El viento gélido hacía volar las hojas del árbol, mientras un sol anaranjado se filtraba entre las ramas con su luz tenue. Respiré el perfume húmedo de la arboleda, y las palabras brotaron sin pensarlo:
—¡Oh, el otoño! Apenas terminé de exclamar, su imagen irrumpió en mi mente como un relámpago. No pude contenerme:
—¡Oh, Toño!
Recuerdos avasalladores me arrastraron al parque central. Negué con la cabeza —no por rechazo, sino por la intensidad de lo que sentía— y murmuré:
—No, Toño…Un jadeo escapó de mis labios. La tarde se tiñó de sombras, y mis deseos devoraron mis temores. Con voz quebrada, exclamé:
—Te dije que no…Pero no pude resistirme. Suspiré cuando sus labios caminaron por el perfil de mi cuello. Escuchaba los latidos de mi cuerpo, acelerados y furiosos, como tambores en la noche. Finalmente, murmuré:
— sigue…Toño… Los ruidos del bosque se desvanecieron. Ni el miedo a la oscuridad importaba ya. Solo existía el placer de sentir el otoño, de sentirme viva… de sentir a Toño.
—Mejor estaban las de mamá. —El niño esbozó una sonrisa fugaz, como si por un instante volviera a sentir el aroma de aquellas enchiladas y escuchara su voz: ¿Quieres otra?
—Ya vendrá. Fue a ver a su abuela, que está enferma. —El padre habló sin convicción, evitando mirarlo. El niño frunció el ceño. Ni siquiera se había dado cuenta de cuándo se había ido, y eso que su sueño era ligero.
—De eso ya tiene un mes y no viene.
—Ya vendrá, ten paciencia. El fin de semana nos vamos a buscarla.
—Eso me dijiste hace ocho días, y te fuiste con el «Mastique» a la cantina. —El niño lo miró fijamente, sus palabras tenían una mezcla de enojo y tristeza—. Algo le hiciste a mamá para que ya no quiera volver.
—Tu papá es incapaz de hacerle daño.
—No mientas —replicó el niño, apretando los puños—. Yo vi cómo le pegaste en la panza.
El padre desvió la mirada hacia la ventana, como si lo que viera fuera más importante que las palabras de su hijo. Respiró hondo, pero no dijo nada. El silencio entre ellos pesaba más que cualquier golpe.
Tengo tres días de haber parido al minotauro. El cuerpo lacerado y la matriz desgarrada me duelen, como si estuviera pariendo de nuevo.
El cuarto es sobrio: una ventana pequeña, una mesa con agua y frutas frescas que Dédalo me hace llegar desde la huerta del palacio. Como madre y reina, ordené que solo yo le amamantara. Todos lo ven como un monstruo; para mí, es solo mi hijo.
Antes de dar a luz, Minos llegó a mi dormitorio para echarme en cara el ultraje.
—¿Estás disfrutando del embarazo? —dijo, irónico, cruzándose de brazos.
—Todos se disfrutan, aunque causen dolor; es nuestra matriz dadora de vida. Es el instante donde la madre se eleva a la altura de los dioses.
—¿Debo entender que te sientes satisfecha? —me miraba fijamente.
—Por supuesto que sí —le contesté, enfrentándolo.
—¿Cómo puedes hablar así? Eres la comidilla del pueblo; exigen que te recluyan o que te expulsen de Creta de por vida. —Alzaba la voz, ignorando a la servidumbre.
—No tienes que gritar para que entienda. Piensan así porque no saben que cambiaste el toro nevado de Poseidón por otro cualquiera de tus pastizales.
—Eso lo sabías tú y el cuidador nada más.
—¡Ingenuo! ¿Acaso piensas que Poseidón no lo notaría? ¿Que Helios no ve cada rincón? Su venganza cayó sobre ti, no sobre mí. Yo fui solo un medio para castigarte. ¿De verdad creíste que Poseidón, quien te otorgó el reino de Asterión, se quedaría cruzado de brazos? ¿Que Afrodita no me hechizaría para sentir esa pasión desbordante por el toro, por orden de Poseidón? Y mi dolor no será por las rupturas o el sufrimiento del parto. Mi mayor herida es saber el destino que le aguarda.
