones y montones de ropa ajena, barriendo la minúscula hoja del tamarindo y dándole a los pollos las sobras de la comida.
Se ve en el patio con su pantalón raído, flaco, mugriento. Aún recuerda cómo un polluelo apresaba con el pico una lombriz y, detrás de él, dos de ellos lo correteaban ferozmente por todo el patio. Se fue tras los pollos, los apresuró hasta que vio que daban vueltas y vueltas, y caían al suelo con los ojos abiertos; piando lastimosamente.
las veces que podía, y burlando la atención de los mayores lo hacía una y otra vez.; hasta que, cierta vez, a mitad de la diversión, se dio cuenta que su madre iba detrás de él con una vara que, al blandirla zumbaba. Se ocultó bajo el guayabo que por estar cargado de frutos sus ramas se doblaban ofreciendo un buen escondite. Tirado en el suelo, percibió el alboroto que hacían las gallinas y una de ellas se vino hacia abajo haciendo caer frutos y media docena de larvas negras y peludas que cayeron sobre su espalda. Cuando empezó a dar gritos de dolor lo sacaron del escondite. Tres días estuvo en cama sacudido por las fiebres.
Tiempo después volvía a las andadas. Buscaba entre los zacates a las aves extraviadas, o bien, las hacía perdidizas para corretearlas en los potreros, o en la ribera del río.
Le hacia sonreír los ojos de espanto y miraba cómo daban vueltas en un piar sin freno que terminaba cuando el ave doblaba la cabeza y caía de lado, dando dos o tres aletazos, antes de morir.
El alba está cerca. Así, en un momento, piensa que está atardeciendo y que no tardará en llegar la noche. En un instante el bordón resbala. Pierde el equilibrio, da varias vueltas. Cae, la inercia lo saca de la vereda. Rueda, rueda. Desesperado intenta asirse de las raíces. Cae hasta el fondo. Respira con dificultad, siente la humedad y el sonido del agua que corre, así como la sombra de un frutal que se recuesta sobre la mitad de su cuerpo. Percibe los golpes de su corazón. Quiere sentarse y, al apoyar la mano, rompe la corteza de un fruto y por su brazo corren atropellándose cientos de gusanos. No puede evitar la náusea, cuando las larvas reptan hacia su cara.
Al mirar hacia arriba observa a unas aves encuclilladas que en hilera lo escrutan con fingida indiferencia. Aletean al parejo, como si quisieran iniciar el vuelo.
Pero no. Solo llaman a otras plumíferas que planean en círculo y que se retratan, sonrientes, en los ojos del viejo.
La mañana se abre con un insolente olor a guayabas.
En una clínica clandestina, donde la discreción era norma, el cirujano retiraba los restos fetales del interior. Con el dinero del trabajito obsequiaría a su amante una noche de fiesta. Justo cuando terminaba, identificó el lunar verrugoso del que salían hirsutos vellos, aquél en el que tantas veces depositó la humedad de sus labios.
Sesenta años bien vividos. En sus días de poder nada se hacía en el pueblo si él no lo autorizaba. Se fue su familia y el poder. Se quedó con la servidumbre en una casa inmensa, vacía y aun con un capital respetable. No fue difícil comprar a una mujer. Él seguía ejerciendo su rutina de los domingos. Sacaba la mecedora y esperaba. La gente indígena salía a vender, a comprar. Frente a él pasaban quintales de café, cerdos, frijol, maíz. Conocía a todo mundo y lo saludaban con temor.
—¿Qué llevas en ese costal? El muchacho se detuvo.
—Un guajolote.
—¿Cuánto quieres?
—Cincuenta pesos.
—Se ve flaco, contestó con indiferencia.
–—Está gordo.
—¿Qué te parece si lo pesamos? Así ni tú, ni yo, lo que diga la pesa. Te pago a cinco pesos kilo.
Ambos entraron a la tienda.
—Pesa siete kilos a cinco pesos kilo, son treinta y cinco pesos. No le dio tiempo a contestar, cuando el dinero ya lo tenía en la mano y un topo de caña. «Para que agarres fuerza para el regreso».
—¿Quieres otra? Te sentirás mejor, al fin que una no es ninguna.
Cuatro horas después el dinero había regresado al bolsillo de Germán y el indio apenas podía recargarse en la pared. Poco a poco se deslizó, hasta quedar sentado, y profundamente dormido.
