En el río Tlen de Rubén García García

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Pasan haciendo alharaca una docena de hombres. van rumbo al río Tlen, a sentir la corriente fría de la montaña. Se acomodan fetalmente, así el agua masajea y relaja. Hay en la vera del río donde me acuesto en una gran laja a ver el tablero del cielo: torres caballos, alfiles y peones.

Los hombres descamisados, pisan viejas pisadas. platican de mujeres y algunos se embroman tocándose las nalgas. A la vera del camino, se oye, lejana la risa cascada de los abuelos. Por un momento dejan la charla y beben dejando en el viento el dulce sabor de la caña. Mañana, el sol escarbará, una vez más, en su espalda.

En la iglesia su patrón, cena con el prior y degustan un tequila, especial para limpiar pecados.

Mis ojos juegan ajedrez en la inmensa copa del cielo. Tengo caballos, alfiles y una dama que al bailar tira sus velos.

Volar da hambre de Rubén García García

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Volar da hambre de Rubén García García

Corro por desiertos y laderas de nieve. Voy por los tejados abrasados y me da por brincar tan alto que vuelo. Volar rozando las olas. Volar entre flores y salir con olor a jazmín. Mirar desde el cielo a los pescadores que llegan al puerto y retornar por callejones trenzados con piedra y laja. ¡Ahh! el aroma sagrado del pan y caminar con pisadas de gato hacia la cocina y tomar una pieza dorada y esponjosa. «Solo así te paras haragán”—me dice la compañera.

Ella no sabe que volar da mucha hambre.

Donde los ríos se unen de Rubén García García

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Te encontré donde los ríos se unen. donde el puente simulaba un ave dispuesta al vuelo. El cielo en ocres. Ollas de fragua donde el cobre se licua. El estruendo, el agua presurosa y los dos en un abrazo. Y después la eterna oscuridad, el sinsentido. Solo en mi memoria el aroma que me dejaste en los labios.

Desperté empapado de sudor en aquella tierra de sombras y silencio.

Mi primer beso de Rubén García García

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Mi primer beso de Rubén García García

Ella tenía veinte años y yo era un chamaco. Su pelo danzaba cuando subía por los escalones y bajo la rodilla tenía un lunar en forma de ala.

Un día le pedí un beso, ella movió la cabeza y me dio la espalda. aunque logré mirar una mueca que me pareció una sonrisa. La miraba en silencio todos los días. Una tarde me llamó a su oficina.

«Te voy a dar el beso, no soporto tu mirada pedinche». La veía hacia arriba, había almendra en sus ojos y una corona de oro en su diente medió. Cerré mis ojos, sus labios sobre mi frente, por un momento sentí la decepción, y un poco antes de abrir mis ojos, sus labios encontraron los míos. Soy un viejo, pero si me toco el centro de mi boca vuelvo a sentir sus labios y mi juventud aparece.

Lejanía relativa de Rubén García García

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Era una tía lejana, porque radicaba en el extranjero, y también era de tercer grado. Viuda regresó al pueblo. Me tomó como su secretario. Esa vez le preparé su baño y poco después me llamó enérgica, pensé para mis adentros «¿Qué habré hecho mal?»

Sigue siendo mí tía lejana, pero esta tarde en la tina, acortamos distancias.

Una vaca negra en el cielo de Rubén García García

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La tierra apelmazada se suelta por las navajas de una ave. En el cielo hay una nube gorda, perezosa, que simula una vaca negra. Llueve, llueve a cántaros y por una brevedad humedece el ejido. El aroma dormido despierta. Es olor a tierra mojada que se esparce. Es un olor viejo de vida, es cavernícola. Olor que a los muertos despierta y los hace recordar su niñez. El sol irrumpe poderoso y la memoria se cierra, para volver a la eternidad del silencio.

El ciego Tiresias de Rubén García García

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Solo Tiresias sabía de mi viaje y pasé a despedirme. En la bolsa acomodé la flauta, los maderos, cuerdas y un ramo de hierbas aderezadas por el sereno y la luna. «suerte y buen viaje» me dijo cuando me abrazaba.

Un mes después, en la puerta al inframundo toqué con maestría la flauta y las tres cabezas del perro se durmieron. Caronte me dijo, al bajarme de su barca, «no tienes mucho tiempo». La vi en su sueño profundo y unté en su frente el humor de las raíces. Con dos tablas y las cuerdas inmovilicé su cuello. Poco antes de la salida se oyó una voz imperativa atrás de ella: «¡A dónde vas!» Ella quiso voltear, pero no rompió los amarres. Corrimos hasta ver el día. La mujer florecía en lágrimas al abrazarse con sus hijos, que decían «has vuelto mamá».

