La señora Garay de Rubén García García

Sendero

No tenía cuarenta y ocho horas en el poblado y ya estaba haciendo las maletas para salir del lugar lo más pronto posible. Mi furia provocaba que metiera la ropa con desorden en la valija y, al mismo tiempo, repitiera:

— ¿Qué hago aquí? ¿Qué hago aquí?

Llegué a ese sitio después de siete horas de vuelo. Días antes, me sentía agotadísima y no dudé en aceptar la invitación de un amigo para reposar en su casa y después visitar la campiña.

—Véngase, verá usted que por acá se recupera. La tranquilidad del paisaje será un bálsamo para su espalda y un aliciente.

Trabajé el doble en los días previos y, un viernes, volé al poblado que colindaba con la montaña y la selva. En una tarde, pisé tierra. Mi amigo llevaba una pancarta de cartulina, donde decía: “Bienvenida, señora Garay”. Me reí de su ocurrencia. Compré el boleto de retorno; el servicio era cada ocho días.

Después de los saludos, abrazos y preguntas de rutina, subimos al taxi. Él guardó silencio para darme la libertad de mirar el paisaje. El verde lo cubría, diferente al altplano. Respiré el presagio de un día bochornoso. Arribamos a la pequeña ciudad, nada que anotar.

Dentro, en la construcción rústica se oía silencio. Suspiré aliviada, me dije que lo sustancial era descansar del ruido y de las tensiones.

Mi amigo Salvador, era un hombre de cuarenta años, complexión atlética, nariz gruesa, la mirada viva, que en momentos se retraía. Un lunar enrojecía parte de la ceja derecha. Moreno, con facciones más de aborigen que de criollo, su charla era pausada y su trabajo era asesorar empresas en normas de contabilidad. Me relacioné con él porque fuimos padrinos. Yo, por parte de la novia; él, del novio. Compartimos la misma mesa y entablamos una conversación trivial. Él siguió en contacto por cartas, postales.

Trato de ordenar mis ropas, por mi enojo, solo amontono, entonces, acumulo más coraje.

En el interior de la casa saludé a la señora y a su pequeño hijo. Ella mantenía el aseo y el orden. Era una mujer de mediana edad con facciones gruesas, obesa. El crío tendría unos tres años; al ver a Salvador, le extendió -de inmediato- sus brazos, y por la manera en que se estrecharon, percibí que había un vínculo especial. La vivienda tenía dos recámaras. El calor empezaba a percutirme las sienes y después del viaje, lo que deseaba era darme un baño y tirarme en una cama. — ¡Estás en tu casa! Regreso después. Tengo una cita que no me fue posible posponer. Me dijo.

Salvador se fue al trabajo. Quedé sola, también, desaparecieron la señora y el niño. Me di un baño, calcé una bata de algodón y me tiré cuan larga era en la cama de él. Cuando desperté, todo estaba en silencio. Respiré hondo. Mentalmente vi a mis hijos y sonreí. Oía el golpe de mi corazon. La primera vez que me alejaba de ellos, y su presencia se hacía más grande. No pude contenerme y me pregunté, ¿qué hago aquí? para darme ánimos, me contestaba en voz alta: vengo a descansar. ¡Mis hijos casi son unos hombres!

Febrero es un mes de recuerdos. Fue en las fiestas de carnaval cuando me uní a mi esposo. Caminábamos por la calle, la gente bailaba al son de la música, nosotros teníamos luz de mañana que nos hacía resplandecer. Juntos hicimos que el río cambiara de colores, hasta dejarlo como una corriente sepia. Eran ruedas de fuego en mi vientre cuando los cuerpos coincidían. Siempre fue así. Ya no está conmigo, la vida decidió por él y jamás volverá. Tengo dos hijos que son mis montañas. Por ellos aprendí a luchar, salir al mundo y dejar los miedos. Hoy camino con seguridad y domino los vericuetos de una profesión. He viajado mucho y estoy en reuniones donde el protocolo y la norma son esenciales. ¡Es tan diferente! El tiempo que pasé en familia con el amor de mis hijos y los besos de él, bajando por mi cuello para susurrarme al oído “te quiero”, es incambiable.

Pude controlar mis impulsos. Aprendí a decir no y a sonreír con discreción, a ser firme y amable. Supe de las intenciones ocultas de los varones y de su perseverancia en ofrecer simpatía, promesas. Supe de la seguridad que ellos tienen en sí mismos al pensar que la mujer sola, correrá tarde o temprano a sus brazos. Debo admitir que soy prudente, pero la solicitud masculina me aturde. Me pregunto, ¿por qué me causa turbación? Y la respuesta no llega clara, quizá mis afectos se quedaron escarchados. Me atemoriza tener una relación, oculto mi indecisión con un gesto suave, pero frío. No puedo quitarme de la cabeza al hombre que amé cuando eran las fiestas del carnaval. La gente bailaba con máscaras y mi cara tuvo un brillo que jamás ha vuelto a tener.

Mi amigo era más parlanchín por carta que en persona. Me lo imaginaba más extrovertido. De la fiesta, apenas lo recuerdo. En mi labor diaria es importante tener un perfil de cómo puede ser la gente, pero en el caso de él, su introversión era un obstáculo. Su mirada parecía distante, fría y, ocasionalmente, se iluminaba y eran sus pupilas dos tizones como la vez que juntó su cara con la del niño. ¿Sería de él? No recuerdo que me haya comentado que tuviese uno.

¿Dónde dormiré? En una recámara está la sirvienta con su hijo, ¿quiere decir que compartiré la cama con Salvador? ¿Acaso pensó que al estar en su casa aceptaría estar en pareja? ¡Dios, dónde me vine a meter! Parece que tocan, o quizá llueve, o son las dos cosas… debe de ser la sirvienta y el niño que regresan. ¿O se fueron?

Era Salvador con unos presentes. Yo estaba en la cama con una ropa holgada, el pelo revuelto. Sobre mi cara tenía la almohada que me ocultaba parcialmente. Él, sentado en un borde, empezó a darme los obsequios. ¡Me encantan! Llevan un algo de quien te los da y un secreto al cual debes llegar; pero, en ese instante, lo que menos quería eran regalos. Él me acarició la cara y alisó mi pelo con la palma de su mano. —Es usted muy hermosa, señora Garay.
Le di las gracias con una sonrisa forzada y tímida; creí prudente preguntarle por el sitio en dónde dormiría, ya que tendría que acomodar la ropa. La contestación me dejó sin palabras. –Aquí, conmigo… ¿Le molesta?

Me consternó. Casi lloré en ese momento, pero me contuve. Mi aspecto de mujer segura, viuda, con dos hijos adolescentes, acostumbrada a decidir, conocedora de etiquetas, daba una imagen. En ese instante, parecía tener por dentro menos de quince años. Me enamoré de mi esposo. Sabía que era él y me hizo la mujer más afortunada cuando accedí a tener intimidad. Después de ese día sólo importaba ser cubierta por sus brazos que eran un refugio. En este otro momento, me sentí en despoblado. Furiosa conmigo por no tener una actitud solvente. Tenía enfrente a un hombre que decía, sin ningún empacho: aquí dormirás, ¿te molesta?

Se fue para darse un baño. Llegó al borde de la cama e intentó acostarse a mi lado y besarme. Lo evadía y trataba de hacerle plática para distraerlo de sus pretensiones, mas él volvía a la carga. Estaba en su casa, en su cama, y él con un modo de asalto que seguramente repetía por estar acostumbrado a tener múltiples encuentros. Entonces, dimensioné el problema, como cualquier otro, y lo enfrenté. Le dije que no, que no esperaba una actitud así. Mi forma de ser estaba muy lejos de lo que él pensaba.

—La intimidad es un fruto al cual se accede después de un camino recorrido — ¡No me desconcierte! Vi cómo apretó las mandíbulas; y en sus ojos, la luz intensa -poco a poco- se fue diluyendo. Sonrió, sin malicia, y movió la cabeza. —Comprendo. Entonces, vayámonos de paseo, compremos víveres

Me vestí a toda prisa y dos horas después, regresábamos con la despensa. Acomodamos las cosas y me llevó a un sitio de la casa que no conocía; era un área que servía de estancia, o bien de garaje. Estaba tapizada de madera, con hamacas y poltronas. De la cocina, trajo jugo de frutas, unos bocadillos y desenfundó una guitarra. Solo quedó un foco que ofrecía una luz mortecina. Lo miraba con el rabillo de ojo; tomó la guitarra y empezó a cantar con soltura. Tenía una voz dulce, melodiosa, que fluía con sentimiento. Logré olvidar el mal momento anterior; y él, entre canción y canción, me platicaba parte de su vida. No obstante, no renunciaba a estar cerca de mí y, descuidadamente, pasaba una mano sobre mi muslo, o bien, me daba un beso en la mejilla. Aún, no digería pasar solo la noche. Se acercaba la hora de irse a descansar, y mi inquietud se engrandecía.

—Acuéstate en mi cuarto, yo me iré a la otra recámara –me dijo. — ¿Y ellos? —Se fueron al campo. Allá tengo otra propiedad, mañana la conocerás. Me sentí aliviada.

La noche de las ciudades tiene olor a edificio viejo, a claxon y chillido de llantas. El ruido de las aldeas pequeñas conserva el tono del grillo, de la chicharra y de gallos que se encadenan con aullidos de perros. Era medianoche, el calor hacía arder las paredes de la casa y, a pesar de eso, me fue venciendo el cansancio. Desperté abruptamente, los truenos tienen un efecto angustiante para mí, sin embargo, cuando intenté volver a dormirme fue imposible. La luz reflejada en el vidrio, el ruido ensordecedor de un rayo con la llegada intempestiva del agua, cayendo como pisadas sobre el tejado, me mantuvieron en un estado de tensión. ¡No pude más! Me fui a la recámara de él. Dormía profundo, me reuní a su lado y el día nos encontró juntos. ¡Claro, la mayor sorpresa fue para él!

— ¿A qué hora te pasaste? No me di cuenta. ¿Te asustaron los truenos? No les hagas caso, en estas regiones son frecuentes. A mí, me arrullan.

Mientras él se bañaba y vestía para despachar unos asuntos urgentes, yo me fui a la cocina y preparé un desayuno, como los que le hacía a mi esposo. No lo pude evitar y cuando fritaba unos huevos con tocino, me llegó su recuerdo. Salvador no llegaba hasta pasado el mediodía. Nada mejor que el trabajo para distraer la mente, así que cuando él apareció, la casa lucía con olores de pino. Se me acercó, me dio un beso en la mejilla y me dijo que estaba hermosa. Sonreí.

Había un sol tibio, una mañana fresca y el verde húmedo. Íbamos hacia la casa de campo, pero cuando el carro llegó a la mitad del camino lo aparcó. Se perdió un instante entre el monte y poco después, lo vi aparecer con un caballo.

—Aquí te irás, sube en él —indicó.

Yo me quedé de una pieza. En mi vida había cabalgado, pero la insistencia de él y la seguridad que me transmitió, me hizo decidir. Me ayudó a montar sobre la silla. Él tomó las riendas del caballo. Iba delante, pero se volvía y me indicaba que me sujetara de la montura. ¡Qué sensación! Percibo el jadeo del equino que me abre como un compás las piernas y la crin que se columpia al ritmo de mi pelo. Era un caballo manso, pero arriba de él, imaginé ser una amazona. Más, al recordar los truenos, reí.

Llegamos a una casa rústica, con un tejado rojo y un corredor donde colgaban helechos. En la parte de atrás, tenía sembrados árboles frutales y estaba dispuesta una hamaca bajo la sombra. Disfruté de quietud, sin embargo, el niño de la sirvienta –Rodolfito– sólo deseaba estar con Salvador y éste, por complacer al niño, se olvidó de mí.

El hombre y el chiquillo se hicieron uno; me dejaron a la deriva y terminé vagabundeando. Al verlos, me afirmé en la idea de que el niño era su hijo. Lo que no me cabía en la mente era que él hubiese intimado con la sirvienta. En la tarde le insistí en volver, pues estaba cansada, pero el niño no lo dejaba y optó por llevarlo, aún cuando vio mi contrariedad.

Ya en la casa, Salvador y el niño se acomodaron en lo que era la recámara mía y disfrutaron de una película infantil. Molesta, deambulaba sin saber qué hacer y con deseos de tirarme a descansar. ¡Joder! Me sentía de más. Después, comprobé que estaban dormidos. Empecé con un disgusto que nacía en el estómago y me reventaba en el pecho. El hormigueo de mi cuerpo me exigía caminar, refrescarme la mirada viendo otras cosas y no las cuatro paredes. Contemplar a un hombre dormido con un niño, que se pegaba más a él que a su mamá, me traía el recuerdo de mis hijos. ¿Qué estarían haciendo? ¿Y qué hacía yo, sino invadiendo una rutina? Sin pensarlo mucho, desperté a Salvador. — ¡Quiero salir, conocer la ciudad! Él, adormilado, buscó en el pantalón las llaves de la casa y me las ofreció. Esto me molestó más. Con el vaso colmado, arranqué furiosa a hacer las maletas. Cuando terminé de empacar, ya un taxi me estaba esperando. Así que alcé la voz para despedirme desde la puerta. — ¡Me voy, y gracias por tu hospitalidad! Saltó como si la casa se estuviera quemando.

— ¡No, no, ten calma! ¿Qué vas a hacer? —Balbuceó. Salió corriendo y le ordenó al chofer que esperara.

—Dime en qué te ofendí, recién llegaste y quieres irte. No, no lo acepto. Perdóname si te dije algo impropio. Disculpa. —Quiero irme, aquí estoy de más. —No te entiendo. — ¿Cómo que no me entiendes? ¿Crees que me siento a gusto viéndote dormir con ese crío? ¡Más bien, pareces su mamá! ¡No vine de tan lejos para estar encerrada y quiero divertirme, no verte dormir! ¡Salir, pasear, tomarme un café, mirar, mirar, estoy ansiosa de mirar, de tomar fotos! ¿No entiendes eso?

Se fue a la recámara, tomó al niño entre sus brazos y abordaron el taxi. — ¡Luego regreso! ¡No te vayas! ¡No te vayas! ¡Luego, regreso! Iré a dejar al niño con su tía que vive a treinta minutos de aquí. ¡Espera, por favor!

Con la cámara al hombro, partí -a pie- a conocer el pequeño poblado, admiré sus buganvilias en flor, los inmensos árboles que tenían -en las puntas- piñas que colgaban como acordeones. Entré a la iglesia, me metí a un cine. Al salir, pedí una nieve de pitahaya. Era cerca de la medianoche cuando regresé a la vivienda. Él estaba dando vueltas. Alzó los brazos como dando gracias a Dios porque había llegado. Pensé que me iba a reprochar, pero sólo se limitó a abrazarme.

