Abono

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Aquel tipo declaró que mató a más de cuarenta. En un acto de remordimiento aceptó donar una cornea, un riñón, una porción de hígado. Así cuando Dios lo llame a cuentas, la deuda será menos.

La jirafa de Rubén García García

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Al mirarte, me imaginó, que para ti doblar y desdoblar nubes te es cotidiano. Así como tomo mi almohada, que le doy de golpecitos para hacerla confortable a mi cabeza, así harás eso con los celajes. Si me acomodara en tus ojos vería pasar de cerca gusanos presurosos, vacas echadas a la holganza o dinosaurios imponentes que avientan llamaradas de cobre y oro en los ocasos. Por la noche en ese campo de iridiscencias quizá jueges ajedrez con la osa mayor. Podrías decirme que aroma tienen las estrellas, o cuantos secretos te ha contado la luna. No me cabe la menor duda que eres un ser celestial que todos los días miras a Dios. ¡qué terrible debe de ser para ti! Cuando la sed te agobia, tu cuerpo de pino esbelto, con su cuello de mujer ha de inclinarse para beber el agua terrenal.

El mundo de ayer de Rubén García García

Platicando con mamá dedicado a María Estela García García

A donde se fuera la mirada había vida, volaba con las garzas, pelícanos, gaviotas, y entre los aguáchales me sumaba al escándalo de los patos, chachalacas y cotorros. Elvira, mi hermana, era capaz de descifrar el rumor del río y cuando mamá le iba mal en la venta del pan y no teníamos que comer, Elvira se llevaba la cubeta y la traía llena de langostinos. El monte era inmenso y de todos. Cuando regresaba apenas si podía con mi morral de tomate silvestre y mangos que el viento había hecho caer. Eso era en los días que el dinero se volvía ojo de hormiga.

Sufro cuando no viene de Rubén García García

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Ayer cumplió ochenta años y hace más de cincuenta que tolera un dolor de cabeza que se le instala por unas horas y se va. Agrega: «Ay de mí, él siempre tan puntual, que, si no llegara, me preguntaría :¿qué le habrá pasado? Por la noche me despierta y se va. ¡Duermo tan bien! Yo creo que el día que se ausente, me muero.

Los cafetos de Cox de Rubén García García

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Las gentes de Cox cuidan en sus patios a las plantas de café. Sus hojas parecen boleadas con aceite. Por la mañana, mientras caminas la cuesta quedas en éxtasis, ¡qué espectáculo cuando los cafetales florean!, el color blanco es tan tupido, que bien puede decirse que nieva en el trópico. Los niños ven crecer el fruto, y dia con día el rojo se apodera milimétricamente de la piel de la cereza y la engullen, es una gota de miel. Las abuelas dejan que el fruto se seque en la mata. La llevan al mortero hasta que la carne de la semilla está lista para tostarse en los comales de barro bajo el amparo de su paciencia. El aroma se dispersa y revolotea como niño travieso. Nunca se va, se queda en la memoria y todos los días se despierta.

La decisión

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Juana vivía en una vecindad. Por la tarde sacaba la silla fuera de la vivienda y tejía. Sus ojos en el manto y sus oídos en el taconeo. Cuando reconocía el andar de su esposo empezaba a calentar su cena. Desde hace un mes llegaba cerca de la media noche. Lo oía comer, desvestirse y roncar. Sospechaba con buenas razones de que su esposo buscaba o tenía otra mujer.

Hace cinco años se juntó con él. Estaba joven, con cara de niña. y harta. Como fue la mayor, hacia todo y su madre solo sabía hacer hijos con los hombres que se juntaba. No le incomodaban sus hermanos, ellos no tenían culpa, para ellos era su mamá. Tampoco juzga a su madre. Simplemente se hartó y se fue. En poco tiempo se encontró con el que sería su pareja.

En cinco años nunca se le detuvo la regla. Y mujer es la que puede tener hijos y ella no se embarazaba por más que se lo pedía a la virgencita. Vendió los bordados y empeñó su reloj. Fue inútil. Los estudios ni en sueños podía pagarlos y el punto final se lo dio la doctora «tendremos que hacerle estudios a su pareja». Decirle eso a Toño, su marido, es como decirle que no sirve

Ese día aseó la vivienda, lavó la ropa, guisó. Si Toño llegaba temprano, solo calentaría la comida. Salió a la calle con un vestido encendido, pegado y se fue a un parque de luces y cumbia. Se sentó a mirar los anuncios. Después de unos minutos se gritó «si soy yo, maldita sea mi vida» al rato se le acercó un jovencito. Ella dudó. Las piernas le temblaban y el sudor en las manos hizo que las frotara. Escuchó la voz de él, como si ésta hubiese salido del cascarón. «No sea malita, yo también tengo miedo» y eso le dio valor.

Esa noche esperó a Toño y lo incitó a tener sexo. Un día no llegó la menstruación. El esposo volvió a ser el mismo, amable cariñoso y protector de la familia. Cuando el niño cumplió el año, le dijo al oído. ¿Cuándo me darás la niña para tener la parejita?

La primera vez de Rubén García García

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Camina por la playa. El agua al escurrir por los dedos de sus pies la hacen reir. Se recuesta en una porción de mar que simula una lengua. Salió apresurada por la puerta de atrás. Su madre dormía y su hermana mayor con su vestido amplio estaba sentada sobre las piernas del novio y moviendo la cadera en círculo. Inhala profundo y sus pechos rozan la blusa. Recoge y abre sus piernas. Intentó relajarse, pero los suspiros de la hermana mayor chocaban en su oído. El viento fresco desacomoda su pelo y levanta su blusa. El mar agitado llega con fuerza a su regazo, las olas la abrazan con caricias burbujeantes que la colman. Cerrando los ojos se concentra en el ir y venir y el splash que hacen las burbujas. Algo la ha despertado y la recorre. Su mano salta, a su monte recién poblado, y se une a las lenguas del mar.

