Ivi un cuento de navidad de Rubén García García

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vi es tristeza. Por más que la procuran su salud es precaria. Su abuelo para distraerla la llevó a la feria. Sorpresa. Ella abrazó a un Santa Claus y le ha sonreído y él con ella. Ivi es su único familiar y verla jugar es un maravilloso regalo. Dueño de una cadena de casas comerciales, le ofreció el oro y la plata «Sí desea más dígame. Es mi alegría que haga sonreir a mi nieta», la niña le dijo al oído: «no se lo has pedido por favor»

El Santa Claus de la feria le dijo que aceptaba siempre y cuando el abuelo estuviera presente. Y si hubiese un cambio, le diría el costo. Un mes después… la niña juega, come, y escribe cuentos para evadirse de la melancolía.

Después le dijo:

«Me debe la mitad de las ganancias que haya tenido en el año» y le dio su número de cuenta y se fue.

El abuelo no cumplió el compromiso. Un día, la niña desapareció sin dejar rastro. El magnate movilizó a la policía de todo el mundo. La foto de la niña se reprodujo en periódicos, televisoras e internet. Nadie sabía de ella. Nadie le dio informes sobre el paradero del Santa Claus de la feria. La soñaba todas las noche con harapos y pidiendo limosna y la voz de ella en su oído: « ayuda abuelo, ayuda» La policía le informó que el número de cuenta no estaba registrado en ningún banco. Esa noche la soñó jugando en un callejón y dentro de una vecindad. Y se despertó con la sonrisa de ella.

Esos días previos a la festividad estuvo ocupado comprando cientos de platillos, miles de juguetes, abrigos, frazadas y girando invitaciones a los niños. Su mansión que por años era una fortaleza abrió las puertas e invitó a cenar a los niños y que se llevaran los juguetes y ropa que desearan.

Esa noche no la soñó. Solo escuchó su voz tan diáfana, tan clara que hizo que se despertara. Y sí, era la voz de Ivi que le decía: «te quiero mucho abuelito»

Ilusión de Rubén García García

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En la platica por la red, ella era hábil y osada. Capaz de mantener un diálogo en las mismas barbas de sus cercanos. Me hacía viajar por su ciudad. Me mostraba cada lugar de su casa y picara me decía: «por si vienes en la noche ya sabes como entrar a la casa». Era una residencia antigua y enorme. Me llevó por rincones que solo ella conocía. A veces quedaba en pausa, sabía que si eso pasaba era porque algún intruso se había acercado peligrosamente por su espalda y rápidamente aparecía «no te vayas, luego vengo» palabras clave. Después otro recado: «ve a la cocina y prepárate algún bocadillo, a un lado están las gaseosas» Eso quería decir que tardaría más tiempo. Muchas intimidades conocí de ella y ella de mí. Se hizo costumbre saludarnos e identificar el mejor horario para no sufrir interrupciones en la plática. Cuando no aparecía me preguntaba si le había sucedido algo y lo mismo se decía ella. Un día nos acostamos virtualmente. «cuando te leo, siento que tus palabras me recorren y me estremezco. Nunca había experimentado la piel de gallina, contigo supe lo que era»

Era irreal amarnos sobre las hojas de hierba. Y a buen tiempo lo comprendimos.

Conchita de Rubén García García

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Sonó el timbre. Al ir rumbo a la puerta me detuve. ¿Y si fuese la mamá de Conchita? Ya rumbo a mi casa. Afuera de la escuela primaria vi que varias niñas jaloneaban de los cabellos a una más pequeña. Era mi vecina y la defendí. Ahora, cada vez que me ve, toma impulso y se cuelga de mí. Le dije que no fuese tan efusiva. Sucedió frente a su casa. Creí ver a su mamá observándonos tras la ventana.

Abrí la puerta, era Conchita que me traía un recado de su mamá, me invitaba a comer. Al ir hacia su casa pasaron por mi mente desde un «gracias ya Conchi me contó» hasta la advertencia de no acercarme a la niña.

Al entrar, fue la niña quien me recibió con el estilo de aventarse y sujetarse a mi cuello. «Es mi héroe». le dice a su mamá. La evité lo más que pude y si permitía su elocuencia la tomaba por sus axilas y la levantaba. Con el tiempo se hizo moderada y solo me abrazaba efusivamente y sentía su beso en la mejilla…

Terminé mi carrera de contador y abrí mi despacho. Para mi fortuna con mucho trabajo.

Mi secretaria me comunicó que una una señorita deseaba verme. En mi libreta no tenía agendada ninguna cita.