Cambio climático de rubén García García

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Llegó abrupto. Entró como el filo en un rojo tomate. El mayo soleado dejó paso a un día invernal. Desaparecieron las moscas y el gato adormilado salió hacía el tejado, pero se regresó antes de que la puerta se le cerrara. Al fondo del patio las gotas frías y afiladas caían sobre el naranjo. El árbol esperaba un chubasco que lo limpiara del polvo y no la insolencia de este frío que lo estremece.

La lluvia se hace más helada y el naranjo no sabe donde guardó la gabardina. Mi madre corre con una sábana de plástico y lo cubre. Ella ama las naranjas dulces que desde niña le ofrece su amigo y ella disfruta.

El tio Félix prendió la luz

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Era un reprobador de matemáticas empedernido. Tenía un tio abuelo, que mi padre lo acogió en su negocio. Empezó a darme clases y los problemas que me presentaba se los respondía con acierto. «Sí sabes, eres listo. Con seguridad tus maestros no han reparado, o quizá sean impacientes. Sí sabes me repitió» En el examen de última oportunidad logré una calificación aprobatoria y seguí mis estudios de preparatoria.

El buen maestro prende los interruptores de luz que tiene el alumno y después él será capaz de aluzar su camino.

Mi Tio-abuelo Félix me dio lo que me faltaba: que alguien creyera en mí.

Felicidades Félix Austria donde quiera que te encuentres.

La chifladera de Rubén García García

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Fui a Tlen. Dos días y a la vera del sendero llegué a un campo de piedras encimadas, y algunos hoyos a medio cavar, ¿o buscaban agua, o tesoros? Dicen que por este rumbo campeaba la banda de los Ali hace décadas. Había un socavón. El tiempo y los remolinos lo llenaron de hojas y arena de desierto. De él sobresalía un árbol de pirulí, una frutita roja vistosa que la disfrutan los pájaros viajeros. Me senté a la sombra y al poco tiempo llegaron varios tipos de aves que hicieron un barullo grandioso. En aquel silencio cubierto de lajas y yuyos un árbol tenía su fiesta. Así que me uní a la chifladera.

Día del maestro al Dr piña

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Han pasado tres meses de que inició el curso de bioquímica, Ya los conozco bien. Algunos son brillantes, otros con dificultad, pero caminan y otros están atascados. «su calificación trimestral se las daré en privado» El examen no lo hacían los maestros sino el departamento correspondiente. Cómo no voy a estar en problemas sino había comprado el libro y con eso me justifiqué. En clase, comentó el maestro: «ya tengo claridad de quienes se perfilan a repetir la materia» Me encontré con su mirada verde. Se me atragantaban las formulas y volvía una y otra vez al inicio, era inútil. Me veía rodar por el desfiladero. Y empecé desde la introducción e ir párrafo por párrafo para que me llegase algo de oxígeno. En el segundo trimestral pude alcanzar el seis y él irónico: «García, encontraste una tablita, o afilaste la mirada» Sus exposiciones eran destacadas y hubo una luz, cuando él llenaba el pizarrón de      letras y números. En clases sentía su mirada glauca correspondiente a un güero y un pelo castaño. En el pasillo, en el salón me comentaba. Desiste, Te espero en el próximo curso.  El día que lo vi sonreir fue la vez que me lanzó una pregunta y se la contesté con acierto. En el tercer trimestral tuve una calificación de ocho. Con esta calificación estas exento García «no sé como lo hiciste, pero lo hiciste» Para los que no estaban exentos se les dio fecha. Me presenté al examen final y cuando me vio me dijo «¿Y que andas haciendo por aquí?, si te presentas al final y me sacas cinco, esa será la calificación final». Volví a repetir el ocho y el maestro güero, glauco de ojos y pelo rojizo me dio un fuerte abrazo y al oído me dice:  yo sabía lo que eras, solo había que picarte el orgullo.

El hombre indiferente de Rubén García García

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Le había dado todo la vida, menos suerte con las mujeres. Siempre oyendo la radio, porque las féminas habían rehusado el «aventón» en su auto. Adquirió una muñeca igual a una adolescente rubia y la hizo su copiloto. Se dejaba ver por el centro, plazas de conveniencia, clubs de boliche. La muñeca acomodada de tal modo, que parecía una novia amorosa. Hizo lo mismo con otra muñeca, ahora morena con el pelo alborotado. Esta mucho mas atrevida, tanto que parecía ir besando su cuello.

Fue la comidilla de los círculos femeniles y más de alguna de ellas movía la cabeza, reprochándose. Otra se hizo la aparecida y le sugirió ir a cenar. Recibió invitaciones y decía que sí, pero después se excusaba por no asistir. «seguramente tu novia no te deja» y él sonreía socarrón. Tomaron como cierto el rumor de que se había casado y ahora las insinuaciones se hicieron atrevidas. En el circulo femenil se decía que un hombre con experiencia era mejor que cualquier mozalbete.

Amaba a sus muñecas, siempre fieles y calladas; tampoco eran celosas.