Tener una buena memoria, brillante como set de fotografía. Alegre como pista de circo. Una memoria que salte en un triple mortal y logre que ella se pregunte:
¿Cómo es posible que recuerdes cómo iba vestida el día que me diste el primer beso?
No sentirás dolor, le dice el médico a mi esposa. Estoy cubierto por sedantes y analgésicos. Afuera, el perro aúlla; ¿será presagio o buen deseo? Respiro con dificultad; el frío me cala hasta el tuétano, y, aun así, sudo, como si mi cuerpo expulsara el filo de lo que me daña. No tengo dolor, no tengo dolor, me repito, tratando de ser un paciente disciplinado, como si con ello me diese ánimo.
En medio de esta confusión, sueño. En el sueño, un aroma a hierba triturada me envuelve; el olor es intenso. Llega como descarga, el hipo. En un destello, veo a Don Agustín, con sus ochenta y tantos años, señalando a su sirvienta con un dedo calloso: «¿Usted cree? Esta vieja dice que si tengo hipo por un día es señal de que me voy a morir».
Sigo en el sueño, pero las voces de afuera se filtran. Mi esposa, al escuchar mis quejidos, me toca la frente con su mano tibia y temblorosa. «Está agonizando», murmura con un hilo de voz que se quiebra.
«Es puro hipo, mamá», responde el benjamín, el hijo que más amé, con esa mezcla de inocencia y certeza que solo un púber puede tener. «Ya acabó, mamá. Ciérrale los ojos ahora; si no, quedará con los ojos abiertos. Así descansa él, y nosotros también».
El silencio se rompe con un sollozo distante, un lamento que parece venir de otro mundo. Es la voz de mi madre, desde algún lugar, que susurra con tono firme y sereno: «Aún no es hora. Cierra tus oídos y llénate de vida; vuela entre las montañas, entrégate a las olas del mar y surge como un pájaro que lleva en el pico los aletazos de un pez».
Años después, mi esposa me dirá: «Sentimos que te morías». Su mirada estará cargada de algo más que recuerdos.
Cuando el personal de la notaría se retira, el fantasma se hace notar. Cambia de lugar los utensilios, enciende la televisión de la sala de espera y provoca leves crujidos en las paredes. Pero el notario, absorto en su labor metódica, no reacciona.
Desconcertado por la indiferencia, el fantasma comienza a sollozar en el rincón más oscuro de la oficina. Su llanto tenue resuena como una queja lastimera en el silencio. El notario suspira sin levantar la vista y, entre dientes, murmura: —Siempre hace lo mismo.
La larga fila de las hormigas no intuyó que, a la vuelta del cedro, arribaría intempestivo el aguacero. Las hierbas menguadas se levantaron con florecillas resplandecientes. De un barranco sombrío surgieron en fila las mariposas amarillas, como minúsculos canguros que rozaban el brillo de la hierba. El aire bochornoso se hizo fragante, olía a tierra recién nacida. La nopalera polvosa dejó ver el verde, y entre las espinas del cactus brotaron blancas flores jaspeadas por minúsculos arcoíris.
Ese fue el día en que llegaste. Cansada, me pediste agua. Día a día te fui dando mi silencio, mi palabra y la soledad de mi silbido. Un día te di todo. «No será para siempre» —me dijiste—. Aun así, yo era feliz sin nada; bastaba una caricia de tus ojos para sentir que volaba como una pandorga.
Ahora que ya no estás, el cactus ha vuelto a cerrarse, y el polvo del camino, día a día, le teje una capa. De las mariposas, aquellas gotas de sol, solo queda el rastro fugaz de su vuelo. El gato, cansado de buscarte, solo aleja su mirada hacia el horizonte.
—Ya no mires tanto —le digo, acariciando su cabeza—. Mientras mis ojos buscan en la lejanía, los del corazón peinan tus trenzas y me traen el aroma de manzanilla.
Regresé a casa con más copas de las debidas, recordando apenas haberme despedido de mi esposa con un «luego vengo». Por la noche, llegó mi suegra, viuda que se la pasa viajando en competencias deportivas. Mi mujer le dio nuestra habitación.
De madrugada, al volver, no encendí la luz y en la oscuridad total cumplí con fogosidad. Salí al baño, e instantes después llegó mi esposa. Me quedé con la palabra en la boca cuando dijo: «Llegó mi mamá y está durmiendo en nuestra recámara… Regresa al cuarto y saca tu ropa; veo que ya traes el pijama puesto». Se me bajó la borrachera de golpe.
