Ximena por Rubén García García

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a hija del cavador de tumbas, fue al cementerio a dejarle comida a su padre en el momento en que él terminaba de abrir una fosa para exhumar a un cadáver.

En los siguientes días su padre la notó alejada, desatenta.

—¿No has dormido bien?

—No.

—¿Pesadillas?

—No sé

—¿Qué sientes?

—Cuando estoy por dormir, en el letargo, siento un tronco pesado sobre mí. Un rato después respiro asustada, sudorosa y con un cansancio que me dura toda la mañana. Algo baila sobre mí.

La llevaron con la sanadora y les dijo seria:

—A la muchacha se le subió el muerto. Ya nada se puede hacer, como vino se irá.

Meses después tuvo un crío que parecía no tener vida. Creció con la mirada lejana y caminaba engarrotado y dando traspiés. Un día se fue a buscar a su padre. Y ya no regresó. Ximena recuerda al muerto entre sueños y acude al cementerio en la tarde húmeda y gris a sembrar margaritas de monte.

El cerdo por Rubén García García

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El carnicero arrea al enorme puerco, lo fuetea con una vara para que siga caminando. Apenas puede moverse; su peso lo sofoca. El sonido seco de la vara al golpear su piel zumba en el aire, mezclándose con el quejido del animal. El puerco se sienta, tiembla. «¡Déjalo descansar!» le grita una señora. «¡Solo finge!» responde el carnicero, enfadado, y vuelve a golpearlo. El porcino intenta levantarse, pero sus patas, temblorosas, ceden y lo hacen rodar. Sus ojos, dos rayas brillantes, sugieren un llanto que no llega. Una niña le arroja un vaso de agua, y el gemido cambia, como si agradeciera.

El cerdo no quiere morir; sabe que su destino está sellado, pero se resiste, tratando de retrasar su final. Echado en el suelo, soporta los varazos con estoica resignación. Ya no intenta levantarse. El carnicero, impaciente, sabe que debe encontrar otra forma de llevarlo a la mesa del sacrificio. Mañana, en la plaza del pueblo, la gente pedirá carne de cerdo para condimentar con especias, sal y chile, o para salar y secar al sol, pues no hay refrigeración. El olor acre del sudor del tasajero se mezcla con el polvo del camino. El cerdo, por su parte, ha defecado, y el hedor dispersa a los curiosos que observaban la escena.

El puerco sabe que el final está cerca; su gemido se vuelve un llanto desgarrador, como el de un niño que ha perdido a su madre. Entre varios hombres lo suben a la mesa. Antes del sacrificio, una señora le lanza agua con una cubeta y un borrachín, en silencio, le acerca a la trompa un generoso trago de caña. El cerdo, quizás, entiende este último gesto de compasión en medio de tanta crueldad.

Palmares por Rubén García García

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—¿Hasta cuándo seguirá calentándose el mar? —se preguntan las palmeras, inquietas bajo un cielo afiebrado. «Nada de aguitarse, compañeras, que no cunda el púnico. Sigamos con el plan».

En la quietud de la noche, se entregan a su danza: hojas largas se inclinan hacia la tierra y se alzan, desafiantes, al cielo. Abajo, el suelo es la puerta al infierno; arriba, las palmeras se mecen como abanicos imperturbables, torciendo sus troncos en un vaivén que fortalece sus fibras y su espíritu.

Mientras tanto, los huracanes respiran en silencio. Inspiran y expiran, ampliando el tórax, contando cada aliento en la rutina de afilar la fuerza del soplo, obsesionados con quebrar. Saben que su prestigio no se mide por las ciudades arrasadas, sino por cuántas palmeras logran partir.

Y así, en las cantinas del viento, tifones y huracanes se jactan: «Yo quebré diez palmeras con tres soplidos».

Un murmullo recorre la atmósfera, aunque claro, siempre hay un viento más viejo que, entre risas, murmura: «Sí, y yo fui quien se llevó el calor del infierno».