—Disculpa por el mal momento que te hice pasar, mira qué noche. ¡Esta última hora fue un infierno! ¡Me preguntaba si algo te habría pasado! Te hice un jugo de fruta. —Estoy cansada.

Me dirigí a la habitación. Por la mañana, él exprimía las naranjas y yo me ocupé de hacer el café. Desayunamos en silencio, pero después empezó a contar -con gracia- algunas cosas que le sucedieron. Yo hice lo mismo y terminamos riéndonos a carcajadas. Le pregunté por una farmacia, pues la menstruación se hizo presente. Él limpió la cocina. No me permitió hacer nada. Me preparó un té de orégano, remedio de su abuela que sirve para los dolores menstruales, cosa que le agradecí, ya que ha sido uno de mis tormentos desde que apareció. Llenó un termo para disponer del té en cualquier momento. Me hacía reír, pero me hizo recordar a mi madre cuando ponía compresas calientes sobre mi panza.
Fuimos a comer a un restaurante donde el plato fuerte era carne aderezada en un patio con árboles en floración. En la noche cantó y todo se nos iba en risas. Abruptamente, me abrazó y su boca rozó mis labios; lo alejé. No insistió. A la medianoche dijo que no tenía deseos de dormir, y nos pusimos a jugar ajedrez y continuar con la charla. El sueño me venció. Me levanté antes de que amaneciera y merodeé por la casa. ¿Buscando qué? Nada. ¡No buscaba nada! Era sólo una conducta aprendida de ver a mis hijos dormir Me ponía de pie a deshoras de la noche y veía a mis hijos dormir, que estuviesen bien. Regresé. En la casa había otro hombre, hasta hace unos días desconocido; hoy, sabía que era una persona solitaria con capacidad para dar afecto, pero también con la inclinación para cerrar la puerta de su corazón. Estaba horas con la guitarra. Él decía que sólo practicaba, pero no, más bien huía de sí mismo.

La alborada me descubrió grandes árboles que recortaban la luz suave de un sol que prometía ser abrasador. Cuando Salvador se levantó, ya estaba listo el desayuno y yo me había dado un baño que me reconfortó. Me sentía mejor, la molestia menstrual era sólo ocasional y perfectamente tolerable.

Después de una hora de camino, Salvador me llevó a conocer una zona boscosa que distaba a una hora. Allí, el silencio era intenso: sólo se quebraba por el griterío de los loros y cuando el viento frotaba a los helechos gigantes. Conocí lo que daba vida al pueblo. Me impresionaron los árboles viejos, siguiendo el tallo tenían múltiples cortadas en zigzag, antiguos caminos por donde una vez bajó abundante látex. Se veían como cicatrices abultadas y en algunos puntos supuraba una resina amarilla en un intento vano de rehacer su piel vegetal. Instintivamente, me toqué la cara y no pude evitar que un dolor me apretara por dentro. Ya en el asiento trasero, Salvador sacó el termo para darme mi dosis de té. Me reí y, espontáneamente, me eché a sus brazos y le di un beso tierno en la mejilla. —Uf, será la última dosis ya que las molestias son mínimas. -Dije. —Duérmete un rato, pues en la noche saldremos. ¡Es una sorpresa! Ponte hermosa. Me dijo al llegar.

Pasamos la frontera, y dos horas después, estábamos instalados en una mesa, cómodos y con bocadillos. Él, con cóctel basado en vodka; yo, sólo jugo de toronja. El espectáculo no tardaría, se trataba de un mago que nos llenó de admiración durante dos horas. Fue una velada maravillosa, salimos al alba. Enfilaba hacia el poblado, pero le sugerí quedarnos en la ciudad, pues la madrugada estaba llena de neblina. Nos registramos como un matrimonio. Ambos nos bañamos. Recostados, empezamos a jugar adivinanzas. En el fondo, lo que él deseaba era apostar y ser ganador. Me divertía. El hombre que me había dicho “le molesta dormir conmigo”, ahora era un adolescente que no sabía cómo pedirme un beso. Sacó del enfriador una bebida con bajo contenido de alcohol y de sabor a fresa. Le dije que me diera un trago, pero estaba tan dulce que no tuve reparo en tomar más de lo debido. Me dije: “espero que no me haga daño”. Diez minutos después, me dieron ganas de llorar y arranqué en sollozos. Él se quedó turbado. — ¿Qué tienes? ¿Te hice algo? Dime, ¿qué tienes? Por favor, perdóname si te insulté. — ¡No me hagas caso, no me hagas caso! Sólo tenía ganas de llorar. — ¡Pero si estabas bien! Dime, qué sientes, yo te escucho. —Me asaltó la imagen de mi esposo, pues la última vez que salimos juntos, también, vimos un espectáculo de magia –le dije gimiendo, entre sollozos. —Respira hondo, ten calma. Son coincidencias, sólo es eso. Tranquilízate. Me dio un beso en la frente, en la mejilla, se acercó, y yo me recosté en su pecho. Sentí los brazos de él apretándome la espalda y poco a poco, me fui calmando. Lo besé cerca de sus labios, y él lo hizo en los míos. Fue tierno. Mis manos estaban en sus hombros y las de él, sin prisa horadaban mis espacios por tanto tiempo invulnerables. De entre los besos, no pude contener el sollozo cuando sentí su masculinidad cerca de mi sexo. Se detuvo y volvió a abrazarme. Me platicó que siempre me había querido. Desde la fiesta, había quedado motivado por mi forma de ser. Si me escribió durante muchos años, era con la esperanza de encontrarnos; y ahora, que estaba a mi lado, se veía recompensado. —No voy a lastimarte. Es lo que menos deseo –me dijo. Por la sed, me tomé el resto del refresco. Tenía que rescatar lo que de mí había y no dejé que me tocara, fui yo quien lo besó y cuando el ardor brotaba incierto, exploré más con mi boca y sentí una ola, después otra, entonces rodaron por mi cuerpo los primeros brotes del deseo; se asomó de lejos, pero a medida que avanzaba la luciérnaga se convirtió en pelota rodante que me incendiaba. Simplemente, lo dejé hacer. Con mis manos en su espalda y las de él en mis caderas, me invadió suave, despacio. No cerré los ojos, veía su lumbre y lo invitaba a tomar mis senos y a que los mordisqueara. ¡Tanto tiempo sin intimidad! Y esa vez volví a renacer, a convertirme en mujer, besando a un hombre que hacía un mes para mí era casi un desconocido, pero yo para él no. Me amaba.

En el avión de regreso, pensaba en mi manera de ser: me vi en el espejo de hace ocho días, y puedo ser tierna, compartida con las cosas que amo; asegurarme que los pequeños detalles estén presentes, pues son los que cubren de alegría nuestra vida. Es cierto que, de vez en cuando escapo a mis tristezas, a mis enojos y dolores que todo hombre o mujer tiene, y valoro una caricia en la mejilla, un roce de labios en la frente o un beso que juega con la piel de mis senos. Atesoro caminar bajo un atardecer o refugiarme en los brazos de él al escuchar el estallido de los truenos. Hoy, que ha pasado todo, puedo decir que el amor es esto; pero falta algo más, algo que no tiene nombre, que es inefable y que Salvador nunca tendrá.

Se quedó fijado cuando la gente bailaba con máscaras de colores y la luz sepia caía sobre la corriente del río..

La mariposa de Rubén García García

Sendero

La mariposa
Rubén García García
La marip
Había comprado un lote de libros viejos a insistencia de su esposa. Él confió en la intuición de ella y resolvió la operación obteniendo un préstamo con intereses altos y dejando en garantía el resto de sus propiedades.
—Con una joya que te encuentres, será suficiente para hacernos ricos.

La biblioteca perteneció a una familia que llegó en el siglo antepasado proveniente de Europa. Se encerró días y noches entre libros viciados de tiempo. Los últimos meses los pasó alejado de los eventos sociales con el objetivo de encontrar un volumen que tuviese alto valor en el mercado y que le permitiese salir airoso de sus acreedores. Alicia, su compañera, lo asistía, motivándolo a que vendrían días de rosas, vino, placer. El cansancio, la lectura de veinte horas diarias hacia que algunas veces su esposa lo encontrase dormido sobre las pastas de los libros.

Esa noche, fatigado por la lectura y después del despertar en la hora que los gallos cantaban sin explicarse cómo, logró comprender un texto sobre recetas y hechizos escrito en latín. En la mañana, cuando su mujer llevaba café y panecillos, lo encontró ensimismado. Dejó a su lado el aromático y se retiró en silencio. Algo encontró.

Horas después había redactado dos cartas. En una decía lo que todo el que se va a suicidar dice: “No se culpe a nadie de mi muerte”; y al final: “dejo todos mis bienes, pólizas y seguros a mi amada esposa”. La segunda carta dirigida a su cónyuge: “Como sabes, nos casamos por bienes separados, así que no tienes por qué pagar mis deudas. Entiérrame de tal manera que tú, sin ayuda de nadie, puedas rescatarme. Estaré en un estado catatónico y al mes exacto, volveré a mi conciencia”. Destruye la carta y este viejo libro redactado en latín.

Entre los rezos, el novenario, los abrazos de condolencia se pasó el tiempo. Los acreedores se retiraron y el día previsto, ella rezaba bajo el oscuro velo. Cuando caminaba hacia el cementerio, el viento zarandeaba sus ropas. Casi al llegar a la tumba, llamó al mozo de la limpieza y ordenó que mantuviera limpia la tumba, que los floreros estuviesen relucientes y que nunca faltasen rosas blancas que eran de la preferencia del finado. La gente la veía con el rosario, los ojos hundidos y un manto de agua que humedecía el pañuelo; y cómo en los caminos solitarios, parecía a la distancia una enorme mariposa negra que se perdía entre la arboleda de aquella tarde de otoño.

La hermana de Rubén García García

Sendero

No requería mucho tiempo. Teníamos un clima alimentado por caricias ocultas. Nuestro problema era distraer a la mamá.

Subir las burdas escaleras en la oscuridad del pasillo. Llegar al penúltimo escalón con el resoplo.

La mamá veía películas en inglés, era sorda.

Siempre apoltronada. Un mueble que por su tamaño servía de división entre la sala y la cocina. Nosotros preferíamos la cocina, sentados frente a frente en una mesa situado a espaldas de su mamá. 

Yo llevaba bocadillos, refresco y cerveza fría.

Bajo la mesa teníamos un juego de pies. Ella ascendía por mis piernas, hasta localizar mis ingles y después frotaba y frotaba hasta que conseguía alterarme, se retiraba y seguía, se retiraba y seguía. Por mi parte respondía con fragor y pausa. Así que después de una hora de retozo los ojos brillaban, como un reflejo de lo que por dentro ardía.

La mamá la llamó, sin quitar los ojos de la televisión. Interrumpimos el juego y ella se recargó en el filo del sofá, quedando su cuerpo en forma de arco. Su cara pegada a la mejilla de su progenitora, que le daba indicaciones en voz baja. Traía una falda corta, que dejaba ver con alegría la redondez de sus muslos y por la posición en que estaba, se veían los pliegues y el color de las bragas.

Me situé detrás de ella, las yemas de los dedos las deslice por su piel blanca, dura. Volteó, me hizo una seña con la cara de que me calmara; eso levantó mis ansias y recargué mi cuerpo sobre el de ella. Con la mano quiso apartarme, topó con mi dureza y cuando creí que me daría un pellizco, empezó a deslizarme su mano de un extremo a otro dándome unos apretones prolongados, luego lo puso entre sus muslos y los abría y cerraba como las alas de una mariposa; mientras, seguía hablando con su mamá; su cuerpo ocultaba el mío.

Era casi la media noche, la mamá decidió ver otra película porque se le había ido el sueño. Con la efervescencia en mis ojos acepté que nada se podía hacer, así que al despedirme de la señora, sin que se percatara tomé un almohadón de la sala y me lo llevé hacia la salida. Me acompañó; en la oscuridad del pasillo no evitamos el contacto e iniciamos con frenesí una nueva ronda de caricias, besos sin control y abrazos asfixiantes. Minutos después su ropa interior quedaba sobre los escalones. Sus brazos recargaban sobre la pared y yo detrás de ella con las manos sujetando la cintura. No fue suficiente, el desnivel de la escalera se tornó molesto e incómodo. Así que tomando el almohadón le pedí que se hincara, ella entendió y justo cuando nuestros gritos se confundían se escuchó la voz de la mamá llamándola:

Una monja en mi casa

SendMe jubilé. Los hijos se fueron lejos y la mujer fue siguiéndolos y no regresó. Comía en fondas y la ropa la depositaba en la tintorería. Descuidé el aseo, y en el patio las hojas se podrían.
Me enfermé. Nada grave, quedé como perro de carnicería. Agua, pan duro y una bolsa de papas o de maní era mi alimento. Un día, se presentó una mujer que rondaba por los cincuenta años. Vestía con falda larga oscura, blusa lisa parda y sobre la cabeza, un velo. Parecía sacada de algún convento. Vendría tres veces por semana: limpieza, lavado de ropa y prepararía alimentos para ella y para mí. Estaba satisfecho de sus servicios, pero su atuendo me ponía con un humor de perro viejo.
El velo lo traía sujeto al cuello, empapado de sudor. Le pregunté por qué no se lo quitaba. “Es una manda que tengo que cumplir”. Pidió una escalera para limpiar los vidrios de la ventana y atisbé, sin que lo notara, la lozanía de su piel almendrada. Al terminar sus quehaceres, quedaba en la vivienda un discreto aroma a lavanda y un orden femenino.
Recargado en la poltrona miraba el patio. Las plantas habían recobrado su verde joven. El durazno aclimatado al calor enseñaba sus botones rosados. Salí a caminar. Supe que la señora Otilia me ponía de malas; no ella, sino el atuendo oscuro que le cubría casi todo. Para colmo, los pocos amigos que aún me visitaban para jugar y tomarnos las copas, me jodían con sus bromas.
Una de esas tardes de bochorno, dijo:
– Dentro de un mes termino mi manda.
-¡Por fin descansará de tanto trapo que se pone! Acoté.
– Si viera que ya me he acostumbrado.
– Entonces, ¿no se quitará el hábito?
No la dejé responder y le lancé otra pregunta aprovechando el espacio que me daba.
– ¿La manda, por qué fue?
Ella se quedó callada. Tal vez, removí algo y pequé de imprudente. Así que agregué:
– No me conteste, sino desea.
– Le diré que después de casi veinticinco años de vivir con mi marido, se fue, no sé si con otra mujer o simplemente, se cansó de mí. Me dije que lo esperaría un año.
Se quedó en silencio y se fue a la cocina a lavar trastos.
Para no verla con su atuendo le dejaba víveres y salía a visitar a mis amigos o a sentarme en el parque leyendo algún libro de interés. Llegaba a la hora de la comida y de reojo veía su cara, enmarcada por el velo y el vestido cerrado desde el cuello hasta la punta del tobillo. Estaba contento. Sin embargo, me horrorizaba contemplarla con el atuendo de monja medieval.
-¿Se quitará su vestido de monja? -Se lo dije en tono de broma.
– Ya me acostumbré a éste y, tal vez, me sea difícil.
-Le propongo un trato, ¿qué le parece, si al menos en casa se viste como yo deseo? El hábito parece que le pone diez años más.
Tragó saliva, arrugó la frente y sonrió forzadamente.
-Por supuesto que usted no comprará nada. Todo se lo daré yo.
-¿Me está pidiendo que me vaya?
-De ninguna manera. Solamente, deseo verla diferente, menos monja., más ¿Qué me dice? Terminando su labor, vuelve a ponerse su ropa.
Destensó su frente. Su mirada se iba hacía el patio donde el durazno se había cubierto de flores.

