Frente al mar contempla la puesta del sol. La brisa contiene perfumes de Sirena. El fresco hurga sus pechos. Entrecruza las piernas. Los brazos reposan sobre el abdomen. Dormita.
La imagen de la hermana mayor le punza. Vio que ella estaba sentada sobre las piernas del novio.
Despeinada. Respira profundo, sus pechos empujan la blusa; germinan sus pezones. Entrelaza sus piernas una y otra vez. Se inquieta. La rebalsa el bochorno, Hay un rosario de latidos en su vientre. Cierra los ojos y vuelve a recordar que su hermana que es besada en la nuca, las orejas y su cadera se mueve como trompo próximo a desfallecer. Está roja, y gime.
Los dedos de su mano derecha están bajo el short. La mano laboriosa y gatuna salta al monte de Venus y retoza.
Baja del árbol cargada de fruta. Sus senos brincan en cada salto que hace. Sabe lo que no quiere: terminar maltratada y enferma como su mamá. Anhela vivir en un departamento, lucir vestidos, collares, zaptillas. Quiere ser profesionista y que necesita constancia y, dinero que su familia no tiene.
Es una adolescente que sabe lo que quiere y frente al espejo del baño enjabona y acaricia sus armas.
Hay un hombre en la choza. Afuera hay silencio, soledad y árboles petrificados. Duerme profundamente, y un dolor en el tórax lo despierta. Se sienta, se masajea la parte adolorida. Recuerda la cita bíblica: “Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre”. impulsado por la fuerza de la fe, pregunta ¿¡eres tú Eva!? mira a su alrededor y solo encuentra el esqueleto de la araña.
Había una corredera de gatos… Gato mirado, era gato muerto. Las ratas proliferaron, ni que decir de las pulgas, que las tenían saltando de rata en rata y de rata hacia los humanos. La sangre de la pulga no era tan dulce como la de la gente. La pulga era el insecto adecuado para un microbio, le servía de alimento, de transporte y por la voracidad la pulga salto hacia la multitud. Si Atila fue el azote de dios, la rata, la pulga y la Pasteurela fue el azote del hombre. Olvidaba a los gatos crucificados. Y las aves escucharon: Creced y multiplicaos, y llenad la tierra (Génesis 1:28)
Te es sencillo doblar y desdoblar nubes como si estas fueran edredones. En la noche, cuando el sueño se esfuma, tus ojos de laguna negra caen en el manto luciente de iridiscencias y juegas ajedrez en los cielos con la osa mayor. ¿Qué aroma tienen las estrellas? ¿Qué secretos te ha contado la luna? Animal celestial, que siempre estas mirando a Dios, que terrible para ti, inclinar tu cuello¿ hasta la suciedad para beber el agua terrenal.
Las iguanas abultaban a los tallos de las ramas. Algunas se confundían con los frutos de la guanábana. Esa noche tanto frío se sintió que por la mañana el pasto crujía al caminar sobre él. Iba con mi padre, y al paso encontramos a las iguanas tiradas en el suelo, “¿están muertas pa?” No hijo, “solo dormidas”.
Cuando el sol salió, corrieron a los arboles a posar como estatuas.
El pueblo habló, y a ese día en junta de cabildo, se le conoció como el día que llovieron iguanas.
La tarde envejece y en el claroscuro pasó el ranchero montado en su yegua. Él de sombrero y con las manos en la rienda. Bronco de cara y charreras de plata. A quien no logré divisar fue al caballo. Aunque se escuchaban los cascos sobre la laja.
Antes de que abra la noche, la tarde de su chistera no emociona con el brincoteo de las sepias. Las nubes mórbidas y con sobrepeso caminan lentas en el cielo donde la osa mayor se maquilla. El sol aun da la nota roja que se desvanece tiembla y deja en el aire una respiración con silencios y estertores. A los lados del río el puzle de piedras se ha tenido de añil. La linea definida se ha vuelta grotesca y los montes se van perdiendo en la mirada los montes. El pardo de la tierra va cubriendo el todo.
El río corre dando golpes y revuelca remolinos. Bajo el chapoteo del agua, anima el canto intermitente de las ranas. La noche se da por instantes al silencio y al sopor le crecen olores de flores trituradas. Nada perturba, los gusanos dejan de roer y el sopor, el silencio y las sepias se tensan cuando el monte pare el silbido profundo de la serpiente. El sol ha muerto.
Su delicadeza me ganó y durante meses fui su amante. Mi esposo en la construcción de su novela interminable, nunca se dio por enterado. Me confundía y mi estado de ánimo iba de un extremo a otro. Me decidí a dejarle pequeñas pistas, hasta que una de esas veces que teníamos intimidad en vez de gritar ¡Oh dios Roberto!, dije Antonio. En la sobre cama me dijo con una calma de franciscano: «¿Quién es ese Antonio?».
