Caminando de Rubén García Garcia

Para Stella Mantrana

Caminó por la orilla del mar y cada vez que el agua me acaricia los pies me sobrecoge. Sobre el horizonte veo un barco que se hunde en el tiempo. Me veo jugando con mi padre y camino pensando que su sombra me sigue y me cuida. Con su recuerdo voy de la sonrisa a la tristeza; el equilibrio entre ambas cosas es lo que me mantiene. la ola burbujea y después se va. Nada se queda, todo por movimiento huye. Me iré yo, no del todo, no del todo…

La inquietud de Rubén García García

Sendero

Iba y venía por las calles del pueblo desde hace semanas. Buscaba algo que no sabía a bien que era. y no sabía para qué y por qué andaba en la búsqueda. En ese venir, en uno de los caminos perdidos por la maleza se levantó a media altura una bola cafe y se perdió en el monte. La revelación fue inmediata, subí a la loma y encontré el lugar donde florecía la malva y podía ver mi casa donde viví de niño.  Hablé con mis hijos, brindé con ellos y les ordené dónde quería descansar. Esa noche ya para dormirme, salió de no sé dónde  el sapo al cual se perdió en la oscuridad de la noche.

Las sugerencias del «inútil» Rubén García García

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El fino sentido de la mujer otea y a gritos llama a los chamacos. Díganle al “inútil” que venga. El agua no tarda, terminando de hablar, caen gotas gordas, pesadas. Entre todos descuelgan la ropa del tendedero, pero el cielo como olla quebrada deja escapar cubetadas de agua. El “inútil” dice: «deja que se moje, que ya se secará» La mujer que se fregó desde la mañana sacando agua del pozo y lavando a mano se le traban las mandíbulas de coraje e importancia. Era ropa ajena y de la casa. El marido tiene ocho días que no lo llama el patrón. Fue media hora de agua y habrá que pedir fiado el jabón.

Los hombres tenemos un pasado de Rubén garcía García

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Tuve el impulso de pararme y vestirme, yo tenía un compromiso temprano. La tranquilidad sobrevino cuando vi a mi esposa que dormía profundamente. Oprimí el botón de luz del reloj y escuché presurosos los latidos de mi pulso, como si hubiese trotado. Una pregunta me inquietó. ¿Por qué mi corazón latía más de prisa? ¿Acaso sería mi presión? no lo sé. Entre sueños llegó el olor de café recién hecho. A ella le encantaba el café, aspiraba el humo y poseída por él, decía: “en este momento puedo hacer locuras. Yo reía, pero después de repetirlo, empecé a dudar. Una mañana en el archivo la besé una, dos y tres veces y seguimos y seguimos hasta que gritó: «tengo citas pendientes» y se fue corriendo. Un fin de semana tuve que ir a su departamento para darle unos documentos que necesitaría para una reunión de negocios, Tomé el café, que me ofrecía y ella sólo agua. «¿Entonces, no me acompañaras con un café?» Al tiempo, que le dí mi taza, y ella le dio tres sorbos. de manera impulsiva, me tomó de los hombros y me dio un beso. «Tienes una fragancia» y suspiró. Tiempo después le frotaba con la esponja su espalda. En la cama disfrutamos de pizza hot ¡Fue un domingo increíble!. El aroma de café se diluía y volví a encender la luz del reloj y solo habían transcurridos dos minutos. Fui al baño…

¿Así que tu crees eso abuela?

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Así que tú crees eso abuela

— ¿Así que tú crees eso abuela?

— ¡Y cómo no! Si lo haces frente a mí, ¿qué no harás cuando no te veo?

— ¡Pero si no hago nada malo!

—Nadie va a echarse la culpa.

—Pero, ¿dónde está lo malo? No hice nada más que probar qué vestido me quedaba mejor.

—Eso es lo que sucedió para ti. ¿Crees que me vas a engañar con que no sabes lo que hacías? ¿Te haces la tonta?

—Bueno ¿qué fue lo que hice mal?

—¡Te parece poco! Si sabías que te ibas a medir ropa, lo primero que debiste de haberte puesto es un sostén y un fondo.

—Pero sabes que traigo puesto un jean, un top y una blusa holgada y no es necesario lo que tú dices. Además, tú me dijiste que te acompañara al mercado. Yo ni siquiera sabía que íbamos a pasar por la boutique.

—Sabes, ¡muy bien que sabes!, que cuando venimos al mercado te gusta ver la ropa nueva que ha llegado. Y luego me convences de que te compre al menos una blusa.

—Hoy no me compraste nada.