En la mañana, los gritos de mi esposa me despertaron: su madre no reaccionaba. Llamaron a un médico, y la suegra estuvo ocho días en el hospital en estado de coma. Una mañana despertó buscando los tenis porque tenía competencia. Mi alivio fue total cuando vi que no recordaba nada.
Días después, mientras se subía al avión, me detuvo un momento, aprovechando que mi esposa se había alejado, y susurró: «Todavía tengo la huella de tu boca. Eres un tigre…»
No, no soy mayor de edad. Si me ve disfrutando del recreo con mi uniforme, pensará que soy una escolar. Si me observa en una fiesta con mi falda ceñida, tendrá otra impresión, y si llevo un vestido largo y maquillaje, seguramente me mirará de arriba abajo. Soy la misma, pero usted no tiene la capacidad de ver mi interior ni de leer mis pensamientos. Conoce la forma, pero no el fondo. Quizás me siga viendo como a una niña, o tal vez una conversación conmigo le haga cambiar de opinión.
Recuerdo que en la primaria leí en el baño de mujeres una palabra cuyo significado, en ese momento, solo entendía de manera literal. Fue en la secundaria, por mi maestra de biología, cuando supe que se refería a la relación íntima. Tiempo después, la palabra cobró toda su magnitud. Aquella vez, fui yo quien se lo pidió a él, con urgencia, impulsada por un deseo desconocido, algo tan intenso, tan demandante como la sed misma. Una palabra que, en un instante, te hace ver el mismo cielo de Van Gogh.
Tamara de Lempicka fue una artista de origen polaco, nacida el 16 de mayo de 1898 en Varsovia. En cuanto a su importancia, ella es considerada por muchos estudiosos y críticos como una de las figuras principales del movimiento Art Deco.
Desperté sobresaltado, como si algo me hubiera asfixiado el sueño. Sentí el impulso de vestirme, convencido de que el tiempo me había rebasado. Al ver a mi esposa dormida, el desvelo se disipó. Volví a la cama y apreté el botón de luz del reloj: la tenue iluminación me arrastró hacia la lejanía. Escuché el pulso acelerado, conté el ritmo; era como si hubiera corrido. Respiré hondo, buscando retomar el sueño. Entre la penumbra surgió una pregunta: ¿por qué latía tan de prisa? ¿Sería mi presión?
Entonces, recordé el olor a café. A Sonia le encantaba; aspiraba el aroma y decía, casi sin pensar: «En este momento, soy capaz de hacer locuras.» Al principio, reía, creyendo que bromeaba, pero con el tiempo, la duda creció. Una mañana, en el archivo, la besé una, dos, tres veces, hasta que gritó: «¡Tengo citas pendientes!» y se fue corriendo.
Un fin de semana fui a su departamento para entregarle unos documentos que necesitaría en una reunión. Acepté el café que me ofreció, aunque ella prefirió solo agua. «¿No me acompañarás con un café?», le pregunté. Ella sonrió, tomó mi taza y bebió tres sorbos, luego se acercó y susurró: «Tienes una fragancia rica». Dos horas después, compartíamos la regadera. Fue un domingo increíble.
El aroma a café se desvanecía, y al encender la luz del reloj otra vez, apenas habían pasado dos minutos. Fui al baño, y al regresar, mi pulso estaba sereno. Pero una pregunta quedó flotando: ¿por qué el recuerdo de aquel café? ¿O fue el café lo que me abrió una puerta que creía cerrada? Nunca lo sabré. Tampoco puedo preguntarle a Sonia; se desvaneció de mi vida como yo de la suya. ¿Y si ella también me soñó?
Por la mañana, al probar el primer sorbo de café, me quedé mirando al vacío. «No dormiste bien, o quién sabe qué pesadilla tenías; resoplaste como si corrieras por una loma», dijo mi esposa.
Los pormenores de su visita volvían a mi mente sin tiempo, como fragmentos de un sueño. De pronto recordé: al mencionar nuestras vivencias, ella siempre las refería en pasado. Sentí un clavo en el pecho, y una fisura imperceptible comenzaba a abrirse.