Bajó los ojos, y las manos se sujetaban una a la otra. A veces, movía imperceptiblemente, la cabeza. Entendí que tenía una lucha interior. Así que saqué de mi chistera otra propuesta.
-Le aumentaré el sueldo, pero si acepta, será la ropa que yo elija y esto incluye un nuevo look.
-Déjeme pensarlo.
No fue al siguiente día, y estuve de malas. Pensé que a lo mejor ya no vendría, pero una semana después llegó. Creí que vendría a pedirme el dinero que le correspondía, pero grande fue mi sorpresa cuando me dijo:
– ¿Y mi uniforme?
Este día lo dedicaremos a hacer compras -le dije. También, deseo dejarla en un centro de belleza para que usted disponga de un nuevo corte de cabello y lo que le sugieran las encargadas. Mientras, yo iré a una central de uniformes y le escogeré su ropa de trabajo.
Cuando regresamos a la casa, estaba por anochecer. Ella volvía con su traje de monja, su velo cubriéndole la cabeza y sólo los ojos oscuros dejaban ver una lucecilla juguetona. Nos bajamos en silencio.
-Si gusta bañarse, ya sabe donde está todo. Le dejé su ropa en la cama. Tengo una reunión de amigos. Luego, regreso. Le dije.
En realidad, iba a hacer tiempo a un café para darle su espacio de intimidad que toda mujer requiere. Le había comprado su uniforme. También, otro vestido estampado de un estilo juvenil. Así como otros artículos de belleza. En el trayecto, adquirí una docena de rosas rojas, que se verían bien en el centro de la mesa. Como no se había hecho comida, pedí que llevaran una pizza.
Puse las rosas en el florero. Ella apareció minutos después, tapándose la cara. Era evidente el cambio. Las del centro de belleza, le habían dejado con un corte moderno, con un color acorde a su piel, arreglaron sus cejas, y ella puso algunas sombras que resaltaban sus ojos negros. El uniforme verde enmarcaba sus formas y sólo ella sabía que no tenía sujetador, pero era evidente que los años habían respetado la vitalidad de sus senos. La hice darse una vuelta y encontré una mujer dotada de sensualidad.
-¡Se ve estupenda! ¡Qué cambio! ¿Ya se vio en el espejo? ¡Mírese! ¡Está usted irreconocible! Hoy es un día diferente, así que le invito a comer.
-Pero… Si no he hecho la comida.
-No se preocupe, ya viene en camino una pizza.
Los días siguientes, hacía sus quehaceres con otra energía. La cadencia al caminar volvió, y la sonrisa perdida -aún tímida- abría la ventana. Mis amigos me visitaban con más frecuencia, y ella se daba cuenta de que sus miradas la recorrían. En confianza, le decía que no se avergonzara que si el Señor le había dado esa armonía que, entonces, la luciera.
Hoy, cuando estoy sentado y ella limpia las ventanas, ayudándose de una escalera, veo de reojo sus muslos cálidos. Ella lo sabe y de vez en cuando me lanza una mirada viva y una sonrisa cocoroca.

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Navidad en la selva de Rubén García García

Dedicado a niños y adultos de la tierra

Bajo la ceiba platicaba Don Sapo con el Topo, que traía lentes oscuros, por ser luna llena.
―¿Ha escuchado hablar de Santa Claus?

―Para nada Sapo .
―¿Pero sí de la navidad?

―Sí, mamá platicaba que era el día en que había nacido Jesús. ¿Y quién es Santa Claus?
―También le dicen papá Noel. Es un señor gordo, vestido de rojo que cada veinticuatro de diciembre, llega a las ciudades del mundo y obsequia a los niños un regalo de navidad.
―Por acá no viene. ¡Es que estamos tan lejos!
―Aquí tengo unos dibujos de Santa.

El Topo se quitó los lentes oscuros. Las veía y volvía a verlas .
―¡Pero es igualito a ti! Si te ponemos el gorro, un vestido rojo, tus botas y te inflas, serías el Santa Claus de la selva.
―Qué cosas dice Topo. Sería bondadoso que los pequeños recibieran un regalo de navidad.
―Verá que todo se puede. El Rey de los Ratones nos dará toda la ayuda, si se lo pido. ¿Quieres que los niños de la selva sean felices?
―¡Claro que sí!

―Entonces, qué te parece si por un día te conviertes en Papá Noel .
Don Sapo se quedó mudo y el Topo dio media vuelta y levantando los brazos al cielo estrellado, dijo:
―¡Dios nos ayudará!
La noche se hizo corta, armaron un plan y cada quien se fue por su lado. La noticia corrió de hocico en hocico . Santa Claus vendría a la selva y daría a los cachorros que se hubiesen aplicado en sus quehaceres un regalo de navidad para festejar el nacimiento del Niño Dios.
¡Cómo se le ocurre señor Sapo decir que Santa Claus vendrá! Me dijeron que informó a la comunidad que él llegará a repartir regalos entre los animalitos de la selva . ¡Eso no se hace! No de esperanzas. Bien sabe que apenas hay para comer. Dijo el señor Lechuza .
―No tenga desconfianza. Ya verá usted que si los niños hacen su carta bien clarita, sin faltas de ortografía y diciendo por qué son merecedores de regalos , Santa Claus cumplirá.
― El regalo es un estímulo para que los niños sigan haciendo bien sus quehaceres. ―exclama el Topo.

El Sapo se fue a ver al Rey de los Ratones, brincó por los camelotes del río. Después de muchas horas llegó a la ciudad. Encontró al Rey en la biblioteca, era su oficina. Allí, se enteró de que Papá Noel iniciaba su recorrido -desde el Polo Norte con un trineo lleno de juguetes, remolcado por alces alados.
―El festejo navideño llegará a los rincones del mundo para celebrar el nacimiento del Niño Dios; y es grato señor Sapo que la lleve al corazón de la selva. ―Decía el Rey.
― Aquí están las fotos de Papá Noel. Con una bata roja, un bulto sobre el lomo. Don Sapo, usted tiene mucho parecido con él. –Dijo Mamá Ratona.
―¿Usted cree doña Ratita? -Preguntó emocionado, don Sapo.
―¡Claro que sí! Se imagina usted lo feliz que se serían los animalitos del monte, si en la navidad encontraran en su casa un regalo.
―Pero, ¿y los regalos?
―Eso es lo de menos, aquí en la ciudad son tan desperdiciados, que los niños caprichosos tiran sus regalos y al rato piden otro nuevo. Los papas con tal de que no los molesten vuelven a comprarles más. Tome esta franela roja. Ahora le confeccionaré su traje de Papa Noel.
―¿Y los regalos?
Mamá Ratona chifló sacando la lengua y frunciendo los labios. Siete ratones prestos, llegaron.
―Esta noche traigan muchos juguetes. Ordenó; “cada ratón debe de traer dos por lo menos” .
Una miríada de ratones trajeron de diferentes partes: muñecas, ositos, jirafas, carretas, trenes, planchas, trasteros con sus vasijas, estufas con sus peroles. Se juntó una gran cantidad de juguetes, gracias a los niños caprichosos y, también, a los padres complacientes.
―¿Y cómo podré llevarme tanto?
―Nuestras primas, las ratas de agua nos ayudarán.

La biblioteca se llenó de Ratonas Blancas, orejas pequeñas y largas trenzas que se encargaron de dejar, como nuevos, los obsequios. La niña fea dejo de ser fea, y la flauta se reconcilió con el viento. Los embolsaron poniéndoles un moño rojo con diferentes leyendas: ayuda a tu mamá, no faltes a la escuela, estudia a diario, respeta a las niñas, ama a tus padres y hermanos. ¡Feliz navidad! El Niño Dios nació.

Cuando mamá Ratona vistió de Santa Claus a Don Sapo , todos exclamaron: ¡ohh ! fue entonces que recordó que al señor Santa se le reconocía por su carcajada de JO JO JO . Don Sapo empezó a practicarla , pero no era convincente, sin embargo en su corazón retumbaba el JO JO JO .
Un camelote fue adaptado como balsa. Éste fue reforzado con raíces trenzadas por las ratas de agua. Lo esencial es que esté protegido por la madre tierra en contra de los malos espíritus que son fluidos que se transforman en cualquier tipo de maldad.
―Recuerde Don sapo que el mal tiene muchas caras: una roca, un viento furibundo, una neblina, un grito desgarrador o quizá una voz melosa. Va protegido, eso no quiere decir que sea a prueba de todo. Abra los ojos que desde este momento, usted pertenece a la bondad. Le acompañaran mis Ratas de agua y mis amigas las Nutrias que impulsaran el camelote hasta la profundidad de la selva y otro viajero.
En el cielo había una luna veleidosa. Por momentos parecía decir véanme, y en otras se envolvía entre las nubes. En el primer tercio corrió sin sorpresas: gritos en la lejanía, chicharras en coro. Al llegar a la mitad del trayecto la luna se ocultó. La noche se hizo densa, la brisa se calmó. Ahora, el viento llegaba frío y zarandeaba a los árboles. El rostro de don Sapo empezó a preocuparse. Se oían silbidos, y el agua del río se encrespó.
Los ojos de Don Sapo no daban crédito. En el agua había círculos de colores. Se veían hermosos, pero al afinar la mirada le latió con fuerza el corazón: eran víboras entrelazadas que rodaban sobre la superficie y amenazaban con tomar la ínsula. Las Ratas se ordenaron en fila con todos los sentidos exaltados. Los ojos los mantenían casi cerrados porqué podrían ser hipnotizadas. Las Nutrias formaron la primera defensa y con sus colas golpeaban el agua. El ruido intenso y las olas detuvieron el avance, sin embargo una de ellas logró de un salto descomunal llegar hasta la isla con las fauces abiertas para deglutir de un solo bocado el cuerpo obeso del batracio. Sólo que en el último instante el Jaguar de un zarpazo le arrancó la cabeza.

Regresó la calma. La luna asomó nítida. Poco después, una docena de nubes gordas la envolvió, y la oscuridad se hizo intensa. Un silencio sospechoso bostezaba. Rompió el sonido del río: splash splash. Golpes en el agua, tambores líquidos que anunciaban otro suceso. Las Ratas olfateaban, divisaban el horizonte a ras del agua, al tiempo exclamaron: ¡lagartos ! Hay muchos que están de rivera a rivera . Las Nutrias dejaron de avanzar. Los caimanes nadaban lentamente hacia el camelote. La luna abrió un instante dejando ver una fila de ojos de donde fluía un brillo verdoso y rojizo. Los habitantes de la isla se agruparon; al frente se plantó el Jaguar. Dos enormes colas se adelantaron dispuestos a golpear y al derribarlos de la ínsula serían victimados con facilidad . Escuchó la voz de don Lechuzo que les gritaba:
– ¡Cierren los ojos ! ¡cierren los ojos !
Una masa de luciérnagas voló sobre los lagartos prendiendo y apagando su luz, lo que hizo que miraran hacia arriba; y al hacerlo llegaron miríadas de moscos que se incrustaron en sus párpados, obligándolos a hundirse en las aguas del río.

A don Sapo hubo que acomodarle su gorro, su bata roja, y sus botas, le forjaron una canasta sobre su lomo. Así, mientras los infantes dormían fue dejando a los niños sus juguetes; y a los padres, un nacimiento para venerar la llegada del hijo de Dios.
Sólo don Lechuzo y el Topo supieron que Don Sapo había terminado. El JoJoJo cada vez se oía más lejos camino a los pantanos.

