Camionero en apuros de Rubén García García

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Llueve, es media noche, los limpiadores de los parabrisas parecían desfallecer. «No seas bruto. Busca donde refugiarte». Poco después respiraba tranquilo. Allí, un viejo pueblo. Encontró a esas horas una señora que vendía café y antojitos. «son garnachas» pidió café y una orden que comió con gula. Miró la calle, la oscuridad. «La gente duerme, por eso no se ven luces». Dijo la señora: «tengo atole» «¿eso qué es?» «una bebida hecha de maíz azul, endulzada con panela y si desea agregarle pinole, es una delicia, bueno, eso dice mi mamá, que a todo le echa pinole». La vio de reojo y por lo menos tenía ochenta años. «¿Vive su madre?» «No, ya no, ella ya es difunta, pero cuando me distraigo, el pinole desaparece. Ah, pero conozco dónde lo esconde». Le cortó la plática con un cumplido «¡Qué ricas están las garnachas!» «Sí, este pueblo durante años vivió de los camioneros, pero hicieron la autopista y el pueblo se murió de hambre, imagínese, que algunos ya no alcanzaron a irse, los jovenes se largaron y el que se quedaba se metía en algún pozo minero. Yo quedé en el que se encuentra frente a la iglesia, fui de las afortunadas». El sujeto gritó hacia dentro: «¡¿A dónde madres me encuentro?!» «¿Qué dice señor» «nada, nada», «¿está arrepentido?, no se preocupe, ya se acostumbrará, todos los que han llegado por aquí, les cuesta trabajo…»

5 fuertes escenas que hacen que Blonde sea solo para mayores — ahoradigital

Blonde (Rubia) es uno de los estrenos más arriesgados de la historia de Netflix. Por el tamaño de su producción, por el repulsivo modo de retratar la vida de Marilyn Monroe, porque su protagonista no deja de sufrir, por haber obtenido la calificación para mayores de 17 años. Que no sea apta para menores aporta un extra de […]

5 fuertes escenas que hacen que Blonde sea solo para mayores — ahoradigital

La dulce boca

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Al escucharte reír deseé besar tu boca de fruta… percibí temblor y brillo en tu mirada. Te conduje a un cuarto solitario de aquella mansión antigua. Sin el vestido negro tu cuerpo de diosa parecía descender. «no puede ser tan facil, es mi día» me dije. Tu boca dulce resbalaba de mi oreja hacía el perfil de mi cuello y se detuvo al encontrar el mejor latido.

Luna, la gata de Rubén García García

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Mi gata estuvo en mi velorio. Maullando como un bebo a su madre. Escondida. Luna sabía. Yo deseaba la muerte de mi esposo. Él también deseaba la mía. Ningún dinero de por medio, simplemente odio que se afilaba con el paso de los días. Él ganó la partida. Fue simple, regó lentejas en la escalera y … la única testigo fue Luna, mi gata. El vestido negro de lino con fina caída que me compre para el duelo, ahora me lo llevo de mortaja.

«Nada más que pase el novenario me encargaré de la gata». Eso piensa el viudo, mientras recibe las condolencias y eso Luna lo sabe.

Luna ya no duerme en el sillón, lo hace en un cuarto de trebejos, que siempre tiene la puerta cerrada. Ella entra por una ventana entreabierta.

Todas las madrugadas la gata llegaba a la recámara de él, se lamía el cuerpo con insistencia y antes que despertara, desaparecía. Noche tras noche, hasta que tuvo un acceso de tos intenso que lo llevó a un esfuerzo enorme. Hipertenso y obeso quedó doblado en el sillón, Así lo encontraron los paramédicos. Muerto y al lado la gata.

«Seguro que era su mascota preferida», dijo uno de los camilleros cuando lo sacaron de la recámara.

Un día en la vida de Rubén García García

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Ella descansó su cabeza sobre mi brazo, yo acariciaba su pelo. Ella sonreía y escondía su cara en mi cuello. «Qué velludo eres …quisiera dormirme contigo», «duérmete». Cerraba los ojos y los abría. «Mejor llévame a casa, si me duermo despertaré mañana y en casa se preocuparán». En el taxi volvió a dormirse en mi hombro.

«Eres al que amo. Otros halagan y solicitan respuesta a sus pretensiones. Este corazón está contento con el que no puede estar siempre para mí. Me hago muda cuando te vas, sin embargo, todo el coraje desaparece cuando sonríes. Nunca sabré que es mejor: sí haberte conocido, o no, pero no dudaría en estar a tu lado, mis días los llenas; y el mañana es una pregunta que nadie puede contestar»

Un día se fue. Un día me fui. Quizá el temblor, nunca supe.