Era conchita que, al verme y fiel a su estilo infantil, corrió hacía mí, abrió sus piernas, me abrazó por el cuello y me dio un efusivo beso a la mejilla, no aflojó sus piernas, y su boca me dijo al oído. Sabes, ya soy mayor de edad…

El señor x de Rubén García García

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Antiguamente en los cines hubo un personaje que se ganaba la vida con una lámpara de mano. Si llegabas tarde a la función, él con su luz te guiaba a dónde hubiese asientos desocupados. Pienso que el señor X tiene también una lámpara que cuando entras a la oscuridad alumbra, te dice: «mire, allá hay varios asientos desocupados, tome el que le agrade y disfrute la función» o bien: «cuanto lo siento señor, pero ya no hay asientos »

El señor X trabaja en algunos pasillos de la vida.

Entre purgatorios te veas de Rubén García García

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Te acuestas con tu hermano. Es una noche fría. En la madrugada, adormilado, escuchas murmullos y flota un olor a flores machacadas. Miras el velatorio y con horror te das cuenta que tienes el papel principal.

«No estoy muerto, no estoy muerto» repites, pero de tu garganta no sale un quejido. Con esfuerzo sales del ataúd, los dolientes corren buscando cualquier puerta.

Caminas torpe en la silenciosa oscuridad, a lo lejos sobresale un anuncio luminoso. Pasan a tu lado sombras y gimes como las almas en pena de las que nombra el padre Ramón. Llegas a la Cruz Roja y una enfermera tosca te obliga a ingerir una pócima asquerosa. «es por tu bien» te dice, y te sujeta del cuello. Corres y corres, con una náusea y un dolor abdominal creciente, tratando de evitar lo que es inevitable.

Los gritos de tu hermano te vuelven a la realidad «ya me cagaste cabrón». La familia se levanta y tu madre te lleva al baño donde te avienta una cubeta de agua fría.

En silencio, piensas qué pudo haber pasado. El sermón del padre Ramon que habló sobre las almas que vagan entre la oscuridad con gritos de dolor. «pinche padre, él fue quien metió en mi cabeza eso del purgatorio». Anoche cenaste huevos con epazote y chile seco, que aceleró tus tripas.

Despues se volvió a cagar, pero esta vez fue de risa. No antes de mandar al diablo al padre Ramón. Ya le invitaría unos huevitos con chile seco y harto epazote.

La novia de Rubén García García

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La novia de Rubén García García

—¡Ya no aguanto! No puedo ser estudiante, cuidar a mi hermano, y hacer las tareas de la casa. Y luego…mi papá … ya no aguanto.

Iba a decirle que tuviese paciencia cuando entró la enfermera.

—Se terminó la visita.

A la salida me topé con su padre. Serio. Me miró inflando los cachetes.

—¿Le dijo algo?

— Qué tendría que decirme.

— ¿le contó por qué tomó tantas pastillas?

No le contesté. Se dio cuenta que no le contestaría, si supiese.

Le tembló el bigote y volvió.

—Solo quise saber el porqué. El trabajo me exige estar las veinticuatro horas en servicio. La dejo sola en el departamento y le doy más responsabilidades de las que puede soportar. Como padre tengo la obligación de saberlo todo. Entienda…

—No sé porque habrá tomado esa decisión.

—Yo también fui joven. Soy amigo de usted, puede tenerme confianza.

—No entiendo. le dije. «como putas madres no iba entender, este cerdo me estaba diciendo que si ella no estaba embarazada».

—Creo que si me entiende. Confió que no sea así. —¿tiene algún teléfono donde llamarle?

—No.

Llegué a la capital por la madrugada y por la mañana estaba en la clase de anatomía. En la noche me entretuve dando de golpes a la cabecera de la cama para que el compañero de cuarto dejara de roncar. No recuerdo a que horas concilié el sueño.

Después ya no hubo cartas.

Nada es para siempre de Rubén García García

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Estás en el corredor. A esa hora coincides con el viento de la tarde y disfrutas. La residencia susurra silencio que se rompe cada vez que tu cuerpo se balancea sobre el sillón de mimbre. Te gusta enredarte en el recuerdo de tus logros, pero ahora en tu parpadeo tambien han llegado los atributos oscuros de tu manera de ser. El “silencio cómplice”, la vez que tu líder te ordenó como un capataz a su criado; y aquella en que el gobernador le acarició las nalgas a tu mujer y te hiciste de la vista gorda. ¡Ah que no has soportado! Ahora tu eres el que lleva la batuta. Siempre te dices que “nada es para siempre”, pero llevas años y es que el poder es como una chiche que no se quiere dejar. Ayer por una distracción del jardinero, tu enredadera preferida fue mutilada y enojado lo corriste y te negaste a pagarle los días que había trabajado y te quedaste con su machete. La inmensidad de tu cuerpo se balancea con regocijo en la poltrona. Has notado que tus olvidos se han hecho frecuentes, ¿dónde dejaste el machete? Cierras los ojos, te impulsas con el pie y el mueble se balancea al extremo y se rompe el silencio con un crak. La poltrona cae, tu cuerpo cae y algo frío entra con profundidad por un costado de tu cuerpo. Ahora ya sabes donde dejaste el machete. Es cierto que tu lo recargaste con la empuñadura hacia arriba, ¿quién lo volteo? Ya entre sueños te llega la voz de la hija del campesino que vino a suplicarle a tu mujer que le volviera a dar trabajo a su papá. Las campanas están llamando a misa…