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La madre del Minotauro

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Se levantó con la sensación que sería un día pésimo. Muy en la mañana el Rey Minos intentó despertarla. Contestó con un gruñido y regresó al sueño. Al verla con el ceño marcado, los sirvientes se encomendaron a los dioses. Por la tarde el sol duro entristecía los jardines del palacio. Estaba por cumplir los cuarenta años y tenía la lozanía de un fruto recién cortado. Era espigada, piel dorada, de andar elegante; parecía que la prole le había dado brotes de juventud y sensualidad.
Ella conocía su carácter arrebatado, dominante, con días de mal humor; ahora, percutía otro presentimiento, que no puede definir. Respiró profundamente, intentaba aplacar la sensación de “falta de aire”. La ventana de su habitación en el palacio de Cnosos era amplia y desde allí contemplaba la nueva área de jardines que dirigía el arquitecto Dédalo. En el momento, no había nadie, ni viento, ni cantos de aves, solo un bochorno que pisoteaba la tarde.
—¡Fero! ¡Fero! ¿Dónde estás?
Moviendo la cola, el perro negro azulado, llegó hacia ella. Ella acarició la testa y él lamió sus manos.
—Tú eres el único que soporta mis extravíos. —y volvió sus ojos azules hacía la ventana.
.
El palacio lo recordó como una construcción fría y húmeda, sin embargo, fueron sus mejores años al lado de Minos. Ella era Hija de Helios y Perséis y fue exquisitamente educada. Rápidamente tuvo a Acacálide, Ariadna, Androgeo, Glauco, Fedra y Catreo, dedicándose a ellos en cuerpo y alma. A Minos, se le reconocía por su buen juicio y marcialidad. Era hijo de Zeus y Europa, que al dejarla Zeus, se casó con el Rey Asterión, quien se hizo cargo de Minos, Sarpedón y Radamantis.
Pasó por su mente la imagen de su hermana Circe, ambas instruidas en el manejo de lo oculto. Años después de casada supo que su esposo perdía fácilmente la cabeza por cualquier mujer. Nunca le dijo nada a Minos del hechizo que sacó del arcabuz de su corazón: por cada eyaculación que vertiese en una vagina distinta a la de ella, el semen se convertiría en serpientes, alacranes y tarántulas que agusanarían las vísceras del receptor. Así cayeron una tras otra sus amantes. Él se dio cuenta del encanto al ver con horror los monstruos que eyaculaba la vez que se masturbó. Ahora… comprendía por qué las ninfas huían de él.
Algunas tardes se reunía con Dédalo bajo la sombra de una cabaña. Siempre colmado de ideas y atrapado entre la oreja y la testa un lápiz de carbón que utilizaba para dibujar en cualquier superficie. En ese tiempo, pretendía darle al palacio de Cnosos una nueva cara. Otras veces lo visitaba en su taller, encontraba en sus creaciones, el alma de un artista y el ingenio de una mente inquieta. Los juguetes con que se divertían sus hijos salían de su imaginación.
Al morir el Rey Asterión sobrevinieron los problemas de la sucesión. Los hermanos se disputaron el reinado, congregados a puerta cerrada, los herederos zanjaron el problema. Minos dijo que era el favorito de Poseidon; y él enviaría un mensaje desde el mar. Los inconformes dejaron que los resultados hablaran por sí mismos. Si los dioses apoyaban a Minos, nada podrían hacer; optaron por esperar. Tiempo después de ofrendarle un templo al dios de los mares, en un día de verano, cuando la multitud estaba en el atracadero de la polis, divisaron sobre las olas, que una enorme bola se abría camino. “…En un principio no se le encontraba forma, simulaba una masa de espumas que se alzaba sobre las olas. A medida que se acercaba se dibujó su cara y las astas de los cuernos. Tenía un cuerpo enorme, donde las crestas del agua rompían hirbiendo de blancura. Al salir a la playa parecía un macizo de nieve y a su paso levantaba exclamaciones entre la gente. Un toro albo que cautivo a todos” Escribiría más tarde el cronista Aximelon.
El miura fue el indicio de que los dioses querían que Minos gobernara. Él lo sacrificaría hasta que llegasen las fiestas, mientras, lo llevaría a los pastizales de su propiedad.
Cuando el toro albo sintió la mano de Minos sobre su testa consintió que lo acariciara, vio en sus ojos los cuatro elementos de la vida e imaginó sus campos con sementales de nieve. Al retirarse del establo, tomó la decisión de no sacrificarlo; a la distancia parecía una nube cuya frente semejaba platicar con las estrellas. A su lado iba el fiel sabueso Laelaps, un perro que nunca dejaba escapar una presa, y bajo el brazo traía una jabalina que jamás erraba: regalos de Zeus y de Artemisa en el día de la boda de Europa con Asterión, que pasaron a su poder a la muerte del Rey.
Partió Minos hacia un punto lejano donde se vería con Procris. En el trayecto recordó su cara de fuente, su voz de madera. Al principio le despertó sentimientos paternos que después se tornaron confusos. Supo que había estado casada con Céfalos y que éste por la magia de la diosa de la aurora tomó la imagen de otro varón y sedujo a su propia esposa ofreciéndole una diadema de oro. Luego de poseerla, Céfalo tornó de nuevo a su apariencia y se retiró desconsolado por la infidelidad; refugiándose en los brazos de la dama del Alba. Procris huyó avergonzada y llegó a la isla de Creta y aceptó el amparo de Minos y poco a poco las caricias paternales se transformaron en caminos de ardor y deseo.
Un día que estuvieron próximos a ser parte del fuego, él se detuvo y con desesperación le confesó el hechizo que sufría.
— No te entiendo.
— Pasifae me ha embrujado y cada vez que mi semilla corre fuera de la vagina de ella, se transforma en veneno y mi compañera muere. Yo no quiero tu muerte.
Procris se acercó a él, lo abrazó y sus yemas rodaron primero por sus cabellos, por su mejilla; con voz breve le dijo:
—Me ha emocionado escucharte. Tus palabras sinceras se han mudado a mi corazón. ¡Ayudémonos! Sé de un brebaje que Circe receta para este tipo de asuntos.
— Cómo sé que me servirá.
— Tendrás que confiar en mí.
Él se acercó, la tomo de la cintura, escondió su barba en la curva de su oreja y después buscó sus labios. Ella se resistió, pero su corazón se dobló por la sinceridad de Minos y correspondió. Él se retiró aún emocionado y le susurró: te deseo.
— También has encendido mi llama, pero el dolor de saberme sola me entristece.
— ¿Qué es lo que más quieres?
— Reconquistar mi matrimonio, sentirme cerca y unida a Céfalo como antes.
Días después antes de que la alborada llegase Minos tomó el brebaje de Procris y ella le susurró al oído “dentro de unas horas estarás curado”.
— ¿Cómo lo sabré?
— Sólo espera en silencio y reza por tu salud a la diosa Afrodita. Espérame.
Regresó con una jarra de vino, le dio un trago. Buscó su aliento y le pasó un remanente. Abrió su túnica y le ofreció su seno con el pezón erecto. Minos ardía. Llevó a su boca la luna llena de sus senos. Ella montó y sus labios recorrieron su rostro. Los besos rodaron por su cuello y sus pezones de varón se levantaron sobre el vello de su pecho. Con voz dulce y susurrante le cuchicheo “Lo haré con mi boca así verás que tu germen viene vestido de blanco”.
La despidió de la isla de Creta obsequiándole el perro que nunca deja escapar una presa y una jabalina de caza que jamás yerra el blanco. Pasarían a la custodia de Procris, y serían el instrumento para recuperar a su marido que era un apasionado de la caza.
De regreso, Minos sólo pensaba en el toro sin mancha
de Poseidón.
Había una lista de adolescentes que ensayaban con religiosidad lo que sería esencial para la fiesta: estar frente al toro, correr hacia él, impulsarse, dar una vuelta en el aire, resortear sobre el lomo y caer al suelo. Al final de la fiesta se realizaría el sacrificio del vacuno albino en honor al dios de los océanos. Todo sucedió de acuerdo con lo programado. Con excepción de que El Rey Minos se quedó con el toro y sacrificó otro. El pueblo no se percató del cambio, pero Pasifae y Poseidón sí.
Parecía que el tiempo no se había movido, la ventana, los jardines, el bochorno. El perro mirándola. Ayer fue a los pastizales y vio al vacuno. Minos ordenó que toda vaca en celo fuera acercada al toro para que éste la montase. El animal tenía líneas de fuego entre la piel blanca; los cuernos parecían fulgir como dos medias lunas y su presencia de blancura le daba una orla de poderío cuasi brutal. Cuando montó a la vaca su estatura creció y de una poderosa embestida distendió las paredes de la vagina. Ésta mugió, aceptando la inutilidad de poner resistencia. Pasifae regresó apresurada a su habitación y en la noche el toro aparecía frente a ella, viéndole manso, tierno y en veces retador.
Sabía que el Rey Minos había vuelto a sus andadas; torció la boca y contempló el cielo. La desposó en las fiestas de Afrodita y con sofoco recordó que su cuerpo era palma seca cuando el Rey lamía sus orejas. Pensó que no tenía nada de extrañó soñar con toros; el símbolo de la polis. Lo que no entendía era el brillo insolente en los ojos del miura y aquella imagen retadora en el instante que montaba a la hembra. Le llegó un presentimiento y fue temprano al corral. Sólo estaba el fiel Axto, que traía una vaca en celo para ofrecerla al semental, y enmudeció al repetirse la escena del sueño. En el momento del ayuntamiento la cabeza del toro volteó hacia ella. Después de la cruza, la reina exigió que se abriese el encierro, el vaquero dudo, pero la orden se desprendía de su mirada. Ella se acercó y el divino toro bajó la testa y pudo acariciarlo de la osamenta, su cara y el lomo duro, como forjado en piedra. Aún sentía la agitación sexual del vacuno y sus manos sudaron; y súbitamente tuvo deseos de escapar, mas no lo hizo y siguió acariciando el pelo húmedo del miura. Por la noche sedujo a Minos y permaneció dormitando hasta el mediodía que se levantó de un excelente humor.
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Llegó una tarde al taller. De el maestrose decía que había fabricado al hombre de bronce y de mil cosas más. Le habló en voz baja, él la escuchó sin proferir ningún juicio, movió la cabeza de arriba hacia abajo, Pasifae regresó al castillo en silencio. Un mes después le enseñó el encargo: ¡era perfecta! Ese día el Rey saldría de la ciudad. En la noche entró desnuda al interior de la vaca… el maestro la acercó al semental albino y se retiró. Afuera la luna llena caía retozando entre los pastos y el murmullo de los animales nocturnos era interrumpido por algún relincho en la lejanía. Dentro, Pasifae esperaba ansiosa la embestida del toro. Una hora antes se untó aceites inodoros en todo el cuerpo. El fuerte olor de hembra traspasaba muros y brincaba por los aires. La imagen de ser poseída por un toro leuco,  producía oleadas de agua y fiebre en su media luna. Cuando sintió su presencia accionó la palanca y las ruedas se inutilizaron para dar paso a las anclas. Exaltado el cuadrúpedo nevado abarco el lomo de la vaca mecánica, ésta resistió la acometida y ella percibió en las sienes un vientre explotando en ansiedad y deseo. Un embolo húmedo y ardiente abrió su vagina y la empezó a llenar de carne y semen hasta sentir que su receptáculo era una nave inundada de mar y burbujas. Tuvo deseos de gritar y y gritó miles de cosas que llegaron del pensamiento, pero sólo recuerda haber sido un pastizal seco consumido por el fuego.

 

Nueve meses después nació el Minotauro, cuerpo de hombre y cabeza de miura y fue encerrado en una de las tantas habitaciones del palacio de Cnosos. En alguna ocasión, Minos le increpó duramente su relación con el vacuno de nieve, ella contestó que Afrodita la había hechizado a solicitud de Poseidon.
– ¡Tú fuiste el culpable! Debiste sacrificar el toro que llegó del mar. La venganza del dios es para ti. Yo soy inocente. Sólo fui una pieza sin voluntad.
Después con dulzura acarició la testa de Fero y se metió entre los pasillos y puertas del palacio para dar de comer al Minotauro.
Frente al sol ardiente, cientos de trabajadores habían empezado a construir el Laberinto bajo la dirección del arquitecto Dédalo. Era tan confuso que algunos de ellos se perdieron en él, aún sin haberlo terminado.

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La soledad de los cementerios

—Doctor, ¡Tome mi lámpara de pilas para que se ayude! ¡Le paso la barreta para que pueda despegar las tablas, y vea bien si la difunta es difunta!
De un salto había caído a horcajadas sobre el ataúd. Tres candiles de gasolina alumbraron el rectángulo de aquella tierra llorosa. El viento arreaba una lluvia menuda, fría a la que no se le veía fin. La noche llegó y se hizo profundamente oscura.
El joven médico tenía poco de haber llegado a este pueblo, recién había instalado su consultorio y se encontraba cenando cuando Jesús, el esposo de la difunta, llegó a la casa de doña Licha. Le habló rápido y atropellado en su dialecto.
—¿Qué dijo doña Licha?
—Quiere que vaya al cementerio y le diga si su esposa aún tiene vida.
Miró hacia arriba: un numeroso grupo de indígenas, alrededor de la fosa, observaba en profundo silencio. Su indumentaria blanca le confería un aspecto albino a la noche; y sus rostros, cruzados por luces y sombras, mostraban una imagen de luto ancestral.
Dejó la bombilla. Con la herramienta, golpeó con fuerza para despegar un tirante del cajón y luego hacer palanca. Poco a poco cedió e hizo a un lado la tabla. Nadie hablaba. Ni un murmullo. Un relámpago alumbró el enorme cedro, que se bamboleaba por la insistencia del viento y cuyas ramas gemían al chocar entre sí.
Sucedió en un tronar de dedos. La madre joven y el niño se quedaron atascados. Las parteras no pudieron hacer nada y se tomaban de la cabeza al ver la sangre que fluía de entre las piernas, de nada sirvió el chacloco, los tapones con tela pabellón. La jovencita murió al nacer el niño que llegaba al mundo sin vida. La enterraron a las cuatro de la tarde. Un hermano que vive en otra ranchería llegó tarde y fue al lugar donde enterraron a su hermana. Al dejar las flores, escuchó ruidos y sobresaltado llegó corriendo a la casa a decirle a la familia. La gente se desperdigó y aviso a demás familiares y amistades y el esposo fue con las autoridades. El comandante tomó dos policías y enterraron en la fosa un tubo de metal. Lo tarde de la tarde y el cielo encarbonado daba la sensación de que la noche se había adelantado.
El médico llegó a la loma respirando ruidosamente, empapado. Abajo, un ciento de hombres lo esperaban con tea en la mano. La noche dejó de ser impenetrable, tanta luz se abría que se vislumbraba la inmensa soledad del cedro. Aparecían manchones blancos. como si hubiesen salido de las tumbas.
“Médico” gritaba el comandante, alto, moreno y con vientre abultado. “Ya estamos abriendo la fosa. Le llamo cuando terminemos”.
Por momentos el cielo resplandecía y el trueno parecía encontrarnos.
Los indios se ordenaron alrededor de la fosa; las mujeres con reboso y los varones con sombrero y cubiertos por una camisa que les cubría los brazos.
Abierto el ataúd la gente se persignó. Los labios de las mujeres parecían rezar y los hombres llevaron su sombrero al corazón. No había más ruido que el silbido del viento y el crujir de las ramas. A lo lejos se escuchaba el ladrar de los perros.
Una lámpara aluzaba la cara de la mujer, que más que mujer parecía una niña dormida. Cejas largas, brunas, con su pelo trenzado. Se calzó el estetoscopio y llevó la capsula hacia la mitad del pecho.
cuando el médico levantó la mano y movió la cabeza de un lado a otro, se escucharon los sollozos y una nueva tanda de lágrimas se confundió con la lluvia monótona. Ulularon los tecolotes y los aullidos de los perros se acercaron a la multitud que poco a poco y en filas ordenadas partieron del cementerio. Volvió la oscuridad densa y el azote del viento a la soledad del cedro.

