Los patos

Animales.patosHuí, sin decirle a nadie. Salí de la tierra agrietada, del aire con sed. No me importó. Llegué a la ciudad. Nada fácil fue ganar la confianza de la gente que todo recela. Ayudante de velador, barrendero, mozo, limpiador de oficinas y desde hace meses me tienen en el archivo. Tengo un departamentito donde paso las noches y, aunque está en el último piso, es mi cueva que he amueblado con lo que otros desechan.
Desde hace meses, la inquietud me turba. Me he percatado que mi espacio se reduce. Los programas de la televisión que me entretenían, ahora, son indiferentes. Las canciones de moda me aburren. Por accidente, escuché una estación de Radio Universidad, me gustó, pero no pude soportar el violín.

Me veía en los espejos: flaco, de bigote parado y de orejas caídas. Hacía largas caminatas para cansarme; el aire de las calles es lleva humo de fritangas, olor de fábricas, coladeras sin tapa. La brisa que llegaba del mar sacudía mi piel en la madrugada, me devolvía el vigor, sólo era cuestión de abrir las ventanas y el viento de la noche enriquecía el ambiente. Ahora, ha cambiado, ya no sucede y tengo que respirar frecuente, porque el aire no me llena. Iba de una ventana a otra; y de la otra, hasta la puerta. El sueño se ausentó y para calmarme, necesité fumar, se me adosó tanto, que si no tenia visible una cajetilla de cigarros frente a mí, salía a buscarla, así fuese en la madrugada. Una noche, el portero del edificio tocó al departamento, pues escuchó un grito. Le dije que había sido yo, que tuve un mal sueño. Opté, entonces, por dejar el radio prendido. Para contrarrestar la somnolencia, abusé del café. Me sentía bien una o dos horas, pero después sobrevenía la fatiga. Un día, cuando compraba, la dependienta preguntó si estaba enfermo, le dije que no. Me siento bien y doblé el brazo para enseñarle mi “conejo”, pero la verdad, era que no rendía y hablaba sólo lo indispensable, dejé de ir a fiestas. De vez en cuando, hacía ronda con Alberto, un amigo del trabajo; ambos tomábamos el mismo autobús.
—Andas enamorado. —me decía.
Yo movía la cabeza.
—Entonces, ya no te la jales mucho. —Se carcajeaba.
La sensación de caerme al vacío, el aleteo, y ese olor a incienso, se hicieron frecuentes e insostenibles en mis sueños, tenía pavor a cerrar los ojos. Fui con un médico y después de una entrevista breve, recetó vitaminas, pastillas para los nervios e inyecciones que odio desde pequeño. No surtí la receta y confesé lo que me pasaba a mi compañero.
—Se te metió la tristeza, dicen que es el alma de una mujer que anda en pena. Yo no sé si creas, pero sería bueno que consultaras. Por mi pueblo, hay una mujer que cura. Mira, mi tío Jacinto empezó a hablar en las noches y le dio por vagar por el pueblo a deshoras. Vio médicos, curanderos y seguía peor, hasta que alguien nos dijo de ella y no sé qué le haría, pero el tío se curó. El lugar está lejos, pero vale, que te des una vuelta.

Llevé lo indispensable. Casi un día de viaje para llegar al pueblo de Sábila; y de allí, a pie, hasta divisar una loma y sobre ella, una choza de tarros,
—No puedes equivocarte, pues afuera está un nogal tan viejo que del tronco le han salido barbas y bajo el árbol habrá una pila de gente que espera. Llévate una manta por si tienes que pasar la noche a la intemperie.
Sábila es un pueblo viejo, con calles empedradas y una iglesia hecha de cantera y cal. Aún, se escucha el sonido de los cascos de los caballos y el rechinido de las carretas. Los vientos que llegan traen olor a piedra y a tierra cuando cosechan la papa. Del pueblo hasta la choza, hay media hora yéndose a pie. El camino es monótono, sólo crecen zacatillos. A mi lado, viaja gente de diferentes partes, hablan tan bien de la curandera, que me veo sorprendido y un olor a fe se tumbó en mi alma. En el cielo graznaban algunos patos y soplaba un vientecillo frío y molesto.
Desde mi inconsciencia, soportando el peso de la tierra, la recuerdo con su mechón de pelos en la mejilla. Mientras trajinaba seleccionando sus hierbas, la luz de la luna caía sobre un árbol desramado. Me atendió cuando todos se habían ido. La vieja cubrió mi cuerpo con hojas y raíces. El humo de aromas adormeció mi vigilia. Cuando desperté, el sol era intenso, pero mi alma sentía el frescor de la menta. Me dio la botella.
—Sólo tomarás cinco cucharadas por la noche, y ni una gota más. —Vuelvo a verte en una semana.
Un viaje que había sido tan fatigante, me hizo decidir que era mejor quedarme en aquel pueblito. Renté un cuarto amplio y ventilado. Los tres primeros días seguí con fidelidad su prescripción.
Vivía en la noche otra vida, cuántas veces percibí la fragancia de los sándalos, el color aduraznado de la luna que me llenaba de vitalidad y me hacía cantar como si la melodía hubiese nacido en mi garganta. Tenía otros ojos. No sabía cómo, pero me divisaba en una procesión de fe, llevaba en las manos una vela y una rosa. Aquella rosa me hacía recordar mis amores tristes, esos donde pones toda tu intensidad y que al doblar la esquina, ella se retira, abrazada de otro calor. Los cantos de las gentes daban paz a mi oído, y a la luz de las velas y el hincar de los pasos, la noche parecía abrirse y guiarnos hasta una pequeña loma donde se levantaba un santuario, abrazado por altísimas palmeras. Cuando llegábamos, cada uno inclinaba la cabeza; por un instante levanté la mirada y divisé a la sacerdotisa. Sus ojos oscuros y tibios de luz. El rostro se perfilaba a través de la gasa, que la cubría hasta sus rodillas; un rostro pequeño que invitaba al deseo de contemplarla. Fueron pasando al frente y percibía su voz, una discreta voz, y al estar frente a ella, despertaba. Despertaba en el sueño y volvía a otro acomodo para seguir ensoñando y continuar. Lento muy lento, avanzaba en mi deseo de mirarla. Un sueño repetido no sé cuantas veces, pero sentía que el tiempo pasaba presuroso, como un rio que no se detiene. Mi pelo se hacía largo, y la barba se poblaba.
Por las mañanas, recorría los caminos o divisaba las cabras cuando trotaban y formaban selvas de polvo y silencio. Comía vorazmente. Para un estómago lleno, seguía el bostezo; luego, el sueño y me acurrucaba en la cama dispuesto a viajar. Esa vez, el sueño se quedó muy lejos de mi deseo. Me senté. Con las palmas de mis manos oculté mi cara, pidiendo que llegase el sueño. No deseaba mirar la claridad y entreabrí lento los dedos de las manos y empecé a contar lo que en ese momento se pudiera contar. Cada vez que iniciaba otra cuenta, me iba envolviendo un remolino que adelgazaba el aire y me producía hipos de asfixia. Sin pensarlo, tomé la botella y sorbí más de un trago generoso. En la profundidad del sueño volví a verme.

Ella me llevó a su choza, hizo que me acostará, llenó de suspiros y humedades cada milímetro de mi piel, su olor de vida, su voz de silencio, me transformó. Mi alma fue una danza que remedó vientos, vaivenes de hojas y la noche profundamente estrellada fue el escenario de mi gloria y felicidad.