Me perturbas por Rubén García García

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Aprendí a caminar sin pértiga sobre las nubes, con los albatros persiguiendo el ocaso y el vértigo acechando a cada paso. En las orillas de la montaña, giré, giré sin cesar, retando al abismo en cada vuelta incierta. Exhausto, trepaba a medianoche a las copas del pinar, despreciando mis heridas, esperando el canto del ruiseñor, como si en su trino pudiera hallar una señal, una respuesta. Sé que caía al vacío, enajenado por tu indiferencia. De reojo, te veía, con la voz atrapada en mis quijadas, solo llegaba a decir un hola insípido. Me preguntaba si en el iris de tus ojos o en algún sueño reconocerías mi voz. «¿Y a ti qué te pasa?». Nada, nada, respondía, mientras en tu mirada parecía leer: «parece que todas las noches lo revuelcan los perros». Suelto, tu cabello dejaba escapar luces de sándalo, y recargada en el alféizar mirabas la larga cola de la cordillera y, en el cielo, el vuelo lejano de los patos.

El hermano Jeremías por Rubén García Garcia

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El hermano Jeremías ordena que en el altar primero se acomoden los santos, y en segunda fila las veladoras y las flores dispersas como en el jardín. Reza en totonaco mirando al cielo; después vuelve su mirada hacia Juana, la joven que yace en la cama con las rodillas hinchadas. Eructa, se inclina sobre ella y fija su mirada en sus ojos.

—¿Recuerdas el vestido de flores amarillas? La noche en que lloraste en silencio. ¿Recuerdas? Estabas detrás de la iglesia, en ese sitio donde se reúnen los vientos de la negritud. Te vieron débil, triste…

Mientras reza, el aroma de las hierbas impregna el aire, mezclándose con el olor dulzón de las veladoras derretidas. Las columnas de humo parecen rodear su cabeza, como si una neblina densa saliera de su cabello. Para los padres, sus palabras en totonaco son un rezo que solo él conoce; un vínculo con los abuelos de los abuelos, una conexión que debe mantenerse como el sinsonte que anuncia la llegada de la primavera.

Se acerca más, toma un trago de caña curada con olor a hierbas, le aprieta la cabeza, sopla, la olisquea y luego la chupa. Cierra los ojos, eleva las palmas de las manos y vuelve a susurrar en totonaco. Toma otro trago de caña y sopla hacia sus rodillas, eructando de nuevo. El sonido resuena en todos los rincones, y con voz de pedimento dice:

—Será el día en que el milagro llegue. Que lo insano se derrame en las almas impuras. Te pedimos por la alegría de ver a Juana caminar por los jardines de la Virgen María.

Jeremías sabe que los caminos de Dios son misteriosos. A veces se pregunta si lo que hace es un don divino o el resultado de un poder que no alcanza a comprender. Mientras reza, siente el peso de la fe de Juana como una loza sobre sus hombros, y si el calor avanza desde los pies hasta su coronilla, es una señal, como si los antiguos lo observaran desde las cumbres y lo aprobaran moviendo su cabeza.

Meses después, Juana deambula por el jardín, cortando la hierba que cubre las dalias. Con cada paso que da, siente el barro colarse entre sus dedos. Los amarillos le saben a calabaza; es una Juana renacida. Se hinca y escarba, respetando a las lombrices y mariquitas. Sube al árbol de naranja agria y corta el fruto. Su madre prepara un guisado para agradecer a Dios y al hermano Jeremías por su salud recuperada.

A una hora a caballo de allí, las campanas de la iglesia llaman a misa. El párroco extraña al hermano Jeremías; dos veces que no llega, y siempre le trae un curado de nanche que es una delicia. El sanador, sin embargo, está en cama con fiebre, dolor de cabeza y las rodillas hinchadas. A medida que los días pasan, ya no le es posible caminar. Recuerda una sombra que se le encaramó cuando pasó por detrás de la iglesia. El sanador, debido a la fiebre, no recuerda los conjuros ni los rezos. Afuera, el viento trastea las ramas, y un crujido de huesos lo sume en el desconcierto. En el delirio solo mira un vestido con flores.

La rana Emilia por Rubén García García

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Va brincando como un corazón verde. Es Emilia, la única rana que ha quedado en el pantano. El coro se dispersó; unas en las fauces del ofidio y otras huyeron hacia la ciudad. En la hondonada, los juncos se mecen por la brisa que desciende del lomerío. En medio, hay un macizo donde se ve a la tortuga caminar con cautela y a uno que otro pez saltar de un charco a otro. Emilia ha visto colas peludas y hocicos chatos, otros de boca fina y delgada. A ella le gusta el macizo que está en el centro del pantano; lo imagina como un gran pódium. Desde allí le cantará a la luna y al conejo que habita en ella. Se aclara la garganta y, con la voz quebrada por la emoción, entona su canto. Aunque sabe que Agustina, la serpiente, ronda cerca, sigue cantando. Su melodía asciende con largos agudos y graves sostenidos, que son motores que impulsan su voz hacia el confín.