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Raúl el comerciante

Soy comerciante y vengo a estas plazas porque aparte de vender disfruto los cambios de paisaje. Me crie entre nopales, iguanas y pulque. Mi madre me fue a encargar con sus compadres de la ciudad, salí bueno para las cuentas y mi padrino ya no quiso que regresara al rancho.
-Para que te vas, allá qué madres vas a hacer, quédate con nosotros y verás que la vida te va a pelar los dientes.
Un día ya no fui su ahijado, me hizo su compañero, después me prestó dinero para que me independizara y desde entonces; hago mi capital. Él me decía:
-No sea pendejo, no exhiba lo que tiene, camine en la vida con bandera de que es principiante, y cuando menos lo esperen, cómaselos. Sus carros que se vean viejos por fuera, pero por dentro que sean último modelo. Tampoco es que llegue a lugares de mala muerte, recuerde el dicho, ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre.
Aquí estoy con sesenta años, cumplo cuarenta que viajo por estos lugares y he disfrutado de los amigos, de la buena comida, licores y pues también de las mujeres. Tengo un compadre, bueno no lo es, pero nos decimos compadres. Llegó a mi bodega y me saludó a gritos.
-¡Raúl!
-Dime compadre.
-Oye veo que estas llenando de mercancía la camioneta.
-Me voy mañana al viaje.
-Pero mañana es semana santa, hay que disfrutar.
-Yo siempre lo hago, viajar y vender..
-Entonces vas a donde la gente en estos días se divierte y tu trabajando.
-A ver dime ¿qué es lo qué te traes?
-Bueno, te diré quiero ir a la playa, a divertirme y la verdad la comadre también. Y cómo tú conoces esos lugares, pensé que podíamos ir contigo.
-Yo no tengo inconveniente, porque soy quien maneja, pero irían incómodos y es un viaje como de ocho horas.
-No le hace Raúl, con tal de salir de estas tierras de polvo y frío, vale la pena.
Salimos temprano, al lado mío se situó la esposa de mi compadre que se llama Sonia. Pocas veces la vi, pero me dejó una buena impresión: amable, sencilla y distinguida. Bella figura que me preguntaba ¿qué le había visto a mi compadre?, dedicado al oficio de técnico dental. Con algunas incomodidades llegamos al puerto y nos fuimos a hospedar al hotel en donde por años llegó y gracias a eso pudieron conseguir otra habitación para ellos. Por la mañana desayunamos y fueron hacia la playa y yo hacia el tianguis. Más tarde, ya liberado fui a buscarlos. No tarde en encontrar al compadre enterrado en la arena y a la comadre disfrutando de la caricia del agua y la espuma. Ella me reconoció y salió a encontrarme. Tenía unos ojos chispeantes y casi se le salían de lo contenta que estaba.
-¡Es hermoso!, es hermoso. Métase al agua, sí que es una caricia. A empujones me llevó a que una ola me empapara de pieza a cabeza. Durante una hora vi como retozaba. Era una mujer ancha de cadera, la espuma del mar se le metía en sus pechos bastos. Cada vez que la veía cerraba los ojos y me repetía ¡ah que suerte de mi compadre!
Llegamos al hotel. Mi compadre se cambió y ya me esperaba en la sala del hotel.
-¿La comadre?
-Está hecha una muñeca de trapo.Tiene tanto sueño que no puede ni levantarse.
-Pues vamos a cenar.
-Compadre, y si nos vamos de cabrones por allí. Ya sabes, nos tomamos unas copas vemos algunas niñas.
La mayor parte de esos lugares estaban atestados de turistas, así que lo único que encontramos fue una casa de citas donde entrabas con alguna seña, te pasaban a una sala, con mesas pegadas a la pared. cortinas de gaza y bajo una luz tenue de colores había algunas jóvenes. Nos tomamos dos copas. Él pelaba los ojos tratando de ver cuál de todas le gustaba. Cómo la que señaló la tenía a mis espaldas no la apreciaba. Cuando la mujer se sentó en la mesa, no podía creer, era una chaparra, bustona, con papada, de cabello ensortijado, caderas anchas y patas flacas. Hubo química entre ellos, media hora después se hacían arrumacos como dos adolescentes. Yo escogí una de líneas suaves solamente para platicar. Al tiempo, él se deshacía en caricias en uno de los apartados. Pasó otra hora para que saliera y a media noche un taxi nos dejó en el hotel.
Antes de llegar a la ciudad natal, pasé a cargar gasolina y el compadre quiso la ventanilla, porque se sentía mareado. La comadre quedó a mi lado. La camioneta es de meter y sacar la palanca, por lo que al ejecutar los cambios mi mano rosaba la pierna de ella. Sentía su piel, la erección de sus vellos. Al despedirnos percibí la efusión de su abrazo, y la invitación, de que fuese a comer a su casa con la pareja. Invitación que acepté gustoso. Ya me comunicaría con ellos, pues bien sabían que mi oficio era estar fuera de la ciudad.
-A ver qué día te acompañamos de nuevo, dijo el compadre.
-Yo les digo, sirve que no me voy solo en el camino.
Uno de esos días, salía yo hacía un lugar donde cultivan flores y le dije a mi esposa, pero tenía compromiso con sus amigas, le dije al compadre, y refirió que tenía que entregar un trabajo urgente.
-Pero…
¿Pero qué?
 -Le diré a la comadre sirve que se distrae.
-Bien, me voy mañana a eso de las seis de la mañana, si desea, me hablas por teléfono y yo paso a tu casa.
A las cinco y media de la mañana me habló y me dice.
-La comadre quiere ir…

mujer sentada en la playa

Navidad en la selva RGG

En la noche, bajo la ceiba platicaba Don Sapo con el Topo, que traía lentes oscuros, por ser luna. llena. .
―¿Ha escuchado hablar de Santa Closs?
―Para nada Sapo .
―¿Pero sí de la navidad?
―Sí, mamá platicaba que era el día en que había nacido Jesús. ¿Y quién es Santa Closs?
―También le dicen papá Noel. Es un señor gordo, vestido de rojo que cada veinticuatro de diciembre, llega a las ciudades del mundo y obsequia a los niños un regalo de navidad.
―Por acá no viene. ¡Es que estamos tan lejos!
―Aquí tengo unos dibujos de Santa .
El Topo se quitó los lentes oscuros. Las veía y volvía a verlas .
―¡Pero es igualito a ti! Si te ponemos el gorro, un vestido rojo, tus botas y te inflas, serías el Santa Closs de la selva.
―Qué cosas dice Topo. Pero sería bondadoso que los pequeños recibieran un regalo de navidad .
―Verá que todo se puede. El Rey de los Ratones nos dará toda la ayuda, si se lo pido. ¿Quieres que los niños de la selva sean felices?
―¡Claro que sí! – refiere el topo
―Entonces, qué te parece si por un día te conviertes en Papá Noel .
Don Sapo se quedó mudo y el Topo, dando una media vuelta y levantando los brazos al cielo estrellado, dijo:
―¡Dios nos ayudará!
La noche se hizo corta , armaron un plan y cada quien se fue por su lado . La noticia corrió de hocico en hocico . Santa Closs vendría a la selva y daría a los cachorros que se hubiesen aplicado en sus quehaceres un regalo de navidad para festejar el nacimiento del Niño Dios .
¡Cómo se le ocurre señor Sapo decir que Santa Closs vendrá ! Me dijeron que informó a la comunidad que él llegará a repartir regalos entre los animalitos de la selva . ¡Eso no se hace ! No de esperanzas. Bien sabe que apenas hay para comer. Dijo el señor Lechuza .
―No tenga desconfianza. Ya verá usted que si los niños hacen su carta bien clarita, sin faltas de ortografía y diciendo por qué son merecedores de regalos , Santa Closs cumplirá.
― El regalo es un estímulo para que los niños sigan haciendo bien sus quehaceres. ―exclama el Topo .
El Sapo se fue a ver al Rey de los Ratones, brincó por los camelotes del río. Después de muchas horas, llegó a la ciudad. Encontró al Rey en la biblioteca, era su mansión. Allí, se enteró de que Papá Noel iniciaba su recorrido -desde el Polo Norte- con un trineo lleno de juguetes, remolcado por alces alados.
―El festejo navideño llegará a los rincones del mundo para celebrar el nacimiento del Niño Dios; y es grato, señor Sapo que la lleve al corazón de la selva. ―Decía el Rey.
― Aquí están las fotos de Papá Noel. Con una bata roja, un bulto sobre el lomo. Don Sapo, usted tiene mucho parecido con él. –Dijo Mamá Ratona.
―¿Usted cree doña Ratita? -Preguntó emocionado, don Sapo .
―¡Claro que sí! Se imagina usted lo feliz que se serían los animalitos del monte, si en la navidad encontraran en su casa un regalo.
―Pero, ¿y los regalos?
―Eso es lo de menos, aquí en la ciudad son tan desperdiciados, que los niños caprichosos tiran sus regalos y, al rato, piden otro nuevo. Los papas con tal de que no los molesten, vuelven a comprarles más. Tome esta franela roja. Ahora le confeccionaré su traje de Papa Noel.
―¿Y los regalos?
Mamá Ratona chifló sacando la lengua y frunciendo los labios. Siete ratones prestos, llegaron.
―Esta noche traigan muchos juguetes. Ordenó; «cada ratón debe de traer dos por lo menos» .
Una miríada de ratones trajeron de diferentes partes: muñecas, ositos, jirafas, carretas, trenes, planchas, trasteros con sus vasijas, estufas con sus peroles. Se juntó una gran cantidad de juguetes, gracias a los niños caprichosos y, también, a los padres complacientes.
―¿Y cómo podré llevarme tanto?
―Nuestras primas, las ratas de agua nos ayudarán .
La biblioteca se llenó de Ratonas Blancas, orejas pequeñas y largas trenzas que se encargaron de dejar, como nuevos, los obsequios. La niña fea dejo de ser fea, y la flauta se reconcilió con el viento. Los embolsaron poniéndoles un moño rojo con diferentes leyendas: ayuda a tu mamá, no faltes a la escuela, estudia a diario, respeta a las niñas y ama a tus padres y hermanos. ¡Feliz navidad! El Niño Dios nació.
Cuando mamá Ratona vistió de Santa Closs a Don Sapo , todos exclamaron: ¡ohh ! fue entonces , que recordó que al señor Santa se reconocía por su carcajada de JO JO JO . Don Sapo empezó a practicarla , pero no era convincente , sin embargo , en su corazón retumbaba el JO JO JO .
Un camelote fue adaptado como balsa. Éste fue reforzado con raíces trenzadas por las ratas de agua. Lo esencial es que esté protegido por la madre tierra en contra de los malos espíritus que son fluidos que se transforman en cualquier tipo de maldad.
―Recuerde Don sapo que el mal tiene muchas caras: una roca, un viento furibundo, una neblina un grito desgarrador o quizá una voz melosa. Va protegido, eso no quiere decir que sea a prueba de todo. Abra los ojos que desde este momento, usted pertenece a la bondad. Le acompañaran mis Ratas de agua y mis amigas las Nutrias que impulsaran el camelote hasta la profundidad de la selva y otro viajero.
En el cielo había una luna veleidosa . Por momentos  parecía decir véanme, y en otras se envolvía entre las nubes . En el primer tercio corrió sin sorpresas; gritos en la lejanía, chicharras en coro. Al llegar a la mitad del trayecto la luna se ocultó. La noche se hizo densa, la brisa se calmó. Ahora, el viento llegaba frío y zarandeaba a los árboles. El rostro de don Sapo empezó a preocuparse; se oían silbidos, y el agua del río se encrespó .
Los ojos de Don Sapo no daban crédito. En el agua había círculos de colores. Se veían hermosos, pero al afinar la mirada le latió con fuerza el corazón: eran víboras entrelazadas que rodaban sobre la superficie y amenazaban con tomar la ínsula. Las Ratas se ordenaron en fila con todos los sentidos exaltados. Los ojos los mantenían casi cerrados porqué podrían ser hipnotizadas . Las Nutrias formaron la primera defensa y con sus colas golpeaban el agua. El ruido intenso y las olas detuvieron el avance, sin embargo  una de ellas logró de un salto descomunal llegar hasta la isla con las fauces abiertas para deglutir de un solo bocado el cuerpo obeso del batracio. Sólo que en el último instante , el Jaguar de un zarpazo le arrancó la cabeza.
Regresó la calma. La luna asomó nítida. Poco después, una docena de nubes gordas la envolvió, y la oscuridad se hizo intensa. Un silencio sospechoso bostezaba. Rompió el sonido del río: splash splash. Golpes en el agua, tambores líquidos que anunciaban otro suceso. Las Ratas olfateaban, divisaban el horizonte a ras del agua, al tiempo exclamaron: ¡lagartos ! Hay muchos que están de rivera a rivera . Las Nutrias dejaron de avanzar. Los caimanes nadaban lentamente hacia el camelote. La luna abrió un instante dejando ver una fila de ojos de donde fluía un brillo verdoso y rojizo. Los habitantes de la isla se agruparon; al frente se plantó el Jaguar. Dos enormes colas se adelantaron dispuestos a golpear y al derribarlos de la ínsula serían victimados con facilidad . Escuchó la voz de don Lechuzo que les gritaba:
– ¡Cierren los ojos ! ¡cierren los ojos !
Una masa de luciérnagas voló sobre los lagartos prendiendo y apagando su luz, lo que hizo que miraran hacia arriba; y al hacerlo llegaron miríadas de moscos que se incrustaron en sus párpados, obligándolos a hundirse en las aguas del río.
A don Sapo hubo que acomodarle su gorro, su bata roja, y sus botas, le forjaron una canasta sobre su lomo. Así, mientras los infantes dormían fue dejando a los niños sus juguetes; y a los padres, un nacimiento para venerar la llegada del hijo de Dios.
Sólo don Lechuzo y el Topo supieron que Don Sapo había terminado. El JoJoJo cada vez se oía más lejos camino a los pantanos.

SAPO NAVEÑO.

