Aguanta hijo de Rubén García García

Sendero

Una semana antes cayó un rayo. Aislado, que partió en dos al cedro. A golpe de hacha y machete dejó el tronco principal con pequeñas ramas por delante y varias atrás. El propósito era que su hijo jugara.

El agua llegó sin aviso. Su esposa lo despertó porque el perro no cejaba de ladrar. Al levantarse para buscar la lámpara se hundió en el barro. «¡Dios! ¡La presa se rompió!» Tomó el machete, el lazo y pensó refugiarse con su familia en casa de su compadre Filemón que había construido su casa mirando el cerro, pero cambió de idea, el arroyo no le dejaría paso.

—¡Mujer, apresúrate! ¡El agua sube rápido!

—¡Déjame soltar los animales, ¿Pero, adónde vamos?

—¡Hay que salir de aquí! ¡Tráete al niño con todo y colcha!

—¿Adónde? –– volvió a decir.

En medio del chapoteo del agua, llegaba el ruido de árboles quebrados, el chiflido del viento y el grito de los animales. A lo lejos zumbaba el río. Miró el ceibo y sólo movió la cabeza. Pensó en los demás preguntándose, ¿cómo y qué harían?

––¿Adónde? ––insistió su compañera.

—Aquí —y alumbró con la lámpara el tronco del cedro.

—Súbete y acomoda al niño en tus piernas, a él lo situaremos en medio. ¡Voy a amarrarte!

— ¡Pero no me aprietes mucho! No me vayas a lastimar mi panza.

El agua hacía remolinos que saltaban de un lado a otro como si tuvieran zancos. Puercos y becerros s lloraban en la inmensidad, eran quejidos húmedos que salían bajo del agua. A lo lejos crepitaban los troncos.

Había momentos que el agua cesaba en su rugido, para seguir minutos después. La mañana estaba cerca.

Con una mano, recorría las hebras y nudos del mecate que sujetaban el cuerpo de su hijo, y su esposa al tronco. La corriente, a cada metro rugía con más violencia.

Llegó la mañana. sólo se veían las puntas de los árboles que de lejos parecían arbustos. La luz tenue hacía que el paisaje luciera desolado y en los recodos había aún vestigios de la noche.

Pronto alcanzarían el puente nacional, sus ojos escrutaban la penumbra con el deseo de saber si la corriente del río no rebalsaría la plataforma. A cien metros, la estructura

se veía borrosa, la corriente bufaba. Se dio cuenta de que, para suerte de ellos, el agua aún pasaba bajo la estructura, pero también grandes avalanchas rompían contra los gruesos muros de hierro y cemento.

––¡Aguanta, hijo! ¡Aguanta!

––¡Papá! ¡Papá, tengo frío!

––¡Aguanta, hijo! ¡Aguanta!

––¡Mujer! ¡Mujer! ––gritó.

Sintió las manos del niño apretujadas en la cintura. Sólo contaba con siete años y era el vivo retrato de su madre.

––¡Papá! ¡Papá, tengo hambre!

––¡Aguanta hijo! Ya falta poco.

–– ¡Mujer! ¡Mujer! Abraza a tu hijo que tiene frío. ¡Cuando les diga “ya”, metan mucho aire en los pulmones y no respiren! ¡Aguanta todo lo que puedas, hijo!, ¡aguanta!

–– ¡Recuerden! ¡Cuando te diga ya!

–– ¡El puente! ¡Agáchense ya!

Fueron segundos eternos. A punto de estallar levantó la cabeza, y el viento en la cara.

–– ¡Hijo, hijo…! ––quiso palpar y sólo sintió la humedad y el frío.

–– ¡Hijo, hijo! ––gritó con más fuerza.

–– ¿Ya puedo respirar, papá?

––Sí, hijo, respira.

El agua se mezcló con un instante de felicidad.

–– ¡Mujer! ¡Mujer! ––gritó, hijo, ¿y tu mamá?

––Ya no la siento, papá.

Apretó los dientes, crispó las manos y los sollozos los ocultaba los gritos del agua y del viento.

Allá muy cerca, en el pueblo grande, se veía a las lanchas en busca de sobrevivientes. El aguacero había amainado, y una llovizna caía nublando sus ojos. El niño aferrado a la cintura del padre y él a las ramas.

Días después, la encontraron en la playa boca arriba y con las manos sobre su vientre.

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