Han escuchado su súplica, y el cielo emborronado deja un espacio azul donde emerge la luna esplendorosa. Animada, sus notas se vuelven más agudas y suplicantes. Entre la hierba, Agustina se estira. El cielo está brillante y sabe que Emilia debe estar cantando. La oye y se relame: «Mi cena ya llegó». Sisea despacio, sus escamas se mueven y se dirigen hacia el macizo. Antes de atacar, se queda escuchando y piensa: «Qué bien canta, podría escucharla por horas, pero mi hambre me pellizca la panza». Abre la boca, como si bostezara; son ejercicios para preparar sus mandíbulas, y recordó que la última vez le tronaron al abrirlas. Recordó que su abuela le dijo que a lo mejor tenía artritis juvenil, como su tatarabuela. A un instante del asalto, ve que Emilia se ha inflado como un globo y, al intentar tragársela de un bocado, se queda con las fauces trabadas.

Emilia siente el hedor de la muerte inminente, pero una cola peluda la golpea y la saca de las fauces. Tlacoyo, el tlacuache, agarra a Agustina del cuello y la azota contra el suelo hasta que deja de moverse y se pierde entre el zacatal. Emilia piensa que fue el conejo que bajó de la luna, dio un brinco gigante y la salvó. Mira hacia el cielo, donde algunas estrellas aluzan como el faro que vive mirando el mar. Un resplandor se extiende entre las nubes agrisadas. Agradece al conejo con sus manitas en el pecho y su cabeza inclinada, por haberla salvado de la malvada Agustina.

llegará el día por Rubén García García

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En el crepúsculo, las chicharras y las luciérnagas, celebran su fiesta. Es un baile de luz y sonido, un himno al día que perece, un preludio a la noche que llega. Es un recordatorio de lo efímero, de cómo la vida pasa y se va como el rocío. Un día me diré que estoy muerto, y cuando llegue, quiero que mis hijos construyan una balsa y que la corriente me lleve hasta la bocana. Aunque no lo vea habrá un cielo azul, el gorjeo de las gaviotas y la serenidad matemática del vuelo de los pelicanos. Abajo estará esperándome el jardín del pulpo.

Sorpresa por Rubén García García

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La tarde se acompaña con la brisa fresca que entra por la ventana de la cocina. El sonido del agua corre, salta y repiquetea en la loza, mientras las manos tallan con esmero la sartén. Afuera, la luz se entrevera entre las hojas del púan. La voz chiflada del esposo la distrae.

—Voy a la platanera, tengo gente trabajando —le dice.

Media hora se hace hasta el centro dental, donde le pondrían su prótesis. Ya no hablaría como si le sacaran el aire a una llanta, con esa voz soplada cada que pronuncia las sssss o las zetas. Fulgencio regresa rápido a su casa y, con pisadas de gato, entra. Su esposa, de espaldas, sigue ocupada en la cocina. Le muerde la oreja y la besa en la nuca. Ella suspira, sonríe y murmura:

—Estate quieto, que no tarda en llegar el chimuelo.

Deseos por Rubén García García

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Hace una semana servía la comida a los vaqueros. Sus manos grandes y callosas parecían pinzas. Vi un brillo en su pupila y casi derramo la sopa al sentir su mirada. En la cena me hizo una seña: cerró el puño y lo balanceó, al tiempo que penduleaba su cabeza; algo que solo yo podía entender.

Tocan quedo. La noche es oscura y fría. Él es el novio de mi tía. Es algo parecido al miedo, pero no es miedo. Es miedo y deseo entrelazados, un anhelo que me aterra y me atrae. Es la tercera vez que lo escucho. Tiemblo y las piernas no me obedecen. Me muevo con torpeza; entreabro la puerta.

Ya no está. Pero su presencia sigue aquí. El olor a campo y sudor agrio, el peso invisible de su sombra. Afuera, en la oscuridad se oye el cacaraqueo de las gallinas que duermen al fondo del patio y en la lejanía el relincho de un caballo.  Mañana saldrá muy temprano a dejar un hato de ganado, y regresará por la noche. Y sé que volverá a tocar.

La poltrona por Rubén García García

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Buscaba a un carpintero. Tímido, toqué la puerta. La brisa movía los árboles, el aroma a tabla desnuda se untó en mi olfato. Una mujer de pelo canoso abrió y me invitó a pasar, ofreciéndome una silla cómoda.