Con Antonio las cosas fueron más sencillas, «mi esposo sabe de nuestra relación». —le dije— Con el tiempo ambos me preguntaron lo mismo y por más que evadía ese tipo de cuestiones poco a poco supieron de mis preferencias y de las suyas.
Un día, me dijo que lo invitara. La cena y los vinos fueron una delicia.
—¿De quien fue la idea del menú? —está excelente todo un agasajo. El vino afrutado tierno es ideal para la langosta. Buen gusto… —la idea del menú y de los vinos fue de Antonio. La platica siguió por dos horas y aunque se habló de todo, no hubo discrepancias, llegó el momento de despedirse, y estando en la calle, dice Roberto «la otra cena la invito yo.
Ayer llamó Roberto y estaba con deseos de él. Pero no escuché esa palabra que te enciende “a dónde vamos a comer chiquita” En la plática estuvo un tanto evasivo, al final se decidió y me dijo: «Pásame a Roberto».
El camino rojo tiene una alfombra de hojas. ella al pisar amolda su pie, él hace el ruido de una escoba que barre. Es un paseo bajo una mañana fresca, tibiamente soleada.
— Cuando despierto pienso en vos.
— Gracias. Yo no pienso en nada, me arremolino en la cama y trato de relajarme y después le doy gracias a la vida mientra me baño.
— ¿Qué día dejas tus quehaceres y desayunamos juntos, como hace quince años lo hacíamos?
— Buenos momentos que aprecio. Recuerdo tus disertaciones. Debo reconocer que en derecho laboral, eres un conocedor de primera.
— Es que tenía una mujer bella e inteligente que me sabia escuchar.
—No me hagas reir, siempre te rodeaste de alumnas guapísimas.
— Me agradaba tu don de gente. Que sin egoísmos compartías tu saber.
— En cambio yo me enamoré de ti.
— Me haces reír, en ese lapso te enamorabas de todas. No eras para mí, ni yo para ti. Tú querías un sueño y yo estaba lejos de ser eso.
— Deseaba que camináramos como uno solo. Esposos ante la sociedad y ante Dios. Como lo fueron mis padres, mis abuelos.
— Tú deseabas una mujer que te siguiera. Yo tengo sangre nómada.
— Hubiese deseado leerte en la intimidad de una chimenea.
— Es tierno; mas no me llena, porque me gusta saber que sucede fuera de mi casa, trabajar para comprar mis cosas y ser sostén de mis padres. No me gusta depender de nadie.
— Pero, nos amábamos.
— Yo te admiraba
— Te hubiese conquistado.
Ella se queda en silencio y mira a la lejanía. Los rayos de luz entre los árboles abren una puerta.
— Me conquistaste. Pero nunca te diste cuenta. Tal vez pensaste que era una broma, no lo sé, Te lo hice saber. Fue un instante que la alegría de tenerte rompió en ola y sofoqué un momento mis deseos de fuga. ¡Joder! te tardaste. cuando decidiste solo quedaba la espuma sobre la arena. —Todo tiene su tiempo. Tuviste miedo a lo que dijesen tus hijos tu familia estirada. Recién había terminado la licenciatura. —Te diré que me vuelvo una mujer frágil cuando amo. Y tú jamás te diste cuenta. —Regresemos mi buen amigo, el viento arrecía y las nubes se ven amenazantes. Tus hijos están lejos y la única que viene a verte soy yo. Es mi manera de agradecerte lo que me enseñaste. Dentro de una hora estaré marchando para apapachar a mis nietos y tú cenaras con tus amigos del asilo.
¿Recuerdas aquel día que quedamos a medias…? Es tiempo de terminar lo que un día iniciamos. Te llevaré a las playas del mar de Lilith. A mí no se me olvida la noche que regresó tu marido y tuve que saltar…
Al abrazarte, te percibo lejana. ¿Qué te preocupa? Solo sonríe y percibe. ¿La lejanía de tus hijos? Entiendo. La soledad como en las paredes se ha incrustado; el salitre brota y serpea. El hombre dientes de sable se fue. No te valoró; y será tarde mañana. El duelo no es eterno; la vida sigue. Solo es cuestión de que des el primer paso. Atrévete, que la soledad es buena consejera cuando está de visita, pero si se queda a vivir contigo es un cáncer.
Nadie vendrá a tocar a tu puerta, eres tú quien debe de tomar la decisión. Y, ya basta de llorar, una vez pasa, pero todos los días no es saludable.