Afuera de mí, escuché rezos, plegarías que, seguramente, olían a corolas. No me importaba. Vivía un siglo con ella y zarandeamos a la montaña con nuestros juegos, el placer interminable de irla recorriendo con mis labios, con mi vida. Después, el alma desfallecía como el agua de un estanque que espera. Pasaron muchos años, recorrimos cientos de paisajes y a una sonrisa siempre seguía otra: forjamos un paisaje de agua y flores.
Las buenas gentes del pueblo me encontraron dormido, tal vez moribundo o, quizá, en su apreciación sin vida. Mí inconsciencia recuerda los rezos, el vientecillo de cera y rosas. Escuchaba el aleteo de los patos; “se sienten tan cerca, que pareciera que vuelo con ellos. Por más que intento abrir los ojos, sólo llegan neblinas. ¡Me llevan! Camino con los cantos, palpo mi cara y el olor del cedro me apabulla, es como si estuviese dentro de un árbol. Golpeo con furia la tabla, pero no me hago atender y no me escuchan y es que los patos no dejan de pasar, es una bandada, un griterío gigante que anuncia a todos un invierno atroz.

El suegro

La pinche vieja de la pensión era una fodonga, solo había que darle una mirada a la cocina y la estufa tenía costras sobre la costra.

Dormía en una cama de resortes y mi compañero de cuarto era un sujeto blanco, chaparro, panzón y con bigotes estirados.
-Si ves que ronco, solo dale un chingadazo a la cabecera de la cama y con eso dejo de hacerlo. El cabrón dejaba de roncar diez minutos y luego agarraba su ritmo de graves profundos. Era molesto.

llegué de provincia y fue un dolor de suspiros separarme de mi novia.

Días después, la dueña de la pensión me entregó un telegrama. Recibir un telegrama te ponía en tensión. Las noticias con urgencia, casi siempre son amargas.

Tomé el dinero de mis pasajes y regresé a mi ciudad. Mi novia se encontraba internada en un hospital. El telegrama lo giró una amiga en común.

Una semana antes me había despedido de mis padres:

—Esto para la pensión, para tus pasajes y para tus libretas. Estíralo lo más que puedas, — enfatizó, mi madre. Ahora, el gasto del transporte, los pasajes y las libretas se harían mierda.

Regresé a la ciudad, cuando recién me había despedido de mis padres. Me sofocaba encontrarme algún pariente, que los enterara; ellos tenían la certeza que estaba en la capital.

No recordaba ningún pleito con mi novia, sino todo lo contrario, estuvimos en el café de siempre, donde podía darle de besos y acariciarla.

Poco antes de entrar a su cuarto, llegó su padre: un sujeto cachetón, moreno, de bigote, chaparro y vestido con un verde olivo, trabajaba en el departamento de tránsito local. —recordé que vivía con su padre y un hermano pequeño.

—¿Eres el novio de Isabel?
—Si
—Ha estado preguntando por ti y a nombre de su amiga te mandé el telegrama. ¿Te peleaste con ella?
—Para nada.
—Entonces…
—¿Qué le ha dicho ?
— No ha querido decir nada. Te dejaré con ella, le hace bien tu compañía.

Entré sigiloso. La tenían con un tubo metido en la nariz y dormitaba. Cuando me sintió, entreabrió los ojos. Gemidos breves que intercalaba con sollozos. Acerqué mi cara y la abracé. Nos quedamos quietos. La humedad brincaba de sus ojos a mis quijadas. No supe que decirle. Sentí sus lágrimas en mis labios y más me trabé.

—¿Quién te avisó?
—Carmen, me dijo Carmen. —No le quise decir que fue su padre.

Seguía llorando, sin sollozos, como si su cabeza anduviese en no sé dónde. Le secaba sus lágrimas, y mi mano apretaba la suya. No me atrevía a interrogarla, —pues que madres le pasó, para tomarse no sé cuántas pastillas de Valium. De esto me enteré en la recepción al darle una ojeada a los expedientes que las enfermeras tenían regados en el mostrador y cuando me alejaba hacia su cuarto, escuché decir a una de ellas, en voz baja: “ este es el novio” Entonces tomó significación la pregunta de su padre ¿ “te peleaste con ella”? Dejó de llorar y sus labios secos se pegaron a mi mejilla, después al oído me susurro. “ Te quiero” “

—Hice una cosa mala. Pero, no debo decirlo, sino que trato de olvidar.
—¿Qué hiciste?

Volvió a gemir y a sollozar y un nuevo regato de lágrimas le cruzó la mejilla. Me estrujé. Se me hicieron pelotas las palabras y me quedé con la pregunta de “’ Qué fue lo que hiciste” solamente secaba su llanto.

—Ya no aguanto. No puedo ser estudiante, cuidar a mi hermano, y hacer las tareas de la casa. Y luego…mi papá … Ya no aguanto.
Cuando le iba a decir que me esperase, que buscaría un trabajo en la capital, que yo… Entró la enfermera.

—Es hora de su lavado gástrico y ya terminó la hora de la visita.

Con una seña le indiqué que me regresaba a la capital. Ya no pude ver su cara porque la enfermera me apresuraba a que saliese del cuarto.

A la salida me tope con su padre. Serio, con unos ojillos horizontales. Me miró inflando los cachetes.
—¿Le dijo algo?
Me puse a la defensiva.
— Qué tendría que decirme.
— Si le contó porqué tomó tantas pastillas.
— No quise preguntarle. Esa es cuestión suya…
Le tembló el bigote y recomponiendo su cara, volvió.
—Solo quise saber el por qué. Mi trabajo me exige estar las veinticuatro horas en servicio. La dejo sola y le doy más responsabilidades de las que puede soportar. Como padre tengo la obligación de saberlo todo. Entienda mi ansiedad…
—No sé porque habrá tomado esa decisión.
—Yo también fui joven. Sé que cuando la pareja se junta: es lumbre y gasolina. Soy amigo de usted, puede tenerme confianza.
—No entiendo. le dije. –como putas madres no iba entender, este cerdo me estaba diciendo que si no me la había cogido y que si ella no estaba panzona.
—Creo que si me entiende. Confió que no sea así.
Di por terminada la plática y me despedí.
—¿Tiene algún teléfono donde llamarle?
—No.
Me retiré con mil preguntas y respuestas dolorosas. Llegué a la capital por la madrugada y por la mañana ya estaba en la clase de anatomía. En la noche me entretuve dándole de chingadazos a la cabecera de la cama para que el roncador me dejara descansar.

La tocata

piano

La ciudad es un hormiguero de alientos que se aleja y vuelve. El mismo rostro con diferente gesto. Las calles son cordones de vehículos que se mueven a pausas, temblorosos, enganchados por el claxon, la prisa y la ansiedad.

Hay un cielo con grises en desparpajo que presumen agua. El viento que llega tiene olor a metal, cuero y ácido; viene en ráfagas, mueve tendederos, antenas y anuncios espectaculares. Los pájaros nómadas toman un descanso, huyen del frío, del ruido y el smog.

Estoy guarecido bajo una cornisa y miro a la gente que corre. Algunos cubren sus testas con los periódicos del día, otros se tapan con un viejo suéter, estremeciéndose. A mi lado, en una tienda de ropa, le están colocando un vestido azul y una peluca rojiza a un maniquí; tiene los brazos abiertos y extendidos hacia adelante. En ese momento tu imagen aletea en mis ojos y me prende en el recuerdo.

Un carro ronronea cerca, toca el claxon con insistencia. Me haces señas para que aborde; y tu mano, al girar, va de un do hasta un fa. Con la ceja saludo al viejo auto que a diario se rompe el espinazo por ti. Tenemos el deseo de besarnos en la mejilla, pero la luz del semáforo cambia a verde y la arrancada es violenta.

