La moneda de Rubén García García

Sendero

No contuvo la molestia cuando escuchó que tocaban a la puerta y abrió enérgica. Era un joven imberbe que traía un arreglo floral. Pensó que se había equivocado de dirección.

— ¿Aquí vive la Señora Celia Basan?

— Sí.

— Traigo flores para ella.

¿Dónde tengo que firmar? Agregó con tono seco.

Quedó perpleja. Sus ojos se perdieron en una combinación de girasoles, margaritas y en la base, unas azucenas que gritaban olorosas. “¿Quién me las habrá enviado? Mis dos hijos radican fuera del país”

— No tiene que firmar en ningún lado y esto es para usted.

Tomó el sobre percudido que el muchacho le extendía y al abrirlo, respiró un aroma a lavanda. En el interior, había una medalla de plata y una carta escrita a puño y letra:

Estimada Celia:

Me hubiera gustado despedirme de manera personal, sin embargo, mi salud no me lo permite. Antes de que mi entendimiento se desvíe, quiero agradecerte los momentos que dieron sentido a mi vida. Aún conservo el recuerdo de tu partida. Lo acepté con pesadumbre, pues anhelaba compartir el último trayecto de mi vida contigo. Pero debía respetar tu decisión.

He estado pendiente de ti, sin que te percataras. De los títulos que y el reconocimiento que la sociedad científica te ha otorgado. He asistido, sin estar, a la boda de tus hijos. Una vez te dije que el amor se mide más por los días oscuros que por los radiantes. ¿Recuerdas la moneda que te gustó y, en el último instante, no la compraste? La adquirí pensando que algún día te daría una sorpresa, y ésta es la ocasión. El grabado que lleva te recordó a un ser querido, y ahora espero que por ella me recuerdes también. El ramo de flores que el joven acaba de entregarte lo ordené antes de esta despedida. Aprovecho para decirte quién es.

Su nombre es Mario. Me hice cargo de él cuando su madre de crianza, murió. Fue una promesa que acepté. Le obsequié lo mejor para afrontar la vida.

Mario ha visto las fotos en la que estamos juntos y en una ocasión me preguntó quién eras. Le dije que eras su tía y desde entonces, creció con esa idea. Por eso, hoy que estoy delicado de salud, desearía que te ocuparas de él. En caso de que tu respuesta sea negativa, no te preocupes, él ha sido aceptado en una universidad de prestigio, y tiene un seguro a su nombre que lo protege hasta un año después de su titulación. Sólo prométeme que de vez en cuando le hablarás por teléfono. Si quieres asistirlo, te aseguro que es un joven educado y sensible.

Hasta siempre mi bella amiga.

Celia no pudo evitar una respiración entrecortada y habló con dificultad.

—Vamos a la sala de estar.

Le ofreció un té a Mario y se enteró de los últimos días de su amigo. La carta la puso en su pecho, y la moneda en un compartimiento secreto de su monedero.

— Soy una mujer complicada que ama la soledad; sería difícil hacerme cargo de ti, pero estaré pendiente de tus estudios. Te acompañaré a instalarte y considera tuya mi casa. ¿Dónde dejaste tu equipaje?

—Lo dejé en el pasillo.

Mientras iba por él, observó su cuerpo esbelto, ligero al caminar y con una sutil agilidad. Regresó con una maleta que parecía portafolio escolar. Poco después merendaban. En la cocina se colaba una ventisca fría, y Mario se levantó a cerrar la ventana percatándose de un desajuste. Observó y manipulando con habilidad hizo correr la hoja.

— ¿Mañana saldrá a caminar? Le preguntó, dándole a entender que podría cambiar el clima.

—No me asustan estas ventiscas.

Antes de retirarse a descansar, le dio un beso en la mejilla y dijo en voz baja “gracias”. La fragancia de su perfume la condujo por un camino de abetos.

Ella trotaba por las callejuelas entre penumbras. “La ciudad es bella; se escucha el frotar de las escobas sobre las piedras de las calles, algún vehículo en la lejanía que rompe el silencio. ¡Las estrellas titilan tan cerca! Tengo sesenta y tantos años y mi salud es envidiable.

En el trayecto pensó en Mario y la envolvió el recuerdo de aquellos días, sin embargo, se dijo una vez más que la decisión de vivir sola fue acertada.

Mario la esperaba con una toalla y un vaso con jugo de frutas. Ella le sonrió y fue a ducharse. El agua hervía en la tetera, y en la sartén se cocían unas ricas galletas de harina con aroma a naranja. Poco después se percató de que él lucía como dispuesto a salir de paseo.

— ¿Vas a recorrer la ciudad?

—Será en otro momento. El tiempo va a cambiar y quizá haya necesidad de hacer compras, deseo acompañarla si usted lo permite.

—Magnífico, iremos de compras, ¡me revienta!, pero es necesario.

Cuando estaba por abrir el vehículo…

—Déjeme manejar. Soy buen chofer. —le dijo.

Lo miró a los ojos y encontró seguridad. Le dio las llaves y se sentó a su lado. Fue guiándolo por las avenidas y sus temores se diluyeron. Cuando compraban víveres frescos recordó a sus hijos y la obligación se transformó en un paseo. El tiempo alcanzó para enseñarle la ciudad y terminaron riéndose en una cafetería de la plaza central.

Muy en la mañana, calzó tenis, tomó su monedero y salió despreciando el frío. Trotaba por la cuesta que va hacia la iglesia, cuando escuchó otra zancada. Instintivamente miró hacia atrás, y sólo había pedazos de niebla. Se detuvo, y quedó el silencio. Reinició; ahora el trote de otros pasos que no eran los suyos, pero no venían de atrás, tampoco iban delante, sino que los oía en sus pies. Miró hacia abajo y se dijo “estoy loquita”. Llegando a la cúspide perdió el equilibrio. Segundos después, también se iría la conciencia.

Más tarde recordaría: “Cuando avanzaba sobre la cuesta escuché otra pisada distinta a la mía; el ritmo no era el mismo. Adyacente a la iglesia, de unas escaleras que conducen a una construcción rocosa saltó una sombra que detuvo mi caída y frotó los pulsos del cuello, al tiempo que rezaba. Aún percibo el olor de hierbas y la paz que siguió después de la oración”.

Evocó con claridad el ulular de la ambulancia, de cómo fue trasladada al hospital y los estudios a los que fue sometida. Sólo escuchaba lo importante, el resto era el tiempo interminable que la hacía ensoñar, reír, llorar, compadecerse, emocionarse. Era vivir de otro modo.

Tres días después, la voz de su hija le acariciaba la mejilla y la alegría la transformó en una ola depositada en la playa.

— ¡Mamá qué lindo está el día!, hay un olor de pan que revolotea y que tienes que sentirlos. Dime que los hueles mamá.

—Siento el aroma hija…

— ¡Mamá, has regresado! ¡Dios, qué alegría! ¡Mi hermano viene en camino!

En el hogar caminaba reconociendo el departamento, aún quedaba espuma en el entendimiento. Fue hacia la pieza donde había estado Mario y encontró a su hija profundamente dormida. Cierta vez lo mencionó, pero leyó en los ojos de sus hijos una interrogación. Platicaban que algún velador la encontró y dio parte a los servicios de urgencia.

Meses después, reestablecida, contestó el teléfono.

— ¿Sra. Bazán?

—Sí.

— ¿Estuvo internada en el hospital los días…?

—Sí.

—Hay un monedero que no sabemos de quién es, si es suyo, descríbalo por favor.

—Es pequeño, color negro, de piel, con cierre marrón.

— Puede venir por él…

Cuando lo tuvo, recordó que lo llevaba en el bolso del short. Una luz apremió a que hurgara en el compartimiento secreto, al golpearlo salió rodando por el piso una moneda de plata que giraba, pero al detenerse quedó de canto y rodó hacia ella, hasta guarecerse entre sus dedos.

Al día siguiente se levantó con deseos de saborear dulce de coco y encontró una pequeña porción en la alacena, puso la tetera sobre la estufa y sentada esperó a que se calentara el agua. El monedero apareció sobre la mesa y distraídamente sacó la moneda y la hizo virar, ésta dio vueltas por toda la superficie y detuvo su movimiento cuando se encontró entre sus dedos. Lo volvió a hacer obteniendo el mismo resultado. La siguiente vez, escondió las manos y la rondana daba miles de vueltas. Habían pasado algunos minutos y seguía. Puso su mano en un extremo de la mesa y ésta fue atraída y buscó meterse entre los dedos. La llevó hasta su boca, la besó, y sonrió luminosamente.

¡Qué me hiciste Rocío! de Rubén García García

Sendero

La ciudad de México en las horas pico es igual o peor que si desbarataras un hormiguero. Las calles son cordones de vehículos que se mueven en accesos, enganchados por el claxon y la ansiedad. Respiramos polvos con olores que cambian en cada esquina. Arriba, algunos pájaros nómadas, anuncios, antenas y nubes corpulentas que arrojarán cubetadas de agua.

Estoy guarecido bajo una cornisa y la gente corre, algunos ilusos se cubren la cabeza con el periódico. En el local de enfrente están vistiendo a un maniquí con un traje azul y una peluca lacia. En ese momento tu imagen me llama y coincide con tu presencia.

Un carro ronronea frente a mí, que insiste con el claxon, y lo abordo. Iba a besarte en la mejilla, cuando el semáforo cambia a verde y la arrancada es violenta. Con la ceja saludo al viejo auto, quién a diario se rompe el espinazo por ti.

Tomas mi mano y la aprietas, como preguntando «¿por qué no me has hablado?» En un tris, haces un cambio en la palanca de velocidades y la suavidad que me acariciaba se desplaza al volante.

Hablas y hablas y simulo una atención que estoy lejos de tener. Te contesto con monosílabos. Tú sigues la plática como si entre nosotros nada hubiese ocurrido. (es posible que para ti nada pasó) Muestras tu imagen de mujer presurosa, y tu voz corre sin pausas.

¡No quiero escucharte! Me dices que la mañana es fría, que llueve a cántaros, que la polución, el tráfico. «Es mejor que manejes en silencio».

Me miras sorprendida. Antes no te hubiera hablado de ese modo. Pero ahora sí.

Las calles encharcadas detienen el tránsito; el vehículo estornuda cada vez que el rojo obliga a suspender la marcha; y el semáforo se reproduce en cada esquina.

Aquella mañana –cuando por primera vez nos encontramos –, ya te conocía, porque los primos hablaban de ti, de tu sonrisa, de tu cercanía con la música. También sabía del carro, que era viejo, pero ¡qué jamás te dejo tirada a media carretera! de tu carácter tan bonito! ¡Qué tus manos largas iban y venían y retozaban sobre el teclado! La primera vez que te vi estabas sentada en la mesa del comedor y tu cabello bajaba lacio sobre tus hombros. Olías a mañana fresca con café y pan. Tus ojos negros, vivos, te otorgaban una mezcla de paz y sensualidad. Aspiré tu presencia. Te imaginé dentro de mí: fue una delicia enjuagarme con tu aroma a manzanilla y te inventé recovecos y laberintos.

Me conociste con el desaliño de mi barba y ojos adormilados. Te entregué el ropero, el cajón de olores, las palabras rotas, mi insomnio, y esa tristeza adosada. ¿Qué me hiciste Rocío! Mi piel cambió de textura, el color viejo se hizo vivo, mis resabios se fueron. Poco a poco pude sentir que dentro de mí había un germen nuevo.

—Luces mejor que cuando te conocí –me decías – antes, parecías frágil y cercano a la lejanía, escondido. Hoy eres diferente y tus manos callosas y viriles me hacen imaginativa.

Era increíble, ¡me tomabas en cuenta!

Tal vez te acercaste por un sentimiento mórbido, pero me suavizaste la piel con tus caricias y mis ojos se hacían brillantes cuando tu mejilla descansaba sobre mi pelo. El tiempo se detenía y me vitalizaba.

