Sendero
El clavel es la flor favorita de nuestra comunidad política. El otro quehacer que ejercitan con maestría es el de la “vista gorda” que justifican diciendo que apenas pueden ver, y la poca agudeza solo da para no caerse en los escalones.

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En esta categoría ubico los textos que son de mi autoría. Ficción breve, miificción
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El clavel es la flor favorita de nuestra comunidad política. El otro quehacer que ejercitan con maestría es el de la “vista gorda” que justifican diciendo que apenas pueden ver, y la poca agudeza solo da para no caerse en los escalones.

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Las razones
«Médico, usted me entenderá. Mi mujer si yo digo no, ella dice sí. Los hijos ya hicieron su vida. He estado a punto de hacer mi maleta y salir corriendo, en el último instante me arrepiento. Está tan fea, que no creo que haya varón que quiera juntarse con ella. Desisto y salgo a caminar». Por la tarde me consulta una señora alrededor de los sesenta años, presentable, y me dice: «Ya no aguanto a mi esposo, desde que se jubiló, no sale de la casa y está jode que jode. Me pone tan tensa que quisiera salir corriendo de la casa. Me detengo, y regresó a mis quehaceres. Más calmada tomo consciencia de que él es un tesoro para mi rencor, y es mejor tener con quien pelear que vivir en la soledad.»

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Los caminos hacia la muerte son infinitos, decía el maestro a sus pupilos, en una tarde soleada: «hay muertes, que se construyen día a día, como las iglesias góticas que requieren de un tiempo dilatado. y otras, que bajo un ardiente sol caen como un ra…«

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—¿Qué tal las enchiladas de la fonda?
—Mejor estaban las de mamá.
—Ya vendrá, fue a ver a su abuela que está enferma.
—De eso ya tiene un mes y no viene.
—Ya vendrá, ten paciencia. El fin de semana nos vamos a buscarla.
—Eso me dijiste hace ocho días y te fuiste con el «Mastique” a la cantina. Algo le hiciste a mamá para que ya no venga.
—Tu papá es incapaz.
—No sea mentiroso, si bien que vi cuando la golpeaste en su panza.
Él miró hacia otro lado, no dando importancia a lo que dijo el escuincle.
—Un día de estos te llevo a donde está. Y salió golpeando la puerta.

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Cuando chupaba el dulce de la flor en el jardín de su casa, su corazón se pensó colibrí y aleteó como tal. Muy lejos escuchó «500 voltios al desfibrilador». Necesitó tres golpes eléctricos para que el músculo recobrara el ritmo de su latido. Si bien el obispo no pudo libar toda la miel de la flor, ahora se encontraba en otro sueño menos agitado.
«Por poco se nos va, dijo el cardiólogo».

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«Conoce el mundo; la hierba es dulce y fresca»
Y el grillo en el vuelo miró que sobre las hojas había aun, canicas de rocío; después sobrevino la oscuridad y los brincos del sapo.

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Era una mujer que corría en contra de la brisa. zarandeaba sus rizos castaños y la blusa parecía un globo que se comía a bocanadas el aire. La falda enredada a su silueta con su cuerpo de garza impulsándose al vuelo. Blanca de algodones, canela en sus piernas, me llevó tan lejos que cuando mis manos rozaban su pelo de cobre, se perdió en el murmullo de las olas.
En el patio de la quinta una perra ladraba. Contemplé la alborada, no tardaría el sol en mostrarse y yo, en desaparecer.

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La fiesta de las babosas de Rubén García García
Cansada del trabajo del día, apenas si pudo regar el jardín, le emocionaba mirar los botones de las rosas y la floración del durazno. Mientras ella duerme a pierna suelta, las hormigas en una fila interminable llevan el sustento a los hongos que cultivaban. Las babosas hicieron una ensalada de gloxíneas y violetas y se fueron con la panza llena…

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Se miró en la playa en un cielo anaranjado. Estaba arrodillada con las manos sobre la arena. Los últimos rayos del sol aún pintaban de sepia la curva de mi talle; la popa era un puerto expuesto. A cada empuje de mi amante mis dedos se enterraban en la humedad. Los labios de él en mi nuca. Tienes — dijo—, un río hermoso en tu espalda. Desperté en mi dormitorio sudorosa, asombrada y pervertida con granos de arena en mis pezones.

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Anestesía de Rubén García García
No conoció el placer de danzar con el viento, Jamás se emocionó con el solo de la flauta, ni se detuvo cuando el aroma de la vainilla placía en el viento. Yace virgen, se fue desconociendo la infinitud del amor y el placer, envuelta en una sábana que tiene más vida que ella en vida.

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Esa mañana entraban y salían de la casa del anciano amigos y familiares. Escuché que deseaba despedirse de sus amigos porque mañana por la tarde moriría.
Lo encontré sonriendo, limpia la mirada y con su traje blanco. El olor de los enfermos terminales es evidente. La muerte se huele; yo no la olía. Estaba recostado sobre una almohada. Lo saludé a su usanza: tocando la punta de sus dedos con los míos. No sabía qué decirle y él fue quien rompió el silencio, nunca lo había tratado. Me miró sereno y en castellano, me dijo:
—Voy a morir. Lo tengo previsto. Mis hijos ya saben qué les va a tocar. Me iré limpio del corazón y de la conciencia, el padre ya me confesó.
—No te vas a morir — le respondí.
Lo veía tranquilo. No tenía signos atrevidos de enfermedad.
—Así está dispuesto. Ya sé en qué lugar quedaré. Escogí en lo alto de la loma, para que mire hacia mi casa.
El cementerio tenía una parte en la loma. Desde allí, su casa era visible.
—No te vas a morir, verás que mañana tomaremos café con tamales. —Y me despedí con respeto.
Nunca supe qué sucedió. El anciano habló de la muerte como si fuese parte de la vida, como decir mañana haré esto y lo otro. Cierto, murió en la madrugada, claro de conciencia, fibroso como una raíz y está enterrado en la loma, mirando hacia su casa a la que volverá cada año.

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Ni se te ocurra salir un martes trece, porque nunca llegarás a un puerto y en algún mar se detendrá el barco. Salió en la fecha indeseable y para su fortuna llegó. Una reparación menor requería la nave, pero no pudo continuar el viaje. La tripulación incluyéndolo a él fue tirado a una fosa común, aún vivo, lleno de pústulas hediondas, recordó, antes de morir al abuelo, y sus proféticas palabras.

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Brinca sobre los juncos y trepa al macizo. Canta toda la noche. Algunas veces cambia el tono porque la víbora se ha comido a sus amigas. Solo queda ella y canta doliente. Cuando en el cielo se enciende una perla, su canto se hace íntimo.
La dilatada oscuridad la deprime y se queda el pantano en silencio.

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Las mandarinas tienen la piel blanda y olorosa. Caen del árbol con el color del ocaso. Se construyen en gajos simétricos, protegidos por hilos acremados. Un gajo en la boca complace al paladar más exigente, morder y sentir que los flujos dulces te inundan es refrescante. Una mandarina para un sediento es un placer inefable.
¡Por supuesto que no!, la mandarina no es la esposa del mandarín.