Sesenta años bien vividos. En sus días de poder nada se hacía en el pueblo si él no lo autorizaba. Se fue su familia y el poder. Se quedó con la servidumbre en una casa inmensa, vacía y aun con un capital respetable. No fue difícil comprar a una mujer. Él seguía ejerciendo su rutina de los domingos. Sacaba la mecedora y esperaba. La gente indígena salía a vender, a comprar. Frente a él pasaban quintales de café, cerdos, frijol, maíz. Conocía a todo mundo y lo saludaban con temor.
—¿Qué llevas en ese costal? El muchacho se detuvo.
—Un guajolote.
—¿Cuánto quieres?
—Cincuenta pesos.
—Se ve flaco, contestó con indiferencia.
–—Está gordo.
—¿Qué te parece si lo pesamos? Así ni tú, ni yo, lo que diga la pesa. Te pago a cinco pesos kilo.
Ambos entraron a la tienda.
—Pesa siete kilos a cinco pesos kilo, son treinta y cinco pesos. No le dio tiempo a contestar, cuando el dinero ya lo tenía en la mano y un topo de caña. «Para que agarres fuerza para el regreso».
—¿Quieres otra? Te sentirás mejor, al fin que una no es ninguna.
Cuatro horas después el dinero había regresado al bolsillo de Germán y el indio apenas podía recargarse en la pared. Poco a poco se deslizó, hasta quedar sentado, y profundamente dormido
Célibe camina por la playa y siente el cosquilleo del agua entre sus dedos. Declina la tarde. Sentada sobre una manta escucha el graznido de las gaviotas y ve el barco que se aleja. La brisa acaricia su cuerpo breve.
Parece dormitar. Abre su camisa. Entrecruza las piernas. Sus manos están en la planicie de su vientre. En casa había silencio, pero hasta su recámara escuchó respiraciones entrecortadas. Fisgoneo: Su hermana movía sus caderas sobre las piernas del novio.
La púber respira profundo. Acaricia sus pezones erectos. Entrelaza sus piernas una y otra vez, y suda por el calor que transita dejando un camino de pulsos. La mano se mueve como gata saltando al monte y retoza entre los humedales.
Casi veinte años pasaron desde que se salió del departamento. Una idea se le había metido entre el corazón y la cabeza y pensaba que su esposa lo engañaba. Una mañana se dio cuenta de que su mujer era íntegra. Ahora estaba seguro de que no lo reconocería e intentaría enamorarla. Se hizo coincidir con ella, logró sacarle algunos monosílabos, y hasta pudo entablar una charla en la soledad de un parque, donde sin rodeos le habló como la primera vez. Ella sintió que una aguja se le clavaba en el corazón. Y aquellos ojos tristes volvieron a prenderse como un cerillo. Ella se llenó de una fina lluvia y en un instante pensó que había algo mágico en aquel hombre y al verlo con los labios entreabiertos lo tomó de la mejilla y lo besó como lo haría una muchacha de veinte años. Reconoció los labios del hombre que se ausentó y dio gracias a Dios por habérselo regresado. Él se retiró ofuscado, perdiéndose en los vericuetos de la gran ciudad y nunca más volvió a verla.
El fotógrafo tomaba impresiones del cadáver que yacía bajo los escombros de la barda. El periodista comentó con el vecino: «mala suerte del occiso que al ir pasando le haya caído esta barda de cantera». La muerte de él fue culpa del “Pifas” que es un perro bravo. El difunto y el perro no se tenían simpatía. Muchas veces lo vi molestado al “Pifas”. Esta vez no fue diferente, con una varilla le picó las costillas. El dóberman tomó impulso y saltó la barda. Juanito se cruzó la calle y corría por la banqueta donde se alza la barda del convento; y sobrevino el temblor que lo sepultó. «¿y qué fue del «Pifas»». Volvió a saltar la barda y se echó bajo el árbol. Mientras redactaba la nota pensó que la muerte del occiso no fue culpa del “Pifas”.
Le dije a mi madre que solo sería catequizado por un santa. Ella partió rumbo a la montaña y el desierto. Era una santa, traía una aureola que resplandecía sobre su cabeza. Acepté.
Ella se quitó la aureola, y rezamos en la cama como manda su doctrina. De mi cuarto, escapaban rechinidos, golpes de lucha, y jadeos. «quítele los demonios gritaba mi madre» mientras en mi defensa pellizcaba su aureola. Al salir le di un beso en la frente, me persigné, al tiempo que rezaba incoherencias.
¿Qué dijo? preguntó mi madre «retazos del demonio, contestó la Santa.
