La rana

Sendero

Brinca sobre los juncos y trepa al macizo. Canta toda la noche. Algunas veces cambia el tono porque la víbora se ha comido a sus amigas. Solo queda ella y canta doliente. Cuando en el cielo se enciende una perla, su canto se hace íntimo.

La dilatada oscuridad la deprime y se queda el pantano en silencio.

La mandarina de Rubén García García

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Las mandarinas tienen la piel blanda y olorosa. Caen del árbol con el color del ocaso. Se construyen en gajos simétricos, protegidos por hilos acremados. Un gajo en la boca complace al paladar más exigente, morder y sentir que los flujos dulces te inundan es refrescante. Una mandarina para un sediento es un placer inefable.

¡Por supuesto que no!, la mandarina no es la esposa del mandarín.

Ella y el mar de Rubén García García

Sendero

Ella y el mar.

Frente al mar contempla la puesta del sol. La brisa contiene  perfumes de Sirena. El fresco hurga sus pechos. Entrecruza las piernas. Los brazos reposan sobre el abdomen. Dormita.

La imagen de la hermana mayor le punza.  Vio que ella estaba sentada sobre las piernas del novio.

Despeinada. Respira profundo, sus pechos empujan la blusa; germinan sus pezones. Entrelaza sus piernas una y otra vez.  Se inquieta. La rebalsa el bochorno, Hay un rosario de latidos en su vientre. Cierra los ojos y vuelve a recordar que su hermana que es besada en la nuca, las orejas y su cadera se mueve como trompo próximo a desfallecer. Está roja, y gime.

Los dedos de su mano derecha están bajo el short. La mano laboriosa y gatuna salta al monte de Venus y retoza.

El mar estalla.

EL CAMINO — Eltiempohabitado’s Weblog

Me gusta andar caminos entre arboledassaber que en la distancia sueño sin rumbo;pensar que en el latido que da el segundosiembro versos del alma por las veredas. Me gusta ver radiantes las rosaledassentir que el alma exhala su amor profundocuando percibo el llanto que aflige al mundodiviso en los caminos la polvareda. Me gusta ver […]

EL CAMINO — Eltiempohabitado’s Weblog

Lo que no quiere

Sendero

Lo que no quiere. de Rubén García García

Baja del árbol cargada de fruta. Sus senos brincan en cada salto que hace. Sabe lo que no quiere: terminar maltratada y enferma como su mamá. Anhela vivir en un departamento, lucir vestidos, collares, zaptillas. Quiere ser profesionista y que necesita constancia y, dinero que su familia no tiene.

Es una adolescente que sabe lo que quiere y frente al espejo del baño enjabona y acaricia sus armas.

Espejismo de Rubén García García

Sendero

Hay un hombre en la choza. Afuera hay silencio, soledad y árboles petrificados. Duerme profundamente, y un dolor en el tórax lo despierta. Se sienta, se masajea la parte adolorida. Recuerda la cita bíblica: “Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre”. impulsado por la fuerza de la fe, pregunta ¿¡eres tú Eva!? mira a su alrededor y solo encuentra el esqueleto de la araña.

La confianza — Percepción de Mujer

La confianza se gana, y con amor se paga. Cuando en tu vida has creado bienestar y armonía, compartiendo generosamente con los demás, sin pretenderlo, desbordas confianza. No todo el mundo está dispuesto a entregar confianza, casi siempre por miedo, que todo lo retrasa; pero la mayoría la exige para equilibrar la balanza; cosas raras […]

La confianza — Percepción de Mujer

El cuento latinoamericano: Argentina (22) — Lapizázulix la galaxia del cuento

Infinito, espirales, laberintos… EspiralRegresé a casa en la madrugada, cayéndome de sueño. Al entrar, todo oscuro. Para no despertar a nadie avancé de puntillas y llegué a la escalera de caracol que conducía a mi cuarto. Apenas puse el pie en el primer escalón dudé de si esa era mi casa o una casa idéntica […]

El cuento latinoamericano: Argentina (22) — Lapizázulix la galaxia del cuento

El Minotauro, Pasífae, Minos y el laberinto

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Ella se levantó con la sensación de que sería un día pésimo. En la mañana, el Rey Minos intentó despertarla. Contestó con un gruñido y regresó al sueño. Cuando los sirvientes vieron su ceño, se encomendaron a los dioses. Por la tarde el sol duro entristecía los jardines del palacio. Era espigada, piel dorada, de andar elegante. Cuando reposaba en el sofá parecía que sus partos le habían dado brotes de juventud y sensualidad.