La Sirenita de Rubén García García.

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Lo tildan de mal amigo. Es pescador. Hace dos años la vida lo arponeo. Perdió un hijo que emigró y fue abandonado por los polleros en el desierto. Meses después murió su esposa. Él, con su soledad. En el amanecer atrapó con la red a una sirenita. Una púber que nada decía, pero imploraba con su mirada y la devolvió al mar. Desde ese día la pesca fue generosa. El cree que no es la suerte, sino que es la familia de ella quien dirige la barca hacia los bancos y regresa colmado. Ayer encontró dos perlas. Los demás pescadores le piden y algunos exigen que les diga su secreto. Él prefiere callar. Mañana será un buen día. No saldrá a pescar; le han invitado mar adentro.

El papayo de Rubén García García

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Brotó en días de lluvia. La penuria de sol, la tierra escasa y la hierba aledaña, lo destinaron a ser enano. Creció con dobleces, por su necesidad de encontrar un poco de sol. Se quedó sin hojas. Pudo al fin cuajar una papaya petisa y pálida. Con respeto la acaricié. Sabía que su fruto tenía una carne maltratada e insípida. En su vientre encontré cinco semillas, donde estaba escrito el código de su fortaleza y perseverancia.

Al día siguiente me despedí de mi madre y fui a buscar el sol.

Día del niño perdido por Rubén García García

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Hoy 7 de diciembre en mi tierra se celebra el día del niño perdido. Se ponen velas de cera que iluminan las calles. Salí y encontré una avenida esplendorosa, cientos de bujias aluzando. Escuché la voz de mi madre «este día empezaste a caminar, te soltaste de mi mano y solo caminaste atraido por la luz de la vela» La luz de mi madre se apagó hace medio año, sin embargo me sigue iluminado.

La mano de Rubén García García

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La mano era fría, y se sentía pesada sobre su cadera. No era una mano humana, seguro que no. Era una pesadilla, eso era todo. Pero la mano no se movió, y ella no podía despertar. Intentó gritar, pero estaba bloqueada. Estaba atrapada en su sueño. La mano subió hasta llegar a su pecho. Forcejeo en su mente, pero estaba paralizada. La mano se cerró sobre su cuello, y empezó a apretar. Ella sabía que estaba siendo asfixiada. El mundo se fue oscureciendo a medida que la mano la violentaba… intentó salirse de la pesadilla y lo logró: recordó en una brevedad su vida y como si subiera escalones llegó a la cima. Los aplausos de la sociedad, los abrazos de la familia y luego el disparo certero y fatal; solamente así regresaba a la paz de su muerte.

Las gentes de Cox de Rubén García García

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Las gentes de Cox tienen en sus patios plantas de café, hojas que parecen boleadas con aceite. Echando las tripas llegas a lo alto y quedas en éxtasis, ¡qué espectáculo cuando los cafetales florean!, el color blanco es tan tupido, que bien puede decirse que nieva en el trópico. Los niños ven crecer el fruto, y dia con día el milagro se hace: el rojo se apodera milimétricamente de la piel de la cereza y en el rojo sangre, la engullen, es una gota de miel. Las abuelas dejan que el fruto se seque en la mata. La cosechan con su dulce y con morteros pequeños quitan sus ropas hasta que la carne de la semilla aparece y está lista para tostarse en los comales de barro bajo el amparo de su paciencia, se dispersa el aroma, y ambos, vainilla y café revolotean como niños traviesos entre piedras y paredes, juegan y juegan y cuando se van, dejan testimonio de su perfume en la memoria.

Traje conmigo tres matas de café y me queda una que se encuentra en espera de la navidad con sus frutos enrojecidos del cual diario consumo. El tiempo no ha pasado porque el sabor es el mismo. Al extremo crece una mata de vainilla y desde lo alto me saluda con sus manos verdes y carnudas.