—Con el enojo y la vergüenza que me hiciste pasar solo quiero darte de nalgadas.

—¿Por qué sientes vergüenza?

—¡Y todavía me lo preguntas! ¿Qué ha de haber pensado el señor?, y por más señas que te hacía que nos fuéramos, te medías y medías los vestidos.

—¿Y a poco, no se me veían bonitos?

—Te encanta, por lo que veo, provocar a los hombres. ¡Mira, mira lo que hiciste! Te mediste como media docena de vestidos, tres de ellos con el escote que se te veía medio pecho y con lo transparente de la tela, dejabas ver los pedacitos de pantaleta que usas. ¿Qué ha de haber pensado el señor?

—¿Tú lo crees abuela?

—¡Claro! El señor es una persona educada, y por eso no decía nada.

—¿Tú lo crees abuela?

—¡Claro que lo creo! Él con el afán de servir a la clientela, te tuvo paciencia.

—¿Y tú lo crees abuela?

—¡Pues claro que lo creo!

—Yo creo, abuela, que si voy mañana me atenderá, y que no me dirá nada, y estará gustoso de que me mida sus vestidos. Yo creo eso abuela. No sé por qué no lo crees tú.

Cansancio de Rubén García García

Sendero

Acostado bajo el zapote siento el viento fresco de la montaña que me roza. Desde este lugar se divisa el camino. Allá van los arrieros con las mulas cargadas de cerezas que llevan al beneficio. El flaco con camisa de cuadros es Ovidio. Mi vecino que desde el alba me despertó. Desde aquí se mira la poza, que es el lugar donde las señoras lavan la ropa de los ricos. Hace tres días llovió y la chamacada se internó en el monte para buscar los hongos que nacen con la humedad. Los cortan y venden en el mercado del pueblo. El trabajo está en cualquier lugar que ponga mis ojos. Yo lo veo desde esta loma y nunca me canso de mirarlo.

Ella quería lo que en otras partes sobra de Rubén García García

Sendero

La vieja pretensión se hizo presente. Fue el día de su cumpleaños, cuando partía el pastel y pensó en el deseo. Había simpatía en sus ojos y al caminar su cuerpo ondulaba con gracia. Amada por sus dos hijos y su esposo, llevaba la vida de su alta clase social. Entre los susurros del aire acondicionado, le llegaba el anhelo de lo que en otras familias había mucho. Deseaba una oveja negra.

Aunque tenía confianza con su esposo, guardó el secreto. Poco a poco el deseo adquirió una cuenta de susurros que cuchicheaban en los sueños. Se vestía menos formal, dejó de asistir a las tertulias y canastas para asistir a conciertos de jazz. Su esposo, fiel compañero, se extrañaba de los cambios, y los atribuyó a los ciclos que toda mujer tiene.

Ella seguía siendo transparente, apasionada. El cónyuge se daba cuenta de su transformación, y ella lo realizaba con la naturalidad de haberlo hecho miles de veces. Así la amaba, el disfrute de ella era también de él y optó por dejarla hacer.

Su tez blanca contrastaba con los tonos ciegos de sus vestidos amplios que le daban a su cadera el bamboleo de la flor de caña cuando el viento la mueve.

Una madrugada, llegó una ambulancia hasta su domicilio. En el servicio de urgencia no dudaron en intervenirla. Su marido se quedó sorprendido. Veía al lado de ella un vástago, ella, hinchada del corazón, acariciaba maternal a su oveja negra.

La risa de Rubén garcía García

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Lo llevé a casa y lo presenté a mis padres como mi novio. Aceptamos que en el hogar había que tratarnos con mesura y respeto.  Al anochecer pasaba a verme. Decía:

—¡Hola!, ¿qué tal, ¿cómo te ha ido? —Sonreía.

Yo contestaba:

—¡Muy bien!

Íbamos a la sala y mamá le traía un vaso con agua de frutas. Las palabras se nos hacían bolas en la boca. Mirábamos hacia todos lados y reíamos sin motivo. Pasó un mes y mamá me decía:

—Qué serio es tu novio, siempre tan callado, ¿así es?

Uno de esos días en que todo parecía ser la calca de los ayeres y viendo que mis padres estaban mirando hacia el jardín, pasé mi mano sobre su muslo. «Nos van a ver», y se retiraba. Me enojó que tuviese gelatina en las venas. Volví sobre su pierna, subí mis yemas hasta el pubis y sobé de arriba abajo y de abajo hacia arriba… hasta que obtuve respuesta.