Ella conocía su carácter arrebatado, dominante, con días pésimos de mal humor, ahora tenía otro sentimiento que no podía definir. Respiró profundamente tratando de modificar la sensación de “falta de aire”. La ventana de su habitación en el palacio de Cnosos era amplia y desde allí contemplaba la nueva área de jardines que dirigía el arquitecto Dédalo. En ese momento no había nadie, ni viento, ni cantos de aves, solo el bochorno de la tarde.

—¡Fero! ¡Fero! ¿Dónde estás?

Entro un perro negro azulado que se le acercó. Ella acarició la testa y él lamió sus manos.

—Tú eres el único que soporta mis extravíos. —y volvió sus ojos azules hacía la ventana.

Recordó el palacio como una construcción fría y húmeda, sin embargo, fueron sus mejores años al lado de Minos. Atrás dejó a su padre Helios y a su madre Perséis, que la educaron para gobernar. Rápidamente tuvo a Acacálide, Ariadna, Androgeo, Glauco, Fedra y Catreo, dedicándose a ellos en cuerpo y alma, mientras Minos era reconocido por su juicio y marcialidad; era hijo de Zeus y Europa, que después se casó con el Rey Asterión, adoptando a Minos, Sarpedón y Radamantis. Recordó a su hermana Circe y de cómo ambas fueron instruidas en el manejo de lo oculto. Años después de casada se daría cuenta que su amado esposo perdía fácilmente la cabeza por cualquier fémina. Nunca le dijo nada a Minos del hechizo que sacó del arcabuz de su corazón: por cada eyaculación que vertiese en otra vagina distinta a la de ella, el semen se convertiría en serpientes, alacranes y tarántulas que agusanarían las vísceras del receptor. Así fueron cayendo sus amantes. Él se dio cuenta del hechizo al ver con horror los monstruos que eyaculaba, la vez que se masturbó. Sin embargo, guardó silencio. Ahora comprendía por qué las ninfas huían de él.

Algunas tardes se reunía con Dédalo bajo la sombra de una cabaña. Siempre colmado de ideas y atrapado entre la oreja y la testa un lápiz de carbón que utilizaba para dibujar en cualquier superficie. En ese tiempo, pretendía darle al palacio de Cnosos una nueva cara. Otras veces lo visitaba en su taller, y encontraba en él, un artista y el ingenio de una mente inquieta. Los juguetes con que se divertían sus hijos salían de su talento.

Cuando el Rey Asterión murió, sobrevinieron los problemas de la sucesión. Los hermanos se disputaron el reinado, pero congregados a puerta cerrada, los herederos, zanjaron el problema: Minos dijo que era el favorito de los dioses y para demostrarlo, Poseidón le enviaría un mensaje del mar. Los hermanos, inconformes, dejaron que los resultados hablaran por sí mismos. Si en efecto los dioses apoyaban a Minos, poco podrían hacer ellos, así que optaron por esperar. Poco después de ofrendarle un templo al dios de los mares, en un día de verano, cuando la multitud estaba en el atracadero de la polis, divisaron que entre las olas del mar un ser se abría paso. “…En un principio no se le encontraba forma, parecía una masa de espumas que se levantaba sobre las olas, pero a medida que se acercaba se fue dibujando su cara y las astas de los cuernos. Tenía un cuerpo enorme, donde las crestas del agua rompían en un hervidero de espumas. Cuando salió del mar, semejaba un macizo de nieve y su paso orgulloso levantaba exclamaciones entre la gente. Un toro albo que cautivo a todos” Escribiría más tarde el cronista Aximelon.

El miura fue el indicio de que los dioses querían que Minos gobernara. Él lo sacrificaría cuando llegasen las fiestas, mientras, lo llevaría a los pastizales de su propiedad.

Cuando el toro albo sintió la mano de Minos sobre su testa consintió que lo acariciara e imaginó sus corrales con toros albos. Al retirarse del establo, tomó la decisión de no sacrificarlo. A su lado iba el fiel sabueso Laelaps, un perro que nunca dejaba escapar una presa, y bajo el brazo traía una jabalina que nunca erraba; regalos de Zeus y de Artemisa en el día de la boda de Europa con Asterión, que pasaron a su poder a la muerte del Rey.

Partió Minos hacia un punto lejano donde se vería con Procris. En el trayecto recordó su cara de fuente, su voz melódica. Al principio despertó en él sentimientos paternos, que después se tornaron confusos. Supo que había estado casada con Céfalos y que éste por la magia de la diosa de la aurora tomó la apariencia de otro varón y sedujo a su propia esposa, ofreciéndole una diadema de oro. Después de poseerla, Céfalo tornó de nuevo a su apariencia y se retiró desconsolado por la infidelidad, refugiándose en los brazos de la diosa del Alba. Procris huyó avergonzada y llegó a la isla de Creta y aceptó el amparo de Minos y poco a poco las caricias paternales se transformaron en caminos de ardor y deseo.