¡Qué me hiciste Rocío! de Rubén García García

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La ciudad de México en las horas pico es igual o peor que si desbarataras un hormiguero. Las calles son cordones de vehículos que se mueven en accesos, enganchados por el claxon y la ansiedad. Respiramos polvos con olores que cambian en cada esquina. Arriba, algunos pájaros nómadas, anuncios, antenas y nubes corpulentas que arrojarán cubetadas de agua.

Estoy guarecido bajo una cornisa y la gente corre, algunos ilusos se cubren la cabeza con el periódico. En el local de enfrente están vistiendo a un maniquí con un traje azul y una peluca lacia. En ese momento tu imagen me llama y coincide con tu presencia.

Un carro ronronea frente a mí, que insiste con el claxon, y lo abordo. Iba a besarte en la mejilla, cuando el semáforo cambia a verde y la arrancada es violenta. Con la ceja saludo al viejo auto, quién a diario se rompe el espinazo por ti.

Tomas mi mano y la aprietas, como preguntando «¿por qué no me has hablado?» En un tris, haces un cambio en la palanca de velocidades y la suavidad que me acariciaba se desplaza al volante.

Hablas y hablas y simulo una atención que estoy lejos de tener. Te contesto con monosílabos. Tú sigues la plática como si entre nosotros nada hubiese ocurrido. (es posible que para ti nada pasó) Muestras tu imagen de mujer presurosa, y tu voz corre sin pausas.

¡No quiero escucharte! Me dices que la mañana es fría, que llueve a cántaros, que la polución, el tráfico. «Es mejor que manejes en silencio».

Me miras sorprendida. Antes no te hubiera hablado de ese modo. Pero ahora sí.

Las calles encharcadas detienen el tránsito; el vehículo estornuda cada vez que el rojo obliga a suspender la marcha; y el semáforo se reproduce en cada esquina.

Aquella mañana –cuando por primera vez nos encontramos –, ya te conocía, porque los primos hablaban de ti, de tu sonrisa, de tu cercanía con la música. También sabía del carro, que era viejo, pero ¡qué jamás te dejo tirada a media carretera! de tu carácter tan bonito! ¡Qué tus manos largas iban y venían y retozaban sobre el teclado! La primera vez que te vi estabas sentada en la mesa del comedor y tu cabello bajaba lacio sobre tus hombros. Olías a mañana fresca con café y pan. Tus ojos negros, vivos, te otorgaban una mezcla de paz y sensualidad. Aspiré tu presencia. Te imaginé dentro de mí: fue una delicia enjuagarme con tu aroma a manzanilla y te inventé recovecos y laberintos.

Me conociste con el desaliño de mi barba y ojos adormilados. Te entregué el ropero, el cajón de olores, las palabras rotas, mi insomnio, y esa tristeza adosada. ¿Qué me hiciste Rocío! Mi piel cambió de textura, el color viejo se hizo vivo, mis resabios se fueron. Poco a poco pude sentir que dentro de mí había un germen nuevo.

—Luces mejor que cuando te conocí –me decías – antes, parecías frágil y cercano a la lejanía, escondido. Hoy eres diferente y tus manos callosas y viriles me hacen imaginativa.

Era increíble, ¡me tomabas en cuenta!

Tal vez te acercaste por un sentimiento mórbido, pero me suavizaste la piel con tus caricias y mis ojos se hacían brillantes cuando tu mejilla descansaba sobre mi pelo. El tiempo se detenía y me vitalizaba.

Me quitaste las ropas sucias y la barba de tantas noches. Estabas en mí sin estarlo y mi corazón presuroso brincaba queriendo salirse del jarrón. Contemplarte era descubrir el mundo, tener un sol dentro de mí, ¡un asombro! Observar tu carro doblando la esquina me incitaba a seguirlo, a gritarle al semáforo que se quedara en rojo.

Pero fui dejando de ser… hasta que ya no pude ser sin ti. ¡Qué difícil explicármelo! Era como sumergirme en un río sin saber nadar, bracear sin ton ni son, hasta el desmayo, percibir que en el fondo resbalaban los musgos por mis mejillas y cuando al fin alcanzaba la orilla volvía la soledad. En silencio me regañaba, ¿de qué? No lo sé.

Hoy, a tu lado soy consciente de que yo era un papel que con cualquier remolino daría vueltas y vueltas y seguiría girando, aunque el torbellino no estuviera.

Conduces rápido y tomas Insurgentes mientras los charcos aparecen en las esquinas. De la tercera velocidad pasas violentamente a la segunda, sacando una cortina líquida que moja a quienes esperan el urbano. Me miras y te encoges de hombros.

—Como quiera ya estaban empapados, además. No te he dicho, mis manos cada día son más hábiles, ya puedo tocar la tocata en fuga. Sabes de quién es, ¿verdad?

—Déjame en la esquina, por favor.

— ¡Oye, te vas a mojar! Si lo deseas te dejo en el metro. ¿Quieres?

—No, gracias.