Me quitaste las ropas sucias y la barba de tantas noches. Estabas en mí sin estarlo y mi corazón presuroso brincaba queriendo salirse del jarrón. Contemplarte era descubrir el mundo, tener un sol dentro de mí, ¡un asombro! Observar tu carro doblando la esquina me incitaba a seguirlo, a gritarle al semáforo que se quedara en rojo.

Pero fui dejando de ser… hasta que ya no pude ser sin ti. ¡Qué difícil explicármelo! Era como sumergirme en un río sin saber nadar, bracear sin ton ni son, hasta el desmayo, percibir que en el fondo resbalaban los musgos por mis mejillas y cuando al fin alcanzaba la orilla volvía la soledad. En silencio me regañaba, ¿de qué? No lo sé.

Hoy, a tu lado soy consciente de que yo era un papel que con cualquier remolino daría vueltas y vueltas y seguiría girando, aunque el torbellino no estuviera.

Conduces rápido y tomas Insurgentes mientras los charcos aparecen en las esquinas. De la tercera velocidad pasas violentamente a la segunda, sacando una cortina líquida que moja a quienes esperan el urbano. Me miras y te encoges de hombros.

—Como quiera ya estaban empapados, además. No te he dicho, mis manos cada día son más hábiles, ya puedo tocar la tocata en fuga. Sabes de quién es, ¿verdad?

—Déjame en la esquina, por favor.

— ¡Oye, te vas a mojar! Si lo deseas te dejo en el metro. ¿Quieres?

—No, gracias.

El agua fría se escurre por mi cuello, no hago nada para evitar que siga por la espalda. A lo lejos, un muñeco de luz toma la guitarra y saca chispas que se pierden en la oscuridad. A mi lado, un trolebús mueve pesadamente su carga. Es la gente que regresa y busca su cueva.

La ofrenda de Rubén García García

Sendero

Deeini era ágil y ligera. ¡Hasta parece que escucho su carcajada! Corríamos hasta el punto más alto. Cuando la alcanzaba, ella veía a lo lejos la silueta del río, el pedregal, la arena con su color canela y las enormes piedras encimadas, donde mi madre solía lavar. Me acariciaba los cabellos con las uñas, diciendo cuanta cosa se le ocurría y de regreso me mostraba una hojas y decía que eran pétalos del niño Dios, pues en diciembre se volvía rojas y anunciaban el nacimiento de Jesús.

El río era una culebra de relámpagos y fulgores. Cuando las mulas de los arrieros lo atravesaban, sabíamos que al día siguiente habría fiesta. Mamá, buscando las especies, papá, los arreos para el caballo, mi hermana las peinetas, pasadores y cosas para colgarse en las orejas; yo, andaba a la caza de las canicas.

Dormíamos y la rodeaba con mis brazos, cuando escuché a mamá gritándole.

—¡Levántate, levántate!

Hacía frío. Al darse cuenta que seguía acostada, la zarandeó de su trenza.

— ¡Qué! ¿No oyes?

Le di mi camisa de franela para que se cubriera, pero mamá volvió a apresurarla y se levantó, tapándose con sus brazos. Papá había llegado dando tumbos y puso de pie a mamá para que le diera de cenar. Afuera se oía la gotera caer en la cubeta. Deeini salió a comprar un cuarto de aguardiente con don Chucho, regresó temblando. Estornudaba y el moco no la dejaba resollar.

En la mañana, mi madre se acercó y le puso la mano sobre la frente. ¡Por Dios! ¡Está ardiendo! Con rapidez, cortó del patio cáscara de árbol de chaca y albahaca, las martajó en alcohol y le puso lienzos en la cabeza y en los pies. Para la media noche tosía con dolor, al respirar sumía la panza, el pecho le gorgoteaba y una espuma del color amarillo le salía de la boca. Los ojos estaban secos e idos y su nariz aleteaba como una mariposa. Mamá y la abuela rezaban. Papá fue al pueblo grande en la madrugada por el médico. Encontró su cuerpo aún tibio; y lo sé porque yo estaba debajo de la cama apretándolo la mano.

Mi madre se hincaba frente al doctor.

—¡Regrésemela doctorcito! ¡Le pago lo que quiera, ándele no sea malito! ¡Regrésemela, por lo que más quiera! ¡Por lo que más quiera!

Llovía finito cuando la enterraron y el camino al cementerio se hizo chicludo. Los sollozos de mamá me picoteaban el pecho. Desde el cementerio veía el sendero donde corríamos. Me parecía verla.

La tristeza no se va como lo hacen las semillas que vuelan con el viento. lloro a diario, pero nadie me ve, porque lo hago hacia adentro. Cuando voy al monte por leña, me voy por el sendero para recordar a mi hermana; y al regreso, mamá me dice siempre lo mismo. ¿No quieres agua?’ Le digo que no.

Hoy mi papá trajo ramas y hojas grandes y lustrosas del monte, que llaman palmilla. Pusieron una mesa y con las varas hicieron arcos que rozan el techo. Van a hacer un altar: me dijeron que los muertos llegarán en la noche y, ¿saben? ¡Estoy feliz porque voy a encontrarme con mi hermana!

Mamá tiene en una mesa figuras humanas que cocerá en el horno de barro, será el pan de muerto. En otro lado está la abuela probando la pasta y la masa que luego envolverán en hojas de plátano, y después de tres horas en el fogón estarán los tamales. Así, en una labor de día y noche, tendremos el ofrecimiento a los que se fueron antes. Papá está fue por las flores de cempasúchil que son amarillas y despiden un olor vegetal intenso; ellas y las veladoras hacen que los santos difuntos encuentren el camino, guiados por la luz y el aroma. Primero llegan los muertos chiquitos, después los grandotes. Yo iré a la cañada y buscaré Lupitas, que es el fruto de monte que Deeini saboreaba. Traeré varias, porque hace mucho que no las come.

¡El altar ya está terminado! Las hojas de palmilla lo revisten; son de un verde intenso, oscuro, brillante, las flores alfombran en ramos el cielo y también los pilares. De entre las hojas cuelgan las naranjas, mandarinas, limas. Todas ellas como si salieran de las ramas. Sobre la mesa están las veladoras con su luz de cobre y los alimentos que saboreaban en vida los difuntos. Para mi abuelo dulce de calabaza, terrones de panela para una tía, ¡y a mi hermana lupitas que es su fruta de monte preferida! Una se la abrí y la otra no, para que se la llevara. ¡La estaré esperando!

A media noche veo cómo llega una luciérnaga y se posa sobre mi brazo, camina hasta alcanzar la mano y después vuela en zigzag, dejándome la sensación de que es el espíritu de mi hermana. Me despierto, ¡había prometido no dormir para verla…! pero ganó el sueño. Sin hacer ruido camino despacio hacia el altar, a la luz de las velas compruebo que las Lupitas están en el mismo sitio, nadie las ha tocado; o sea que quizás Deeini no había encontrado el camino, no la dejaron venir o, lo peor, no quiso. No sé, no sé. Con paso veloz decido ir rumbo al sendero. A la mitad del recorrido se abre la mañana.

Veo el río que culebrea y el viento fresco trae olores de limonaria. Voy hasta el lugar en el que mejor siento a mi hermana; es un rincón escondido, donde las enredaderas se tuercen formando un cielo de hojas y cuelgan de un amarillo intenso los frutos que al abrirse dan la dulce semilla y dentro dibuja la imagen de la virgen de Guadalupe. No puedo callar y grito con todas mis fuerzas, pero sólo escucho mi gemido. Salgo del escondite llorando. Con mi pequeño machete rompo con coraje las hierbas del camino y huelo el perfume de la flor de cempasúchil; vuelvo mis ojos a la hondonada y diviso que en el corazón de la mancha verde, justo en el centro, está la floración enrojecida de las nochebuenas.

El torneo de pesca de Rubén García García

Sendero

l torneo de pesca de Rubén García García

Cuando vi el comercial de una aerolínea ofertando un descuento inusual, me alteré. Mi esposa dormía. Ella estaba enterada de que iría a la convención sobre ecosistemas que se efectuaría en una ciudad distante. No la desperté. Hice algunas llamadas por el teléfono móvil. La besé antes de despedirme y soñolienta me respondió. Salí a la calle con mi breve maleta. En el taxi me di cuenta que olvidé el celular y contradije la orden.

¡Lléveme al aeropuerto! por favor.

En tres horas de vuelo, estaba en aquella ciudad porteña. En treinta minutos me situé frente a su casa. Los faroles prendidos y el silencio se rompía por algún carro en la lejanía.

La residencia la conocía como la palma de mi mano. Ella me la había descrito rincón por rincón. Inclusive sabía cómo entrar para acceder a la casa y después a su recámara. Me acostumbré a la oscuridad y reconocí sus detalles. Identifiqué la escalera que conduce al sótano, abrí la puerta presionando la manija. Llegué a un pasillo y de allí al balcón de su recámara. «Siempre dejo la ventana entrecerrada» me dijo alguna vez. Sonreí. Solo se veía el cuerpo de ella hecho bolita. Su esposo estaba compitiendo en un torneo de pesca. Dormía profundamente en una cama enorme. Ingresé al baño. En silencio lavé con esponja el cuerpo y me tendí a su lado.

Adormilada escondió su cara en mi cuello. Entreabrió los ojos y murmuró soñolienta «que rico hueles» y volvió a dormirse. Yo la abrazaba. Sentí que sus manos palpaban el vello de mi pecho y de repente se apartó.

— ¡Tú no eres mi marido! —dijo.

De un salto prendió la luz. Cuando me vio, creí que sus ojos se saldrían.

—¡Qué haces aquí!

A través de la bata de seda transparente se veía su cuerpo aceitunado.

—Apaga la luz y recuéstate. —mencioné con delicadeza.

—¡Vete!, vete de aquí.

Tenía ansiedad en la cara.

—Mi marido no tardará en llegar.

—Él está en la pesca del Sábalo.

—No entró a la competición. Anoche llamó por teléfono y está por llegar.

—Pero entonces…

—No tienes ni un minuto.

Me sentí disminuido. Pensé que el recibimiento sería otro. Con decepción empecé a vestirme y ella viendo mi estado de ánimo, suavizó.

—Perdona, pero no ha sido el mejor momento.

Me dio un beso leve en los labios. Aproveché para darle uno con pasión y llenarle su boca con mi lengua. Ese beso que transcurre, y de un beso, se pasa a otro y las manos acariciando el talle , la espalda, la nuca, y las líneas exuberantes de la mujer. El tiempo se pierde.

Regresamos a la realidad cuando escuchamos en las escaleras los pasos de un varón. La parálisis nos enmudeció.

—Mamá, mamá, ya me voy.

Oí con alivio la voz de su hijo. Ella contestó amablemente, preguntándole si regresaría a comer.

—No me esperes mamá, tengo mucho trabajo.

Yo estaba vestido y tenía en el piso mi mochila de viaje. Con rapidez, le volví la cara, y la besé una vez más. Escuché los pasos que bajaban de la escalera, lo que me impidió percibir que otros subían. Después de un golpe seco de nudillos sobrevino el ruido de la perilla de la puerta. Lo que hice fue ocultarme debajo de la cama y ella nerviosa exclamó:

— ¡Jesús no te esperaba tan temprano! Ahora te abro.