La lucha

Tengo que admitirlo. A mis setenta años, en las noches oscuras y profundas escucho los horrores de aquel momento, veo la cortina que se mueve, suspiro y trato de dormir, aunque el silencio del presente me propone un final cercano.
Sudoroso y tenso, percibo los tambores opacos y desordenados de mi corazón. A manera de un autómata, voy al baño, orino sobre la blancura de la taza; y el chorro final se queda a medias, pujo hasta que las gotas se reúnen en un flujo fatigado. Camino a oscuras hacia la cocina para tomar agua: me calma, me refresca; al beber, el ardor abdominal se vuelve tolerante.
Mi oído es muy perceptivo; la familia ignora lo bien que escucho. Soy un anciano débil, subordinado que vive gracias a Dios y a los inventos del hombre.
Sin embargo, ellos han decidido adelantarme la muerte. Mis bienes, prácticamente ya se los han repartido; no les pertenecen, pero saben que en el futuro los tendrán. Cuchichean en los pasillos: cómo mostrarán su equipaje en el velatorio, qué bocadillos darán y si me llevarán a la iglesia antes de darme sepultura.
Tengo deseos de abandonarme a la corriente al sufrir este duelo diario, pero una mano pequeña, dentro de mí, me dice que no.
Y entonces me veo en el recuerdo como un chamaco de diez años.
Vagaba descuidado por el malecón y mis ojos se distraían con la corriente del río. Mi padre en la cantina, mamá en alguna casa lavando ajeno para darnos un pedazo de pan y, a veces, algo de leche, yo llevaba las ropas sucias, raídas y los zapatos rotos, gastados.
— ¡Chamaco, chamaco!
La voz provenía de una señora robusta, acanelada, de mediana edad, con grandes ojos verdes, y un lunar que le abarcaba la mejilla derecha.
— ¿Qué haces chamaco?
– Nada.
— ¿No quieres ganarte unos centavos?
– ¿Cómo? —dinero era lo que necesitaba para ir a comprar comida.
— ¡Vente conmigo! Tengo una lonchería y necesito que me ayudes.
Me vio indeciso y continuó.
—Te ocuparás de llevarme agua y moler el maíz para hacer las tortillas. ¡Anda, súbete a la lancha que nos vamos!
La sorpresa me había dejado inmóvil, sólo hacía gestos.
— ¡Súbete! ¡Súbete, que nos vamos!
Salté al bote; creí que atravesaríamos el río, pero siguió corriente abajo para incrustarse en la desembocadura y adentrarse al mar abierto. Por allá estaba “El Esperanza”, un barco carguero de mediano calado. La señora se llamaba Ema y con el peine de sus uñas me acicalaba el pelo.
—No te asustes, te va ir bien conmigo —me decía al oído.
¿Asustado? Yo no lo estaba. ¡Lo que veía era grandioso! Montarme en medio del río, imaginar que era un potro y cabalgar sobre su lomo líquido, me llenaba de fuego. ¡Estaba arrobado! ¡Tanta agua! Mi mano sentía la brisa chispeada de gotas minúsculas que me rociaban brazos, pecho y cara.
Había muchos hombres, pero pocas mujeres y todos dormíamos en la cubierta bajo una lona que servía para protegernos del sol o de la lluvia; tocaríamos tierra cerca de la frontera con Guatemala, me dijeron.
Ellos debían introducirse en la selva, subir a lo más alto del árbol del chicle y hacerle surcos, para que la resina bajara poco a poco y su leche blanca fuese transformada en dulces o pelotas.
Se acabó la travesía en el mar y, una vez en el puerto, me compró dos mudas de ropa, zapatos y unas botas que sobrepasaban mis rodillas. ¡Nunca había tenido tanto!
— ¿Ya llegamos? —quise saber.
—No, aquí tomamos el tren.
– ¡Ahí viene! ¡Ahí viene!
Subimos y pronto se puso en movimiento. El vaivén era suave y parecía que bailábamos. Las mujeres con sus crías y los hombres metiendo al vagón toda clase de animales, gente sudorosa cargada de olores viejos. De cuando en cuando veía la acrobacia de los cotorros y escuchaba el canto del cenzontle.
Un día después, estábamos en la estación. El pueblo tenía casas de tarro, palma, adobe y algunas con dos pisos hechos en madera.
— ¿Aquí es? —pregunté con curiosidad.
—Todavía falta, pero acá vamos a dormir.
Muy temprano en la mañana salimos a lomo de bestias; nunca había montado así que a las tres horas de viaje, sentía que un enorme tumor me iba creciendo en las nalgas y pedí seguir a pie.
Sólo escuché que alguien me decía: “¡cuidado con las víboras!”
Hubo un momento en el que no tuve más remedio que subirme a la mula ya que había partes donde el barro me hubiese llegado a la cintura. Un lodo tan apestoso que cuando los animales salían, el olor putrefacto se quedaba terco, en la nariz.
Arribamos al anochecer. Sin vestigios de casas ni de calles, estábamos en un claro comido a la selva entre la inmensidad de los árboles, donde habían hecho galeras enormes para descansar y dormir.
De pared a pared se tendían las hamacas; encima, el pabellón que nos protegería de los moscos. ¡Moscos, muchos moscos! Aplaudía sobre la cabeza y terminaban hechos puré entre mis palmas.
Antes de acostarnos, la gente quemaba hierba para hacer abundante humo y forzarlos a irse. No se puede dormir si dos moscos platican en la oreja.
—Bueno, hijito, se nos acabaron las vacaciones – me ordenó levantar.
Era de madrugada
– Ahí están las cubetas, ¡ve al pozo y tráeme agua!
Después de cinco viajes, me hizo señas de que era suficiente. Aún no abría el día y pensé en dormir otro poco.
—Amorcito, el día apenas empieza —dijo con firmeza adivinando mi intención.
La señora tenía a su cargo veinte hombres, a quienes les daba un desayuno abundante casi al amanecer, el almuerzo para que después engulleran en lo profundo de la selva y un plato fuerte que los esperaba a su retorno, cayendo ya la tarde. Al volver tenían hambre, sueño y un intenso escozor ocasionado por las picaduras de insectos que solían mitigar con gelatina de sábila cocida en caña.
Por la mañana había que llenar los tanques de agua, cortar la leña, ponerla al sol, cuidarla de los aguaceros, cocer el maíz con cal, pasarlo al molino y obtener la masa para que cuando regresaran, hubiese tortillas.
En la vejez de la tarde –atontado y dispuesto a dormir– dejaba caer el pabellón y la hamaca se mecía con mi peso; a las tres de la madrugada, la voz de la señora me volvía a la realidad.
—Anda, ¡párate muchachito, ve a traer agua!
El domingo era el único día en el que los chicleros no se internaban en la selva; quisiera o no, tenía que moler el maíz, pero más de uno me ayudaba. Doña Ema debía guisar.
Al descender el sol, nos gustaba ir a una poza y retozar en el agua, o a los lodazales con resorteras para sorprender a las chachalacas desde algún escondite entre los juncos. Si nos sonreía la suerte, había algún alimento fresco para llevar a la boca y era un agasajo ya que estábamos hasta la coronilla de la carne salada.
Ese domingo, el Compa me invitó a pasear con él.
—Cerca de aquí hay un árbol de zapote, yo subo a cortarlos y tú los atrapas para que no se destruyan.
Le pedí permiso a doña Ema, salí alborozado.
—Ten cuidado con las víboras —le dije en el camino.
—Hay que cuidarse de todo, pero mucho más de los humanos —y se echó una carcajada.
Cerca del frutal, hizo señas para que me mantuviera cerca y sin hablar.
Prendió un cigarro y observó hacia dónde se dirigía el viento.
—Hay un puerco salvaje, lo mataré —susurró— súbete a un árbol, pero no hagas ruido.
Desde lo alto lo vi con el machete en la mano. Cuando lo hacía caer, la luz del sol se reflejó en el plano del fierro limado, zumbó en el aire y la oreja del jabalí salió despedida como si hubiese dado un brinco.
El puerco –que tenía una alzada de casi un metro– en vez de correr embistió al Compa y le metió su hocico entre las piernas. Cerca estaba la manada y seis de ellos se abalanzaron haciendo que perdiera el equilibrio; ya en el suelo, clavaron sus colmillos de media luna, rasgándole el cuerpo. La sangre manaba a borbotones, parecía una fuente púrpura y unos gritos de dolor laceraban mis oídos con un ¡ayúdenme!, que todavía sueño.
Sobre el final, uno de los cerdos le tumbó una oreja; pude verlo cuando arremetió alzándolo por el aire: le faltaba un ojo y uno de sus mofletes había desaparecido, dándole la falsa apariencia de estar sonriendo.
Ya no pude resistir y lloré, ocultando mi cara sobre el brazo. Sólo respiraba el hedor del miedo cada vez que sollozaba.
Ahí quedé hasta que me encontraron y fui cargado hasta las cabañas; allí sentí que amarraban mi cabeza a un camastro para frotarme el cuerpo con alcohol mientras me hacían tomar caña con azúcar para curar el espanto; horas después, dejé de temblar. Ese día permitieron que durmiera hasta entrada la mañana. Ya repuesto, pude seguir; después, nada me asustaba.
¡Cuántos años! Nada más triste que ver cómo la familia se quita las máscaras y sus sentimientos quedan descarnados, aflorando sus excrecencias.
La lucha sorda entre ellos, su actitud felina de restregar el lomo en la entrepierna o el ósculo que se dan en la mejilla.
Esperan mi muerte y nada más fácil que dejarme sin medicinas. Sólo murmuran, hacen señas entre ellos, guiñan el ojo y se frotan las manos.
¡Oh, Dios! ¡Otra vez el sudor! Mi frente es pequeña para tanta agua, parece que el aire es menos y una losa multiplica su peso en el centro del pecho. ¡Pero no los dejaré!
Simulé dormir profundamente, tomé la reserva oculta de medicinas, documentos de identidad, dinero que tenía en un viejo pantalón y salí de la casa con el resguardo de la noche, la suerte y mi voluntad.
¡Ahí estaba el niño!
El viento fresco del río me produce cosquillas y por las márgenes van en paralelo las mariposas y los peces. La lejanía tiene un cielo ocre mientras que los montes rompen en rojos eléctricos y azules en floración. Hay olor de vida.
Estoy dentro del mar; es bello ver cómo brincan los delfines y salpican de elípticas. Es bello. Sólo tendré que ajustar el acelerador de la embarcación,
pienso mientras lustro con la mirada el peso del ancla que amarraría con doble nudo al cuero de mis botas. Pronto platicaré con la sirena de mis sueños.
El niño me dice que no, que él no desea morir.
Ahora puedo ver bien, como si a mi corazón lo bañara la luz de la mañana. Ordeno el pensamiento y vuelvo a la ciudad.
En el acuario que está en la sala del hospital, los peces mueven la cola espantando imaginarias moscas; algunos se quedan mirándome: el pulpo de plástico me observa oculto tras los corales, y una pequeña sirenita de juguete sonríe, cómplice.
Apoltronado, espero el resultado de los estudios a los que fui sometido ya que el tratamiento inicial me ha devuelto la fuerza y el ánimo.
Voy en un crucero, llevo de la mano al niño; llegaremos al puerto donde hace sesenta años, él caminó en la búsqueda de sí mismo.
Hemos planeado comernos una nieve, ver el mar y sentir la majestuosidad de la selva; mañana… será otro día.

caminando

Chavela

Salí a fumarme un cigarro; mi patrona, Chavela, dice que el humo se mete entre los poros del queso. Lo vi desde que abrió el portón. Chavela también lo vio, pero siguió trasteando en la cocina. Era de la ciudad y al caminar parecía pedirle permiso a un pie para poner el otro, se parecía al muñequito que ponen a los pasteles. Se detuvo cuando ladraron los perros. Grité que pasara, temeroso, siguió. Observé la camisa blanca y la corbata que se enredaba alrededor del cuello por el viento seco, frío de  las tardes y que hace remolinos con la hierba seca.
—¡Buenas tardes! – dijo con voz fuerte.
—¡Buenas, tenga usted! –respondí y pregunté qué se le ofrecía.
—Busco a Doña Chavela —dijo, sujetándose la corbata de rayas azules.
—Espérela tantito ahorita que se desocupe lo atiende.
Sabía que la señora había escuchado, pero ella no saldría hasta que yo le avisara. Fui a la cocina y antes de hablar, me hizo la seña de “qué quiere”.
—¡No sé!  —dije alzando los hombros.
En el corredor había una silla desvencijada que le ofrecí. Sacó un pañuelo con el cual sacudió el polvo y se sentó sin perder compostura.
—¿Tardará?
—No creo, debe estar haciendo alguna cuenta.
—¿Trabajas con ella?
Asentí y antes de que me pudiese preguntar le comenté que por la noche haría harto frío.
—¡Ojalá y no llueva! — exclamó.
—Pues es lo que deseamos por aquí, qué llueva, tiene rato que no cae.
En eso estábamos cuando la puerta se abrió, y salió la patrona con su reboso enredado en el cuello, la falda larga de manta oscura y unas chanclas de plástico que siempre llevaba.
—¿En qué puedo servirle?
Lo invitó a que pasara, el viento no dejaba platicar. Todavía escuché que decía.
—Soy el señor Martínez de la compañía de alimentos…
Entraron y vi en la cara del señor un gesto de aprobación y la mueca inicial de la sonrisa. Yo sabía que lo pasaría a un lado de la cocina, una especie de mesa cuadrada de ocote sin barnizar que cubre con un plástico a rayas. Platicaron como quince minutos. El joven trajeado salió con la cara agria y para echar fuera su disgusto me dijo.
—¿Tú crees que no me quiere vender queso? Le doy el precio que me pide y el cheque y me dijo que no. No entiendo por qué no acepta si el cheque es dinero contante y sonante. Además, no es de mi cuenta, sino de la compañía que represento.
Antes de llegar a la nopalera, leí en sus labios: “pinche india”.
Llegó joven y sin hijos. La recuerdo con el cabello rizado, piel morena, ojos vivos y de manos hábiles. Aquí se casó con Jeremías que tenía una parcela donde sembraba alfalfa y en poco se llenó de hijos. Ella misma se atendía el parto; y al día siguiente, andaba como si nada, solo se oían los lloros del recién nacido. Su prestigio de partera se lo ganó a pulso.
Un día amaneció sin marido y poco después supo que se había ido con una fulana. Tomó las riendas de todo; de las dos vacas lecheras, hizo cuatro; después doce que son las que tenemos en el traspatio. Todas suizas, las cuales dan leche todo el año por los cuidados que les prodiga. Aprendió a hacer queso de todo tipo y poco a poco se fue haciendo de fama. En principio utilizaba la leche de sus vacas, después empezó a comprar la que producían los ranchos aledaños.
Los fines de semana llegan los dueños a ofrecer su leche, ella les da dinero por adelantado y la trata por debajo del precio que está en el mercado. “El hombre medio borracho, es capaz de vender lo que sea para seguir tomando con las viejas que cada ocho días vienen a la cantina”, me decía.
Ella, con el paso del tiempo, se volvió de piel cobriza y le salieron manchas en los pómulos. Se viste como todas las de por aquí, pero no es de aquí. Como estaba sola, más de algún “vivillo” quiso hablarle bonito; ella no cayó. Sabía de sobra que si la buscaban no era por su belleza, sino por las vacas y las tierritas. Tengo mucho tiempo trabajando como peón de confianza; bueno, confianza digo yo, pero en realidad ella no confía en nadie. De vez en cuando me pide alguna opinión acerca de un animal o bien de algunas parcelas o de los chismes que corren. Solo me dice.
—¿Sabes dónde está la propiedad de Tiburcio Moreno? Pues vas allá y con el tractor le das una buena revolcada a la tierra y le siembras Alfalfa.
Voy, lo hago, nadie me dice nada. Muevo la cabeza, me digo.
—¿A que mi patrona ya se hizo de más tierritas?
Pensé que no iba a regresar. Era el mismo muñequito que caminaba, pero con paso más seguro. Ya conociendo el camino y a escaso metros me dijo que le hablará a mi patrona. Ella salió y me ordenó que empacara todos los quesos que hubiese en existencia. Cuando le subí la última caja, con voz queda me dijo.
—¡Oiga, qué difícil es la india!
Al día siguiente, después de tomar el café con el pan, escuché que le decía a la hija mayor.
—¡Cuida a tus hermanos! No me tardo.
Ella tomó el reboso, se puso los zapatos cerrados, asió la bolsa de todos los días, sus enseres. Nos fuimos caminando al rancho de Matías.
—Escoge las cinco mejores vacas y te las llevas al establo. Yo pasaré con doña Chucha que ya no tarda en parir y hay que darle su sobada.