Dentro, la frescura era agradable. La sencillez y el orden disimulaban la pobreza. Los cojines de la sala, hechos con retazos de tela, formaban un cuadro cubista. Las paredes encaladas, el olor a madera, barro y café se mezclaban en el aire. Un juguetero servía de división en la vivienda, con una colección de figuras labradas: animales, trasteros, cajitas, baúles, decorados con colores vivos.

Una poltrona al fondo llamó mi atención. Los rayos del sol caían sobre el respaldo, reflejándose nebulosos en el suelo. La mecedora se movía al compás de la brisa, suave y apacible como si el tiempo se hubiese quedado dormido.

—Su esposo es excelente.

—Sí, se nota, ¿verdad? —respondió, acariciando la medalla, con la figura de cristo en caoba, que colgaba de su cuello.

Tomé un águila con las alas extendidas; sus ojos parecían llenos de furia. Eran tan imponente que volví a colocarla en su lugar.

—Mi esposo, cada mes decía: «Hoy es tu cumpleaños», y me ofrecía una figura. «¡Estás loco!», le gritaba, y él, sonriendo, me contestaba que sí, que era por haberme encontrado. Yo me reía y lo besaba, luego me arremolinaba en su pecho lleno de aserrín, para que no me viera llorar.

No pude más. Me paré y caminé hacia la poltrona con el deseo de dejarme caer. Un grito agudo me detuvo.

—¡No lo haga! Mi esposo tiene tres años de muerto, pero para mí sigue vivo y está allí. Cuando yo me siento, es porque él desea cargarme en sus piernas… y, créame, el sillón rechina y se mueve.

El día que llegaste por Rubén García García

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La larga fila de las hormigas no intuyó que, a la vuelta del cedro, arribaría intempestivo el aguacero. Las hierbas menguadas se levantaron con florecillas resplandecientes. De un barranco sombrío surgieron en fila las mariposas amarillas, como minúsculos canguros que rozaban el brillo de la hierba. El aire bochornoso se hizo fragante, olía a tierra recién nacida. La nopalera polvosa dejó ver el verde, y entre las espinas del cactus brotaron blancas flores jaspeadas por minúsculos arcoíris.

Ese fue el día en que llegaste. Cansada, me pediste agua. Día a día te fui dando mi silencio, mi palabra y la soledad de mi silbido. Un día te di todo. «No será para siempre» —me dijiste—. Aun así, yo era feliz sin nada; bastaba una caricia de tus ojos para sentir que volaba como una pandorga.

Ahora que ya no estás, el cactus ha vuelto a cerrarse, y el polvo del camino, día a día, le teje una capa. De las mariposas, aquellas gotas de sol, solo queda el rastro fugaz de su vuelo. El gato, cansado de buscarte, solo aleja su mirada hacia el horizonte.

—Ya no mires tanto —le digo, acariciando su cabeza—. Mientras mis ojos buscan en la lejanía, los del corazón peinan tus trenzas y me traen el aroma de manzanilla.

En la búsqueda de las pierns perdidas por Rubén García García

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Me desperté sin piernas, solo dos muñones enrojecidos. Repté hasta la patineta de mi hijo, y apretando los dientes, me lancé a buscarlas. Un chamaco trepó en contra de mi voluntad. Pronto me di cuenta de que era un experto en el manejo y guardé silencio. Revisamos media ciudad, hurgando por calles nunca visitadas. No había rastro de ellas. Desesperado, en un callejón, vimos a un tipo que salía de un circo y tiraba unas piernas al contenedor.

No me encajaban bien, pero tras varios intentos las adapté a mis muñones. Vacilante, di unos pasos. Pronto, caminé con seguridad. Regresé a casa, sin poder darle las gracias al chamaco.

Pasaba por una construcción, los albañiles me silbaron: «¡Qué guapa, mamacita! ¡Qué buen trasero!». Al cruzar frente a un escaparate, me vi. Las piernas venían con sus nalgas, ¡seguro que eran de la asistente del mago! Apreté los puños de coraje y vergüenza.