Miré el algodón de la camiseta que me obsequió. Había manchas de un rojo óxido que no recordaba haber visto. Cuando intenté alisarla con las manos, la tela permaneció inmóvil y, poco a poco, comenzó a deshacerse líquida entre mis dedos. Una inquietud me aplastó, sin saber bien a qué se debía.
Caminé de un lado a otro, cada vez más ligero, casi sin tocar el suelo. A través de una rendija en la ventana, un rayo de luz danzaba, iluminando finos corpúsculos que flotaban en el aire, como motas de polvo resplandecientes. Me quedé absorto en su movimiento. ¿Siempre estuvieron ahí? Me lancé tras ellos, salté una, dos, tres veces, hasta que finalmente logré atraparlos. Al cerrar las manos, sentí un leve vibrar y un calor intenso y extraño.
Fue en ese momento que lo supe. Ya no era el mismo. Las manchas, el algodón, los corpúsculos… todo había sido una advertencia. Abrí las manos con temor, y brotó un destello que me envolvió los ojos. Como una gota de tinta transparente, se dispersó en toda mi red vascular. Era un fragmento, un corpúsculo, un suspiro en el aire.
Los cojines de terciopelo combinan con el tono de las cortinas. En las esquinas, lámparas altas se alzan como torres. En las estanterías, los muñequitos de porcelana son limpiados meticulosamente. El reloj da las campanadas cada hora y, en la última, algo parece desprenderse del cuerpo del tío, dejándolo como un globo arrugado. ¿Acaso duerme? Da la sensación de que se muere… pero no. Día tras día, posterga la consumación de lo inevitable.
los herederos, llegados de todo el país, para matar el tiempo organizan loterías y apuestas en las que se enfrentan una mantis y un alacrán venenoso. Con el paso de las semanas, y ya aburridos de esperar, empiezan a irse, uno por uno.
El tío está aferrado a la vida, dijo el último familiar.
Tiempo después, se enteran de que la enfermera que lo cuida ha avivado en él los deseos de vivir.Cada vez que ella le da sus medicinas, el tío se aferra a su talle y su mirada se hace globosa.
ES LA MINI SELECCIONADA POR LA REVISTA INMEDIACIONES. GRACIAS MARCIA POR ELEGIR A «DESCAMISADOS»
Caminan, haciendo alharaca, una docena de hombres. Van rumbo al río, a bañarse con la corriente fría de la montaña. Encuerados, reciben el masaje del agua y con las manos entrelazadas en la nuca se pierden al descubrir el tablero brillante del cielo.
Los hombres descamisados regresan. Platican de mujeres y algunos se embroman tocándose las nalgas. En la oscuridad se oyen chillidos, aleteos y uno que otro ruido que se confunde con carcajada. Por un momento dejan la charla y beben dejando en el viento el dulce sabor de la caña. Regresan al pueblo, a la choza, a entibiarse las caderas con las caderas de la amada. Nadie piensa que mañana el sol inclemente de la hacienda les barbechará la espalda.
Sumérgete en “Dos de Muerte” de Rubén García García
Esta estremecedora obra nos lleva al borde del insomnio y la existencia misma. «Dos de Muerte» nos muestra un encuentro con la muerte, donde la realidad se desvanece y los sentidos se aferran en un desesperado intento por seguir. ¡No te pierdas este relato que te hará reflexionar y sentir hasta los huesos!
DOS DE MUERTE
Rubén García García
El insomnio
Salió al jardín y contempló la claridad pálida filtrándose entre los árboles. Respiró el aire frío, que le penetró hasta los huesos. Eran las seis de la mañana y ya era el tercer día sin dormir. Había probado todo, desde infusiones de hierbas hasta grageas homeopáticas, pero el sueño seguía esquivándolo. Cada vez que los bostezos se acumulaban y se tiraba a la cama, el sueño se desvanecía como un espejismo cruel.
En un arranque de desesperación, sacó del cajón una pistola que parecía de juguete. La frialdad del metal en su mano ansiosa lo hizo dudar por un segundo. Cerró los ojos y apretó el gatillo. El clic fue lo último que escuchó.
Cuando abrió los ojos, pudo observarse, viendo a través del cristal del ataúd. Una araña se columpiaba en la viga del techo, la misma que había visto antier haciendo lo mismo. Antes de fugarse, escuchó la monotonía del rezo y el aroma del café.