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Pedro Diego Alvarado

El cinco palos

Me dijeron que por aquí estaba Pancho. Me ha costado trabajo divisarlo por la lluvia, porque está envuelto en un plástico que lo cubre del agua. Inmóvil, a veces se lleva a la boca su cigarro que protege con sus dedos. Está en la esquina porque le permite divisar dos habitaciones. Increíble, parece estatua sólo mira, no hace caso del frío, ni de los alfileres del agua. Es el referí de una apuesta harto rara entre dos conocidos como guapos o divos de las damas que trabajan en la zona de tolerancia. Ver quién tiene más orgasmo con una mujer. El ganador tendrá el reconocimiento de la comunidad.
Me regresé, estaba el tiempo húmedo, helado y un caballito de tequila haría volver el calor perdido, con el cantinero platiqué de la apuesta que se estaba llevando a cabo. Cada uno se metió al cuarto con una muchacha. Pancho diría quien había sido el ganador. El cantinero entre el barullo y la música tropical me fue diciendo cómo llegaron a apostar.
Pancho siempre vestía de blanco, con botas y sombrero, todos lo conocían porque era hombre serio y de palabra. En realidad, el venía a convivir con los amigos y de vez en cundo sacaba una muchacha a bailar, era raro que se pasara de copas y que se le conociera mujer. De vez en cuando invitaba a alguna de su preferencia, pero antes la llevaba a cenar, aquí al lado con Doña Carmen, nadie cómo ella para hacer tortillas y degustar un chileajo en carne de puerco y una cerveza. Por eso fue escogido para que sirviera de juez.
 Tres horas después y empapado de sus ropas y pidiendo un fuerte, Pancho dio el nombre del ganador y desde ese momento,  jacinto un hombre de mediana estatura morocho sin llegar a negro y con una melena  rizada  y con rulos que se le resbalaban bajo la frente se le conoció como el cinco palos.
Intrigado, le pregunté al de la barra, que cómo se había dado cuenta que uno se había aventado cinco y el otro dos. El barman, que traía un sombrero de buena calidad y con patillas que le llegaban a la mandíbula, con el cigarro en la boca, me dijo que eso era fácil. Las muchachas cuando el sujeto eyacula toman un recipiente y se lavan con jabón. ellas mismas abren la puerta y tiran el agua en la calle. De esa manera Pancho llevaba la cuenta.
 Regresé cinco años después y para sorpresa, el barman seguía siendo el mismo. Después de invitarle un cigarro que me aceptó, me presenté, le mencioné el suceso de aquella apuesta famosa, Se recordó el instante y como una cosa natural le pregunté qué había sido del cinco palos y me contesté que ya no venía a la cantina, Me miró, y le invité una cerveza, cosa que aceptó y empezó a contar lo que había pasado con singular personaje.
Va a ver, en aquella mesa estaba sentado un cliente de años que andaba muy alegre y se hacía acompañar de dos muchachas una de ella entrada en años , pero que aún se le veían buenas formas, las había contratado para que lo acompañasen hubiese o no hubiese sexo, eso pasó, verá, hace como dos años. A la media noche llegó el cinco palos, las muchachas fueron a recibirlo, menos una de ellas.  Él venía tomado, así que se paró enfrente de ella y dijo, “que, no le vas a dar besito a tu papi”, ella hizo como que no le había escuchado y él encabronado le echó la copa en el vestido.  No nos dimos cuenta, tomó el micrófono y dijo en voz alta yo soy la puta que se acostó con este cabrón a que todos llaman cinco palos,
Nos dio pelos y señales y las bandejas que ella tiraba era del agua de lluvia porque tenía goteras en su vivienda. El amigo cuando mucho se echó uno y después se la paso dormido, Había mucha gente y el chisme corrió peor que pólvora. Dejó de venir, pues las veces que lo hizo, no le hablaban. Dicen las malas lenguas, que una pandilla lo espero a que saliera y lo golpearon, otros dicen que fueron a más, pero desde ese entonces dejó de venir.

lautrc

Mario

Paaul Cezanne
Paul Cezanne
No contuvo la molestia cuando escuchó que tocaban a la puerta y abrió con enojo. Se trataba de un joven imberbe, que traía un arreglo floral; pensó que se había equivocado de dirección.
— ¿Aquí vive la Señora Celia Basan?
— Sí.
— Traigo flores para ella.
Lo hizo pasar, para que situara el cesto floral.
— ¿Dónde tengo que firmar? Agregó con tono seco.
Quedó perpleja. Sus ojos se perdieron entre los amarillos: una hermosa combinación de girasoles y margaritas y en la base, unas azucenas que gritaban olorosas. “¿Quién me las habrá enviado? Mis dos hijos radican fuera del país”
La voz del muchacho la volvió.
— No tiene que firmar en ningún lado y esto es para usted.
Tomó el sobre percudido que el muchacho le extendía y al abrirlo, aspiró un sutil aroma a lavanda. En el interior, había una moneda de plata y una carta escrita a puño y letra:
Estimada Celia:
Me hubiera gustado despedirme de manera personal, sin embargo, mi salud no me lo permite. Antes de que mi entendimiento se desvíe, quiero agradecerte los momentos que le dieron sentido a mi vida. Aún conservo vivo el recuerdo de tu partida. Lo acepté con pesadumbre, pues anhelaba compartir el último trayecto de mi vida junto a ti. Pero, ante todo, debía respetar tu decisión de vivir sola.
He estado pendiente de ti, sin que te percataras. Me han dado alegría los títulos que has conseguido y el reconocimiento que la sociedad científica te ha otorgado. He asistido sin estar a la boda de tus hijos y te he acompañado en momentos de dolor. Una vez te dije que el amor se mide más por los días oscuros que por los radiantes. ¿Recuerdas la moneda que te gustó y en el último instante no la compraste? La adquirí pensando que algún día te daría una sorpresa, y ésta es la ocasión. El grabado que lleva te recordó a un ser querido, ahora espero que por ella me recuerdes. El ramo de flores que el joven acaba de entregarte, lo ordené antes de escribirte esta despedida. Aprovecho para decirte quién es.
Su nombre es Mario. Me hice cargo de él cuando doña Carmen, su madre de crianza, murió. Fue una promesa que acepté. Le obsequié lo mejor para afrontar la vida.
Mario ha visto las fotos en que estamos juntos. Hoy que estoy delicado de salud, desearía que te ocuparas de él. En caso de que tu respuesta sea negativa, no te preocupes, él ha sido aceptado en una universidad de prestigio, y tiene un seguro a su nombre que lo protege hasta un año después de su titulación. Sólo prométeme que de vez en cuando le hablarás por teléfono. Si quieres asistirlo, te aseguro que es un joven educado y sensible.
Hasta siempre mi bella amiga.
Celia no pudo evitar una respiración entrecortada y habló con dificultad.
—Vamos a la sala de estar.
Le ofreció un té a Mario y se enteró de los últimos días de su querido amigo. La carta la puso en su pecho, y el disco, en un compartimiento secreto de su monedero. Ya repuesta, mencionó.
— Soy una mujer complicada que ama la soledad; sería difícil hacerme cargo de ti, pero estaré pendiente de tus estudios. Te acompañaré a instalarte y considera tuya mi casa. ¿Dónde dejaste tu equipaje?
—Lo dejé en el pasillo.
Mientras iba por él, observó su cuerpo esbelto, con una sutil agilidad. Regresó con una maleta que parecía portafolio escolar. Poco después merendaban. En la cocina se colaba una ventisca fría, y Mario se levantó a cerrar la ventana percatándose de un desajuste. Observó y manipulando con habilidad hizo correr la hoja.
— ¿Mañana saldrá a caminar? Le preguntó, dándole a entender que podría cambiar el clima.
—No me asustan estas ventiscas.
Antes de retirarse a descansar, le dio un beso en la mejilla y dijo en voz baja “gracias”. La fragancia de su perfume la condujo por un camino de abetos que noches atrás había presentido en el sueño.
Ella marchaba por las callejuelas entre penumbras. “La ciudad es bella; se escucha el frotar de las escobas sobre las piedras de las calles, algún vehículo en la lejanía que rompe el oscuro silencio. ¡Las estrellas titilan tan cerca de uno! Tengo sesenta y tantos años y mi salud es envidiable.”
Miró al cielo buscando a su acompañante, la luna estaba oculta por las nubes. En el trayecto pensó en Mario y la envolvió el recuerdo de aquellos días, sin embargo, se dijo una vez más que la decisión de vivir sola fue acertada.
Mario la esperaba con una toalla y un vaso con jugo de frutas. Ella sonrió y fue a ducharse. El agua hervía en la tetera, en la sartén se cocían unas ricas galletas de harina con aroma a naranja. Poco después se percató de que él lucía como dispuesto a salir de paseo.
— ¿Vas a recorrer la ciudad?
—Será en otro momento. El tiempo va a cambiar, quizá haya necesidad de hacer compras, deseo acompañarla si usted lo permite.
—Magnífico, iremos de compras, ¡me revienta!, pero es necesario ir.
Cuando estaba por abrir el vehículo…
—Déjeme manejar. Soy buen chofer. —le dijo.
Lo miró a los ojos y encontró seguridad. Le dio las llaves y se sentó a su lado. Fue guiándolo por las avenidas y poco a poco sus temores se diluyeron. Cuando compraban víveres frescos recordó a sus hijos y la obligación se transformó en un paseo. El tiempo alcanzó para enseñarle la ciudad y terminaron riéndose en una cafetería de la plaza central.
Muy en la mañana, calzó tenis, tomó su monedero y salió despreciando el frío. Trotaba por la cuesta que va a la iglesia, cuando escuchó otra zancada. Instintivamente miró hacia atrás, y sólo había pedazos de niebla. Se detuvo un instante y quedó el silencio. Reinició, y entre el sonar de su respiración, atendió de nuevo el trote de otros pasos, no eran los suyos, no venían de atrás, tampoco iban delante, sino que los oía por sus pies. Miró hacia abajo y se dijo “estoy loquita”. Llegando a la cúspide, perdió el equilibrio, unos segundos después, también se iría la conciencia.
Más tarde recordaría: “Cuando avanzaba sobre la cuesta, escuché otra pisada distinta a la mía; el ritmo no era el mismo. Adyacente a la iglesia, de unas escaleras que conducen a una construcción milenaria, emergió una silueta que detuvo mi caída. Me acostó y frotó los pulsos del cuello, al mismo tiempo que rezaba. Aún percibo el olor de hierbas y la paz que siguió después de la oración”.
Evocó con claridad el ulular de la ambulancia, de cómo fue trasladada al hospital y los estudios a los que fue sometida. Sólo escuchaba lo importante, el resto era el tiempo interminable, que la hacía ensoñar, reír, llorar, compadecerse, emocionarse. Era vivir de otro modo.
Tres días después, la voz de su hija le acariciaba la mejilla y la alegría la transformó en una ola depositada en la playa.
— ¡Mamá qué lindo está el día!, hay un olor de durazno que revolotea y que tienes que sentirlos. Dime que los hueles mamá.
—Siento el aroma hija…
— ¡Mamá, has regresado! ¡Dios, qué alegría! ¡Mi hermano viene en camino, le dará tanto gusto!
En el hogar caminaba reconociendo el departamento, aún quedaba espuma en el entendimiento. Fue hacia la pieza donde había estado Mario y encontró a su hija profundamente dormida. Cierta vez lo mencionó, pero leyó en los ojos de sus hijos una interrogación. Platicaban que algún velador la encontró y dio parte a los servicios de urgencia.
Meses después, reestablecida, contestó el teléfono.
— ¿Sra. Bazán?
—Sí.
— ¿Estuvo internada en el hospital los días….?
—Sí.
—Hay un monedero que no sabemos de quién es, si es suyo, descríbalo por favor.
—Es pequeño, color negro, de piel, con cierre marrón.
— Puede venir por él…
Cuando lo tuvo, recordó que lo llevaba en el bolso del short. Una luz apremió a que hurgara en el compartimiento secreto, al golpearlo salió rodando por el piso una moneda de plata que giraba, pero al detenerse quedó de canto y rodó hacia ella, hasta guarecerse entre sus dedos.
Al día siguiente se levantó con deseos de saborear dulce de coco y encontró una pequeña porción en la alacena, puso la tetera sobre la estufa, sentada esperó a que se calentara el agua. El monedero apareció sobre la mesa y distraída sacó la moneda, la hizo virar, ésta dio vueltas por toda la superficie, detuvo su movimiento al encontrarse entre sus dedos. Lo volvió a hacer obteniendo el mismo resultado. La siguiente vez, escondió las manos, la rondana daba miles de giros. Habían pasado algunos minutos y seguía. Puso su mano en un extremo de la mesa y ésta fue atraída metiéndose entre los dedos. La llevó hasta su boca, la besó, y sonrió luminosamente.