Me acerco con la rutina que aprendí hace tiempo; tomas mi mano y la aprietas, como preguntando: ¿por qué no me has hablado? En un tris, haces un cambio en la palanca de velocidades y tu mano, que me sujetaba, se desplaza al volante.
Hablas y hablas, y simulo una atención que estoy lejos de tener, mis gruñidos y monosílabos son evidencia de que deseo continuar en silencio. Tú sigues la plática como si entre nosotros nada hubiese ocurrido. Muestras tu imagen de anteayer, y no la de hoy. No quiero escucharte decir que la mañana es fría, que llueve a cantaros, que la polución, el tráfico. Maneja, sólo maneja, no deseo platicar contigo. Así que, ¡sólo maneja! Me miras sorprendida, pues antes no te hubiera hablado de ese modo; de haberte permitido continuar, tendría el fastidio de tu discurso como esferitas tintineándome el alma, pero todo cambia.
Las calles encharcadas detienen el tránsito; el vehículo se asfixia, estornuda cada vez que el rojo lo obliga a suspender la marcha. La avenida es larga y el semáforo se reproduce en cada esquina.

Aquella mañana, cuando por primera vez nos encontramos, ya te conocía porque todos me hablaban de ti, de tu sonrisa, la charla, tu cercanía con la música; y también sabía del carro, que era viejito, pero… ¡qué cómodo! Jamás se quedaba, era un burrito de trabajo, sobre todo, para una mujer. Imagino en qué problemas te verías, si el carruaje se detuviera en cada esquina, ¡y con el tráfico de México! ¡Qué carácter bonito, nunca enojada!, y cómo cambiabas cuando tus manos iban y venían por el teclado del piano. Recuerdo que cuando te sentaste, los cabellos se tendieron en la superficie de la mesa. Olías a mañana de pueblo, que en la noche se lava por la sorpresa de un chubasco. Tus ojos negros, vivos, zigzagueantes, difíciles de atrapar, te otorgaban la belleza de un pez en movimiento.

El café llenaba de olor la estancia y mientras platicábamos, aspiré tu presencia. Te imaginé dentro de mí. Fue una delicia verte a mis anchas y enjuagarme con tu aroma a manzanilla. Te inventaba recovecos para dejarte en mis entrañas, pero no fue posible, y escapaste.

Me habías conocido con la barba de varias noches y ojos adormilados. ¿Abrirlos? ¡Para qué! Era ver lo mismo: los monitos de porcelana en actitud de darse un beso con una patita levantada, el reloj con el gorila que al aplaudir daba las horas.

Así llegaste a mi vida. Simplemente te entregué el ropero, el cajón de olores, las palabras rotas, mi insomnio, y esa tristeza adosada por años a mi equipaje. Mi piel fue cambiando de textura, el color viejo se hizo más vivo, y se limpió de resabios. Poco a poco pude sentir que dentro de mí había un germen que respiraba.
— Luces mejor que cuando te conocí –me decías – antes estabas indefenso, cercano a la lejanía, escondido. Hoy eres diferente y tus manos, si llega el viento, parecen dos rehiletes.
Era increíble, ¡me tomabas en cuenta!
Tal vez te acercaste por un sentimiento mórbido, pero me suavizaste la piel con tus caricias y mis ojos eran dos girasoles cuando tu mejilla descansaba sobre mi pelo. El tiempo se volvía un instante y el alma se vitalizaba.

Me quitaste las ropas sucias y la barba de tantas noches. Estabas en mí sin estarlo, y mi corazón presuroso brincaba queriendo salirse del jarrón. Contemplarte era descubrir el mundo, tener un sol dentro de mí, un asombro. Observar tu carro doblando la esquina, me incitaba a seguirlo, a gritarle al semáforo que se quedara en rojo, pero fui dejando de ser, hasta que ya no pude ser sin ti. ¡Qué difícil explicármelo! Era como sumergirme en un río sin saber nadar, bracear sin ton ni son, hasta el desmayo, percibir que en el fondo resbalaban los musgos por la calvicie de mis rodillas y el agua llegándome al alma a través de las corrientes celulares. Luego, cuando al fin alcanzaba la orilla, volvía la soledad; cabizbajo, solía regañarme por no haber interpretado correctamente tus señales.

Hoy, a tu lado, soy consciente de que yo era un papel que con cualquier remolino daría vueltas y vueltas y seguiría girando, aunque el torbellino no estuviera.
Conduces rápido y tomas Insurgentes mientras los charcos se acuestan en las esquinas. De la tercera velocidad pasas violentamente a la segunda, sacando una cortina líquida que moja a quienes esperan el urbano. Me miras y te encoges de hombros.
—Como quiera ya estaban empapados, además, llegarán a sus casas a bañarse. No te he dicho, mis manos cada día son más hábiles, ya puedo tocar la tocata en fuga. Sabes de quién es, ¿verdad? –preguntas.
—Déjame en la esquina, por favor.
— ¡Oye, te vas a mojar! Si lo deseas te dejo en el metro. ¿Quieres?
—No, gracias.

El agua fría se escurre por mi cuello, no hago nada para evitar que siga por la espalda. A lo lejos, un muñeco de luz toma la guitarra y saca chispas que se pierden en la oscuridad de la noche. A mi lado, un trolebús mueve pesadamente su carga. Es la gente que busca su cueva

La urgencia

durazo

En un hospital, las tres de la mañana es el momento en que la tensión da un respiro a los trabajadores. No sucede siempre, pero sucede.

Con un trapeador el intendente relame los mosaicos de vinilo y en el área de atención de partos los internos de pregrado, enfermeras y auxiliares están de pie.

De pie, es un decir; lo más exacto sería definir que con un ojo dormitan y con el otro descansan.

Sólo es un instante. Es como si la máquina se parara y diera lugar a un profundo silencio. 

Todos intentan aprovecharlo. Un relax, un pestañeo o un mini-sueño, pueden ser renovadores y dar el impulso para las siguientes horas, que suelen ser las más intensas. 

Si acaso se oye una radio que da la hora, es el programa del «ojo pelón». Los que toman las decisiones críticas, duermen; se despiertan sólo si es necesario.

En el piso –así llamamos al sector de hospitalización– las mujeres esperan con angustia el momento del parto. No hay nadie a su lado; sólo ellas y sus hijos por nacer. Presienten un mundo vacío, sin asideros. 

Las enfermeras –algunas, ángeles; otras, no tanto– aunque quieran acompañarlas tienen tanto trabajo, que les responden con palabras indiferentes, toman los signos, dan las pastillas y se van. Son almas en blanco que ejecutan su rutina.

El puente entre la paciente y la institución son los internos, que revisan a las señoras y las derivan al servicio de atención del parto cuando tienen cuatro centímetros de dilatación.

Algunas mujeres deciden no esperar, y el parto es atendido en la cama. Este hecho es conocido como “Camacho”. Por lo tanto, el prestigio de un médico interno de pregrado es no tener “Camachos”. 

En el momento exacto –a esa hora crucial– preparamos a nuestro jefe de internos, Durazo. Alto, blanco, tenía un abdomen protuberante que prometía el radio de un embarazo gemelar.

A las tres de la mañana lo caracterizamos para su presentación en la unidad toco-quirúrgica: un turbante para resguardar el cabello, la bata, vendas en las piernas que le ocultaban los pelos, y botas de algodón cubriendo sus pies; una sábana húmeda con restos de yodo para que simulara sangre y un suero –ese sí– clavado en la vena.

Dos de nosotros guiamos la camilla con la mayor rapidez posible a la sala de partos; trabajo que, normalmente, hacían los enfermeros. 
El jefe –en el silencio del hospital– daba alaridos tan desgarradores, que más bien parecía una puerca a punto de sacrificio. 
–¡Camacho! ¡Camacho! –anunciaba con énfasis nuestro equipo.

El escándalo despertó a todo el mundo.

Los auxiliares y enfermeras se movieron rápido, preparando todo para la atención del parto. Los internos de pediatría llegaron a la sala para recibir al nuevo ser, y los encargados de obstetricia se vistieron con prontitud. 