Él no sabía qué hacer… y me agradaba verlo perturbado. Yo sonreía ante su cara de asombro. En la noche, lo esperaba emocionada, pues, los días habían dejado de ser monótonos. Siempre estaba con un ojo al gato y el otro al garabato.

«Por favor estate quieta», y lo dejaba un momento, para después volver. Tenía la cara enrojecida, sudorosa y su respiración acelerada.

Un día mis padres salieron y él preguntó por ellos, «luego vienen» le dije y empecé mi juego de sobarle la entrepierna. Mi osadía se convirtió en preocupación, cuando sentí que sus manos me tomaban de las caderas y limpiamente ajusté sobre él. Ahora soy yo la que se retira. Mi mamá me ve con otros ojos.

Tanto va el cántaro al agua, hasta que lo derrama de Rubén García García

Sendero

Nepomuceno daba por terminada la discusión con su sentencia favorita » a mí nadie me va a convencer y la calaca me pela los dientes»

Cliente consuetudinario del bar, me extrañó no verlo en dos días y fui a su casa donde vivía solo. Lucía un color céreo con las uñas azules. Sobre la mesita de noche, un vaso con agua y, dentro su dentadura postiza que sarcástica le sonreía…

Los mafiosos también lloran de Rubén García García

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Aún no me repongo de haberte perdido. ¡Cómo olvidarte! Tu cabello tus saltos armónicos de felina al viento te hacía verte sensual. Te sorprendí cuando regresabas del colegio y te llevé a mi refugio donde te traté como a una reina. Por el lado oscuro de la red, recibí contestación a la oferta: me daban diez mil dolares por tu virginidad. Me esperé a que mejoraran la apuesta. Ese fue mi error. Tus ojos de gata visualizaron una salida y escapaste. Aún no me repongo, y ya mi retrato lo encuentro hasta en la sopa. Quién me iba a decir que la niña tiene una memoria fotográfica.

Una apócrifa historia de Rubén García García

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Soy el mascarón de proa. En los días del diluvio, Noé no me permitió ir con el resto de los animales, adujo que sería alterar la conducta de los felinos. Recuerdo que su mirada me recorrió como si me ungiera poco a poco mirra y sándalo. Cuando me iba, me detuvo y me convirtió en mascarón, situándome en la proa de la nave.

la gastritis de Rubén García García

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En tres días no habría luz. La mañana abrió con un sol atormentado. Había terminado la consulta y pronto darían las dos de la tarde y me urgía algo frío. Recordé que el comercio que tenía ese producto era la cervecería de Pancho, pues disponía de un refrigerador de petróleo que aún daba pelea. Pensaba decirle a Filemón que me acompañara, pero en la mañana salió con sus mulas. Así que repasaba qué amigos podrían estar dispuestos, y todos estaban en labores. Poco antes de terminar mi horario de trabajo, llegó un paciente. Sudoroso le comuniqué que tenía una gastritis y que debería de tomar su medicina con apego al horario; que tuviese cuidado de no ingerir irritantes: «nada de chile, nada de grasa, nada de caña y dentro de quince días, viene».

Cerré el consultorio y fui a dar vueltas al centro del pueblito, con la esperanza de encontrar a un conocido, pues me desagrada estar en una mesa en silencio. No hay nada como algo frío en la mano y una buena plática. Encontré lagartijas, señoras comprando a última hora, pero ningún amigo. Estaba enfadado, cuando pasó el enfermo de gastritis. No le dejé decir nada. Lo abracé, y pronto charlé como si no lo hubiese visto en años. Él me miraba sorprendido, no dando crédito.

—Sígueme, aquí hace un calor que no se aguanta. —Y a empujones lo metí en la cantina; ya sentados pedí dos cervezas, venían chorreando de agua helada y le digo: «¡salud!»

—Yo tengo gastritis, no puedo tomar.

—¿Quién dice que no?

—Pues usted.

—Yo no me acuerdo.

— Me lo dijo hace como una hora.

—¡Qué memoria tengo ¿Y qué te dije?

— Que no podía comer ni chile ni grasa.

—¡Ah! pero la cerveza no es ni chile, ni grasa.

—Pero irrita.

—Bueno… irrita si está muy caliente, la que tenemos está más fría que una muerta. — Digamos entonces… ¡Salud! —De dos tragos terminé el contenido y él, temeroso, sorbió un poco, después cerró los párpados y se la empujó de un trago, toma resuello y me dijo:

—¡Caray, caray! Médicos como usted… hay pocos, ¡me cai de madre!

Yo no le hacía caso, solo doblaba mis ojitos para decirle a Pancho que me trajera otras dos.