Un día que estuvieron próximos a ser parte del fuego, él se detuvo y con desesperación le confesó el hechizo que sufría.

— No te entiendo.

— Pasifae me ha embrujado y cada vez que mi semilla corre fuera de la vagina de ella, se transforma en veneno y mi compañera muere. Yo no quiero tu muerte.

Procris se acercó a él, lo abrazó y sus yemas rodaron primero por sus cabellos, por su mejilla; con voz breve le dijo:

—Me ha emocionado escucharte. Tus palabras sinceras se han mudado a mi corazón. ¡Ayudémonos! Sé de un brebaje que Circe receta para este tipo de asuntos.

— Cómo sé que me servirá.

— Tendrás que confiar en mí.

Él se acercó, la tomo de la cintura, escondió su barba en la curva de su oreja y después buscó sus labios. Ella se resistió, pero su corazón se dobló por la sinceridad de Minos y correspondió. Él, emocionado le susurró: te deseo.

— También me has encendido, pero el dolor de saberme sola me entristece.

— ¿Qué es lo que más quieres?

— Reconquistar mi matrimonio, sentirme cerca y unida a Céfalo como antes.

Días después, Minos tomó el brebaje de Procris y ella le susurró al oído “dentro de unas horas estarás curado”.

— ¿Cómo lo sabré?

— Sólo espera en silencio y reza por tu salud a la diosa Afrodita. Espérame.

Regresó con una jarra de vino, ella le dio un trago, buscó sus labios y pasó a su boca un remanente del vino. Abrió su túnica y le ofreció sus pechos con los pezones erectos. Volvió a besarle. Minos llevó su boca hacia la luna llena de sus senos. Ella montó sobre sus piernas y sus labios trazaron líneas sobre su rostro, los besos rodaron sobre su cuello y sus pezones de varón se levantaron sobre el vello de su pecho. “Lo haré con mi boca así verás que tu germen viene vestido de blanco”.

La despidió de la isla de Creta obsequiándole el perro que nunca deja escapar una presa y una jabalina de caza que nunca yerra el blanco. Pasarían a la custodia de Procris, y serían el instrumento para recuperar a su marido que era un apasionado de la caza.

De regreso, Minos pensaba en el toro, obsequio del dios Poseidón.

Había una lista de adolescentes que ensayaban lo que sería esencial para la fiesta: estar frente al toro, correr hacia él, impulsarse y dar una vuelta en el aire y resortear con sus manos sobre el lomo, para después caer sobre el suelo. Al final de la fiesta se realizaría el sacrificio del vacuno en honor al dios del mar. Todo sucedió de acuerdo a lo programado. Con excepción de que el Rey Minos se quedó con el toro albino; y sacrificó uno parecido. El pueblo no se percató del cambio, pero Pasifae y el dios sí.

Parecía que el tiempo no se había movido, la ventana, los jardines, el bochorno. El perro mirándola. Ayer fue a los pastizales y vio al vacuno. Minos ordenó que toda vaca en celo fuera acercada al toro para que este la montase. Era hermoso, un albo con aquellos cuernos que parecían dos medias lunas, su cuerpo de blancura le daba una orla de poderío brutal. Cuando montó a la vaca su estatura creció y de una poderosa embestida distendió las paredes de la vagina. Ésta mugió, aceptando la inutilidad de poner resistencia. Pasifae regresó apresurada a su habitación y en la noche, el toro aparecía frente a ella, viéndole manso, tierno y retador.

Sabía de buenas fuentes que el Rey Minos había vuelto a sus andadas de amante; pero sólo hizo un despectivo con los brazos. Recordó que su matrimonio con Minos fue en las fiestas de Afrodita y evocó con sofoco que su cuerpo era palma seca cuando el Rey lamía sus orejas. Pensó que no tenía nada de extrañó soñar con toros, pues al fin y al cabo era el símbolo de la polis. Lo que no entendía era aquella imagen retadora en el momento de la cruza. Tuvo un presentimiento y fue temprano al corral. Sólo estaba el fiel Axto, que traía en ese instante una vaca en celo para ofrecerla al semental y enmudeció al sentir un estremecimiento en su vientre. En el momento del ayuntamiento la cabeza del toro volteó hacia ella. Después de la cruza, la reina dio la orden de que se abriese el corral, el vaquero dudo, pero la orden se desprendía de su mirada. Ella se acercó y él bajó la testa y pudo acariciarlo de la osamenta, después su cara y luego el lomo duro. Aún sentía la agitación sexual del vacuno y sus manos sudaron; y súbitamente tuvo deseos de escapar, pero no lo hizo y siguió acariciando la humedad de su piel. Por la noche sedujo a Minos y permaneció dormitando hasta el mediodía levantándose de un excelente humor.