Los sentidos
Es desesperante sentir que no respiras, pero que todavía escuchas. Y si pudiese abrir los ojos, solo vería una densa oscuridad, y, en la oscuridad del silencio, el roer de los gusanos en ese trabajo finito de convertirte en polvo. ¡Cómo llegar al sueño eterno si esas mandíbulas nunca descansan de roer!
Me instalé. Pueblo fronterizo con sus calles de piedra. Le di las llaves al empleado de la recepción.
—¿Algún pendiente, señor?
—Regresaré en dos o tres horas.
—Perfecto. No le recomiendo que esté fuera después de las doce. Si desea una copa, es mejor que lo haga en el bar del hotel.
Al salir del cine me detuve en un callejón a mirar revistas. La hojeaba cuando, de repente, se desató una balacera. El sonido seco de los disparos rompió el silencio. Todos corrían. Estaba paralizado. Una mano piadosa me jaló. Estaba dentro del kiosco.
—No hable, no se mueva —susurró la voz. Dentro olía a humedad y aire viejo.
Después, el silencio. Una zapatilla encajó en mis costillas.
—¡Salga! —me dijo la voz hueca.
Le platiqué al empleado de la recepción.
—¿Está seguro que es el estanquillo que se encuentra a dos cuadras del cine? Porque ese kiosco lo cerraron hace años. La dueña, una mujer joven, la degollaron porque no quiso vender droga en su negocio.
En mi cuarto, saqué la revista que había tomado antes del percance. No pude dormir. La revista, fechada hace cuatro años, estaba intacta.
La casucha estaba hecha con varas y láminas de cartón. Al fondo, la estufa de petróleo hervía agua, un intento inútil para enfrentar la onda gélida. Cerca, la mujer temblaba. En el extremo, un hombre bebía pulque.
—Alguien cuchichea —dijo el esposo, meciéndose en la poltrona. Recordó las palabras del yerbero: «La hierba rumorosa debe su nombre al efecto que causa en quien la ingiere. Poco antes de que aparezca la muerte, el sujeto mastica sus pensamientos y los dice, como si rezara, sin darse cuenta».
¡Con qué claridad escucho a mi odiada mujer!
«Mi esposo es hediondo, obeso, sedentario y fumador. Los gestos que hace me indican que me oye, pero no cree lo que digo. No tardará en morirse, la pócima que le di ya está trabajando. ¡Bendito pulque, que se puede combinar con cualquier fruta! ¿Quién sospecharía que lo he envenenado? El médico dirá que fue un ataque al corazón. ¡Me importa un rábano que escuche! ¡No sé cómo pude soportarlo tanto!»
Minutos antes de morir, hombre y mujer se trenzaron a golpes.
Esa noche, el frío cayó a diez grados bajo cero. En la foto se veía a la pareja abrazada. Los titulares de la prensa, en letras negras y grandes, decían: Unidos hasta la muerte. El frío le quita la vida a dos enamorados.
Calladito, calladito… ¡Así se ve tan bien! Sin alharacas ni dramas. Esa es la manera de enfrentar a la muerte: como si fuera una vieja amiga o una esposa a la que se le dice que sí, solo porque es el día que sale de compras. Tranquilo. Ya vendrá cada dos de noviembre, por sus viandas de mole, su cerveza oscura y, quién sabe, tal vez hasta ese ron blanco añejo que tanto le gustaba. Claro, también hay que tomar en cuenta que la viuda aún conserva su sensualidad y belleza. Y además, el deseo de conocer el mundo… porque, cuando usted vivía, siempre se negó a salir del rancho.
Nunca se lo dijo, pero soñaba con vivir en las islas del Pacífico. Allá, los festejos son diferentes. No se altere, es poco probable que eso suceda… aunque siempre hay una posibilidad. ¿Recuerda a aquel tejano con quien hizo negocios? Ayer fue al rancho, y le dieron la noticia de su deceso. El tejano se quedó después del novenario, y todo indica que seguirá haciendo negocios, ahora con la viuda.
¿Y qué cree? A él también le gustan las islas del ensueño y la piña colada
Mi Shing, general de la dinastía Tang, hacía volar dientes de león para intimidar a los pueblos que se negaban a contribuir a la riqueza del imperio. Sabían entonces que el ataque del dragón chino era inminente si, al caer las últimas esferas, no habían reunido el oro en semillas y especies.