Nepomuceno daba por terminada la discusión con su sentencia favorita » a mí nadie me va a convencer y la calaca me pela los dientes»
Cliente consuetudinario del bar, me extrañó no verlo en dos días y fui a su casa donde vivía solo. Lucía un color céreo con las uñas azules. Sobre la mesita de noche, un vaso con agua y, dentro su dentadura postiza que sarcástica le sonreía…
Aún no me repongo de haberte perdido. ¡Cómo olvidarte! Tu cabello tus saltos armónicos de felina al viento te hacía verte sensual. Te sorprendí cuando regresabas del colegio y te llevé a mi refugio donde te traté como a una reina. Por el lado oscuro de la red, recibí contestación a la oferta: me daban diez mil dolares por tu virginidad. Me esperé a que mejoraran la apuesta. Ese fue mi error. Tus ojos de gata visualizaron una salida y escapaste. Aún no me repongo, y ya mi retrato lo encuentro hasta en la sopa. Quién me iba a decir que la niña tiene una memoria fotográfica.
Soy el mascarón de proa. En los días del diluvio, Noé no me permitió ir con el resto de los animales, adujo que sería alterar la conducta de los felinos. Recuerdo que su mirada me recorrió como si me ungiera poco a poco mirra y sándalo. Cuando me iba, me detuvo y me convirtió en mascarón, situándome en la proa de la nave.
Acordamos disparar al mismo tiempo. Ella metió el cañón en mi boca, y el mío lo puse entre sus cejas. Por mi mente pasó su actitud apresurada y cuando quise jalar el gatillo, fue demasiado tarde.
En tres días no habría luz. La mañana abrió con un sol atormentado. Había terminado la consulta y pronto darían las dos de la tarde y me urgía algo frío. Recordé que el comercio que tenía ese producto era la cervecería de Pancho, pues disponía de un refrigerador de petróleo que aún daba pelea. Pensaba decirle a Filemón que me acompañara, pero en la mañana salió con sus mulas. Así que repasaba qué amigos podrían estar dispuestos, y todos estaban en labores. Poco antes de terminar mi horario de trabajo, llegó un paciente. Sudoroso le comuniqué que tenía una gastritis y que debería de tomar su medicina con apego al horario; que tuviese cuidado de no ingerir irritantes: «nada de chile, nada de grasa, nada de caña y dentro de quince días, viene».
Cerré el consultorio y fui a dar vueltas al centro del pueblito, con la esperanza de encontrar a un conocido, pues me desagrada estar en una mesa en silencio. No hay nada como algo frío en la mano y una buena plática. Encontré lagartijas, señoras comprando a última hora, pero ningún amigo. Estaba enfadado, cuando pasó el enfermo de gastritis. No le dejé decir nada. Lo abracé, y pronto charlé como si no lo hubiese visto en años. Él me miraba sorprendido, no dando crédito.
—Sígueme, aquí hace un calor que no se aguanta. —Y a empujones lo metí en la cantina; ya sentados pedí dos cervezas, venían chorreando de agua helada y le digo: «¡salud!»
—Yo tengo gastritis, no puedo tomar.
—¿Quién dice que no?
—Pues usted.
—Yo no me acuerdo.
— Me lo dijo hace como una hora.
—¡Qué memoria tengo ¿Y qué te dije?
— Que no podía comer ni chile ni grasa.
—¡Ah! pero la cerveza no es ni chile, ni grasa.
—Pero irrita.
—Bueno… irrita si está muy caliente, la que tenemos está más fría que una muerta. — Digamos entonces… ¡Salud! —De dos tragos terminé el contenido y él, temeroso, sorbió un poco, después cerró los párpados y se la empujó de un trago, toma resuello y me dijo:
—¡Caray, caray! Médicos como usted… hay pocos, ¡me cai de madre!
Yo no le hacía caso, solo doblaba mis ojitos para decirle a Pancho que me trajera otras dos.
Frente al cementerio pusieron una cantina con servicio de media noche, al lado de la puerta con letras fosforescentes se leía: «es mejor estar aquí, que enfrente» pásele. El sepulturero, respondió poniendo un anuncio en la reja del camposanto: «Los que estaban allá. ahora están aquí.»
Mentira que Drácula haya muerto por una daga de plata certera al corazón. Asi lo hizo creer la asociación que él presidía. Se sabe, por fuentes privadas, que se infartó cuando le informaron que el primogénito había donado sangre.
Llegué por casualidad a casa del comisariado de tierras.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes, médico, ¿qué lo trae por acá?
