Volar es peligroso

Sendero

La perra juega en el jardín.

Escucho que vas y vienes, y en tu rostro no veo el deseo de ir a trabajar.

Me miraste.

Ambos sentimos el deseo de disfrutar la intimidad del tiempo.

Reímos.

Te despediste con un beso a orillas de mi boca.

Yo acaricié tu cabellera, tus hombros…

Te vi subir al taxi.

En el alféizar, la floración enrojecida de las glicinas.

Caliope por Rubén García García

Sendero

—Has clamado por el don de la ficción. Y ahora, ante mi ofrenda, frunces el ceño.

Bajé la mirada.

—Te lo agradezco, amada diosa. Pero duele más lo que llega tarde que lo que nunca llega.

El murmullo del agua llenaba el silencio. Calíope, con su mirada melancólica, comprendía mi desvelo.

—El tiempo es implacable —murmuré.

A lo lejos, Caronte aguardaba en su barca. Impaciente.

—¿Para qué el arado si la tierra ya se ha endurecido?

Calíope sonrió con tristeza. En su mano brillaba una moneda dorada.

Alaska uno por Rubén García García

Sendero

No fue el frío del mar lo que me consumió, sino ella.

Sus ojos —dos pozos de barro cubiertos de ceniza— se colaban en mis sueños, entre ola y ola.

El capitán me encerró en la bodega después de que gritara su nombre durante una tormenta.

«Esa mujer te está matando», rugió, escupiendo su saliva amarga.

Él no entendió que no era una mujer, sino lo que quedaba de una.