221B Baker Street por Rubén García García

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En el dormitorio había un tiradero de ropa, abundantes libros, una gorra inglesa y una pipa cargada. Tomaba el violín y durante horas se evadía del mundo haciendo vibrar el instrumento. Se animó a leer “carta robada” alabada por la crítica. Poco después abandonaba la lectura. Sabía la trama y el final, que respondía con lo que él había imaginado; y eso, lo alteraba y deprimía. Puso a hervir la jeringa.

La paz perdida

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El médico le ordenó reposo y tranquilidad. Rentar una choza a la orilla de un lago le pareció buena idea. Dos días después se instalaba. Los moscos fueron un suplicio. Los ruidos de un monstruo que rompía el agua, una y otra vez, los escuchaba bajo la cabecera. Con los ojos vidriosos y ojeras profundas se levantó a prepararse un café, al primer sorbo llegó una parvada de patos haciendo un ruido infernal.

Ya descansa. Su fosa quedó entre la de un gritón de la lotería y un vendedor ambulante que no se cansa de gritar: Llévelo, llévelo barato, barato llévelo. bara bara, lléguele.

La culpa no es mía de Rubén García García

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Me recostaba debajo del mango. Comía hasta quedar ahíto. Descansaba y volvía a jambarme de la carne dorada y jugosa; ríos amarillos, dulces y pegajosos escurrían hacia mi barbilla. Lejos se oían los gritos de mi madre llamándome y reclamando su hato de leña. «Tanto tiempo para traer unas cuantas ramas» «ya no hay amá. Seguro que fueron a leñar antes»

Mi madre fue a buscar y encontró los huesos de mango que tiré. Enojada me dice: «¡Chamaco holgazán!, por estar tragando mangos no buscaste leña, pues con qué crees que se guisan los frijoles, las tortillas que te jambas. Te pareces a tu padre, buenos para nada. Todos los días sale a buscar trabajo y solo regresa con hambre y se acaba lo poquito que hay. ¡Nada, no trae nada! Busca y trae leña, pero ya». «Qué culpa tiene mi padre que no le den trabajo, que culpa tengo de que otros leñadores se me hayan adelantado…». Eso pensaba. En la mano traía una piedra lisa, redonda y veía entre las ramas el amarillo de los gordos mangos que bamboleaban con el viento.

No tiene edad … pero

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Juan siempre sonríe, me busca con su mirada en la iglesia. Cuando nos damos el saludo para honrar en la hermandad percibo que su apretón de manos es un ruego. Terminada la ceremonia se despide con una voz que apenas le alcanza, le contesto educada. Él nota mi indiferencia y se retira con los hombros caídos. Si yo le diera una lucecita, seguro que su pulso percutiría sin ton ni son. Podría tenerlo comiendo de mi mano, pero mi cuerpo por dentro y por fuera lo rechaza. Allá está Esteban, siempre rodeado. Tiene tiempo que le doy la mirada, pero él no se ha dado cuenta. Hace tres meses me enteré que es hijo del cura y una amiga de mi mamá. Fue la vez que buscaba, en el viejo clóset, una joya y encontré una agenda donde leí que Esteban fue dejado en las puertas de la iglesia y el cura se ha hecho cargo de él. Fue entonces, cuando lo vi con otros ojos.

Mañana cumplo doce años y le he dicho a mi madre que invite al cura. Mi madre solo movió la cabeza y no me contestó.

La ángel de la guarda de Rubén García García

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La ángel Inició con su voz de remilgo, supe que algo no marchaba bien. Me dijo:

—Te cuidas exageradamente. Tomas café descafeinado a la misma hora con galletitas dietéticas. Visitas al jardín, más tarde das tu caminata habitual con tu perro Tobi.

Sí. Todo eso hago, ¿a dónde quieres llegar?

—Eres predecible, si te quisieran hacer daño, lo harían fácilmente.

—¿Entonces para qué estás?

—Para cuidarte. Ahora tienes cuarenta años y desde que tienes conciencia siempre haces lo mismo. El único día que tuviste acción fue cuando fuiste a la biblioteca. Ya me cansé de estar cuidando a un anciano prematuro. Estoy pensando en solicitar un cambio. Necesitas incorporar a tu vida un suceso que rompa con tu vida monótona.

«Este ángel de la guarda tal vez quisiera que fuese un Robin Hood; me gusta vivir sin sobresaltos».

Como pude lo convencí de que estuviese más cerca. Nos llenamos de acción hasta la madrugada. Esa y muchas noches más.

Le ha cambiado el carácter y ahora ya no habla de solicitar un traslado.

«Hotel la flor» de Rubén García García

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El administrador del hotel “La flor” leyó: si atiende las indicaciones será compensado. Ponga en el mostrador el duplicado del cuarto 313. No nos mire.

Bajaron en silencio las escaleras. El camaleón sacaba la lengua a cada momento y sin motivo alguno. Fueron hacia la administración. El empleado supo que el trabajo se había hecho. Cerraba los ojos cuando lo amarraron, al tiempo que mordía su pañuelo. Sabía que la cacha de la escuadra caería sobre su cabeza.

«Tres mil dolares por un chingadazo en la cabeza, no es mala paga» dijo el Camaleón.