Pasamos “la parturienta” a la mesa, y las enfermeras alzaron 
sus extremidades, para que las apoyara en las pierneras en posición ginecológica. 

Nosotros, mientras tanto, dándole consuelo.

–Ya, señora; todo va a salir bien –y, por dentro, muriéndonos de risa.

El interno encargado de atender el parto retiró la sábana para hacerle el tacto. 

–¡Esta mujer tiene huevos y no está rasurada! –exclamó encabronado.

No contuvimos la carcajada, y ellos tampoco.

El jefe Durazo escapó de un salto; todavía tuvo el humor para caminar como patito y, sujetándose el vientre, se perdió entre los pasillos del hospital. 

Faltaba poco para las cuatro de la mañana, y casi una hora para las urgencias de las cinco.

Doña Abigaíl

—¡Pásale hijo, pásale!, que ya te vi.
— ¿Cómo está?
—Entreteniéndome, ¿y tú?
—Pasaba por aquíwuawua— ¿Venías a ver a las muchachas?
—Sí, ¿están?
—No. Andan con su tía Mica. Ocho días hace que se fueron y parece que olvidaron a la abuela. — ¡Ay, ay, ay! – lloriqueó, mientras con una mano se frotaba la rodilla derecha.
— ¿Qué tiene, Doña Abigail?
—Me dan punzadas. Son como alfileres que, sin avisar, te muerden y dejan un resabio. Me dan en todo el cuerpo sin saber dónde atracarán. Anoche, cuando cabeceaba por el sueño, sentí un golpe en la nuca y una daga rayó mi espalda. ¡Creí que moría! Me duró como cinco respiraciones y después se fue, dejándome adolorida. Estaba sola y no tenía a quién gritarle.

La mirada se le puso ausente y siguió contándome.
—Le rezaba al Señor, diciéndole: ¡espera tantito! y, poco a poco, sentí cómo se retiraba el sufrimiento. Me quedé como ida, hasta que llegó el sopor; toda la noche soñé. Tengo en mis ojos la cara del difunto José, mi hijo, que murió cuando la vida le daba para más. ¡Ay, ay!
— ¿Otro dolor?
—Sí, éste me estranguló el tobillo.
Su mano nervuda y manchada sobó su pierna brillosa y llena de varices.
—Nació la primera nieta y, poco tiempo después, mi nuera empezó a aislarse; no le quería dar de mamar a la niña y escuchaba frecuentemente los gritos de mi hijo reprochando su actitud. Al año llegó otra niña y, al día siguiente del parto, la encontré brincando en la cama: ¡jugaba, como si la hija fuera una muñeca!

Fui una mujer de trabajo, acostumbrada a levantar al sol. Entre la penumbra recogía la basura del patio, buscaba leña para cocer los frijoles y como a eso de las diez de la mañana, con el sudor pegado al cuerpo, venía a tomarme el café con un pedazo de pan; y a seguir, que el trabajo de la casa nunca se termina. Yo le decía a José que esa muchacha me daba mala espina. La veía muy delgada, tan fina de cara, con esos ojos que languidecían la mirada hasta perderla. La verdad, no sabía con quién hablaba, si con ella, o con la ausencia.
Al principio contuve mis enojos, pero después pensé que debía enseñarle a responsabilizarse del matrimonio.

En aquella ocasión entré a su recámara porque ella no había salido y creí que estaba enferma. La encontré en un rincón con los ojos vacíos, distante. Movía los labios como si estuviera en un rezo o probando el sabor de una comida. Allí, todo olía a humedad, con ropa sucia desperdigada sin ton ni son; polvo apelmazado en la superficie de los muebles y la cama que parecía tener años de no haberse tendido. Le dije enojada.
— Una mujer debe ser limpia, ordenada. El cuarto debe sentirse fresco y oler a flores, a perfume y a jabón.
Ella seguía imperturbable, se apretaba las manos y, a veces, movía su boca como chupeteando. No me contuve; la tomé por el pelo, le di un trapo, una escoba y la insté a que dejara reluciente la alcoba. Desde ese día me volví su sombra; siempre detrás de ella, como si se tratara de una niña chiquita. Le impuse que me pidiera permiso para todo.

En las noches oía sus pasos; tenía dificultades para dormir y llenaba el silencio de murmullos.
Pero, eso sí, a las seis de la mañana, le tocaba la puerta para levantarla.
—En la casa, hija, hay tantas cosas que hacer. – Le dije.
La anciana continuó contándome.
—Ella nunca sacó el carácter, sólo doblaba los ojos y respiraba como si el aire se fuese a acabar. Cuando vivía con su familia no hacía nada, lo supe cuando la saludé por primera vez. Tenía las manos largas, sedosas y muy blancas. Hoy, que el tiempo ha pasado, comprendo que la obligué a vivir una existencia que nunca imaginó. Los padres decidieron llevarla a un hospital y quedó internada. En uno de los viajes que hacía mi hijo para ir a verla, su carro volcó y encontró la muerte en un instante. Bajó su cabeza cana, tiró la mirada al suelo y, muy quedo, gimió.
— ¿Qué tiene?
—Nada hijo, ya vete.
Pensé en retirarme, pero me acerqué a acariciarle el pelo. Me miró con los ojos rebalsados por la fuerza de las lágrimas y después escondió la cara para seguir sollozando. Cuando pensaba irme, empezó a balbucear.
— Le puse mi mano callosa en los sueños que tiene toda muchacha de su edad! Y… simplemente, enmudeció. ¡Mira nada más, qué hice! Doblé una vida y, por ella, mi hijo perdió la suya.
Volvió a gimotear y pude ver en sus sienes cómo le brincaba de dolor el corazón.
—Me hice cargo de cuidar a dos criaturas. Una de ellas corre, juega, le gusta ganar dinero, corta fruta, la vende. La otra es diferente: muy finita, peinándose a cada rato frente al espejo y meciendo su muñeca, puede estar a solas sin cansarse de jugar. Hace como un mes, a media noche, me despertó con una pregunta.
—¿Verdad que tú no eres mi mamá?
Me quedé pasmada, respirando con dificultad.
— ¿Por qué dices eso?
—Es que soñé que una voz me decía.
— Hija, ¿puedo quedarme contigo? ¿Me haces un lugarcito en tu cama?

La metamorfosis (2)

esSoñé que corría desorientado por los arenales y los hilos de las telarañas cruzaban mi cara. Respiraba haciendo hipos y por el frío de la madrugada mi cuerpo era un temblor. Anteayer cuando leía el periódico, miré hacia la ventana y no pude percibir el reflejo de mi rostro. Lo atribuí al cansancio. Una mañana frente al espejo, quitándome una escama de la cara, vi que uno de los dedos faltaba. Sonreí. Pues me percaté que éste se escondía detrás de los otros.

Los sueños no variaban. Corría entre los arbustos preso de confusión sobre los médanos. En las espinas quedaban jirones de piel. Algunas veces escuchaba el ruido sordo de mis pisadas; en otras, el murmullo del mar y el silbido de la brisa cuando ésta roza los tallos secos de las ramas.

Siempre de la oficina a la casa. Si acaso pasaba a una tienda a comprar víveres, la mayor parte de las veces latas de salmón, en la creencia que el aceite era bueno para las funciones mentales. Leía y leía; y de pie, miraba la calle y a la muchedumbre hasta que ésta quedaba solitaria, moviéndose solamente los colores del semáforo.

Las noches transcurrían con lentitud. Mi corazón parecía anunciar con su tambor un espectáculo circense. Ése, donde el lanzador de cuchillos parte a la mitad una manzana que descansa en la testa de una mujer hermosa.