El agua fría se escurre por mi cuello, no hago nada para evitar que siga por la espalda. A lo lejos, un muñeco de luz toma la guitarra y saca chispas que se pierden en la oscuridad. A mi lado, un trolebús mueve pesadamente su carga. Es la gente que regresa y busca su cueva.

El agravio de Rubén García García

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Vivo en los hombros de una colina, a un lado hay un camino que es paso de quienes viven en lo alto. A todos los conozco, porque he sido buena persona con ellos, me ponen al tanto de las noticias del pueblo y de lo que pasa a los alrededores. Ayer platiqué con Artemio y me informó que habían llegado varios extranjeros. Uno de ellos vestía con calzón blanco y un cinturón de grecas. Con seguridad por la tarde estaría en mi casa. Ya no es tiempo de correr. así que preferí de buena vez afrontar el agravio de cuando él era un púber y yo, un joven impetuoso.

Vi como abría la puerta. Un tope hizo que tardara en girar el picaporte.

Lo recibí acostado, senil y reumático. Él se encontraba en una joven ancianidad. Su pelo ralo y cano no correspondía con la felina manera de caminar. Tomó una silla y la acomodó a un lado de la cama.

«¡No sabes cuánto soñé con este momento! El cómo vengar el agravio que me hiciste frente a la etnia. Me avergonzaste y fue una dura loza con la que tuve que cargar». Al tiempo que sacaba una daga curvada con cacha de cuero y plata.

«Es inútil que trates de justificarte. Me daría rabia que trataras de decirme que te perdone por compasión, por tu edad. Pensé en darte una tarascada en el cuello, y he cambiado de parecer, penetraré con la daga hasta el tope y la moveré de un lado a otro, así te desangraras. En la herida del puñal pondré una cinta que evite te vacíes y manches la blancura de tu cama».

-¿Pero tú te recuerdas lo que hice? yo no, mira que los años nos van borrando la memoria. El huracán del tiempo se lleva desde la basura hasta una alfombra persa. Trataba de armar una plática, calculaba que el veneno que puse en el picaporte no tardaría en hacer efecto, la posibilidad de que yo muriese era mucha, y la de él era segura. Si en cinco minutos él se regodeaba con sus palabras, con seguridad caería, antes de que pudiese herirme.

Sacó la daga, la vio de uno y otro lado y dijo: a tu muerte tendrás mi perdón. Levantó el brazo y el dolor profundo y plateado hurgaba cerca de mi columna. lo último que vi, fue la mueca de agonía que sustituyó a su sonrisa.

Del despertador salía la quinta de Beethoven y una voz sensual “ya es de día, ya es de día.

En el comedor me pregunté ¿y si llegara?

Un día en la vida de Rubén García García

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Ella descansó su cabeza sobre mi brazo, yo acariciaba su pelo. Ella sonreía y escondía su cara en mi cuello.

«Qué velludo eres …quisiera dormirme contigo»,«duérmete». Cerraba los ojos y los abría. «Mejor llévame a casa, si me duermo despertaré mañana y en casa se preocuparán». En el taxi volvió a dormirse en mi hombro.

«Eres al que amo. Otros halagan y solicitan respuesta a sus pretensiones. Este corazón está contento con el que no puede estar siempre para mí. Me hago muda cuando te vas, sin embargo, todo el coraje desaparece cuando sonríes. Nunca sabré que es mejor: sí haberte conocido, o no, pero no dudaría en

estar a tu lado, mis días los llenas; y el mañana es una pregunta que nadie puede contestar»

Un día se fue. Un día me fui. Quizá el temblor, nunca supe.

Así soy y seré de Rubén García García

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He sido un glotón. Disfruto una buena comida, una buena plática de sobremesa con un coñac y un café en la mano. Cincuenta años departiendo soy gordo, hipertenso, diabético, y lo que se acumule. El placer de la comida está por encima. Y lo que quiero para mí, lo quiero para mis gusanos. Por eso, cuando el médico me instó a que diera un cambio de hábitos privándome del sabor, hablé por mí, pero tambien por ellos. Tendrán el placer de disfrutar una carne afrutada en alcohol, grasas, pimienta y sal. Será una satisfacción mirarlos en su comilona. Como lo hacía yo con mi buen amigo Nerón.

La foto de Rubén García García

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Mandó por “guasap” un recado a sus sobrinos: «aprovechen al tío, ayer cumplí noventa años. Aprovechen a sacarse la foto antes de que la calaca venga por mí» Los parientes enfrascados en el devenir de la vida no fueron; y cuando se murió todos estaban en el velatorio. El rumor se hizo exclamación y de común acuerdo sacaron al tío del féretro y lo sentaron en el sofá. Se acomodaron para la foto. Poco después, el tío se levantó y gritó «¡no que no venían cabrones!». Dos de ellos se infartaron y al que menos, le agarró una diarrea por el susto. Cinco de ellos posteriormente les diagnosticarían diabetes.