Escuché como la densa humanidad se recostaba en la cama esteparia. Como un oso herido por el sueño. Yo respiraba a sorbos. En ese tiempo me pregunté: ¡qué madres hacia yo allí, cuando debería de estar llegando a otra ciudad. Estaba a merced, pues de manera irresponsable me había ido a meter a una cueva que no me pertenecía. En el avión decía: ¡qué sorpresa se va a llevar!, ella que se estremece cuando le susurro las palabras en el monitor. Poco después escuchaba los azotes del colchón y los embates de un cuerpo. El ruido de la respiración acompañó al de la cama y luego los quejidos entrecortados. Temblaba, y mi respiración sufría por el polvo y sin poder contenerme estornudé. Para fortuna, coincidió con el orgasmo de ambos que ahogó mi estridencia. Después de un breve silencio volvieron a rodar y no pude evitar el entusiasmo cruel de mi entrepierna. Escuché sus ronquidos. Vi los pies de ella dirigirse al baño. No cerró la puerta y hasta mí llegó el ruido del orín cayendo en el agua, luego el cajón de la cómoda al abrirse y supuse que se cambiaría de ropa interior. Sacó una sábana y pensé que la tendería sobre la cama esteparia, pero la mantuvo como si fuese una cortina. Me dió una patada. Me levanté y con la mirada me empujó hacia la salida. Tocaron quedo. Cuando entreabrió la puerta, encontró a su hija que traía un jugo de naranja, apenas si tuvo tiempo de ocultarme. Ella le hizo una seña de que no hablara, porque su papá estaba dormido y le instó a que se fuese.

En ese momento el oso se dio la vuelta, quitándose a manotazos la sábana y entreabriendo los ojos la miró con el vaso en las manos y volvió a dormirse. Yo estaba detrás de ella. Salimos del cuarto y me llevó hacia la escalera y pregunté

— ¿Mi maleta?

Sus ojos se prendieron y regresó por el maletín. En ese momento escuché pasos que subían, imaginé que era de nuevo la hija y me refugié detrás de un mueble. Cuando ella salió, no me vio y se encontró con su hija que ya vestida llegaba para despedirse.

— ¿Me puedo despedir de papá?

— No, está muy dormido, llegó en la madrugada.

— Y ese equipaje?

—Es mío, solo que ya voy a desecharlo.

— Mejor regálamelo.

— Ya vete a la escuela, se te va a hacer tarde.

Escuché sus pisadas bajar con rapidez.

—Qué bueno que no te vio mi hija.

Me hizo ir tras ella hacia el sótano, y cuando salíamos al patio, pasó una vecina.

— Buenos días señora Ofelia, ¿ya tan temprano?

Ella no pudo ocultarme.

—Pues aquí, con el señor, va a revisar el sótano y vino a hacerme un presupuesto.

Así que volvimos sobre nuestros pasos.

— Perdona.

Ella me miró con deseos de fulminarme y con voz firme dijo:

— Si con disculparte arreglase todo, pero mira, pasó la chismosa de la vecindad. Joder, en que problemas me has metido.

Ella se puso a llorar en silencio. No me contuve y la abracé. «perdóname», pero ella, de inmediato dejó de lagrimear y me quitó el brazo de su hombro, como si fuese un trapo fétido. Respiró profundo y me dio la maleta.

— ¡Ahora sí lárgate! esa chismosa ya se habrá ido.

Tomé el maletín, moví la cabeza y hablé con fuerza:

-Disculpa mis pendejadas y espero que esto no tenga consecuencias.

Cabizbajo caminé hacia la puerta, casi salía, cuando me abrazó por la cintura y su mano se abrió en mi vientre y con voz melosa cantó detrás de mi nuca.

— ¿Te vas sin darme un besito.

El Minotauro, Pasífae, Minos y el laberinto

Sendero

Ella se levantó con la sensación de que sería un día pésimo. En la mañana, el Rey Minos intentó despertarla. Contestó con un gruñido y regresó al sueño. Cuando los sirvientes vieron su ceño, se encomendaron a los dioses. Por la tarde el sol duro entristecía los jardines del palacio. Era espigada, piel dorada, de andar elegante. Cuando reposaba en el sofá parecía que sus partos le habían dado brotes de juventud y sensualidad.

Ella conocía su carácter arrebatado, dominante, con días pésimos de mal humor, ahora tenía otro sentimiento que no podía definir. Respiró profundamente tratando de modificar la sensación de “falta de aire”. La ventana de su habitación en el palacio de Cnosos era amplia y desde allí contemplaba la nueva área de jardines que dirigía el arquitecto Dédalo. En ese momento no había nadie, ni viento, ni cantos de aves, solo el bochorno de la tarde.

—¡Fero! ¡Fero! ¿Dónde estás?

Entro un perro negro azulado que se le acercó. Ella acarició la testa y él lamió sus manos.

—Tú eres el único que soporta mis extravíos. —y volvió sus ojos azules hacía la ventana.

Recordó el palacio como una construcción fría y húmeda, sin embargo, fueron sus mejores años al lado de Minos. Atrás dejó a su padre Helios y a su madre Perséis, que la educaron para gobernar. Rápidamente tuvo a Acacálide, Ariadna, Androgeo, Glauco, Fedra y Catreo, dedicándose a ellos en cuerpo y alma, mientras Minos era reconocido por su juicio y marcialidad; era hijo de Zeus y Europa, que después se casó con el Rey Asterión, adoptando a Minos, Sarpedón y Radamantis. Recordó a su hermana Circe y de cómo ambas fueron instruidas en el manejo de lo oculto. Años después de casada se daría cuenta que su amado esposo perdía fácilmente la cabeza por cualquier fémina. Nunca le dijo nada a Minos del hechizo que sacó del arcabuz de su corazón: por cada eyaculación que vertiese en otra vagina distinta a la de ella, el semen se convertiría en serpientes, alacranes y tarántulas que agusanarían las vísceras del receptor. Así fueron cayendo sus amantes. Él se dio cuenta del hechizo al ver con horror los monstruos que eyaculaba, la vez que se masturbó. Sin embargo, guardó silencio. Ahora comprendía por qué las ninfas huían de él.

Algunas tardes se reunía con Dédalo bajo la sombra de una cabaña. Siempre colmado de ideas y atrapado entre la oreja y la testa un lápiz de carbón que utilizaba para dibujar en cualquier superficie. En ese tiempo, pretendía darle al palacio de Cnosos una nueva cara. Otras veces lo visitaba en su taller, y encontraba en él, un artista y el ingenio de una mente inquieta. Los juguetes con que se divertían sus hijos salían de su talento.

Cuando el Rey Asterión murió, sobrevinieron los problemas de la sucesión. Los hermanos se disputaron el reinado, pero congregados a puerta cerrada, los herederos, zanjaron el problema: Minos dijo que era el favorito de los dioses y para demostrarlo, Poseidón le enviaría un mensaje del mar. Los hermanos, inconformes, dejaron que los resultados hablaran por sí mismos. Si en efecto los dioses apoyaban a Minos, poco podrían hacer ellos, así que optaron por esperar. Poco después de ofrendarle un templo al dios de los mares, en un día de verano, cuando la multitud estaba en el atracadero de la polis, divisaron que entre las olas del mar un ser se abría paso. “…En un principio no se le encontraba forma, parecía una masa de espumas que se levantaba sobre las olas, pero a medida que se acercaba se fue dibujando su cara y las astas de los cuernos. Tenía un cuerpo enorme, donde las crestas del agua rompían en un hervidero de espumas. Cuando salió del mar, semejaba un macizo de nieve y su paso orgulloso levantaba exclamaciones entre la gente. Un toro albo que cautivo a todos” Escribiría más tarde el cronista Aximelon.

El miura fue el indicio de que los dioses querían que Minos gobernara. Él lo sacrificaría cuando llegasen las fiestas, mientras, lo llevaría a los pastizales de su propiedad.

Cuando el toro albo sintió la mano de Minos sobre su testa consintió que lo acariciara e imaginó sus corrales con toros albos. Al retirarse del establo, tomó la decisión de no sacrificarlo. A su lado iba el fiel sabueso Laelaps, un perro que nunca dejaba escapar una presa, y bajo el brazo traía una jabalina que nunca erraba; regalos de Zeus y de Artemisa en el día de la boda de Europa con Asterión, que pasaron a su poder a la muerte del Rey.

Partió Minos hacia un punto lejano donde se vería con Procris. En el trayecto recordó su cara de fuente, su voz melódica. Al principio despertó en él sentimientos paternos, que después se tornaron confusos. Supo que había estado casada con Céfalos y que éste por la magia de la diosa de la aurora tomó la apariencia de otro varón y sedujo a su propia esposa, ofreciéndole una diadema de oro. Después de poseerla, Céfalo tornó de nuevo a su apariencia y se retiró desconsolado por la infidelidad, refugiándose en los brazos de la diosa del Alba. Procris huyó avergonzada y llegó a la isla de Creta y aceptó el amparo de Minos y poco a poco las caricias paternales se transformaron en caminos de ardor y deseo.

Un día que estuvieron próximos a ser parte del fuego, él se detuvo y con desesperación le confesó el hechizo que sufría.

— No te entiendo.

— Pasifae me ha embrujado y cada vez que mi semilla corre fuera de la vagina de ella, se transforma en veneno y mi compañera muere. Yo no quiero tu muerte.

Procris se acercó a él, lo abrazó y sus yemas rodaron primero por sus cabellos, por su mejilla; con voz breve le dijo:

—Me ha emocionado escucharte. Tus palabras sinceras se han mudado a mi corazón. ¡Ayudémonos! Sé de un brebaje que Circe receta para este tipo de asuntos.

— Cómo sé que me servirá.

— Tendrás que confiar en mí.

Él se acercó, la tomo de la cintura, escondió su barba en la curva de su oreja y después buscó sus labios. Ella se resistió, pero su corazón se dobló por la sinceridad de Minos y correspondió. Él, emocionado le susurró: te deseo.

— También me has encendido, pero el dolor de saberme sola me entristece.

— ¿Qué es lo que más quieres?

— Reconquistar mi matrimonio, sentirme cerca y unida a Céfalo como antes.

Días después, Minos tomó el brebaje de Procris y ella le susurró al oído “dentro de unas horas estarás curado”.

— ¿Cómo lo sabré?

— Sólo espera en silencio y reza por tu salud a la diosa Afrodita. Espérame.

Regresó con una jarra de vino, ella le dio un trago, buscó sus labios y pasó a su boca un remanente del vino. Abrió su túnica y le ofreció sus pechos con los pezones erectos. Volvió a besarle. Minos llevó su boca hacia la luna llena de sus senos. Ella montó sobre sus piernas y sus labios trazaron líneas sobre su rostro, los besos rodaron sobre su cuello y sus pezones de varón se levantaron sobre el vello de su pecho. “Lo haré con mi boca así verás que tu germen viene vestido de blanco”.

La despidió de la isla de Creta obsequiándole el perro que nunca deja escapar una presa y una jabalina de caza que nunca yerra el blanco. Pasarían a la custodia de Procris, y serían el instrumento para recuperar a su marido que era un apasionado de la caza.

De regreso, Minos pensaba en el toro, obsequio del dios Poseidón.

Había una lista de adolescentes que ensayaban lo que sería esencial para la fiesta: estar frente al toro, correr hacia él, impulsarse y dar una vuelta en el aire y resortear con sus manos sobre el lomo, para después caer sobre el suelo. Al final de la fiesta se realizaría el sacrificio del vacuno en honor al dios del mar. Todo sucedió de acuerdo a lo programado. Con excepción de que el Rey Minos se quedó con el toro albino; y sacrificó uno parecido. El pueblo no se percató del cambio, pero Pasifae y el dios sí.

Parecía que el tiempo no se había movido, la ventana, los jardines, el bochorno. El perro mirándola. Ayer fue a los pastizales y vio al vacuno. Minos ordenó que toda vaca en celo fuera acercada al toro para que este la montase. Era hermoso, un albo con aquellos cuernos que parecían dos medias lunas, su cuerpo de blancura le daba una orla de poderío brutal. Cuando montó a la vaca su estatura creció y de una poderosa embestida distendió las paredes de la vagina. Ésta mugió, aceptando la inutilidad de poner resistencia. Pasifae regresó apresurada a su habitación y en la noche, el toro aparecía frente a ella, viéndole manso, tierno y retador.