—Me gusta caminar. Veo que está construyendo.
—No pude terminarlo. ¡Mujer! Tráete dos pocillos de café.
En una brevedad estaba escuchándolo.
—Explíqueme, ¿cómo hago para entender a los indios? Me urge hacer el asoleadero, la cosecha de café no tarda y para secar la semilla se necesita un piso de cemento. Le dije a Juan que fuera al río a por arena. «Ve a otro viaje», y dijo que no. «Juan, es más dinero para ti, te lo pagaré como si fuera un día de trabajo. Necesito terminar el piso».
La desesperación no era por un día, sino por la volubilidad del tiempo. En este lugar que mira a la montaña, cuando el agua llega no quiere irse, se detiene, pero después persevera. Eso equivale a más de diez días. Hay que cortar la cereza, transportar, despulpar, asolear y secar; se encostala.
De no tener asoleadero, hay que arrendar. De llover, los caminos quedarían intransitables. Esa era la urgencia. Conllevaba a perder dinero. ¿Cuánto? No lo sé.
Tal vez, Juan tenía cosas importantes que hacer: convivir con su mujer, o platicar con su compadre con aguardiente para sazonar la charla. Al menos, él ya había trabajado para que los hijos comieran tortilla, frijoles y chile. Y pudo haberse preguntado: «¿con otro viaje me haré rico?».
Desde pequeño escuché el refrán: «El Lunes ni las gallinas ponen» El ahora es desbastador: ya en el patio no hay gallinas, mucho menos huevo, pero el Lunes campea como invencible gladiador sin dar muestras de cansancio.
Las gallinas de mi abuela no cacaraquearon. Hay silencio en la casa, solo se oye el ruido de los trastes.
Mi abuela está enojada. Escuché que le decía a su comadre que el abuelo perdió a las gallinas en un juego de cartas. «Ya lo corrí. Lárgate. —le dije—, me levantó la mano, pero se dio cuenta del temblor de mi quijada y que el garrote de amasar estaba en mis manos. «
Ayude a don Remigio a vender su leche y con lo que me dio me alcanzó para comprarle dos pollitos en la veterinaria y uno que me regalaron porque le faltaba una pata.
Llegó el abuelo, y prometió a la abuela que ya no iba a jugar.
Mi abuela sigue seria, no le da ni un café. A los pollitos si les pone su puñito de arroz.
Afuera la perra juega en el jardín. Sentado en el sofá te veo apresurada. Ya no tarda el taxi de la empresa para llevarte a tu trabajo. Tus botas resuenan fuerte en la duela. Entras y sales de tu recámara, cada vez te veo más inquieta. Tomarnos un café mirando la floración de la buganvilia sería perdernos entre los vericuetos del tiempo; ¡qué estupendo!, Aunque el corazón desconoce las exigencias sociales, sabe que volar es peligroso. Con tu olor a Chanel 5 me diste un beso cerca de mis labios, y yo resbale mi palma por el meandro de tu cintura. Los dos queremos… La prudencia es ciega a media noche.
Me quedé quieto, en silencio. Ayer caminaba sin preocupaciones. Por la noche me despertó el llanto de mi vecina. Alfredo, su esposo, había muerto. Una semana antes, el velador del vecindario fue cruelmente asesinado. Mi esposa que parece que nunca duerme, me platicó que los perros no han parado de aullar; el colmo fue cuando lo hicieron en pleno día.
Ya se llevan el féretro, mi mujer estaba a punto de integrarse al cortejo, la detuve. «Te quedas en casa, ya habrá oportunidad de darles el pésame». Se han ido y quedó en el aire un aroma de flores deshojadas.
Tomando café en la cocina, vi pasar a mi hija. Llegó mi esposa, me dijo: «no sé cuál es tu ansiedad, al final tú y yo tenemos un año…», «¿un año de qué?» —le pregunté ansioso. «qué ya no te acuerdas que venías manejando y caímos al abismo del diablo. A ti el golpe no tan solo te quitó la vida, también te jodió la memoria.
La carretera es una serpiente que corre. Escucho detrás el motor de una “Honda” que pasa veloz a mi lado. Es una motocicleta que se vuelve diminuta a medida que se aleja. Corro. El sol cae sobre mi espalda y sobre el asfalto goteo el asma y regatos de sudor. Al llegar a la loma se mira el río. ¡Qué ganas de meter la cabeza y limpiarme el cansancio en los meandros donde la corriente se estanca!
La “Honda” viene de regreso, tan veloz que se pierde en las curvas y reaparece montada en las tiras del cielo.