Nada duele tanto como ver a un hijo condenado. Duele más que la muerte de un ser amado, porque el futuro se despliega ante ti y solo puedes implorar a los dioses que se apiaden de él. Mi cuerpo podrá sanarlo mi hermana Circe con alguna pócima, pero mi alma de madre… no habrá dios que me consuele. Moriré llevándome la pena de saber que el minotauro encontrará espinas y garfios en su vida. ¿Y qué culpa tiene él? Yo fui solo un vehículo; el origen fue el engaño y la decepción de Poseidón hacia el gran Minos.
La tarde se envuelve en una niebla más densa de lo que recuerdo. En la calle del pueblo, las personas se desdibujan como si fueran de papel. Hace una hora, vislumbré a un tío fallecido con quien solía jugar dominó por las noches. Pensé que había sido una ilusión, pero detrás de mí, escuché su voz diciendo: «Te espero en el taller. Abriremos la garrafa de caña que curamos con nanche hace diez años». Seguí mi camino hacia el rancho y me entretuve deshierbando la milpa. De regreso, recordé la voz y me dije: «A ver si tienes los suficientes huevitos para ir al taller del tío, ¡ja! ¡Claro que iré! A mí nada me espanta». El taller estaba cerrado, pero sabía cómo destrabar la puerta. Noté que mi mano temblaba y mi corazón me retumbaba en la panza. Al entrar, un quinqué apenas iluminaba la oscuridad. Desde el fondo, la voz de mi tío dijo: «Pensábamos que te habías arrepentido. Mira, aquí está Tencho, tu compañero de juego. Decía que el dominó no era lo mismo sin ti, y a él le debes estar aquí con nosotros. Siéntate, que la garrafa te esperaba para ser abierta y brindar por tu llegada». Tarde, pero comprendí.
Se fue la lluvia. Aún la hoja se mueve en la copa del naranjo. Los azahares del limón caen, manchados de un amarillo pálido. La perra duerme enroscada y, a veces, saca un ojo y mueve la oreja. Miro el cielo: en algunos claros se asoma el azul; en otros, parece una pantalla gris. Este lunes, como todos los lunes, las gallinas no ponen, pero el obrero salió en la madrugada para trabajar en la compañía que inquieta a los diablos del subsuelo. El fuego del quemador en la ciudad es una luz tenue y enana. Camino silbando mientras bajo las escaleras, siguiendo el sonido de tus zapatos sobre las baldosas.
Sentados en el café, le propuse matrimonio justo cuando una amiga suya entró en escena.
—¿Qué me dijiste?
—¿No escuchaste?
—No, mi amiga me distrajo.
Por supuesto que sí había escuchado; su oído es agudo, lo he comprobado en numerosas ocasiones.
—Solo te dije que la noche te envuelve en una luz especial.
Vi en su rostro una sonrisa forzada y el beso que me dio en la mejilla apenas rozó mi piel, como si temiera dejar una huella.
No puedo evitarlo: cuando alguien o algo interrumpe un momento vital, lo percibo como una advertencia del destino. La vida tiene maneras sutiles de recordarnos que no todo puede ser como lo soñamos.
La jovencita parecía super niña. La mujer barbada levantó al elefante con un gesto de destreza. El hombre bala regresó disfrazado de hombre pájaro, desafiando la lógica del circo. Los payasos acróbatas hicieron reír al público hasta morir, sus carcajadas flotando en el aire como confeti.
Cuando el primer gallo cantó, el pueblo fantasma se hizo transparente, y del circo solo quedó la lona destrozada, sucia y olvidada, ondeando en el viento como un triste recordatorio de lo que fue.
Compré un vestido negro, discreto. Suelto, tres cuartos, de buen algodón y fina caída.
Por fin lo lucí, con un maquillaje sobrio.
Mi esposo y yo, en este último “ahora”, solo coincidíamos en nuestra capacidad innata de ocultar las emociones. Él deseaba mi muerte y yo la suya. No había dinero de por medio, solo odio. Un odio profundo.
Es cierto, lucí con glamur en el velatorio. Mis familiares exclamaban: «¡Qué hermosa se ve! Hasta parece que está dormida».
Tanto era la insistencia, que de vez en cuando ella lo azotaba con desgano. «más duro, más duro» -suplicaba él. Pero fiel a su sadismo, siempre lo dejaba a la mitad.