Sabía de buenas fuentes que el Rey Minos había vuelto a sus andadas de amante; pero sólo hizo un despectivo con los brazos. Recordó que su matrimonio con Minos fue en las fiestas de Afrodita y evocó con sofoco que su cuerpo era palma seca cuando el Rey lamía sus orejas. Pensó que no tenía nada de extrañó soñar con toros, pues al fin y al cabo era el símbolo de la polis. Lo que no entendía era aquella imagen retadora en el momento de la cruza. Tuvo un presentimiento y fue temprano al corral. Sólo estaba el fiel Axto, que traía en ese instante una vaca en celo para ofrecerla al semental y enmudeció al sentir un estremecimiento en su vientre. En el momento del ayuntamiento la cabeza del toro volteó hacia ella. Después de la cruza, la reina dio la orden de que se abriese el corral, el vaquero dudo, pero la orden se desprendía de su mirada. Ella se acercó y él bajó la testa y pudo acariciarlo de la osamenta, después su cara y luego el lomo duro. Aún sentía la agitación sexual del vacuno y sus manos sudaron; y súbitamente tuvo deseos de escapar, pero no lo hizo y siguió acariciando la humedad de su piel. Por la noche sedujo a Minos y permaneció dormitando hasta el mediodía levantándose de un excelente humor.

Llegó una tarde al taller del maestro. De él se decía que había fabricado al hombre de bronce y de mil cosas más. Le habló en voz baja, él la escuchó sin proferir ningún juicio, movió la cabeza de arriba hacia abajo, ella se retiró con los ojos mirando el suelo. Un mes después Dédalo le enseñó el encargo: ¡Era perfecta! Ese día el Rey saldría de la ciudad. En la noche, Pasifae entró desnuda al interior de la vaca fabricada por las manos artesanales de Dédalo. El maestro la acercó al semental albino y se retiró. Afuera la luna llena caía retozando entre los pastos y el murmullo de los animales nocturnos era interrumpido por algún relincho en la lejanía. Dentro, Pasifae esperaba ansiosa la embestida del toro. Una hora antes se había untado aceites en todo el cuerpo. El fuerte olor de hembra traspasaba muros y daba olor al viento. La imagen de ser poseída por un toro leuco, forjado con espuma y nube, hacía que fluyeran humedeciéndola. Cuando sintió su presencia accionó la palanca y las ruedas se inutilizaron para dar paso a las anclas. Ansioso el toro puso las patas delanteras sobre el lomo de la vaca mecánica, esta resistió la embestida y ella percibió en las sienes un corazón explotando en ansiedad. Un embolo húmedo y ardiente abrió su vagina y la empezó a llenar de carne y semen hasta sentir que su receptáculo era una nave inundada. Tuvo deseos de gritar y decir miles de cosas que llegaron del pensamiento, pero sólo recuerda haber sido un pastizal seco consumido por el fuego.

Nueve meses después nació el Minotauro, cuerpo de hombre y cabeza de miura y fue encerrado en una de las tantas habitaciones del palacio de Cnosos. En alguna ocasión, Minos le increpó duramente su relación con el vacuno de nieve, Ella contestó que Afrodita la había hechizado a solicitud de Poseidon.

– ¡Tú fuiste el culpable! Debiste sacrificar el toro que llegó del mar. La venganza del dios es para ti. Yo soy inocente. Sólo fui una pieza sin voluntad.

Después con dulzura acarició la testa de Fero y se metió entre los pasillos y puertas del palacio para dar de comer al Minotauro.

Frente al sol ardiente, cientos de trabajadores habían empezado a construir el Laberinto bajo la dirección del arquitecto Dédalo. Era tan confuso que algunos de ellos se perdieron en él, aún sin haberlo terminado.

El gato de Don Hilarión

Sendero

Recién me habían crecido los pechos. Por la tarde le pedí permiso a mi papá para visitar a san Ignacio, que es el santo de mi padre. Quería confesarme, la última vez lo hice por órdenes de mi tía, la beata. Esa vez el padre Remigio me impuso arrodillarme sobre un puño de maíz y repetir una docena de padres nuestros y aves marías. Todo porque había pecado con el pensamiento.

No había nadie en el confesionario…

—A tu edad, los pecados son pequeños. Al menos que ya tengas novio.

.—Ni Dios lo quiera, usted conoce a mi papá y ya sabe lo delicado que es. A mi hermana mayor la chingó sólo porque la vio sonriéndole a Juan, el zapatero.

—Tu papá no dice groserías y tú sí, y es pecado.

—No las dice frente a usted, ¡pero si lo oyera! alza la voz y maldice, si lo que ve, no le gusta. La vez que en los frijoles encontró un cabello, por poco brinca arriba de mi hermana.

—Lo afectó mucho la muerte de tu mamá.

—Pero… Ya tiene tres años y cada vez se hace más enojón y si algo huele mal, le da por arquearse. Nos tiene lavando los trastos, aunque estén lavados. Le tengo miedo, me asusta cuando se enoja, pero también me da coraje y me da por ser rezongona; luego se me pasa y sigo haciendo mis tareas.

Aquí le dejo un bocadito para que cene. Mi papá quería más, pero le dije que ya no había y se lo traje a usted.

—Ya, vete y reza tres padres nuestros que son buenos para prevenir el pecado. Gracias por el bocado.

¡Ay San Ignacio! ¡Mejor te lo cuento a ti! Ya ves que sólo matan res cada ocho días, y esa mañana, mi papá trajo unos bistecs. «Es filete y costó caro»

—Voy a salir, al rato regreso a almorzar. Dijo.

-Ponles sal, ajo y pimienta y déjalos un rato en naranja agria. Agregó.

Regresaba de cortar las naranjas, y ya no vi la carne. Miré para todos lados. Escuché, abajo del brasero, que un gato negro resollaba atragantado. ¡Se jambaba la carne! Tenía a la mano la escoba y pude darle más de un garrotazo. Soltó la mitad. Aún apendejado, intentó correr. Logré darle otro golpe y el filete cayó donde se habían cagado las gallinas en la noche. Pudo escapar el desgraciado. La carne estaba llena de pelos, babeada y la otra con mierda. Me dio asco, pero más era el miedo al pensar en mi papá, que no tardaría en llegar. No sabía qué hacer, mi hermana mayor se había ido a visitar a sus padrinos, Doña Herminia, la vecina, por más que le grité no contestaba. Me puse a jalarme las trenzas, hasta que me arranqué un manojo de pelos. Lavé la carne, quité la tierra, cenizas, hollín, pelos, baba, mucha baba. Le exprimí naranjas agrias, la salé y dejé que reposara y con un garrote en la mano daba vueltas sin perderla de vista, por si regresaba el gato. Cuando llegó mi papá, le di dos pedazotes, salsa verde, frijoles de la olla y tortilla recién hecha. ¡Dio una comida! Antes de tenderse en la hamaca, logró divisar al gato negro y me dijo:

-Guarda bien la carne, allí anda el gato de Hilareón.

Hay una parte de la casa donde dos paredes se juntan y queda un pasillo estrecho. Allí, solo puede caber un gato. Le puse un cebo y esperé. Sólo tenía una oportunidad y no la desperdicié. Sacó la cabeza y ¡zas!

—¿Qué es?  —Nada papá, es el gato de Hilearón.

Volvió a dormirse. Media hora después, lo tenía despellejado y la tripería se la di a los gansos. Mi padre, después de la siesta se dio un baño y salió al centro del pueblo y regresó anocheciendo.

El gato estaba bien gordo. La osamenta y la piel la eché en el hoyo de la letrina. La carne la herví y la deshebré. Molí yerbas de olor, ajo y cebolla, resultó una papilla que al juntarla con pan molido, pude fritar en aceite. Tortillas de carne.

Hice jugo de guanábana, le puse un poco de caña, conseguí hielo, y después de cenar mi padre sólo se golpeaba la panza de la comilona que dio.

—Me guardas tortitas para mañana que almuerce y haces más jugo.

—Si papá. ¿Te gustaron las tortitas? No me contestó, ya lo había vencido el sueño.

—No me regañes, San Ignacio, pero también, le convidé un pedacito al padre, ya ves, ¡qué es tan bueno!

Aguanta hijo de Rubén García García

Sendero

Una semana antes cayó un rayo. Aislado, que partió en dos al cedro. A golpe de hacha y machete dejó el tronco principal con pequeñas ramas por delante y varias atrás. El propósito era que su hijo jugara.

El agua llegó sin aviso. Su esposa lo despertó porque el perro no cejaba de ladrar. Al levantarse para buscar la lámpara se hundió en el barro. «¡Dios! ¡La presa se rompió!» Tomó el machete, el lazo y pensó refugiarse con su familia en casa de su compadre Filemón que había construido su casa mirando el cerro, pero cambió de idea, el arroyo no le dejaría paso.

—¡Mujer, apresúrate! ¡El agua sube rápido!

—¡Déjame soltar los animales, ¿Pero, adónde vamos?

—¡Hay que salir de aquí! ¡Tráete al niño con todo y colcha!

—¿Adónde? –– volvió a decir.

En medio del chapoteo del agua, llegaba el ruido de árboles quebrados, el chiflido del viento y el grito de los animales. A lo lejos zumbaba el río. Miró el ceibo y sólo movió la cabeza. Pensó en los demás preguntándose, ¿cómo y qué harían?

––¿Adónde? ––insistió su compañera.

—Aquí —y alumbró con la lámpara el tronco del cedro.

—Súbete y acomoda al niño en tus piernas, a él lo situaremos en medio. ¡Voy a amarrarte!

— ¡Pero no me aprietes mucho! No me vayas a lastimar mi panza.

El agua hacía remolinos que saltaban de un lado a otro como si tuvieran zancos. Puercos y becerros s lloraban en la inmensidad, eran quejidos húmedos que salían bajo del agua. A lo lejos crepitaban los troncos.

Había momentos que el agua cesaba en su rugido, para seguir minutos después. La mañana estaba cerca.

Con una mano, recorría las hebras y nudos del mecate que sujetaban el cuerpo de su hijo, y su esposa al tronco. La corriente, a cada metro rugía con más violencia.

Llegó la mañana. sólo se veían las puntas de los árboles que de lejos parecían arbustos. La luz tenue hacía que el paisaje luciera desolado y en los recodos había aún vestigios de la noche.

Pronto alcanzarían el puente nacional, sus ojos escrutaban la penumbra con el deseo de saber si la corriente del río no rebalsaría la plataforma. A cien metros, la estructura

se veía borrosa, la corriente bufaba. Se dio cuenta de que, para suerte de ellos, el agua aún pasaba bajo la estructura, pero también grandes avalanchas rompían contra los gruesos muros de hierro y cemento.

––¡Aguanta, hijo! ¡Aguanta!

––¡Papá! ¡Papá, tengo frío!

––¡Aguanta, hijo! ¡Aguanta!

––¡Mujer! ¡Mujer! ––gritó.

Sintió las manos del niño apretujadas en la cintura. Sólo contaba con siete años y era el vivo retrato de su madre.

––¡Papá! ¡Papá, tengo hambre!

––¡Aguanta hijo! Ya falta poco.

–– ¡Mujer! ¡Mujer! Abraza a tu hijo que tiene frío. ¡Cuando les diga “ya”, metan mucho aire en los pulmones y no respiren! ¡Aguanta todo lo que puedas, hijo!, ¡aguanta!

–– ¡Recuerden! ¡Cuando te diga ya!

–– ¡El puente! ¡Agáchense ya!

Fueron segundos eternos. A punto de estallar levantó la cabeza, y el viento en la cara.

–– ¡Hijo, hijo…! ––quiso palpar y sólo sintió la humedad y el frío.

–– ¡Hijo, hijo! ––gritó con más fuerza.

–– ¿Ya puedo respirar, papá?

––Sí, hijo, respira.

El agua se mezcló con un instante de felicidad.

–– ¡Mujer! ¡Mujer! ––gritó, hijo, ¿y tu mamá?

––Ya no la siento, papá.

Apretó los dientes, crispó las manos y los sollozos los ocultaba los gritos del agua y del viento.