Un cuento de navidad en la selva

En la noche, bajo la sombra del roble, platicaba Don Sapo con el Topo, traía lentes oscuros, ya que había luna nueva.
― ¿Ha escuchado hablar de Santa Closs?
―Para nada Sapo.
― ¿Pero sí de la navidad?
―Sí, mamá platicaba que era el día en que había nacido Jesús. ¿Y quién es Santa Closs?
―También, le dicen papá Noel. Es un señor gordo, vestido de rojo que, cada veinticuatro de diciembre, llega a las ciudades del mundo y obsequia a los niños un regalo de navidad.
―Pues por acá no viene. ¡Es que estamos tan lejos!
―Mire, aquí tengo unos dibujos de Santa.
El Topo quitándose los lentes oscuros. Las veía y volvía a verlas.
― ¡Pero es igualito a ti! Si te ponemos el gorro, un vestido rojo, tus botas y te inflas, serías el Santa Closs de la selva.
―Qué cosas dices Topo. Pero sería bondadoso que los pequeños recibieran un regalo de navidad.
―Verá que todo se puede. El Rey de los Ratones nos dará toda la ayuda, si se lo pido. ¿Quieres que los niños de la selva sean felices?
― ¡Claro que sí!
―Entonces, qué te parece si por un día te conviertes en Papá Noel.
Don Sapo se quedó mudo y el Topo, dando una media vuelta y levantando los brazos al cielo estrellado, dijo:
― ¡Dios nos ayudará!
La noche se hizo corta, armaron un plan y cada quien se fue por su lado  hacer su tarea. La noticia corrió de boca en boca. Santa Closs vendría a la selva y daría a los infantes animales que se hubiesen aplicado en sus quehaceres, un regalo de navidad para festejar el nacimiento del Niño Dios.
― ¡Cómo se le ocurre señor Sapo decir que Santa Closs vendrá! Me dijeron que informó a la comunidad que él llegará a repartir regalos entre los animalitos de la selva. ¡Eso no se hace! No de esperanzas. Bien sabe que apenas hay para comer. ―Dijo el señor Lechuza.
―No tenga desconfianza. Ya verá usted que si los niños hacen su carta bien clarita, sin faltas de ortografía y diciendo por qué son merecedores de regalos, Santa Closs cumplirá.
― El regalo es un estímulo para que los niños sigan haciendo bien sus quehaceres. ―Dijo el Topo.
El Sapo se fue a ver al Rey de los Ratones, brincó por los camalotes del río. Después de muchas horas, llegó a la ciudad. Encontró al Rey en la biblioteca, era su mansión. Allí, se enteró de que Papá Noel iniciaba su recorrido -desde el Polo Norte- con un trineo lleno de juguetes, remolcado por alces alados.
―El festejo navideño  llegará a los rincones del mundo para celebrar el nacimiento del Niño Dios; y es grato, señor Sapo que la lleve al corazón de la selva. ―Decía el Rey.
― Aquí, están las fotos de Papá Noel. Con una bata roja, un bulto sobre el lomo. Don Sapo, usted tiene mucho parecido con él. –Dijo Mamá Ratona.
― ¿Usted cree doña Ratita? -Preguntó, emocionado, Don Sapo.
― ¡Claro que sí! Se imagina usted lo feliz que se serían los chiquillos del monte, si en la navidad, encontraran en su casa un regalo.
―Pero… ¿Y los regalos?
―Eso es lo de menos, aquí en la ciudad son tan desperdiciados, que los niños caprichosos, tiran sus regalos y, al rato, piden otro nuevo. Los papas, con tal de que no los molesten, vuelven a comprarles más. Tome esta franela roja. Ahora, le confecciono su traje de Papa Noel.
― ¿Y los regalos?
Mamá Ratona chifló, sacando la lengua y frunciendo los labios. Siete ratones, prestos, llegaron
― Está noche traigan juguetes, muchos juguetes. Ordenen a sus familias que cada ratón debe de traer dos.
Una miríada de ratones trajeron de diferentes partes: muñecas, ositos, jirafas, carretas, trenes, planchas, trasteros con sus vasijas, estufas con sus peroles. Se juntó una gran cantidad de juguetes, gracias a los niños caprichosos y, también, a los padres complacientes.
― ¿Y cómo podré llevarme tanto?
―Nuestras primas, las ratas de agua nos ayudarán.
La biblioteca se llenó de Ratonas Blancas, orejas pequeñas y largas trenzas que se encargaron de dejar- como nuevos- los obsequios. La niña fea dejo de ser fea, y la flauta se reconcilió con el viento. Los embolsaron, poniéndoles un moño rojo con diferentes leyendas: ayuda a tu mamá, no faltes a la escuela, estudia a diario, respeta a las niñas y ama a tus padres y hermanos. ¡Feliz navidad! El Niño Dios nació.
Cuando Mamá Ratona vistió de Santa Closs a Don Sapo, todos exclamaron: ¡ohh! fue entonces, cuando recordó que al señor Santa se reconocía por su carcajada de JO JO JO. Don Sapo empezó a practicarla, pero no era convincente, sin embargo, en su corazón retumbaba el JO JO JO
Un camelote fue adaptado como balsa, pero era mucho mejor que ésta. El camalote está reforzado con raíces trenzadas por las ratas de agua. Hay arbustos que dan calor o frescura y se confunden con otros camelotes, pero lo esencial es que está protegido por la madre tierra en contra de los malos espíritus que son fluidos que se transforman en cualquier tipo de maldad.
―Recuerde Don sapo que el mal tiene muchas caras: una roca, un viento furibundo, una neblina un grito desgarrador o quizá una voz melosa. Va protegido, eso no quiere decir que sea a prueba de todo. Abra los ojos que desde este momento, usted pertenece a la bondad. Le acompañaran mis Ratas de agua y mis amigas las Nutrias que impulsaran el camelote hasta la profundidad de la selva y otro viajero.
En el cielo había una luna veleidosa. Por momentos, parecía decir: véanme; y en otras, tomaba las nubes y se envolvía. En el primer tercio, todo corrió como lo hace la música del agua. Luz de luna, gritos en la lejanía, chicharras en coro. Poco antes de llegar a la mitad del trayecto, la luna se cansó de su desnudez y se envolvió. La noche se hizo densa, la brisa dejó de serlo. Ahora, el viento corría frío y zarandeaba a los árboles. El rostro de don Sapo empezó a preocuparse. En la lejanía, se oían silbidos, y el agua del rio  encrespó.
Los ojos de Don Sapo no daban crédito, había  círculos de colores rodando de orilla a orilla. Se veían hermosos, pero al afinar la mirada, latió con fuerza el corazón: eran víboras entrelazadas que rodaban sobre el agua y amenazaban con tomar la ínsula. Las Ratas de Agua se formaron en fila con todos los sentidos exaltados. Los ojos casi cerrados porque podrían ser hipnotizadas. Las Nutrias formaron la primera defensa y con sus colas golpeaban el agua. El ruido intenso y las olas detuvieron el avance, sin embargo, una de ellas logró de un salto descomunal, llegar hasta la isla con las fauces abiertas para deglutir de un solo tajo el cuerpo obeso del batracio. Sólo que en el último instante, el Jaguar de una tarascada le arrancó la cabeza.
Regresó la calma. La luna asomó nítida y dulce. Poco después, una docena de nubes gordas la envolvió, y la oscuridad se hizo intensa. Un silencio sospechoso bostezaba. Rompió el sonido del rio: splash splash. Golpes en el agua, tambores líquidos que anunciaban otro suceso.
Las Ratas de Agua olfateaban, divisaban el horizonte a ras del agua, al tiempo exclamaron: ¡lagartos! Hay muchos lagartos que están de rivera a rivera. Las Nutrias dejaron de avanzar. Los lagartos nadaban en fila y, lentamente, iban hacia el camalote. La luna abrió un instante, pero volvió a meterse, quedando en la oscuridad una fila de ojos enormes por donde fluía un brillo verdoso y rojizo. Los habitantes del camelote se agruparon, al frente se plantó el Jaguar. Dos enormes piezas de artillería se adelantaron dispuestos a golpear con sus macizas colas al camalote. Derribados de la ínsula, serían victimados con facilidad. Escuchó la voz de don Lechuzo que les gritaba:
-¡Cierren los ojos, cierren los ojos!
Una masa de luciérnagas voló sobre los lagartos, prendiendo y apagando su lucecita, lo que hizo que miraran hacia arriba; y al hacerlo, llegaron miríadas de moscos que se incrustaron en los párpados de los lagartos, obligándolos a hundirse en las aguas del río.
A don Sapo hubo que acomodarle su gorro, su bata roja, y sus botas, le forjaron una canasta sobre su lomo. Mientras los infantes dormían, fue dejándo a los niños sus juguetes; y a los padres, un nacimiento para venerar la llegada del hijo de Dios.
Sólo don Lechuzo y el Topo supieron que Don Sapo había terminado. El JoJoJo cada vez se oía más lejos camino a los pantanos.

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La esposa del violinista

Al violinista le conocía porque habitaba cerca del consultorio. Nunca había tratado con él. De calzón blanco, con un pañuelo rojo en el cuello. nariz de cotorro que se acentuaba al tocar el violín. Su esposa no podía dar a Luz. El día había sido intenso. Dormía cuando escuché que tocaban la puerta. — ¡Qué sucede! — Médico, mi esposa no puede aliviarse. Rumbo a su casa, comentaba que había dado a luz a un niño, pero había otro que no podía nacer. Cuando llegué a la vivienda, divisé a la parturienta en el suelo, acostada sobre un tapiz de palma. La luz de los candiles ilumibaba de cobre la pieza, la palidez de la señora incrementaba. Sobre ella, una manta. Sus manos parecían cargar su vientre y gemía. Al verme, las comadronas se apartaron cuchicheando en su dialecto. Les dije que no se fueran;el esposo se los repitió en totonaco.
El cuarto estaba dividido en dos, por un lienzo. En una, dormía la prole; y en la otra, su mamá daría a luz. Las cosas habían cambiado, no imaginaban que el ser que amaban, pedía ayuda. En las viviendas nunca falta una mesa fuerte y amplia donde sitúan las imágenes y veladoras. También están las fotos; es una manera de tenerlos presentes.
Me incliné aluzando con una lámpara de mano. El cansancio reflejado en su cara, dibujaba con exactitud que la fuerza que le quedaba era breve. Contraía los músculos de las mejillas,  de la frente, cada vez que el dolor se presentaba. Al tocar la piel de su cara, resbaló por mis yemas un sudor frío, pedí a las señoras que sostuvieran las piernas para hacerle un tacto y darme cuenta de lo que había dentro.
Me calcé el guante de látex, lo bañé de agua para quitarle los restos de talco e introduje mis dedos, a lo lejos la voz del maestro: -Recuerden las erres: si es redonda, regular y resistente, el chamaco viene de cabeza. Si es redonda y blanda, viene de nalgas; si no encuentran nada de eso, busquen los pies, los brazos del producto y, después, las manos y traten de saludarlo. Si su mano encaja bien en la de ustedes, entonces, tendrán una idea de cómo está situado el niño en el útero.
No había dudas, el bebé estaba atravesado y la cara estaba del lado derecho de la mamá. También, sabía que estaba vivo, pues ella percibía los movimientos y el corazón latía al auscultarlo. De nuevo, la voz: «todo producto atravesado debe de ser resuelto haciendo una cesárea».
Hablé con el músico. Lejos se escuchaba el trote de un caballo sobre las calles empedradas y el viento fresco sacudía el pelo.
— Tu mujer está muy mal, el niño está atravesado. Requiere ser operada y hay que llevarla a un hospital.
—No tengo dinero doctor. Usted sabe lo que ganamos y lo caro que sería una operación. Además, ¿cómo la llevamos? A pie nos haríamos como cinco horas a la carretera; y de allí, no sé cuantas horas más. Luego en la ciudad, usted sabe como tratan a la indiada.
Me quedé callado. A lo lejos, el cielo resplandecía presagiando lluvia.
— Dígame doctor ¿podemos hacer algo? Tardé en contestar. La mañana tenía prisa por abrir. Oía cada vez más cerca el canto de los gallos.
— Corremos el riesgo de que se muera. Me dejó helado su respuesta.
—Como quiera se va a morir, doctor. Mire, si decido irme con ella, mientras buscamos gente que ayude, y nos ponemos en marcha, tendremos como escollo el río. Después, a esperar a que pase algún vehículo que nos lleve a la ciudad. Para ese tiempo, ¿podrá resistir? Y luego, ¿cómo la traemos? ¡Usted debe de saber cómo! Se la encomiendo doctorcito.
Olía el viento y sabía que los panaderos ya se habían levantado. Antes de contestarle, escuché el ulular de los búhos.
— Lo intentaré. Sólo te pido que lo qué ordene, se haga, y que Dios nos ayude. Respiré profundo y volví al cuarto con miedo en el corazón..
La mesa de los santitos fue desalojada,  De las vigas, se amarraron unos lazos que servirían para colgar los sueros. Se pasó a la señora al centro de la mesa, canalicé su vena e instalé suero. Hablé con la parturienta, diciéndole que pronto estaría bien. Ella entendía el español. Conseguimos más lámparas, y las comadronas ayudarían a mantener abiertas y dobladas sus piernas. Por fortuna, ella no había probado alimento desde hacía muchas horas. Mi arsenal estaba bien provisto. Apliqué antibióticos, un relajante muscular, un analgésico y dejaría un sedante para el momento más difícil. No tendría mucho tiempo, la luz de la lámpara retrataba mi silueta en la sábana blanca. A un lado, los niños parecían dormir.
Cuando terminé de poner el sedante, escuché las palabras de mi maestro: «antes de la cesárea, los médicos intentaban sacar al bebé, pero en el intento, la matriz podía desgarrarse; sobreviene, entonces, hemorragia y muerte. Ellos palpaban y palpaban hasta reconocer los pies. Con los dedos medio e índice, los sujetaban y poco a poco, situaban al niño perpendicular a la madre. Luego, había que llevar los pies a la parte superior de la matriz, como si el bebé diese una maroma; y muy suave, sacaban, primero, los pies; y por último, la cabeza. -Dios, guíame! Supliqué. Metí mis dedos, mi mano. La señora dormía artificialmente, volví a saludar al niño y palmo a palmo movía las yemas como si estuviese tocando un piano, logré allegarme a sus pies y sujetarlos. Lo demás, lo hizo Dios, yo fui el instrumento de Él. ¡Salió el bebé! Montado en mi brazo lo despojé de las flemas que le obstruían la respiración y lloró, débilmente, pero lo hizo. Se lo di a la partera para que lo aseara y lo mantuviera cerca de las botellas que contenían agua caliente. Puse toda mi atención en la madre. Otra señora sostenía la cabeza de la mamá. Con la luz de dos lámparas, revisé con cuidado, deseando que no hubiese desgarros, por fortuna el sangrado no era abundante. Esperé pacientemente, sólo tensaba el cordón, pero sin aplicar fuerza. Cuando se vino el alumbramiento de la placenta, respiré aliviado y apliqué una sustancia para contraer el útero y evitar la posibilidad de una hemorragia.
Revisé a los bebés, ambos parecían estar bien. A uno de ellos, ya le habían amarrado el cordón, yo traía listón estéril. Lo sujeté como lo hacíamos en el hospital. Puse gotitas de antibiótico en los ojos de los niños y volví con la madre que dormía. Percibí en su cara otro tipo de sueño y le guiñé un ojo. Llegué al día siguiente, y la evolución era satisfactoria para los bebés y la mamá. Dos días después, estaba entregado al diagnóstico de otros pacientes. Me ausenté el fin de semana para visitar a mi familia y cuando llegué me dieron la noticia que uno de los niños había muerto. Fui a verlo y el padre me dijo:
— Se murió el que tú atendiste.
Lo miré directo a los ojos y después lo lleve a un rincón de la vivienda.
—No seas mentiroso —lo enfrenté—. El que murió fue el que nació primero.
— ¿Y cómo lo sabes? — Por la forma que tengo de hacer mis nudos en el ombligo. Sólo por eso. Me di la vuelta y le dije a la mamá: cuídalo. Te costó mucho trabajo.

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