El niño volvió, esta vez con ojos que no reconocí. «¿Qué tal, caminas bien? ¡Vaya, qué grande se te ve el trasero!». Estallé. «Es mejor no tenerlas, mejor morir, que aguantar las groserías de los albañiles y alguna nalgada de una mano que no sé de dónde salió». El mozalbete, sonriendo, replicó: «No seas bruto, tendrás que hacer ajustes, pero de lo perdido lo que aparezca». De afuera llegaba un viento fresco y la música de los Beatles cantando Hey Jude. A lo lejos, le oí: «No te achiques; a mi hermana le gustan los hombres nalgones. Seguramente no es la única».

La madre por Rubén García García

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Vengo sola con mi hija enferma; apenas puede respirar. Rezo para que Dios bendito me ayude a llegar al consultorio del médico. Es como media hora de camino. Si no llega un transporte, el doctor cerrará su consultorio, y entonces, ¿qué haré? Llevarla al hospital sería lo único, pero nos tratan tan mal y siempre hay mucha gente. Escucho el resuello de mi hija, y tengo miedo de que se le acaben las fuerzas. Hace dos días empezó; todos los chilpayates tuvieron gripa y se curaron, pero ella, la más chiquita, no aguantó.

Gracias a Dios, allá viene el autobús. Le dije al chofer: «Mi hija viene muy grave, ¡no se detenga por su mamacita!». El médico aún estaba allí. La observó desde la cabeza hasta los pies. Yo lo veía y suplicaba al cielo que supiera qué enfermedad estaba matando a mi niña. Sonrió, sacó de su maletín una inyección y me dijo: «Que no se mueva la niña». Una hora después, mi hija ya respiraba bien, como si no hubiese estado enferma.

«¿Ya no se acuerda de mí, doctor?» Me miró, se rascó la cabeza y frunció el ceño. «Soy la mamá de la niña que atendió hace años, la que estaba muy grave y la inyectó. Mire, que buen tino tiene, porque ya no se ha vuelto a enfermar. Soy del Sauce». Veo en sus ojos una lucecita.

«Tú eres, la traías en brazos… Ya recordé. ¿Cómo está la niña?»

Mírela. «Saluda al doctor, Leticia.» Ya está grande, dijo el médico, al tiempo que le peinaba el cabello.

«¿Y qué andan haciendo? No me digas que está enferma».

«Ni Dios lo quiera. Vine a comprar cuadernos, porque mañana entra al primer año de kínder. Anda, niña, dale un abrazo al señor médico, porque gracias a él estás aquí».

Las tijeras por Rubén García García

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Busqué con afán y no encontré el libro donde aparecía un texto de mi autoría. Una semana antes, lo había tenido entre mis manos y lo dejé sobre la cubierta del escritorio.

— ¿No has visto mi libro, donde aparece mi cuento?

—No sé. Sé de mis cosas, de las tuyas sólo puedes saberlo tú. me contestó molesta mi mujer.

—Hace una semana lo dejé sobre mi escritorio. Debiste verlo cuando hiciste la limpieza.

—Recuerda que la limpieza la hizo la muchacha que viene cada ocho días. Mañana, vendrá. Pregúntale a ella.

Guardé silencio, mientras ella trabajaba haciendo artículos navideños que entregaría a sus pupilos. Estaba ensimismada con los ojos puestos en la tela de campanitas impresas, en el pegamento. O quizá, fingía. Mi vida era una secuencia de tumbos y de ocasionales victorias. El libro de cuentos era una evidencia que me proporcionaba ánimos para seguir escribiendo. Desaparecer mi libro, constituía un golpe duro a mi persona. Ella lo sabía.

Me acerqué poco a poco hacia ella. Cada vez, un escozor daba vueltas en mi coronilla y bajaba por mi cuello, produciéndome un calor que se desparramaba por todo el cuerpo. Retumbando en mis sienes los martillos del pulso. Cruzó por mi mente enfrentarla, tomarla de los hombros y encajarle mis dedos en su tórax, obligándola a confesar dónde había escondido el libro. Me contuve.

Mis ojos encontraron debajo de la tela de pinos y campanitas, un destello que provenía de la afilada punta de la tijera.  Me aproximé a la mesa. Las piernas duras, mis dedos engarrotados. Había comenzado a sudar y el tac de mi cabeza se multiplicaba. El brillo del metal me atraía, así que tomé las tijeras y… en el instante que iba a levantar el brazo, escuché su voz.

—¿Verdad que me odias?

—¡Cómo crees! Simplemente me perturba no encontrar mi libro.

 tomando las tijeras, le dije:

—Estaban escondidas entre la tela y seguro las vas a necesitar. Abrí la puerta del jardín y respiré profundo.