¡Qué difícil es mantenerte como un viejo aseado! Hoy, los pelos de la nariz han crecido más. Con un espejo de aumento y una pinza en mano, me preparo. A ver, allí está uno… Trato de apresarlo. Buff, al fin.
Parece que fue ayer cuando mi amante me decía: «Acuéstese, que yo lo depilaré». Recuerdo su risa: cada vez que gritaba, ella acariciaba mi mejilla y frotaba su nariz con la mía. Eran momentos de complicidad, pequeños gestos que parecían enormes.
Ahora, cada vez que desprendo uno, grito y tiento mi piel; solo está la nariz.
En la plática por la red, ella era hábil y osada, capaz de dialogar a espaldas de los suyos sin que lo notaran. Me transportaba por su ciudad, me llevaba por cada rincón de su casa y, pícara, decía: «Por si vienes de noche, ya saben cómo entrar». La residencia era un laberinto añejo, con secretos que solo ella conoce.A veces se quedaba en pausa. Sabía que eso significaba peligro: alguien rondaba su espalda. «No te vayas, fuego vengo», escritura. Eran palabras clave. Si decía: «Ve a la cocina y prepárate algún bocadillo, a un lado están las gaseosas», yo entendía que tardeía más tiempo.Pronto encontramos la mejor hora para evitar interrupciones. Si ella no aparece, me inquietaba. Si yo faltaba, pensaba lo peor.Un día nos acostamos virtualmente. «Cuando te leo, siento que tus palabras me recorren y me estremezco. Nunca había experimentado la piel de gallina. Contigo super lo que era».Amarnos sobre las hojas de hierba fue irreal, un sueño, un imposible. Un tiempo, lo entendimos.
Por la madrugada, resonaba el sonido de la leche al ser vertida en el vaso; el pan crujía sonoro en su boca en la silenciosa cocina. En automático, levantaba la frazada y continuaba con su roncar monótono, un ciclo que finalizaba con dos soplos y un chisteo. Ya peinado, revisaba las porciones medidas y comenzaba a ingerir sus alimentos. «Si es disciplinado, en tres meses tendrá ocho kilos menos», le había dicho su nutrióloga. Sin embargo, al pesarse, el número era el mismo que hacía tres meses. Canceló su cita con ella. Diez minutos después, la impresora empezó a gruñir y, escupiendo tres hojas, leía: “La nueva dieta de la luna: baja diez kilos en un mes.”
Me atrae tu pelo que se mece al compás de tu paso. Respiro tu aroma de sándalo, mientras el mío se pierde en la distancia. Escucho tu voz, como lluvia que golpea un tejado; un murmullo que me atraviesa y se disuelve. Quiero estar contigo, mirando el barco que se hunde tras el sol que muere. Me he convencido: eres la mujer que habría deseado por y para siempre. Duele que pases y no me mires, si supieras lo que es ser transparente, ser nada.
Espero, paciente como el agua chapoteando a la luz de las lunas. Pendiente hasta el día de tu muerte, cuando, al fin, pueda llevarte a mi ataúd que, lleno de flores, te espera…
Después de dos años de noviazgo, mi novia decide terminar la relación sin darme explicaciones. Me duele, pero trato de comprenderla. Semanas después, fui a su casa para agradecer a su madre por las atenciones recibidas; siempre me llevé bien con la familia. Durante la charla, me confesó que el nuevo pretendiente de su hija tenía «un no sé qué.» Desvié la conversación, y entonces hablamos de su hija menor, que tiene dificultades con las matemáticas. La madre me pidió si podía ayudarla, “ella tan tímida, me pidió que le dijera. Mi pequeña lo ve como si fuera un hermano mayor.”
Le dije que sí, y con una sonrisa, abrí los brazos en un gesto de agradecimiento. «Qué lindo lo de su niña,» comenté. “Pero, es complicado… usted me entiende.” Para evitar un no, le sugerí que solo podría hacerlo en mi departamento. Justo entonces, ella tuvo que contestar una llamada, lo que me dio la oportunidad de despedirme.
Un mes después, la hermana menor, tan tímida y bella, me envía un mensaje breve: «¿Te molesto si paso después de clases?» Y lo firma con su nombre completo, casi como si fuera una cita formal.