Revoloteaba en la cama como una libélula que aletea dentro de un frasco de vidrio. Cuando me situaba en posición fetal, el corazón parecía ubicarse dentro de mi boca, y el latido repercutía en las sienes. Las horas se hacían lentas, y la mente era una pizarra que cultivaba voces e imágenes que una tras otra se proyectaban y desaparecían, para dar inicio a otra serie. Escuchaba el carro pasar, un grito lejano y el ulular de una patrulla. Veía la transparencia de la luna reflejada en los vidrios de la ventana. ¿A qué horas el sueño llegaba en mi ayuda? No lo sé, pero cuando abría los ojos, rumiaba un cansancio apelmazado.

Un domingo lluvioso desperté. El frío dormía en mis pies y busqué otra frazada, temblé, hasta que el sueño – bendito sea- llegó. Bajo las sábanas vi la hora, eran cerca de las cuatro de la tarde. Recordé que la despensa estaba vacía y con gran pereza me vestí para ir al supermercado. Antes, pensé en tirar la basura acumulada de hace una semana, pero me dije: mañana. En la tienda, después de comprar lo de costumbre, tuve dificultades para coger la billetera y sacar el importe.
– ¿Le pasa algo, me dijo la cajera? ¡Se ve transparente!
Sonreí, le di las gracias y contesté.
– Debe de ser el frío de diciembre.

Un día me sorprendí por no percibir el olor del café, observé que mi foto en el buró era sólo una mancha de claroscuros y que el recuerdo de su visita a mi departamento se había envejecido.

Recordé súbitamente que ella, al mencionar nuestras vivencias, las refería siempre en pasado. Miré el algodón de la fina camiseta que un día me obsequió, había máculas de un rojo óxido. Un algo del corazón me dijo que debía acariciarla, pero al hacerlo noté con gran pesar que la tela ya no respondía a mis manos. Entonces caminé de un lado a otro sin sentir mi peso y observé que al fondo del cuarto, se abría un rayo de luz y que en la parte superior danzaban finos corpúsculos. Salté una, dos y tres veces hasta que conseguí atraparlos y tenerlos entre mis manos. Curiosamente después de mi esfuerzo, me perdí entre ellos.

La sospecha

ciudadCuando su hijo cerraba la puerta, le lanzó un beso chasqueando la lengua. Ella entrecerró los ojos y creyó ver a su esposo que, hace dieciocho años, se había ido de viaje. Aún lo recuerda con la ceja levantada y aquella sonrisa coqueta con la cual se despidió. Para ella no era extraño que él se ausentara algunos días. Aquella vez, fue un otoño, y el frío se colaba por las rendijas de la puerta.
Vivían en un gran condominio donde los edificios parecían haber sido calcados. Lo recuerda como una buena persona, amoroso, sin embargo, eran notorias sus ausencias. Muchas veces tuvo que golpearle la mejilla para que volviera a la realidad. A veces lo sueña. Ella piensa que lo mataron, tal vez por robarle, tal vez…
Hace dieciocho años él entrecerró la puerta, había ordenado ropa para una semana, pero al ir bajando la escalera, se preguntó, ¿Qué tanto me amará mi mujer? Sería bueno saberlo. Y en vez de irse a la estación, se dio a buscar un cuarto de renta. Lo encontró y se quedó allí. En unos minutos, vivía cerca de su casa, y podría decirse que era un vecino nuevo de sí mismo. No salió durante semanas. Su barba creció. Compró ropa holgada de colores oscuros y un sombrero que abarcaba toda la testa. Meses después vigilaba el edificio donde vivía su familia. La seguía cuando iba a comprar a la comisaría; en ocasiones, y oculto en espacios estratégicos, podía observar su mirada sin brillo y el rostro adelgazado. Pasó el tiempo, la mujer siempre sola, y con una rectitud ejemplar. Cierta vez coincidieron en algún puesto del mercado y pudo escuchar alguna conversación con la verdulera. Su voz era clara, suave, y caía como si nada más hablara para sí misma. Recordaba su tono; recién se habían casado y aunque suave, comunicaba una alegría que podía sentirse porque le hacía cosquilla en el lóbulo de la oreja.
Muchos años pasaron. Y casi para cumplir los veinte se dio cuenta de que su mujer era íntegra; ahora estaba seguro de que no lo reconocería e intentaría enamorarla. Se hizo coincidir con ella, logró sacarle algunos monosílabos, y hasta pudo entablar una charla en la soledad de un parque, donde sin rodeos le habló como la primera vez. Ella sintió que una aguja se le clavaba en el corazón. Y aquellos ojos tristes volvieron a prenderse como un cerillo. Ella se llenó de una fina lluvia y en un instante pensó que había algo mágico en aquel hombre y al verlo con los labios entreabiertos lo tomó de la mejilla y lo besó como lo haría una muchacha de veinte años. Reconoció los labios del hombre que se ausentó y dio gracias a Dios por habérselo regresado. Él se retiró ofuscado, perdiéndose en los vericuetos de la gran ciudad y nunca más volvió a verla.

Después de la media noche

centroCasi es la media noche y las cuentas no ajustan. Me falta abrir y leer correspondencia que llegó del Ministerio de Hacienda. Mi espalda pide algo blando. ¡El calor es desesperante! Los abanicos no son suficientes. Abriré la ventana y levantaré un poco la cortina metálica para que corra aire fresco. A esta hora la gente se retira a sus casas, y la calle, poco a poco, se deshabita. Soy contador, superviso los estados financieros y hago el cálculo del tributo que el comerciante pagará al estado.
Tener trato para atender a los jefes de las dependencias, a los empleados que agilizan los trámites y a quienes nos contratan, es un trabajo arduo que exige discreción.

Miraré la correspondencia. El estilete para abrir cartas lo guardo en la bolsa de mi camisa. Si lo dejara en el escritorio, desaparecería entre los papeles.
Veamos, ésta es del Diario de la Federación dónde manifiestan un cambio en la norma 00325. Para fortuna mía, se refiere a las iglesias. Mis cincuenta años ya golpean. Ahora comprendo lo que el viejo tuvo que trabajar para comprar este espacio. ¡Me lo dejó de herencia! A los sesenta seguía con la fabricación manual de zapatos. Es un local que está en el subsuelo de un edificio de principios del siglo XX que, con el paso del tiempo, ha quedado en el primer cuadro de la ciudad.

Escucho el paso presuroso de la gente. El sonido de la sirena en la lejanía.
Me doblo como arco tratando de que el dolor disminuya, pero no, se hizo cruel. Decido reposar en el sofá que dispongo para mis clientes. Me digo que sólo será un momento. Boca abajo, y levantando un poco la testa es como mejor descanso. En dicha posición, mis ojos pueden mirar hacia la calle y ver el paso de las personas que transitan.

Ocho días después despierto sobresaltado en la cama de un hospital. Una luz mortecina sale de una lámpara que está sobre el buró. Mi esposa duerme profundamente en una poltrona acojinada. Yo trato de ubicarme mentalmente.
¿Cómo llegué a este lugar? Me questiono.

Recordé que en el momento de sumergirme en el sueño, había visto borrosamente las zapatillas de una mujer y, después, el ruido de su cuerpo recargado parcialmente contra la cortina. Al mirar sus piernas torneadas vi que una mano alzaba su falda. Ella respondía con suspiros entrecortados y gemidos. En un instante, el individuo levantó la cortina y, agachados, se introdujeron en mi local. Retozaban sobre la vieja alfombra, sin percatarse de mi presencia. Con la blusa abierta, él destrabó el sostenedor y acercando los pezones al centro, los succionaba a la vez. Ella, en silencio, metía sus dedos entre la abundante cabellera. Quedé estupefacto cuando él sacó un delgado puñal que hundió de un golpe por debajo del pezón izquierdo.
– ¡Estúpida, mil veces estúpida! –le gritaba. ¡A mí no me engañas! ¿Acaso crees que no me daría cuenta de que tú y el dueño de este sitio tienen amores?