Llegó una tarde al taller del maestro. De él se decía que había fabricado al hombre de bronce y de mil cosas más. Le habló en voz baja, él la escuchó sin proferir ningún juicio, movió la cabeza de arriba hacia abajo, ella se retiró con los ojos mirando el suelo. Un mes después Dédalo le enseñó el encargo: ¡Era perfecta! Ese día el Rey saldría de la ciudad. En la noche, Pasifae entró desnuda al interior de la vaca fabricada por las manos artesanales de Dédalo. El maestro la acercó al semental albino y se retiró. Afuera la luna llena caía retozando entre los pastos y el murmullo de los animales nocturnos era interrumpido por algún relincho en la lejanía. Dentro, Pasifae esperaba ansiosa la embestida del toro. Una hora antes se había untado aceites en todo el cuerpo. El fuerte olor de hembra traspasaba muros y daba olor al viento. La imagen de ser poseída por un toro leuco, forjado con espuma y nube, hacía que fluyeran humedeciéndola. Cuando sintió su presencia accionó la palanca y las ruedas se inutilizaron para dar paso a las anclas. Ansioso el toro puso las patas delanteras sobre el lomo de la vaca mecánica, esta resistió la embestida y ella percibió en las sienes un corazón explotando en ansiedad. Un embolo húmedo y ardiente abrió su vagina y la empezó a llenar de carne y semen hasta sentir que su receptáculo era una nave inundada. Tuvo deseos de gritar y decir miles de cosas que llegaron del pensamiento, pero sólo recuerda haber sido un pastizal seco consumido por el fuego.

Nueve meses después nació el Minotauro, cuerpo de hombre y cabeza de miura y fue encerrado en una de las tantas habitaciones del palacio de Cnosos. En alguna ocasión, Minos le increpó duramente su relación con el vacuno de nieve, Ella contestó que Afrodita la había hechizado a solicitud de Poseidon.

– ¡Tú fuiste el culpable! Debiste sacrificar el toro que llegó del mar. La venganza del dios es para ti. Yo soy inocente. Sólo fui una pieza sin voluntad.

Después con dulzura acarició la testa de Fero y se metió entre los pasillos y puertas del palacio para dar de comer al Minotauro.

Frente al sol ardiente, cientos de trabajadores habían empezado a construir el Laberinto bajo la dirección del arquitecto Dédalo. Era tan confuso que algunos de ellos se perdieron en él, aún sin haberlo terminado.

Génesis 1-28 de Rubén García García

Sendero

Había una corredera de gatos… Gato mirado, era gato muerto. Las ratas proliferaron, ni que decir de las pulgas, que las tenían saltando de rata en rata y de rata hacia los humanos. La sangre de la pulga no era tan dulce como la de la gente. La pulga era el insecto adecuado para un microbio, le servía de alimento, de transporte y por la voracidad la pulga salto hacia la multitud. Si Atila fue el azote de dios, la rata, la pulga y la Pasteurela fue el azote del hombre.
Olvidaba a los gatos crucificados. Y las aves escucharon: Creced y multiplicaos, y llenad la tierra (Génesis 1:28)

Las hijas de Enheduanna

Revista Retama Cultural

(CDMX1925-Tel-Aviv, Israel,1974)

Rosario Castellanos, nació en Comitán de Domínguez en la región maya del sur de México denominada Altos de Chiapas, donde vivió toda su infancia y adolescencia. A los 15 años publicó sus primeros poemas en un diario de Tuxtla Gutiérrez, pensamientos donde se descubría la inquietud sobre la desigualdad entre hombres y mujeres, al constatar que entre su hermano y ella había un abismo de complacencias de parte de sus padres; pero también el conflicto de la mujer indígena, un contexto del que fue testigo, pues su nana era una mujer indígena.

Destacada escritora, considerada una de las literatas más importantes del siglo XX. En 1950 se graduó como maestra en filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México. Estudió estética y estilística en la Universidad de Madrid, con una beca del Instituto de Cultura Hispánica, de 1950 a 1951.

Escribió durante años en el diario mexicano Excélsior, fue promotora del Instituto Chiapaneco de…

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La jirafa de Rubén García García

Sendero

La jirafa de Rubén García García

Te es sencillo doblar y desdoblar nubes como si estas fueran edredones. En la noche, cuando el sueño se esfuma, tus ojos de laguna negra caen en el manto luciente de iridiscencias y juegas ajedrez en los cielos con la osa mayor. ¿Qué aroma tienen las estrellas? ¿Qué secretos te ha contado la luna? Animal celestial, que siempre estas mirando a Dios, que terrible para ti, inclinar tu cuello¿ hasta la suciedad para beber el agua terrenal.