Allá muy cerca, en el pueblo grande, se veía a las lanchas en busca de sobrevivientes. El aguacero había amainado, y una llovizna caía nublando sus ojos. El niño aferrado a la cintura del padre y él a las ramas.

Días después, la encontraron en la playa boca arriba y con las manos sobre su vientre.

El desvío de Rubén García García

sendero

Salí apresurado hacia el trabajo. Por la tarde fui a la casa y sin hacer charla de sobremesa, regresé para terminar los trabajos a la brevedad. Te encontré en la poltrona. Me senté en el otro sillón. Acaricié tu mano y sonreíste. sabíamos lo que significaba. El teléfono repiqueteó. Me miraste. Tengo que salir —te dije—, desviaste la cara y te meciste haciendo crujir a la madera…

Regresé en la madrugada impregnado de alcohol. Busqué una toalla para ir a la ducha y quitarme el intenso olor a noche de farra. Ese día fritaste plátanos y el café tenía aromas en la casa. Después del baño vi con satisfacción que la ropa estaba dispuesta sobre la cama para vestirme. Durante la mañana ordenaste la vivienda y sazonaste una sopa y un guisado. Todavía te dio tiempo para obsequiarme un postre de gelatina con duraznos. No recuerdo haberte preguntado si por la tarde deseabas salir, y sólo me limité a decirte lo rico que te quedó la comida. Salí raudo para continuar la labor. Por la tarde tuve entrevistas, abrí y cancelé citas. La vez que te llamé, la línea estaba ocupada y no insistí.

Llegué cuando oscurecía. Cuando peinabas tu cabello me llegó el aroma de hierba martajada y fue en ese instante que repiqueteó el teléfono. Era fácil decirles no y quedarme contigo. Los compromisos políticos son importantes – me digo – y salgo como si fuese el último evento. Luego vengo, te dije y desaparecí.

Con seguridad diste de cenar a los niños, jugaste con ellos, viste televisión y después llegó el silencio. Pasada la medianoche decidiste reposar, más el cansancio del día no fue suficiente para hacerte dormir. Quizá te dormiste preocupada en lo que me pudiera pasar.

Reflexiono que todos tus días son atareados para poder mantener el orden y la limpieza. Lo haces para que disfrutemos de un ambiente de comodidad. Así, al estar juntos, podemos charlar los pormenores del día. Tal vez me dirías con la boca llena de carcajadas, cómo fue que se tropezó el jardinero, mientras tú regabas las glicinias. Yo te contaría algunos de los chismes que dicen en la oficina. Esa noche esperabas un beso, que mi boca se perfumara de tu cabello y que te apretara la mano sensualmente, dándote a entender mi deseo.

¡Dios qué estupideces mías! Sigo en la poltrona, ella se balancea a mi lado y arrulla al nieto cantándole nanas. La veo con el color nacarado de aquella noche, pero ella no está conmigo. En alguna parte de la vida la perdí. Ambos nos mecemos, indiferentes a la danza que hacen las nubes sobre la luna.

Un encabronado memorioso de Rubén García García

Sendero

Alguna vez te pregunté por el Rondi y pusiste cara de «no me acuerdo». ¿Cómo es posible?, si tu marido y tú eran uña y carne con él? y con menosprecio me contestaste: «Ah el Rondi, pues no sé nada de él».

Allí si te di la razón, a mí me pasa lo mismo, soy desmemoriado. Pero no me cabe que se te haya olvidado. Era ágil, juvenil con sus rizos dorados que le caían sobre la frente. Con una manera de caminar felina y que al cruzar la pierna dejaba que el pie se balanceara como si tuviese resorte. Era típico de él, como lo tuyo, que antes de que el pie dejara de moverse, revoloteabas en la cocina y desde allá le preguntabas ¿qué se te antoja? Tu esposo sonreía satisfecho de que fueses tan buena anfitriona.

Latz y yo creíamos que algo les había dado para tenerlos tan mareados. Sabía que había llegado del norte, pero nadie habló de cómo fue que se conocieron y por qué todos los días llegaba a tu casa, y comían con él. En algunas ocasiones, ya de noche nos despedíamos Lats y yo, y él seguía la plática.

El Rondi de Rubén García García

Antes del Rondi, los cuatro, Latz, tú, Toño y yo hacíamos planes. Tuvimos viajes de placer hacia el río, el mar o ir de serenata el día de las madres. Por supuesto terminábamos mareados por la cerveza, Recuerdo que nunca te sobrepasaste. Tu esposo tenía un carácter llevadero, pero algunas veces se alteraba y era capaz de desbaratar cualquier plática y había que despedirse. ¿Habrá pasado lo mismo con el Rondi?, sólo sé de ese episodio que fue tan especial y que más parecías esposa del Rondi , que de tu marido. Latz y yo secreteábamos que el amor se te veía en todas partes. Te reconocía por ojos de gata, boca roja y gruesa. El busto grande y unas piernas largas y velludas. Sí, la mujer no se rasuraba como ahora lo hacen. ¿A poco tu esposo no se daba cuenta de tus cambios? Pienso que no, porque él también estaba entusiasmado con la amistad del nuevo amigo. Tenía tanta confianza, que cuando se iba a trabajar, el Rondi se quedaba contigo haciendo sobremesa. Claro, eso también pasaba con Latz y conmigo, y despedíamos al gordo con bromas. Él se iba contento de que tú te quedaras bien acompañada.

¡Cuántas fiestas tuvimos sin el Rondi! Estábamos solos en tu casa, se fue la luz. En la oscuridad sentí tus manos. Tu boca cercana, bajé el zíper. Instante suficiente para sentir la humedad de tu boca. luego tu voz: «ya vete…» semanas después el que llegó fue el Rondi y ya no hubo manos inquietas. Y ahora que te pregunté por él, dices que no sabes nada. Tal vez se te olvidó, pero a mí no… aún rescato con la imaginación a mis manos oprimiendo tu cabellera.

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Sapoclaus de Rubén García García

Sendero

En la noche, bajo la ceiba platicaba Don Sapo con el Topo, que traía lentes oscuros, por la luz de luna.―¿Ha escuchado hablar de Santa Claus?―Para nada Sapo.―¿Pero sí de la navidad?―Sí, mamá platicaba que era el día en que había nacido Jesús. ¿Y quién es Santa Claus?―También le dicen papá Noel. Es un señor gordo, vestido de rojo que cada veinticuatro de diciembre llega a las ciudades del mundo y obsequia a los niños un regalo de navidad.―Por acá no viene. ¡estamos tan lejos!―Le muestro dibujos. El Topo se quitó los lentes oscuros. Las veía y volvía a verlas .―¡Pero es igualito a ti! si te ponemos el gorro, un vestido rojo, tus botas y te inflas, serías el Sapo Claus de la selva.―Qué cosas dice Topo. Sería bondadoso que los pequeños de la recibieran un regalo de navidad .―Verá que todo se puede. El Rey de los Ratones nos dará toda la ayuda, si se lo pido. -¿Quieres que los niños sean felices?―¡Claro que sí! –refiere el topo―entonces, te parece si por un día te conviertes en Papá Noel .Don Sapo se quedó mudo y el Topo dando una media vuelta y levantando los brazos al cielo estrellado, dijo:―¡Dios nos ayudará! La noche se hizo corta, armaron un plan y cada quien se fue por su lado. La noticia corrió de hocico en hocico. Santa Claus vendría a la selva y daría a los cachorros que se hubiesen aplicado en sus quehaceres un regalo de navidad para festejar el nacimiento del Niño Dios. ¡Cómo se le ocurre señor Sapo decir que Santa Claus vendrá! Me dijeron que informó a la comunidad que él llegará a repartir regalos entre los animalitos de la selva. ¡Eso no se hace! No de esperanzas. Bien sabe que apenas hay para comer. -dijo el señor Lechuza.―No tenga desconfianza. Ya verá usted que si los niños hacen su carta bien clarita, sin faltas de ortografía y diciendo por qué son merecedores de regalos, Santa cumplirá.― El regalo es un estímulo para que los niños sigan haciendo bien sus quehaceres. ―exclama el Topo.El Sapo se fue a ver al Rey de los Ratones, brincó por los camelotes del río. Después de muchas horas llegó a la ciudad. Encontró al Rey en la biblioteca, era su mansión. Allí, se enteró de que Papá Noel iniciaba su recorrido -desde el polo norte- con un trineo lleno de juguetes, remolcado por alces alados.―El festejo navideño llegará a los rincones del mundo para celebrar el nacimiento del Niño Dios; y es grato, señor Sapo que la lleve al corazón de la selva. ―observó el Rey.― Aquí están las fotos, de Papá Noel, con una bata roja, un bulto sobre el lomo. Don Sapo, usted tiene mucho parecido con él. –Dijo Mamá Ratona.―¿Usted cree doña Ratita? -Preguntó emocionado, don Sapo .―¡Claro que sí! Se imagina usted lo feliz que haría a los animalitos del monte, si en la navidad encontraran en su casa un regalo.―Pero, ¿y los regalos?―Eso es lo de menos, en la ciudad son tan desperdiciados, que los niños caprichosos tiran sus regalos y, al rato, piden otro nuevo. Los papás con tal de que no los molesten, vuelven a comprarles más. Tome esta franela roja. Ahora le confeccionaré su traje de Papá Noel.―¿Y los regalos?Mamá Ratona chifló sacando la lengua y frunciendo los labios. Siete ratones prestos, llegaron.―Esta noche traigan muchos juguetes. Ordenó; “cada ratón debe de traer dos por lo menos”. Una bandada de ratones obtuvo de diferentes partes: muñecas, ositos, jirafas, carretas, trenes, planchas, trasteros con sus vasijas, estufas con sus peroles. Se juntó una gran cantidad de juguetes, gracias a los niños caprichosos y, también, a los padres complacientes.―¿Y cómo podré llevarme tanto?―Nuestras primas, las ratas de agua nos ayudarán. La biblioteca se llenó de Ratonas Blancas, orejas pequeñas y largas trenzas que se encargaron de dejar como nuevos, los obsequios. La niña fea dejo de ser fea, y la flauta se reconcilió con el viento. Los embolsaron poniéndoles un moño rojo con diferentes leyendas: ayuda a tu mamá, no faltes a la escuela, estudia a diario, respeta a las niñas y ama a tus padres y hermanos. ¡Feliz navidad! El Niño Dios nació.Cuando mamá Ratona vistió de Santa Closs a Don Sapo, todos exclamaron: ¡ohh ! fue que recordó que al señor Santa se reconocía por su carcajada de JO JO JO . Don Sapo empezó a practicarla, pero no era convincente, sin embargo en su corazón retumbaba el JO JO JO. Un camelote fue adaptado como balsa. Éste fue reforzado con raíces trenzadas por las ratas de agua. Lo esencial es que esté protegido por la madre tierra en contra de los malos espíritus que son fluidos que se transforman en cualquier tipo de maldad.―Recuerde Don sapo que el mal tiene muchas caras: una roca, un viento furibundo, una neblina un grito desgarrador o quizá una voz melosa. Va protegido, eso no quiere decir que sea a prueba de todo. Abra los ojos que desde este momento, usted pertenece a la bondad. Le acompañaran mis Ratas de agua y mis amigas las Nutrias que impulsaran el camelote hasta la profundidad de la selva y otro viajero. En el cielo había una luna veleidosa. Por momentos parecía decir véanme, y en otras se envolvía entre las nubes. En el primer tercio corrió sin sorpresas. Gritos en la lejanía, chicharras en coro. Al llegar a la mitad del trayecto la luna se ocultó. La noche se hizo densa, la brisa se calmó. Ahora, el viento llegaba frío y zarandeaba a los árboles. El rostro de don Sapo empezó a preocuparse; se oían silbidos, y el agua del río se encrespó. Los ojos de Don Sapo no daban crédito. En el agua había círculos de colores. Se veían hermosos, pero al afinar la mirada le latió con fuerza el corazón: eran víboras entrelazadas que rodaban sobre la superficie y amenazaban con tomar la ínsula. Las Ratas se ordenaron en fila con todos los sentidos exaltados. Los ojos los mantenían casi cerrados porqué podrían ser hipnotizadas. Las Nutrias formaron la primera defensa y con sus colas golpeaban el agua. El ruido intenso y las olas detuvieron el avance, sin embargo, una de ellas logró de un salto descomunal llegar hasta la isla con las fauces abiertas para deglutir de un solo bocado el cuerpo obeso del batracio. Sólo que, en el último instante, el Jaguar de un zarpazo le arrancó la cabeza. Regresó la calma. La luna asomó nítida. Poco después, una docena de nubes gordas la envolvió, y la oscuridad se hizo intensa. Un silencio sospechoso bostezaba. Rompió el sonido del río: splash splash. Golpes en el agua, tambores líquidos que anunciaban otro suceso. Las Ratas olfateaban, divisaban el horizonte a ras del agua; al tiempo exclamaron: ¡lagartos! Hay muchos que están de rivera a rivera. Las Nutrias dejaron de avanzar. Los caimanes nadaban lentamente hacia el camelote. La luna abrió un instante dejando ver una fila de ojos de donde fluía un brillo verdoso y rojizo. Los habitantes de la isla se agruparon, al frente se plantó el Jaguar. Dos enormes caimanes se adelantaron a golpear para derribarlos de la ínsula. Serían victimados con facilidad. Escucharon la voz de don Lechuzo que les gritaba:– ¡Cierren los ojos! ¡cierren los ojos! Una masa de luciérnagas voló sobre los lagartos prendiendo y apagando su luz, lo que hizo que miraran hacia arriba; y al hacerlo llegaron miríadas de moscos que se incrustaron en sus párpados, obligándolos a hundirse en las aguas del río. A don Sapo hubo que acomodarle el gorro, bata roja, y sus botas. le forjaron una canasta sobre su lomo. Así, mientras los infantes dormían fue dejando juguetes a los niños y a los padres, un nacimiento para venerar la llegada del hijo de Dios. Sólo don Lechuzo y el Topo supieron que Don Sapo había terminado. El JoJoJo cada vez se oía más lejos camino a los pantanos.

