¿Así que tu crees eso abuela?

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Así que tú crees eso abuela

— ¿Así que tú crees eso abuela?

— ¡Y cómo no! Si lo haces frente a mí, ¿qué no harás cuando no te veo?

— ¡Pero si no hago nada malo!

—Nadie va a echarse la culpa.

—Pero, ¿dónde está lo malo? No hice nada más que probar qué vestido me quedaba mejor.

—Eso es lo que sucedió para ti. ¿Crees que me vas a engañar con que no sabes lo que hacías? ¿Te haces la tonta?

—Bueno ¿qué fue lo que hice mal?

—¡Te parece poco! Si sabías que te ibas a medir ropa, lo primero que debiste de haberte puesto es un sostén y un fondo.

—Pero sabes que traigo puesto un jean, un top y una blusa holgada y no es necesario lo que tú dices. Además, tú me dijiste que te acompañara al mercado. Yo ni siquiera sabía que íbamos a pasar por la boutique.

—Sabes, ¡muy bien que sabes!, que cuando venimos al mercado te gusta ver la ropa nueva que ha llegado. Y luego me convences de que te compre al menos una blusa.

—Hoy no me compraste nada.

—Con el enojo y la vergüenza que me hiciste pasar solo quiero darte de nalgadas.

—¿Por qué sientes vergüenza?

—¡Y todavía me lo preguntas! ¿Qué ha de haber pensado el señor?, y por más señas que te hacía que nos fuéramos, te medías y medías los vestidos.

—¿Y a poco, no se me veían bonitos?

—Te encanta, por lo que veo, provocar a los hombres. ¡Mira, mira lo que hiciste! Te mediste como media docena de vestidos, tres de ellos con el escote que se te veía medio pecho y con lo transparente de la tela, dejabas ver los pedacitos de pantaleta que usas. ¿Qué ha de haber pensado el señor?

—¿Tú lo crees abuela?

—¡Claro! El señor es una persona educada, y por eso no decía nada.

—¿Tú lo crees abuela?

—¡Claro que lo creo! Él con el afán de servir a la clientela, te tuvo paciencia.

—¿Y tú lo crees abuela?

—¡Pues claro que lo creo!

—Yo creo, abuela, que si voy mañana me atenderá, y que no me dirá nada, y estará gustoso de que me mida sus vestidos. Yo creo eso abuela. No sé por qué no lo crees tú.

Cansancio de Rubén García García

Sendero

Acostado bajo el zapote siento el viento fresco de la montaña que me roza. Desde este lugar se divisa el camino. Allá van los arrieros con las mulas cargadas de cerezas que llevan al beneficio. El flaco con camisa de cuadros es Ovidio. Mi vecino que desde el alba me despertó. Desde aquí se mira la poza, que es el lugar donde las señoras lavan la ropa de los ricos. Hace tres días llovió y la chamacada se internó en el monte para buscar los hongos que nacen con la humedad. Los cortan y venden en el mercado del pueblo. El trabajo está en cualquier lugar que ponga mis ojos. Yo lo veo desde esta loma y nunca me canso de mirarlo.

Taueret — El Blog de Lídia

Es bastante habitual que divinidades de diferentes mitologías aparezcan en series de televisión o en películas. Lo que no es tan habitual es que estas divinidades sean secundarias o poco conocidas. Este es el caso de Taueret, diosa egipcia que aparece no en una, sino en dos series de televisión bastante actuales y conocidas. ¿Quieres […]

Taueret — El Blog de Lídia

Ella quería lo que en otras partes sobra de Rubén García García

Sendero

La vieja pretensión se hizo presente. Fue el día de su cumpleaños, cuando partía el pastel y pensó en el deseo. Había simpatía en sus ojos y al caminar su cuerpo ondulaba con gracia. Amada por sus dos hijos y su esposo, llevaba la vida de su alta clase social. Entre los susurros del aire acondicionado, le llegaba el anhelo de lo que en otras familias había mucho. Deseaba una oveja negra.

