El desvío de Rubén García García

sendero

Salí apresurado hacia el trabajo. Por la tarde fui a la casa y sin hacer charla de sobremesa, regresé para terminar los trabajos a la brevedad. Te encontré en la poltrona. Me senté en el otro sillón. Acaricié tu mano y sonreíste. sabíamos lo que significaba. El teléfono repiqueteó. Me miraste. Tengo que salir —te dije—, desviaste la cara y te meciste haciendo crujir a la madera…

Regresé en la madrugada impregnado de alcohol. Busqué una toalla para ir a la ducha y quitarme el intenso olor a noche de farra. Ese día fritaste plátanos y el café tenía aromas en la casa. Después del baño vi con satisfacción que la ropa estaba dispuesta sobre la cama para vestirme. Durante la mañana ordenaste la vivienda y sazonaste una sopa y un guisado. Todavía te dio tiempo para obsequiarme un postre de gelatina con duraznos. No recuerdo haberte preguntado si por la tarde deseabas salir, y sólo me limité a decirte lo rico que te quedó la comida. Salí raudo para continuar la labor. Por la tarde tuve entrevistas, abrí y cancelé citas. La vez que te llamé, la línea estaba ocupada y no insistí.

Llegué cuando oscurecía. Cuando peinabas tu cabello me llegó el aroma de hierba martajada y fue en ese instante que repiqueteó el teléfono. Era fácil decirles no y quedarme contigo. Los compromisos políticos son importantes – me digo – y salgo como si fuese el último evento. Luego vengo, te dije y desaparecí.

Con seguridad diste de cenar a los niños, jugaste con ellos, viste televisión y después llegó el silencio. Pasada la medianoche decidiste reposar, más el cansancio del día no fue suficiente para hacerte dormir. Quizá te dormiste preocupada en lo que me pudiera pasar.

Reflexiono que todos tus días son atareados para poder mantener el orden y la limpieza. Lo haces para que disfrutemos de un ambiente de comodidad. Así, al estar juntos, podemos charlar los pormenores del día. Tal vez me dirías con la boca llena de carcajadas, cómo fue que se tropezó el jardinero, mientras tú regabas las glicinias. Yo te contaría algunos de los chismes que dicen en la oficina. Esa noche esperabas un beso, que mi boca se perfumara de tu cabello y que te apretara la mano sensualmente, dándote a entender mi deseo.

¡Dios qué estupideces mías! Sigo en la poltrona, ella se balancea a mi lado y arrulla al nieto cantándole nanas. La veo con el color nacarado de aquella noche, pero ella no está conmigo. En alguna parte de la vida la perdí. Ambos nos mecemos, indiferentes a la danza que hacen las nubes sobre la luna.

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