La leyenda de Sleepy Hollow y el Señor Sapo | Wiki | 《Disney En Español》  Amino

La señora Garay de Rubén García García

Sendero

No tenía cuarenta y ocho horas en el poblado y ya estaba haciendo las maletas para salir del lugar lo más pronto posible. Mi furia provocaba que metiera la ropa con desorden en la valija y, al mismo tiempo, repitiera:

— ¿Qué hago aquí? ¿Qué hago aquí?

Llegué a ese sitio después de siete horas de vuelo. Días antes, me sentía agotadísima y no dudé en aceptar la invitación de un amigo para reposar en su casa y después visitar la campiña.

—Véngase, verá usted que por acá se recupera. La tranquilidad del paisaje será un bálsamo para su espalda y un aliciente.

Trabajé el doble en los días previos y, un viernes, volé al poblado que colindaba con la montaña y la selva. En una tarde, pisé tierra. Mi amigo llevaba una pancarta de cartulina, donde decía: “Bienvenida, señora Garay”. Me reí de su ocurrencia. Compré el boleto de retorno; el servicio era cada ocho días.

Después de los saludos, abrazos y preguntas de rutina, subimos al taxi. Él guardó silencio para darme la libertad de mirar el paisaje. El verde lo cubría, diferente al altplano. Respiré el presagio de un día bochornoso. Arribamos a la pequeña ciudad, nada que anotar.

Dentro, en la construcción rústica se oía silencio. Suspiré aliviada, me dije que lo sustancial era descansar del ruido y de las tensiones.

Mi amigo Salvador, era un hombre de cuarenta años, complexión atlética, nariz gruesa, la mirada viva, que en momentos se retraía. Un lunar enrojecía parte de la ceja derecha. Moreno, con facciones más de aborigen que de criollo, su charla era pausada y su trabajo era asesorar empresas en normas de contabilidad. Me relacioné con él porque fuimos padrinos. Yo, por parte de la novia; él, del novio. Compartimos la misma mesa y entablamos una conversación trivial. Él siguió en contacto por cartas, postales.

Trato de ordenar mis ropas, por mi enojo, solo amontono, entonces, acumulo más coraje.

En el interior de la casa saludé a la señora y a su pequeño hijo. Ella mantenía el aseo y el orden. Era una mujer de mediana edad con facciones gruesas, obesa. El crío tendría unos tres años; al ver a Salvador, le extendió -de inmediato- sus brazos, y por la manera en que se estrecharon, percibí que había un vínculo especial. La vivienda tenía dos recámaras. El calor empezaba a percutirme las sienes y después del viaje, lo que deseaba era darme un baño y tirarme en una cama. — ¡Estás en tu casa! Regreso después. Tengo una cita que no me fue posible posponer. Me dijo.

Salvador se fue al trabajo. Quedé sola, también, desaparecieron la señora y el niño. Me di un baño, calcé una bata de algodón y me tiré cuan larga era en la cama de él. Cuando desperté, todo estaba en silencio. Respiré hondo. Mentalmente vi a mis hijos y sonreí. Oía el golpe de mi corazon. La primera vez que me alejaba de ellos, y su presencia se hacía más grande. No pude contenerme y me pregunté, ¿qué hago aquí? para darme ánimos, me contestaba en voz alta: vengo a descansar. ¡Mis hijos casi son unos hombres!

Febrero es un mes de recuerdos. Fue en las fiestas de carnaval cuando me uní a mi esposo. Caminábamos por la calle, la gente bailaba al son de la música, nosotros teníamos luz de mañana que nos hacía resplandecer. Juntos hicimos que el río cambiara de colores, hasta dejarlo como una corriente sepia. Eran ruedas de fuego en mi vientre cuando los cuerpos coincidían. Siempre fue así. Ya no está conmigo, la vida decidió por él y jamás volverá. Tengo dos hijos que son mis montañas. Por ellos aprendí a luchar, salir al mundo y dejar los miedos. Hoy camino con seguridad y domino los vericuetos de una profesión. He viajado mucho y estoy en reuniones donde el protocolo y la norma son esenciales. ¡Es tan diferente! El tiempo que pasé en familia con el amor de mis hijos y los besos de él, bajando por mi cuello para susurrarme al oído “te quiero”, es incambiable.

Pude controlar mis impulsos. Aprendí a decir no y a sonreír con discreción, a ser firme y amable. Supe de las intenciones ocultas de los varones y de su perseverancia en ofrecer simpatía, promesas. Supe de la seguridad que ellos tienen en sí mismos al pensar que la mujer sola, correrá tarde o temprano a sus brazos. Debo admitir que soy prudente, pero la solicitud masculina me aturde. Me pregunto, ¿por qué me causa turbación? Y la respuesta no llega clara, quizá mis afectos se quedaron escarchados. Me atemoriza tener una relación, oculto mi indecisión con un gesto suave, pero frío. No puedo quitarme de la cabeza al hombre que amé cuando eran las fiestas del carnaval. La gente bailaba con máscaras y mi cara tuvo un brillo que jamás ha vuelto a tener.

Mi amigo era más parlanchín por carta que en persona. Me lo imaginaba más extrovertido. De la fiesta, apenas lo recuerdo. En mi labor diaria es importante tener un perfil de cómo puede ser la gente, pero en el caso de él, su introversión era un obstáculo. Su mirada parecía distante, fría y, ocasionalmente, se iluminaba y eran sus pupilas dos tizones como la vez que juntó su cara con la del niño. ¿Sería de él? No recuerdo que me haya comentado que tuviese uno.

¿Dónde dormiré? En una recámara está la sirvienta con su hijo, ¿quiere decir que compartiré la cama con Salvador? ¿Acaso pensó que al estar en su casa aceptaría estar en pareja? ¡Dios, dónde me vine a meter! Parece que tocan, o quizá llueve, o son las dos cosas… debe de ser la sirvienta y el niño que regresan. ¿O se fueron?

Era Salvador con unos presentes. Yo estaba en la cama con una ropa holgada, el pelo revuelto. Sobre mi cara tenía la almohada que me ocultaba parcialmente. Él, sentado en un borde, empezó a darme los obsequios. ¡Me encantan! Llevan un algo de quien te los da y un secreto al cual debes llegar; pero, en ese instante, lo que menos quería eran regalos. Él me acarició la cara y alisó mi pelo con la palma de su mano. —Es usted muy hermosa, señora Garay.
Le di las gracias con una sonrisa forzada y tímida; creí prudente preguntarle por el sitio en dónde dormiría, ya que tendría que acomodar la ropa. La contestación me dejó sin palabras. –Aquí, conmigo… ¿Le molesta?

Me consternó. Casi lloré en ese momento, pero me contuve. Mi aspecto de mujer segura, viuda, con dos hijos adolescentes, acostumbrada a decidir, conocedora de etiquetas, daba una imagen. En ese instante, parecía tener por dentro menos de quince años. Me enamoré de mi esposo. Sabía que era él y me hizo la mujer más afortunada cuando accedí a tener intimidad. Después de ese día sólo importaba ser cubierta por sus brazos que eran un refugio. En este otro momento, me sentí en despoblado. Furiosa conmigo por no tener una actitud solvente. Tenía enfrente a un hombre que decía, sin ningún empacho: aquí dormirás, ¿te molesta?

Se fue para darse un baño. Llegó al borde de la cama e intentó acostarse a mi lado y besarme. Lo evadía y trataba de hacerle plática para distraerlo de sus pretensiones, mas él volvía a la carga. Estaba en su casa, en su cama, y él con un modo de asalto que seguramente repetía por estar acostumbrado a tener múltiples encuentros. Entonces, dimensioné el problema, como cualquier otro, y lo enfrenté. Le dije que no, que no esperaba una actitud así. Mi forma de ser estaba muy lejos de lo que él pensaba.

—La intimidad es un fruto al cual se accede después de un camino recorrido — ¡No me desconcierte! Vi cómo apretó las mandíbulas; y en sus ojos, la luz intensa -poco a poco- se fue diluyendo. Sonrió, sin malicia, y movió la cabeza. —Comprendo. Entonces, vayámonos de paseo, compremos víveres

Me vestí a toda prisa y dos horas después, regresábamos con la despensa. Acomodamos las cosas y me llevó a un sitio de la casa que no conocía; era un área que servía de estancia, o bien de garaje. Estaba tapizada de madera, con hamacas y poltronas. De la cocina, trajo jugo de frutas, unos bocadillos y desenfundó una guitarra. Solo quedó un foco que ofrecía una luz mortecina. Lo miraba con el rabillo de ojo; tomó la guitarra y empezó a cantar con soltura. Tenía una voz dulce, melodiosa, que fluía con sentimiento. Logré olvidar el mal momento anterior; y él, entre canción y canción, me platicaba parte de su vida. No obstante, no renunciaba a estar cerca de mí y, descuidadamente, pasaba una mano sobre mi muslo, o bien, me daba un beso en la mejilla. Aún, no digería pasar solo la noche. Se acercaba la hora de irse a descansar, y mi inquietud se engrandecía.

—Acuéstate en mi cuarto, yo me iré a la otra recámara –me dijo. — ¿Y ellos? —Se fueron al campo. Allá tengo otra propiedad, mañana la conocerás. Me sentí aliviada.

La noche de las ciudades tiene olor a edificio viejo, a claxon y chillido de llantas. El ruido de las aldeas pequeñas conserva el tono del grillo, de la chicharra y de gallos que se encadenan con aullidos de perros. Era medianoche, el calor hacía arder las paredes de la casa y, a pesar de eso, me fue venciendo el cansancio. Desperté abruptamente, los truenos tienen un efecto angustiante para mí, sin embargo, cuando intenté volver a dormirme fue imposible. La luz reflejada en el vidrio, el ruido ensordecedor de un rayo con la llegada intempestiva del agua, cayendo como pisadas sobre el tejado, me mantuvieron en un estado de tensión. ¡No pude más! Me fui a la recámara de él. Dormía profundo, me reuní a su lado y el día nos encontró juntos. ¡Claro, la mayor sorpresa fue para él!