Después de esa exclamación de odio, sacó el puñal del pecho y se abalanzó sobre mí. Cuando me daba vuelta para enfrentarlo, parte de la luz cayó sobre su rostro y, con sorpresa, comprobé que se trataba de una mujer. Fue lo último que divisé antes de sentir la punta acerada en mi carne, y la sangre que se deslizaba humedeciendo mis ropas.

La llegada del médico a la sala interrumpió mis pensamientos.
–Le daré el alta –dijo – luego de revisarme, y agregó antes de salir.
-Pero no me explico su estado de inconsciencia, ya que la herida no interesó ninguna zona vital.
Tampoco comprendió la tensión muscular en la expresión de mi cara y la crispación de mis manos cuando le pregunté por el cadáver de la mujer.
– ¿Cuál mujer, cuál cadáver? – Contestó tartamudeando.
–La que mataron frente a mí.
– ¿Se siente bien? No había ningún cadáver, usted estaba solo, tirado sobre un sillón, boca abajo, con parte del estilete clavado muy cerca de la arteria axilar. ¡No había nadie más!
Se retiró negando con la cabeza. Quedé abrumado.
–Seguramente aluciné –atiné a decir.

Una semana después, cuando estaban remodelando el despacho, ordené que quitaran el piso de madera para cambiarlo por cerámica. El obrero encontró un pequeño puñal, fino, largo, que parecía de juguete. Miró en forma furtiva a ambos lados y, sigilosamente, lo escondió debajo de sus ropas.
Yo bajé la mirada y preferí callar.

La foto

mujer caminandoEl cura penetró al dormitorio de la señora Josefina Santa Cruz. Sobre la pared, la imagen de Cristo, una foto de ella con el obispo. En otra se le miraba con el pelo largo, pantalón deportivo y caminando entre los eucaliptos. Tenía el clavo de un probable infarto. En su lecho, el pelo caoba y trenzado. La mirada fulgía ajada y tierna. Su médico ya había iniciado tratamiento y en breve llegaría la ambulancia.

El cura Anselmo recordaba las veces que organizó a la comunidad para que la iglesia se mantuviese. La recordaba rezando en la capilla. Lo hacía a solas. Su conducta humilde, servicial. ¿Qué podría confesar, si en ella todo era cristal? Preguntó suave.
—¿En qué has ofendido al Señor?
—Males antiguos regresan y deseo estar preparada. No lo he ofendido, pero quiero llegar hacia Él, con mi mejor traje.
—Siempre has sido transparente, hija mía.
—Mi vida en la comunidad la he hecho con las ventanas abiertas, pero hay espinas que siguen.
—Te escucho.Sigue leyendo «La foto»

El sueño de Eunice

etudiantesDurante la noche tuvo  un sueño inquieto. Miraba las cosas como las ve el pasajero que va dentro de un tren en movimiento. Se despertó cuando la máquina se detuvo, pero  volvió a dormir. La máquina había tomado de nuevo el paso.

Bailaba  en un salón con lámparas de cristal con un sujeto sin rostro. Dejó a su pareja y fue hacía el jardín.    El riachuelo fluía rápido. Se sentó en la banca, sobre ella había un árbol y al lado un farol.

Una voz la sacó de sus cavilaciones y sintió miedo. Instintivamente se volteó.

—Buenas noches… perdona ¿te asusté?
—No —contestó ella, con fingida serenidad.
—Disculpa, es que te vi sola.
—Disfruto la noche.
— ¿Me puedo sentar a tu lado?
—Ya me iba.
—No quiero importunarte, acabo de llegar y me agradaría platicar, pero si no lo deseas, me retiro.
Con pasos cortos, el individuo comenzó a retirarse; se sintió descortés y le gritó:
— ¡Espere!Sigue leyendo «El sueño de Eunice»

EL REGALO

Nuestra amiga Gaviota nos ha invitado a participar en un juego, se trata de escribir un pequeño relato y publicarlo en su blog: Gaviotas con amor.

Las personas que participen, además de publicar el relato, deben elegir a seis compañeros para que hagan lo  mismo. El mejor texto se llevará el premio honorifico: El Corazón de Chocolate.

Los amigos que han ivitado son los mismos amigos que tengo.

piedraEs media noche y por la ventana se cuela una brisa que llega de un mar lejano. Frente al monitor, ella lee un poema en voz baja. Visualiza las imágenes y piensa en su juventud. Inquieta, va hacia la cocina para tomar un vaso de agua fresca. Regresa y vuelve a leer. Con prisa escribe un comentario al autor.  Al ducharse el agua que cae sobre la piel,  la asocia a un fragmento del poema leído. Apaga la luz y sabe que mañana será un día de trabajo duro.

En un punto distante, él da lectura a los comentarios que su poema ha motivado. Uno de ellos dice: “La forma en que ofrece sus versos se aparta de lo clásico, pero es más audaz. El contenido es de un erotismo que sacude sin que tropiece con lo vulgar”. Sonríe y contesta dándole las gracias. La invita a intercambiar opiniones, por lo que añade su dirección electrónica.

Después de caminar, desayuna e inicia labores de supervisión en una compañía distribuidora de libros infantiles. Él es un agente viajero que se dedica a la venta de refacciones para autos. A ambos les queda algún tiempo libre que lo disfrutan contestando mensajes de agradecimiento a las personas que reseñan sus escritos, después, coinciden ocasionalmente para platicar por el messenger. Ella en su casa, él sólo cuando encuentra el servicio en los pueblos que visita.

VEINTICINCO AÑOS ATRÁS.

Los turistas salían en grupo; a ella le decían la pequeña. Cuando no la veían, la buscaban.

La tarde vieja se iba. Ella miraba en los aparadores: el vestido, la bolsa, el zapato, y la orfebrería trabajada en plata, pero había un collar que no estaba en ninguna vitrina. Lo vendía un artesano que los tejía con hilos y cordones de luna y, poco a poco, iba forjándolos con grecas, cruces y tejos entreverados de colores; es el amarillo el color que mejor resalta.
– Es la piedra de tigre, así le decimos allá de donde vengo. Mire, tiene forma de corazón y será de buena suerte para el amor. Cómpremela güerita.

Se colgó el collar y el corazón atigrado lucía bien en el nacimiento de sus pechos. Las mujeres maduras  aplaudían el buen gusto. Caminaban en grupo mirando las estatuas que adornan la banqueta y llegaron a una parte muy arbolada donde un saltimbanqui actuaba. Era una alameda.

Él llegó a la ciudad para hacer un curso sobre ventas. Éste había finalizado y tendrían una ceremonia con algunos empresarios. Faltaban aún dos horas y decidió dar un paseo por la alameda. Poco después, se encontraba entre la gente que aplaudía las gracias del bufón.
Cuando  terminó, cayó un aguacero. Él encontró una saliente de un pequeño kiosco y ella también. Estaba inquieta, nerviosa, viendo para todos lados tratando de encontrar a las compañeras de viaje. Él se percató.
— ¿Busca a sus familiares?
Ella no supo qué contestar, pues ignoraba las intenciones de él.
— No desconfíe, —dice— sólo trato de ayudar.
Ella sonrió nerviosa.
— Gracias. Dijo despacio.
El chubasco no cede y la humedad redobla el frío. Ella temblaba. Él sacó el paraguas.
— ¿Desea que vayamos al café que está enfrente?
Los dos, bajo la sombrilla, tenían que mirarse, y él vio el color azulado de su iris.
—Sus ojos tienen la belleza del cielo.
Ella salió del paraguas y miró hacia arriba. Él, sorprendido, irrumpió en una franca carcajada.
—Es usted muy irónica. Sólo quise decir del cielo limpio, no éste.
Casi llegaban al restaurante:
—Lléveme a dar una vuelta, hay una estatua que no pude verla —pidió ella.
— Nos vamos a mojar más.
— ¿Es de sal? –inquirió ella.
Se van perdiendo entre el agua y el correr de la gente. Sonríen. Al salir de la arboleda, ella escucha que su nombre es pronunciado a coro.
—Allí están mis amigas. ¡Es usted muy gentil!
Corre hacia ellas.