Aunque tenía confianza con su esposo, guardó el secreto. Poco a poco el deseo adquirió una cuenta de susurros que cuchicheaban en los sueños. Se vestía menos formal, dejó de asistir a las tertulias y canastas para asistir a conciertos de jazz. Su esposo, fiel compañero, se extrañaba de los cambios, y los atribuyó a los ciclos que toda mujer tiene.

Ella seguía siendo transparente, apasionada. El cónyuge se daba cuenta de su transformación, y ella lo realizaba con la naturalidad de haberlo hecho miles de veces. Así la amaba, el disfrute de ella era también de él y optó por dejarla hacer.

Su tez blanca contrastaba con los tonos ciegos de sus vestidos amplios que le daban a su cadera el bamboleo de la flor de caña cuando el viento la mueve.

Una madrugada, llegó una ambulancia hasta su domicilio. En el servicio de urgencia no dudaron en intervenirla. Su marido se quedó sorprendido. Veía al lado de ella un vástago, ella, hinchada del corazón, acariciaba maternal a su oveja negra.

RAÍZ DE LA CULTURA / Maricarmen Delfín Delgado — Portal Cultural Los escribas

California, palabra que al escucharla nos traslada mentalmente a una hermosa península de nuestro país, lugar que alberga a dos estados de exótica belleza; de sonido suave y armónico por el engarce de sus sílabas, su origen hasta el día de hoy es dudoso, envuelto en cierta fantasía, un tanto romántico. En 1535 Hernán Cortés […]

RAÍZ DE LA CULTURA / Maricarmen Delfín Delgado — Portal Cultural Los escribas

La risa de Rubén garcía García

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Lo llevé a casa y lo presenté a mis padres como mi novio. Aceptamos que en el hogar había que tratarnos con mesura y respeto.  Al anochecer pasaba a verme. Decía:

—¡Hola!, ¿qué tal, ¿cómo te ha ido? —Sonreía.

Yo contestaba:

—¡Muy bien!

Íbamos a la sala y mamá le traía un vaso con agua de frutas. Las palabras se nos hacían bolas en la boca. Mirábamos hacia todos lados y reíamos sin motivo. Pasó un mes y mamá me decía:

—Qué serio es tu novio, siempre tan callado, ¿así es?

Uno de esos días en que todo parecía ser la calca de los ayeres y viendo que mis padres estaban mirando hacia el jardín, pasé mi mano sobre su muslo. «Nos van a ver», y se retiraba. Me enojó que tuviese gelatina en las venas. Volví sobre su pierna, subí mis yemas hasta el pubis y sobé de arriba abajo y de abajo hacia arriba… hasta que obtuve respuesta.

Él no sabía qué hacer… y me agradaba verlo perturbado. Yo sonreía ante su cara de asombro. En la noche, lo esperaba emocionada, pues, los días habían dejado de ser monótonos. Siempre estaba con un ojo al gato y el otro al garabato.

«Por favor estate quieta», y lo dejaba un momento, para después volver. Tenía la cara enrojecida, sudorosa y su respiración acelerada.

Un día mis padres salieron y él preguntó por ellos, «luego vienen» le dije y empecé mi juego de sobarle la entrepierna. Mi osadía se convirtió en preocupación, cuando sentí que sus manos me tomaban de las caderas y limpiamente ajusté sobre él. Ahora soy yo la que se retira. Mi mamá me ve con otros ojos.

Tanto va el cántaro al agua, hasta que lo derrama de Rubén García García

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Nepomuceno daba por terminada la discusión con su sentencia favorita » a mí nadie me va a convencer y la calaca me pela los dientes»

Cliente consuetudinario del bar, me extrañó no verlo en dos días y fui a su casa donde vivía solo. Lucía un color céreo con las uñas azules. Sobre la mesita de noche, un vaso con agua y, dentro su dentadura postiza que sarcástica le sonreía…