La cofradía de Rubén García García

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Van los borrachos en fila dando traspiés. El más joven lleva la garrafa de caña. Liban en un solar baldío donde hay un árbol de naranja agria que los provee de sombra y de fruto.

Quedan dormidos. Hay uno en pie. Es un perro callejero que le convidan de lo que comen y beben. El perro adicto olisquea sus manos y lame sus bocas para recoger la caña que ha quedado en sus barbas. Ellos acarician la testa del can y sueñan con la mujer, que cambiaron por una botella de ron.

Leer no es sólo leer un texto, Georges Perec — Calle del Orco

Para el propósito que me ocupa, esto es lo que más me llama la atención en las maneras de leer: no que la lectura se considere como una actividad ociosa, sino que en general no pueda existir sola, es preciso que esté insertada en otra necesidad; es preciso que otra actividad la soporte: la lectura […]

Leer no es sólo leer un texto, Georges Perec — Calle del Orco

Las hermanas de Rubén García García

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 llegué a Rancho nuevo empapado. Toqué quedo a la casa de doña Gertrudis para pedirle posada, y pasto para las bestias.

—Don José, mire como viene. ¡Ey Muchachas! echen más leña al fogón y calienten café. Un trago con caña le evitará resfriarse. ¡Y prepárenle su lugar a don Pepe!

Me acosté en la cocina. «Doña gertrudis tiene dos años de viuda. La ayudo en lo que sé, reparando su máquina y dándole al costo las refacciones y ella me provee alimentos y un lugar para dormir» no tardé, a media noche sentí que alguien se acomodaba a mi lado. Quise saber quién era, pero la noche profunda no permitió. Toqué su pelo largo, olí su cuello y mis manos se llenaron con su piel de barro.

-¿Quién eres?

-Adivina? No te diré, abrázame y no hables nada, porque mi mamá no sabe que estoy contigo.

Por la mañana, me senté en la mesa con las tres mujeres, las dos con su cabello largo, el cabello oloroso a jabón de hierbas y su sonrisa pícara que se hacían cuando la mamá se distraía. Nunca supe quién de ellas estuvo conmigo.

Caminando de Rubén García Garcia

Para Stella Mantrana

Caminó por la orilla del mar y cada vez que el agua me acaricia los pies me sobrecoge. Sobre el horizonte veo un barco que se hunde en el tiempo. Me veo jugando con mi padre y camino pensando que su sombra me sigue y me cuida. Con su recuerdo voy de la sonrisa a la tristeza; el equilibrio entre ambas cosas es lo que me mantiene. la ola burbujea y después se va. Nada se queda, todo por movimiento huye. Me iré yo, no del todo, no del todo…

Esas tenues líneas de tierra, Virginia Woolf — Calle del Orco

La gran mayoría de los críticos le vuelve la espalda al presente y observa fijamente el pasado. Sin duda acertadamente no comentan lo que realmente se escribe en este momento; ese deber lo dejan a la casta de reseñadores cuyo nombre de por sí parece implicar transitoriedad en ellos mismos y en los objetos que […]

Esas tenues líneas de tierra, Virginia Woolf — Calle del Orco

La inquietud de Rubén García García

Sendero

Iba y venía por las calles del pueblo desde hace semanas. Buscaba algo que no sabía a bien que era. y no sabía para qué y por qué andaba en la búsqueda. En ese venir, en uno de los caminos perdidos por la maleza se levantó a media altura una bola cafe y se perdió en el monte. La revelación fue inmediata, subí a la loma y encontré el lugar donde florecía la malva y podía ver mi casa donde viví de niño.  Hablé con mis hijos, brindé con ellos y les ordené dónde quería descansar. Esa noche ya para dormirme, salió de no sé dónde  el sapo al cual se perdió en la oscuridad de la noche.

Las sugerencias del «inútil» Rubén García García

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El fino sentido de la mujer otea y a gritos llama a los chamacos. Díganle al “inútil” que venga. El agua no tarda, terminando de hablar, caen gotas gordas, pesadas. Entre todos descuelgan la ropa del tendedero, pero el cielo como olla quebrada deja escapar cubetadas de agua. El “inútil” dice: «deja que se moje, que ya se secará» La mujer que se fregó desde la mañana sacando agua del pozo y lavando a mano se le traban las mandíbulas de coraje e importancia. Era ropa ajena y de la casa. El marido tiene ocho días que no lo llama el patrón. Fue media hora de agua y habrá que pedir fiado el jabón.

Los hombres tenemos un pasado de Rubén garcía García

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Tuve el impulso de pararme y vestirme, yo tenía un compromiso temprano. La tranquilidad sobrevino cuando vi a mi esposa que dormía profundamente. Oprimí el botón de luz del reloj y escuché presurosos los latidos de mi pulso, como si hubiese trotado. Una pregunta me inquietó. ¿Por qué mi corazón latía más de prisa? ¿Acaso sería mi presión? no lo sé. Entre sueños llegó el olor de café recién hecho. A ella le encantaba el café, aspiraba el humo y poseída por él, decía: “en este momento puedo hacer locuras. Yo reía, pero después de repetirlo, empecé a dudar. Una mañana en el archivo la besé una, dos y tres veces y seguimos y seguimos hasta que gritó: «tengo citas pendientes» y se fue corriendo. Un fin de semana tuve que ir a su departamento para darle unos documentos que necesitaría para una reunión de negocios, Tomé el café, que me ofrecía y ella sólo agua. «¿Entonces, no me acompañaras con un café?» Al tiempo, que le dí mi taza, y ella le dio tres sorbos. de manera impulsiva, me tomó de los hombros y me dio un beso. «Tienes una fragancia» y suspiró. Tiempo después le frotaba con la esponja su espalda. En la cama disfrutamos de pizza hot ¡Fue un domingo increíble!. El aroma de café se diluía y volví a encender la luz del reloj y solo habían transcurridos dos minutos. Fui al baño…

LAS FLORES GRITAN — palabras a flor de piel

A la memoria de Dalia Perkulis Es monstruosa la maldad. No conoce límites ni pudor, se rebasa a sí misma, el horror absoluto. Es audaz de la forma más descolocante: busca nuevas maneras de arrancar con los dientes un pedazo de otro ser humano, masticar un poco para luego escupirlo. Degradarlo.             Brenda tenía cuatro […]

LAS FLORES GRITAN — palabras a flor de piel