— ¿A qué hora te pasaste? No me di cuenta. ¿Te asustaron los truenos? No les hagas caso, en estas regiones son frecuentes. A mí, me arrullan.

Mientras él se bañaba y vestía para despachar unos asuntos urgentes, yo me fui a la cocina y preparé un desayuno, como los que le hacía a mi esposo. No lo pude evitar y cuando fritaba unos huevos con tocino, me llegó su recuerdo. Salvador no llegaba hasta pasado el mediodía. Nada mejor que el trabajo para distraer la mente, así que cuando él apareció, la casa lucía con olores de pino. Se me acercó, me dio un beso en la mejilla y me dijo que estaba hermosa. Sonreí.

Había un sol tibio, una mañana fresca y el verde húmedo. Íbamos hacia la casa de campo, pero cuando el carro llegó a la mitad del camino lo aparcó. Se perdió un instante entre el monte y poco después, lo vi aparecer con un caballo.

—Aquí te irás, sube en él —indicó.

Yo me quedé de una pieza. En mi vida había cabalgado, pero la insistencia de él y la seguridad que me transmitió, me hizo decidir. Me ayudó a montar sobre la silla. Él tomó las riendas del caballo. Iba delante, pero se volvía y me indicaba que me sujetara de la montura. ¡Qué sensación! Percibo el jadeo del equino que me abre como un compás las piernas y la crin que se columpia al ritmo de mi pelo. Era un caballo manso, pero arriba de él, imaginé ser una amazona. Más, al recordar los truenos, reí.

Llegamos a una casa rústica, con un tejado rojo y un corredor donde colgaban helechos. En la parte de atrás, tenía sembrados árboles frutales y estaba dispuesta una hamaca bajo la sombra. Disfruté de quietud, sin embargo, el niño de la sirvienta –Rodolfito– sólo deseaba estar con Salvador y éste, por complacer al niño, se olvidó de mí.

El hombre y el chiquillo se hicieron uno; me dejaron a la deriva y terminé vagabundeando. Al verlos, me afirmé en la idea de que el niño era su hijo. Lo que no me cabía en la mente era que él hubiese intimado con la sirvienta. En la tarde le insistí en volver, pues estaba cansada, pero el niño no lo dejaba y optó por llevarlo, aún cuando vio mi contrariedad.

Ya en la casa, Salvador y el niño se acomodaron en lo que era la recámara mía y disfrutaron de una película infantil. Molesta, deambulaba sin saber qué hacer y con deseos de tirarme a descansar. ¡Joder! Me sentía de más. Después, comprobé que estaban dormidos. Empecé con un disgusto que nacía en el estómago y me reventaba en el pecho. El hormigueo de mi cuerpo me exigía caminar, refrescarme la mirada viendo otras cosas y no las cuatro paredes. Contemplar a un hombre dormido con un niño, que se pegaba más a él que a su mamá, me traía el recuerdo de mis hijos. ¿Qué estarían haciendo? ¿Y qué hacía yo, sino invadiendo una rutina? Sin pensarlo mucho, desperté a Salvador. — ¡Quiero salir, conocer la ciudad! Él, adormilado, buscó en el pantalón las llaves de la casa y me las ofreció. Esto me molestó más. Con el vaso colmado, arranqué furiosa a hacer las maletas. Cuando terminé de empacar, ya un taxi me estaba esperando. Así que alcé la voz para despedirme desde la puerta. — ¡Me voy, y gracias por tu hospitalidad! Saltó como si la casa se estuviera quemando.

— ¡No, no, ten calma! ¿Qué vas a hacer? —Balbuceó. Salió corriendo y le ordenó al chofer que esperara.

—Dime en qué te ofendí, recién llegaste y quieres irte. No, no lo acepto. Perdóname si te dije algo impropio. Disculpa. —Quiero irme, aquí estoy de más. —No te entiendo. — ¿Cómo que no me entiendes? ¿Crees que me siento a gusto viéndote dormir con ese crío? ¡Más bien, pareces su mamá! ¡No vine de tan lejos para estar encerrada y quiero divertirme, no verte dormir! ¡Salir, pasear, tomarme un café, mirar, mirar, estoy ansiosa de mirar, de tomar fotos! ¿No entiendes eso?

Se fue a la recámara, tomó al niño entre sus brazos y abordaron el taxi. — ¡Luego regreso! ¡No te vayas! ¡No te vayas! ¡Luego, regreso! Iré a dejar al niño con su tía que vive a treinta minutos de aquí. ¡Espera, por favor!

Con la cámara al hombro, partí -a pie- a conocer el pequeño poblado, admiré sus buganvilias en flor, los inmensos árboles que tenían -en las puntas- piñas que colgaban como acordeones. Entré a la iglesia, me metí a un cine. Al salir, pedí una nieve de pitahaya. Era cerca de la medianoche cuando regresé a la vivienda. Él estaba dando vueltas. Alzó los brazos como dando gracias a Dios porque había llegado. Pensé que me iba a reprochar, pero sólo se limitó a abrazarme.

—Disculpa por el mal momento que te hice pasar, mira qué noche. ¡Esta última hora fue un infierno! ¡Me preguntaba si algo te habría pasado! Te hice un jugo de fruta. —Estoy cansada.

Me dirigí a la habitación. Por la mañana, él exprimía las naranjas y yo me ocupé de hacer el café. Desayunamos en silencio, pero después empezó a contar -con gracia- algunas cosas que le sucedieron. Yo hice lo mismo y terminamos riéndonos a carcajadas. Le pregunté por una farmacia, pues la menstruación se hizo presente. Él limpió la cocina. No me permitió hacer nada. Me preparó un té de orégano, remedio de su abuela que sirve para los dolores menstruales, cosa que le agradecí, ya que ha sido uno de mis tormentos desde que apareció. Llenó un termo para disponer del té en cualquier momento. Me hacía reír, pero me hizo recordar a mi madre cuando ponía compresas calientes sobre mi panza.
Fuimos a comer a un restaurante donde el plato fuerte era carne aderezada en un patio con árboles en floración. En la noche cantó y todo se nos iba en risas. Abruptamente, me abrazó y su boca rozó mis labios; lo alejé. No insistió. A la medianoche dijo que no tenía deseos de dormir, y nos pusimos a jugar ajedrez y continuar con la charla. El sueño me venció. Me levanté antes de que amaneciera y merodeé por la casa. ¿Buscando qué? Nada. ¡No buscaba nada! Era sólo una conducta aprendida de ver a mis hijos dormir Me ponía de pie a deshoras de la noche y veía a mis hijos dormir, que estuviesen bien. Regresé. En la casa había otro hombre, hasta hace unos días desconocido; hoy, sabía que era una persona solitaria con capacidad para dar afecto, pero también con la inclinación para cerrar la puerta de su corazón. Estaba horas con la guitarra. Él decía que sólo practicaba, pero no, más bien huía de sí mismo.

La alborada me descubrió grandes árboles que recortaban la luz suave de un sol que prometía ser abrasador. Cuando Salvador se levantó, ya estaba listo el desayuno y yo me había dado un baño que me reconfortó. Me sentía mejor, la molestia menstrual era sólo ocasional y perfectamente tolerable.

Después de una hora de camino, Salvador me llevó a conocer una zona boscosa que distaba a una hora. Allí, el silencio era intenso: sólo se quebraba por el griterío de los loros y cuando el viento frotaba a los helechos gigantes. Conocí lo que daba vida al pueblo. Me impresionaron los árboles viejos, siguiendo el tallo tenían múltiples cortadas en zigzag, antiguos caminos por donde una vez bajó abundante látex. Se veían como cicatrices abultadas y en algunos puntos supuraba una resina amarilla en un intento vano de rehacer su piel vegetal. Instintivamente, me toqué la cara y no pude evitar que un dolor me apretara por dentro. Ya en el asiento trasero, Salvador sacó el termo para darme mi dosis de té. Me reí y, espontáneamente, me eché a sus brazos y le di un beso tierno en la mejilla. —Uf, será la última dosis ya que las molestias son mínimas. -Dije. —Duérmete un rato, pues en la noche saldremos. ¡Es una sorpresa! Ponte hermosa. Me dijo al llegar.

Pasamos la frontera, y dos horas después, estábamos instalados en una mesa, cómodos y con bocadillos. Él, con cóctel basado en vodka; yo, sólo jugo de toronja. El espectáculo no tardaría, se trataba de un mago que nos llenó de admiración durante dos horas. Fue una velada maravillosa, salimos al alba. Enfilaba hacia el poblado, pero le sugerí quedarnos en la ciudad, pues la madrugada estaba llena de neblina. Nos registramos como un matrimonio. Ambos nos bañamos. Recostados, empezamos a jugar adivinanzas. En el fondo, lo que él deseaba era apostar y ser ganador. Me divertía. El hombre que me había dicho “le molesta dormir conmigo”, ahora era un adolescente que no sabía cómo pedirme un beso. Sacó del enfriador una bebida con bajo contenido de alcohol y de sabor a fresa. Le dije que me diera un trago, pero estaba tan dulce que no tuve reparo en tomar más de lo debido. Me dije: “espero que no me haga daño”. Diez minutos después, me dieron ganas de llorar y arranqué en sollozos. Él se quedó turbado. — ¿Qué tienes? ¿Te hice algo? Dime, ¿qué tienes? Por favor, perdóname si te insulté. — ¡No me hagas caso, no me hagas caso! Sólo tenía ganas de llorar. — ¡Pero si estabas bien! Dime, qué sientes, yo te escucho. —Me asaltó la imagen de mi esposo, pues la última vez que salimos juntos, también, vimos un espectáculo de magia –le dije gimiendo, entre sollozos. —Respira hondo, ten calma. Son coincidencias, sólo es eso. Tranquilízate. Me dio un beso en la frente, en la mejilla, se acercó, y yo me recosté en su pecho. Sentí los brazos de él apretándome la espalda y poco a poco, me fui calmando. Lo besé cerca de sus labios, y él lo hizo en los míos. Fue tierno. Mis manos estaban en sus hombros y las de él, sin prisa horadaban mis espacios por tanto tiempo invulnerables. De entre los besos, no pude contener el sollozo cuando sentí su masculinidad cerca de mi sexo. Se detuvo y volvió a abrazarme. Me platicó que siempre me había querido. Desde la fiesta, había quedado motivado por mi forma de ser. Si me escribió durante muchos años, era con la esperanza de encontrarnos; y ahora, que estaba a mi lado, se veía recompensado. —No voy a lastimarte. Es lo que menos deseo –me dijo. Por la sed, me tomé el resto del refresco. Tenía que rescatar lo que de mí había y no dejé que me tocara, fui yo quien lo besó y cuando el ardor brotaba incierto, exploré más con mi boca y sentí una ola, después otra, entonces rodaron por mi cuerpo los primeros brotes del deseo; se asomó de lejos, pero a medida que avanzaba la luciérnaga se convirtió en pelota rodante que me incendiaba. Simplemente, lo dejé hacer. Con mis manos en su espalda y las de él en mis caderas, me invadió suave, despacio. No cerré los ojos, veía su lumbre y lo invitaba a tomar mis senos y a que los mordisqueara. ¡Tanto tiempo sin intimidad! Y esa vez volví a renacer, a convertirme en mujer, besando a un hombre que hacía un mes para mí era casi un desconocido, pero yo para él no. Me amaba.

En el avión de regreso, pensaba en mi manera de ser: me vi en el espejo de hace ocho días, y puedo ser tierna, compartida con las cosas que amo; asegurarme que los pequeños detalles estén presentes, pues son los que cubren de alegría nuestra vida. Es cierto que, de vez en cuando escapo a mis tristezas, a mis enojos y dolores que todo hombre o mujer tiene, y valoro una caricia en la mejilla, un roce de labios en la frente o un beso que juega con la piel de mis senos. Atesoro caminar bajo un atardecer o refugiarme en los brazos de él al escuchar el estallido de los truenos. Hoy, que ha pasado todo, puedo decir que el amor es esto; pero falta algo más, algo que no tiene nombre, que es inefable y que Salvador nunca tendrá.