Seguro que necesitará de más ejercicios». «Los que sean necesarios, pero sáquele los demonios».
Se fue, solo se llevó una muda de ropa y su esperanza. En la mesa dejó un recado breve que la sofocó. Se fue, como se había ido su esposo, del que nunca supo más.
José se bañó con el agua tibia del pozo. Su mirada se perdió en el patio, se vio jugando con sus hermanos. Escuchó los gruñidos del marrano y el cacaraqueo de las gallinas. Entró a la pieza de su madre, unas líneas sobre la mesa y la intención de un beso.
Durante dos años Juana lavó y planchó para mantener a la prole y comprar cada ocho días una veladora que dejaba al pie de la imagen pidiéndole que cuidara de su hijo. En la soledad del lavadero tallaba la ropa con coraje, con furia, deseaba romper la tristeza que le causaba la ausencia de su hijo. Llegaban imágenes poderosas, oscuras, donde oía la voz de José. Y el lloro se iba por el boquete, el mismo por el que se va el agua sucia.
Una mañana encontró sobre la mesa pan y fruta y, al fondo un veliz. Supo en ese instante que su José había llegado y lloró, lloró… Con las lágrimas se dispersó el dolor y la opresión que no la dejaba respirar. Los ruegos que le hizo a la virgencita no fueron en vano. Cerró los ojos, aflojó los surcos de la frente y un sueño le sobrevino y durmió. Y dormía como si no hubiese dormido nunca.
Intrigado por un libro escrito en el siglo XIX, cuya edición fue la primera y la única, por ser prohibido al público. “Aberración” tenía por título. Motivado pude traducir la primera historia, que es difícil de creer.
… regresaba acompañado de Cherri al estudio de pintura que tengo en el último piso de un viejo edificio. Tocamos varias veces, con la idea de que Marce nos abriría. Cherri y Marce me sirven de modelo. Ambas son mis amiga y amantes. Nos llevamos bien los tres. Marce es la bromista, sus ocurrencias las hace con gracia y reímos de buena gana. Saqué las llaves y entramos. Pensé que estaría en el baño, pero la sorpresa nos quitó el resuello, de una de las vigas aún se balanceaba. Con rapidez rompí la cuerda, la bajamos. La muerte se nos había adelantado.
Imaginé que la decisión la había tomado de improviso, solo cubría su cuerpo una batita de seda que le regalé. Desde que vi la bata supe que era para ella, vérsela era transformarme. La vi en su palidez y hacía contraste con el rojo transparente y llegaron a mi mente las locuras que hacíamos. Sabía que cuando ella se ponía la bata era una especie de orden velada que me decía: «vamos a jugar macho mío «. Ahora tenía la bata…
Cherri vio el bulto en mi pantalón. Bajó su mano y comenzó a besarme me susurró, «la muerte me excita». No le contesté, solo nos acostamos sobre la alfombra. A un lado de nosotros Marce que nos miraba con sus ojos negros, abiertos, y la lengua de fuera.
En mi espacio de relax en la oficina, me da por imaginar que te platico los cotilleos que hacen mis compañeras de oficina, mientras bromean y tomamos café. En mi dormitorio, entre los susurros del acondicionador de aire, me gustaría que estuvieras en mi cobijo. Amo el placer de decir lo que sucede, lo que vuela por mi interior. Me estremece paladear los gajos de tu nombre, y gritar en silencio lo que no puedo decir en voz alta. fantasear que eres tú quien levanta mis piernas y entre el agua desbordada percibir en mi senda la marcha de tu infantería. Exhausta, abrazo a mi almohada.
Aprendí a caminar, sin pértiga, sobre las nubes. En la meseta de la montaña me di mil vueltas desafiando los abismos, exhausto me subí as los pinos para esperar el canto del ruiseñor por la noche. Tuve signos evidentes de locura, y usted siempre tan sensata.
Con un portafolio bajo el brazo y una pequeña maleta abrió la puerta con precaución. Dio una última mirada a su casa. Dormían. Antes de cerrar escuchó la voz de su hija.
—Por qué te vas? —La luz del foco resbaló por su bata y delineó la silueta de una mujer en plenitud. Se acercó para darle un abrazo y decirle al oído:
—Me proponen un negocio y veré de que se trata.
—No mientas papá, pero respeto tu decisión. —ella sabía que no era cierto, intuía el porqué. Más de alguna vez sintió en su espalda el peso de su mirada.