Él se quedó atónito. Tocaba su boca sin creer aún que los labios de ella lo habían besado. Ella se perdió de su vista cuando alcanzó al grupo de amigas.

PRESENTE 

Es un correo electrónico que ella lee.
“Este día ha sido pesado. Tuve que internarme entre los pueblos del valle con temperaturas hasta los cuarenta grados, o más. La venta fue pobre; regresé al hotel empanizado por el polvo, cansado y pidiendo a gritos un baño. Tu correo es un estímulo para no enojarme con la vida. La lectura que me ofreces de la visión del principito me produce una emoción plena, me hace verte rodeada de niños, escuchando atentos las historias que les cuentas”.

Ella le hace llegar una serie de fotos. Una llama su atención: es una joven demacrada de mirada ausente. Está recostada en una poltrona. Explica en el correo que un día antes tuvo vómito, que recién había llegado de un largo viaje.

En la noche, entre sueños, veía los ojos de la joven: parecía un ave que entraba y salía por la ventana de su mente. En la mañana decide ampliarla y observa que el vómito no puede dar una mirada tan lejana. Se lo refiere. “Eres muy imaginativo” -le contesta. Él no insistió, pero a hurtadillas veía la foto y descubría la sensación de haberla conocido antes, sin embargo, meditó que la confusión era lógica, pues tenía fotos actuales de ella.

La ocupación de ella era adiestrar a los trabajadores para facilitarles la venta de los libros, así como supervisarlos en el campo. Ese día terminó su actividad. Estando cerca de la casa de sus padres fue a visitarlos. Su mamá salía del baño. Sentada en el tocador le ordenó:
-Por favor, ve a mi recámara y tráeme mi collar de oro. Si no lo encuentras allí, mira en el guardajoyas que me regalaste.
Efectivamente, no estaba en el primero, y miró en el segundo: era una canasta de mimbre de colores, y recordó el obsequió que hizo a su mamá. Tomó el collar de su madre, pero arrastró otro al mismo tiempo. Al observar los cordones de plata que servían para mantener fijas las obsidianas, recordó el viaje, la compra, la tormenta. Se percató que la piedra atigrada del collar había desaparecido. Sutil, le comentó:
– ¿No te acuerdas? ¡Qué memoria tienes! Me dijiste que te lo guardara y eso hice, allí está, como me lo diste. Nunca más lo volviste a mencionar, pero si deseas, llévatelo- le contestó su mamá.

Tanto para él como para ella, el tiempo corrió como los trenes subterráneos. Los sueños se quedaron en alguna parte de la vida y llegaron los deberes y la crianza de la prole. Muchas alegrías se abrieron a medida que los hijos crecían. El tiempo era un constante caer de hojas en las que las obligaciones entraban temprano y salían muy tarde. Es como estar en un permanente claroscuro, o como si los días hicieran la misma coreografía.

Ella estaba unida con un corredor de bolsa, hombre prudente, sin tacha, que le exigía atención. Él, en otro punto de la tierra, se percató que el sueldo que ofrecía una empresa sólo es para subsistir, por lo que intentó abrirse paso por sí mismo, pero las condiciones del país no favorecían. Salía muy temprano y dormía en hosterías pobres para no excederse en gastos. El tiempo se le iba en visitar pequeños talleres y ofrecerles su mercancía.

En los últimos años los días empezaban con ese gris sucio. A medida que volaban las horas, la mácula iba dejando lugar a pequeños brotes que llegaban pálidos. Por la noche, toman un tono verde incierto. Leer los correos que intercambiaban los hacía mecerse en otro espacio, salirse del tiempo. Para Navidad habían acordado intercambiar regalos, sin tener que comprarlos. Algo de ellos.

Al abrir los paquetes, él se encontró con un collar de obsidianas sujetos por hilos de plata. Ella con una piedra en forma de corazón con un ámbar trozado por rayas negras que le recordaba los destellos amarillos de las lámparas y la penumbra parda de los álamos.

piedra

Una vieja casona

2539225478_af147b42be_m1

El autobús se detiene cada kilómetro. Los tráileres avanzan simulando hipopótamos en el fango. Cierro los ojos, respiro profundo. Pienso en el día que la conocí.

Trabajo para el licenciado Solórzano. En el despacho, laboramos diez personas. Es una casona antigua en las afueras de la ciudad. Hay oficinistas, licenciados y personal de mantenimiento. Mi responsabilidad es en el área de cobranza, pero me gusta ser útil. Mi esposa falleció y el cuidado de mi hijo se hizo relativo cuando él me comunicó que se iba a vivir al extranjero. Así que mi jefe un buen día me comentó: deja de rentar y acondiciona el sótano para que vivas.

Por la mañana camino, riego el prado y fabrico andamios para que los rosales suban por las paredes. Estas rosas disfrutan exhibiéndose,  a costa de que sus tallos se quiebren. Antes de subir a la oficina, practico la guitarra y en voz baja canto. Una mañana, llamaron a mi puerta, quizá pensando que se trataba de una bodega.— ¿No quiere un café? —Escuché.

Al abrir, me encontré con una muchacha de veinte años, con cara de sorpresa. El rulo de su pelo negro caía sobre la frente y danzaba de un lado a otro. Vestía blusa color azul y falda de medio vuelo gris.

Mitza fue contratada para ordenar el archivo. Un trabajo meticuloso, que exige discreción y seriedad. El trato diario, la ayuda que le presté en sus primeras semanas bastaron para hacernos buenos amigos.

La casa vieja había sido convertida en una oficina funcional, pero nadie podía quitarle el olor a intimidad: su sala, cocina, el traspatio, la biblioteca, sus vericuetos y mi guarida que decoré con reproducciones de Cézzane,  Gauguin,  adornaban la pared. La guitarra colgaba en una esquina y ésta me reparaba del cansancio y del silencio.

Salía con frecuencia fuera de la ciudad, atendiendo diversos asuntos. Casi siempre, regresaba el mismo día; sólo había dos puntos en los que tenía que pernoctar; si bien estaban distantes, compensaban por el paisaje exuberante y la bondad de las personas.

Un día de verano,  pregunté: ¿Qué va a hacer este domingo?,  Si gusta del agua, la invito a mojarse y a comer.Sigue leyendo «Una vieja casona»

El viaje

Huí, sin decirle a nadie. Salí de la tierra agrietada, del aire con sed. No me importó, pues a nadie extraño. Llegué a la ciudad. Nada fácil fue ganarse la confianza de la gente que sospecha hasta de las mismas paredes. Ayudante de velador, barrendero, mozo, limpiador de oficinas y desde hace meses me tienen en el archivo. Tengo un departamentito donde paso las noches y, aunque está en el último piso, es mi cueva que con lo que otros desechan, la he amueblado.

Desde hace meses, la inquietud me asalta. Me he percatado que mi cueva se reduce. Los programas de la televisión que me entretenían, ahora, son indiferentes. Las canciones de moda me aburren. Por accidente, escuché una estación de Radio Universidad, me gustó, pero no pude soportar el violín, sentí la necesidad de salir y caminar.