Se quedó fijado cuando la gente bailaba con máscaras de colores y la luz sepia caía sobre la corriente del río..

La mariposa de Rubén García García

Sendero

La mariposa
Rubén García García
La marip
Había comprado un lote de libros viejos a insistencia de su esposa. Él confió en la intuición de ella y resolvió la operación obteniendo un préstamo con intereses altos y dejando en garantía el resto de sus propiedades.
—Con una joya que te encuentres, será suficiente para hacernos ricos.

La biblioteca perteneció a una familia que llegó en el siglo antepasado proveniente de Europa. Se encerró días y noches entre libros viciados de tiempo. Los últimos meses los pasó alejado de los eventos sociales con el objetivo de encontrar un volumen que tuviese alto valor en el mercado y que le permitiese salir airoso de sus acreedores. Alicia, su compañera, lo asistía, motivándolo a que vendrían días de rosas, vino, placer. El cansancio, la lectura de veinte horas diarias hacia que algunas veces su esposa lo encontrase dormido sobre las pastas de los libros.

Esa noche, fatigado por la lectura y después del despertar en la hora que los gallos cantaban sin explicarse cómo, logró comprender un texto sobre recetas y hechizos escrito en latín. En la mañana, cuando su mujer llevaba café y panecillos, lo encontró ensimismado. Dejó a su lado el aromático y se retiró en silencio. Algo encontró.

Horas después había redactado dos cartas. En una decía lo que todo el que se va a suicidar dice: “No se culpe a nadie de mi muerte”; y al final: “dejo todos mis bienes, pólizas y seguros a mi amada esposa”. La segunda carta dirigida a su cónyuge: “Como sabes, nos casamos por bienes separados, así que no tienes por qué pagar mis deudas. Entiérrame de tal manera que tú, sin ayuda de nadie, puedas rescatarme. Estaré en un estado catatónico y al mes exacto, volveré a mi conciencia”. Destruye la carta y este viejo libro redactado en latín.

Entre los rezos, el novenario, los abrazos de condolencia se pasó el tiempo. Los acreedores se retiraron y el día previsto, ella rezaba bajo el oscuro velo. Cuando caminaba hacia el cementerio, el viento zarandeaba sus ropas. Casi al llegar a la tumba, llamó al mozo de la limpieza y ordenó que mantuviera limpia la tumba, que los floreros estuviesen relucientes y que nunca faltasen rosas blancas que eran de la preferencia del finado. La gente la veía con el rosario, los ojos hundidos y un manto de agua que humedecía el pañuelo; y cómo en los caminos solitarios, parecía a la distancia una enorme mariposa negra que se perdía entre la arboleda de aquella tarde de otoño.

La hermana de Rubén García García

Sendero

No requería mucho tiempo. Teníamos un clima alimentado por caricias ocultas. Nuestro problema era distraer a la mamá.

Subir las burdas escaleras en la oscuridad del pasillo. Llegar al penúltimo escalón con el resoplo.

La mamá veía películas en inglés, era sorda.

Siempre apoltronada. Un mueble que por su tamaño servía de división entre la sala y la cocina. Nosotros preferíamos la cocina, sentados frente a frente en una mesa situado a espaldas de su mamá. 

Yo llevaba bocadillos, refresco y cerveza fría.

Bajo la mesa teníamos un juego de pies. Ella ascendía por mis piernas, hasta localizar mis ingles y después frotaba y frotaba hasta que conseguía alterarme, se retiraba y seguía, se retiraba y seguía. Por mi parte respondía con fragor y pausa. Así que después de una hora de retozo los ojos brillaban, como un reflejo de lo que por dentro ardía.

La mamá la llamó, sin quitar los ojos de la televisión. Interrumpimos el juego y ella se recargó en el filo del sofá, quedando su cuerpo en forma de arco. Su cara pegada a la mejilla de su progenitora, que le daba indicaciones en voz baja. Traía una falda corta, que dejaba ver con alegría la redondez de sus muslos y por la posición en que estaba, se veían los pliegues y el color de las bragas.

Me situé detrás de ella, las yemas de los dedos las deslice por su piel blanca, dura. Volteó, me hizo una seña con la cara de que me calmara; eso levantó mis ansias y recargué mi cuerpo sobre el de ella. Con la mano quiso apartarme, topó con mi dureza y cuando creí que me daría un pellizco, empezó a deslizarme su mano de un extremo a otro dándome unos apretones prolongados, luego lo puso entre sus muslos y los abría y cerraba como las alas de una mariposa; mientras, seguía hablando con su mamá; su cuerpo ocultaba el mío.

Era casi la media noche, la mamá decidió ver otra película porque se le había ido el sueño. Con la efervescencia en mis ojos acepté que nada se podía hacer, así que al despedirme de la señora, sin que se percatara tomé un almohadón de la sala y me lo llevé hacia la salida. Me acompañó; en la oscuridad del pasillo no evitamos el contacto e iniciamos con frenesí una nueva ronda de caricias, besos sin control y abrazos asfixiantes. Minutos después su ropa interior quedaba sobre los escalones. Sus brazos recargaban sobre la pared y yo detrás de ella con las manos sujetando la cintura. No fue suficiente, el desnivel de la escalera se tornó molesto e incómodo. Así que tomando el almohadón le pedí que se hincara, ella entendió y justo cuando nuestros gritos se confundían se escuchó la voz de la mamá llamándola:

Una monja en mi casa

SendMe jubilé. Los hijos se fueron lejos y la mujer fue siguiéndolos y no regresó. Comía en fondas y la ropa la depositaba en la tintorería. Descuidé el aseo, y en el patio las hojas se podrían.
Me enfermé. Nada grave, quedé como perro de carnicería. Agua, pan duro y una bolsa de papas o de maní era mi alimento. Un día, se presentó una mujer que rondaba por los cincuenta años. Vestía con falda larga oscura, blusa lisa parda y sobre la cabeza, un velo. Parecía sacada de algún convento. Vendría tres veces por semana: limpieza, lavado de ropa y prepararía alimentos para ella y para mí. Estaba satisfecho de sus servicios, pero su atuendo me ponía con un humor de perro viejo.
El velo lo traía sujeto al cuello, empapado de sudor. Le pregunté por qué no se lo quitaba. “Es una manda que tengo que cumplir”. Pidió una escalera para limpiar los vidrios de la ventana y atisbé, sin que lo notara, la lozanía de su piel almendrada. Al terminar sus quehaceres, quedaba en la vivienda un discreto aroma a lavanda y un orden femenino.
Recargado en la poltrona miraba el patio. Las plantas habían recobrado su verde joven. El durazno aclimatado al calor enseñaba sus botones rosados. Salí a caminar. Supe que la señora Otilia me ponía de malas; no ella, sino el atuendo oscuro que le cubría casi todo. Para colmo, los pocos amigos que aún me visitaban para jugar y tomarnos las copas, me jodían con sus bromas.
Una de esas tardes de bochorno, dijo:
– Dentro de un mes termino mi manda.
-¡Por fin descansará de tanto trapo que se pone! Acoté.
– Si viera que ya me he acostumbrado.
– Entonces, ¿no se quitará el hábito?
No la dejé responder y le lancé otra pregunta aprovechando el espacio que me daba.
– ¿La manda, por qué fue?
Ella se quedó callada. Tal vez, removí algo y pequé de imprudente. Así que agregué:
– No me conteste, sino desea.
– Le diré que después de casi veinticinco años de vivir con mi marido, se fue, no sé si con otra mujer o simplemente, se cansó de mí. Me dije que lo esperaría un año.
Se quedó en silencio y se fue a la cocina a lavar trastos.
Para no verla con su atuendo le dejaba víveres y salía a visitar a mis amigos o a sentarme en el parque leyendo algún libro de interés. Llegaba a la hora de la comida y de reojo veía su cara, enmarcada por el velo y el vestido cerrado desde el cuello hasta la punta del tobillo. Estaba contento. Sin embargo, me horrorizaba contemplarla con el atuendo de monja medieval.
-¿Se quitará su vestido de monja? -Se lo dije en tono de broma.
– Ya me acostumbré a éste y, tal vez, me sea difícil.
-Le propongo un trato, ¿qué le parece, si al menos en casa se viste como yo deseo? El hábito parece que le pone diez años más.
Tragó saliva, arrugó la frente y sonrió forzadamente.
-Por supuesto que usted no comprará nada. Todo se lo daré yo.
-¿Me está pidiendo que me vaya?
-De ninguna manera. Solamente, deseo verla diferente, menos monja., más ¿Qué me dice? Terminando su labor, vuelve a ponerse su ropa.
Destensó su frente. Su mirada se iba hacía el patio donde el durazno se había cubierto de flores.

Bajó los ojos, y las manos se sujetaban una a la otra. A veces, movía imperceptiblemente, la cabeza. Entendí que tenía una lucha interior. Así que saqué de mi chistera otra propuesta.
-Le aumentaré el sueldo, pero si acepta, será la ropa que yo elija y esto incluye un nuevo look.
-Déjeme pensarlo.
No fue al siguiente día, y estuve de malas. Pensé que a lo mejor ya no vendría, pero una semana después llegó. Creí que vendría a pedirme el dinero que le correspondía, pero grande fue mi sorpresa cuando me dijo:
– ¿Y mi uniforme?
Este día lo dedicaremos a hacer compras -le dije. También, deseo dejarla en un centro de belleza para que usted disponga de un nuevo corte de cabello y lo que le sugieran las encargadas. Mientras, yo iré a una central de uniformes y le escogeré su ropa de trabajo.
Cuando regresamos a la casa, estaba por anochecer. Ella volvía con su traje de monja, su velo cubriéndole la cabeza y sólo los ojos oscuros dejaban ver una lucecilla juguetona. Nos bajamos en silencio.
-Si gusta bañarse, ya sabe donde está todo. Le dejé su ropa en la cama. Tengo una reunión de amigos. Luego, regreso. Le dije.
En realidad, iba a hacer tiempo a un café para darle su espacio de intimidad que toda mujer requiere. Le había comprado su uniforme. También, otro vestido estampado de un estilo juvenil. Así como otros artículos de belleza. En el trayecto, adquirí una docena de rosas rojas, que se verían bien en el centro de la mesa. Como no se había hecho comida, pedí que llevaran una pizza.
Puse las rosas en el florero. Ella apareció minutos después, tapándose la cara. Era evidente el cambio. Las del centro de belleza, le habían dejado con un corte moderno, con un color acorde a su piel, arreglaron sus cejas, y ella puso algunas sombras que resaltaban sus ojos negros. El uniforme verde enmarcaba sus formas y sólo ella sabía que no tenía sujetador, pero era evidente que los años habían respetado la vitalidad de sus senos. La hice darse una vuelta y encontré una mujer dotada de sensualidad.
-¡Se ve estupenda! ¡Qué cambio! ¿Ya se vio en el espejo? ¡Mírese! ¡Está usted irreconocible! Hoy es un día diferente, así que le invito a comer.
-Pero… Si no he hecho la comida.
-No se preocupe, ya viene en camino una pizza.
Los días siguientes, hacía sus quehaceres con otra energía. La cadencia al caminar volvió, y la sonrisa perdida -aún tímida- abría la ventana. Mis amigos me visitaban con más frecuencia, y ella se daba cuenta de que sus miradas la recorrían. En confianza, le decía que no se avergonzara que si el Señor le había dado esa armonía que, entonces, la luciera.
Hoy, cuando estoy sentado y ella limpia las ventanas, ayudándose de una escalera, veo de reojo sus muslos cálidos. Ella lo sabe y de vez en cuando me lanza una mirada viva y una sonrisa cocoroca.

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