Por las noches, de regreso, hacía caminatas para engordar mi cansancio. Me veía en los espejos de los grandes almacenes: flaco, de bigote parado y de orejas caídas. El aire de las calles es voluble: humo de fritangas, olor de fábricas, coladeras sin tapa. La brisa en mi depa, me devolvía el vigor, sólo era cuestión de abrir las ventanas y el viento de la noche enriquecía el ambiente. Ahora, ha cambiado, ya no sucede y tengo que respirar frecuente, porque el aire no me llena. Iba de una ventana a otra; y de la otra, hasta la puerta. El sueño se ausentó y para calmarme, necesité fumar, se me adosó tanto, que si no tenia visible una cajetilla de cigarros frente a mí, salía a buscarla, así fuese en la madrugada. Una noche, el portero del edificio tocó al departamento, pues escuchó un grito. Le dije que había sido yo, que tuve un mal sueño. Opté, entonces, por dejar el radio prendido.

Para contrarrestar la somnolencia, abusé del café. Me sentía bien una o dos horas, pero después sobrevenía la fatiga. Un día, cuando compraba, la dependienta preguntó si estaba enfermo, le dije que no. Me siento bien y doblé el brazo para enseñarle mi “conejo”, pero la verdad, era que no rendía y hablaba sólo lo indispensable, dejé de ir a fiestas.

De vez en cuando, hacía ronda con Alberto, un amigo del trabajo; ambos tomábamos el mismo autobús.
-Andas enamorado- me decía.Sigue leyendo «El viaje»

El rescate

El timbre del teléfono repiqueteó. — Martillos golpeando campanas. Hurgué a tientas hasta que atrapé el auricular.
Había llegado después de la medianoche y mi deseo era dormir hasta que el cuerpo quisiera. Aún, estaba oscuro. Sin embargo, la insistencia del repiqueteo, me hizo pensar que podría tratarse de un asunto serio.
—Bueno, bueno… ¿Quién?
— ¿Es usted Mario Santiago?
—Sí.
Había ruido de voces y música.
— ¡Habla más fuerte, no te escucho! ¿Quién eres?
—Soy Araceli y hablo desde Tijuana.
No recordaba quién era Araceli, por más vueltas que le daba en mi cabeza. Desde este lugar a Tijuana, median dos días de viaje en carro –dos mil kilómetros– Los ojos se me cerraban, estuve a punto de colgarle.
— ¿Qué quieres?
—Que venga por su nieto, porque se quiere matar y yo no puedo cuidarlo.
Está loca, exclamé.
—Yo no tengo nietos.
—Tiene uno en Tijuana, y es de su hijo Gerardo. Yo soy la muchacha que le ayudó a su esposa un tiempo haciéndole la limpieza. ¡Recuérdeme!

La vi entre sombras. Era flaca como salamandra y lo único que sobresalía eran sus pechos. La imagen de ella estaba entre el sueño y un recuerdo deficiente. Trató de contarme más detalles, pero mi estado no era de vigilia.
—Ya sé quién eres. Lo que dices me aturde. Dame tu número de teléfono y yo me comunico contigo.
—No tengo teléfono. Le hablaré dentro de unos días. ¡Sólo quería que lo supiera!
De entre los ruidos y la música, escuché risotadas. Cerré los ojos, deseando dormir y dormir.

Fue difícil localizar a mi hijo, pues vivía en una ciudad lejana y sin que tuviese disponible un teléfono particular —todavía no había móviles. Recién, se había casado y se fue a la búsqueda de un mejor presente.
Al fin, lo encontré y nos pusimos al habla.
— ¿Cómo estás hijo?Sigue leyendo «El rescate»

Apuntes de un niño

Pasé mi niñez en una ciudad que tiene  petróleo en sus entrañas. Los directores de la empresa vivían en el lomerío, en casas de lujo. Los obreros calificados  lo hicieron en la planicie con casas  tipo “gringo”  de madera tratada. En las afueras habitaban indígenas, en  chozas con techo de palma y paredes de barro.  Mi casa era de madera con piso de  ladrillo y un patio sombreado por árboles.

El silbato de la empresa sonaba a las seis y cuarenta y cinco de la mañana y quince minutos después,  volvía a pitar y marcaba el inicio de labores. Recuerdo que gruñía,  profundamente,  en mí oído, haciéndome creer que se trataba de un buque de vapor surcando en un mar agitado y que el capitán lo conducía  río arriba,  para que los niños conociéramos un barco de verdad. Los únicos que veía  eran los dibujados en los libros,  o bien,  los armados con hojas del cuaderno.

 

Asistí a una escuela  de dos plantas con piso de mosaico, salones amplios, luminosos y por fuera, cuadritos de cerámica color café. El patio contenía una cancha de futbol, otra de básquet y  espacios para corretearse con los amigos. Era fresca y daba gusto acostarse en sus pisos. A la escuela iba en la mañana y en la tarde.

Cuando regresaba a casa  oía  el alboroto de los cotorros y,  otras veces el cielo se oscurecía. Caían unas gotas gordas que al pegar dejaban un resabio de dolor y descargaban su furia sobre los tejados. Los arroyos se formaban en instantes y era el momento para arrancarle hojas al cuaderno y hacer el barquito de papel y situarlo sobre la corriente de agua y verlo partir rumbo al mar. Imaginarlo al lado del buque de vapor, ante la sorpresa del capitán, enfebrecido por el bochorno.

 La televisión era un bicho raro, así que después de la escuela, jugábamos al trompo, a las canicas y más tarde  a las escondidas.

Recuerdo el resplandor de los quemadores de gas, que a la distancia parecían gigantes de lumbre que se mecían con el viento, permitiéndonos retozar en aquellas calles sin cemento. Cuando mamá gritaba mi nombre, sabía que era hora de volver, cenar y dormir.

Para  mí,  había  la  temporada de los aguaceros,  la del frío con su Chipi-chipi y la de jugar en la calle al futbol. Las dos primeras asfixiaban.   Para poder llegar a la escuela tenía que ponerme unas botas de hule y un impermeable,  pues en las calles se formaban lagunas que teníamos que atravesar. —Era placentero meterse al agua y chapotearla con mis botas de goma—. El impermeable era un estorbo y más de una vez,  me lo quité para sentir las gordas gotas sobre mi rostro.

Los aguaceros, en su mayoría llegaban con el anuncio de los truenos y los rayos. Mamá corría a cubrir los espejos y luego me abrazaba fuerte, muy fuerte. Después de varios días, me asomaba a la ventana y veía que el patio y las calles estaban hechos  agua. Después vendría la recompensa, pues los charcos se cubrían de gusarapos y, salían de todos lados,  mariposas que volaban en filas y que  se posaban en mis manos. Arriba como saetas pasaban las libélulas con su iridiscencia azulada. Poco a poco,  el sol tostaba el barro y volvíamos  a jugar futbol.

Las aguas del frío me encarcelaban. La gente decía que había norte; para mí significaba pasar las vacaciones escolares metido en la casa sin poder salir a jugar por días y días. Era una lluvia fina, afilada y fría, que si caía por breves momentos, empapaba la ropa y dejaba dentro, una humedad que te hacía tiritar. Le decíamos chipi-chipi.

Esos días lo pasaba en la cocina con mamá, saboreando el café caliente y un pan recién horneado que al morderlo, crujía y esparcía el sabor de la melcocha.Afuera, estaba la monotonía: la gotera que caía en la cubeta o resbalando sobre la circunferencia de las naranjas y soportando el tac que hace al tronar sobre las hojas del plátano. Cerraba los ojos y veía en mi mente a los quemadores y cómo de su tallo se desprendían pájaros de fuego. Yo volaba en una de esas aves y recorría paisajes desconocidos. Hoy comprendo que aquella lluvia tenaz me obsequió los besos tiernos de mi madre y mi fantasía.