Ella tenía veinte años y yo era un chamaco. Su pelo danzaba cuando subía por los escalones y bajo la rodilla tenía un lunar en forma de ala.
Un día le pedí un beso, ella movió la cabeza y me dio la espalda. aunque logré mirar una mueca que me pareció una sonrisa. La miraba en silencio todos los días. Una tarde me llamó a su oficina.
«Te voy a dar el beso, no soporto tu mirada pedinche». La veía hacia arriba, había almendra en sus ojos y una corona de oro en su diente medió. Cerré mis ojos, sus labios sobre mi frente, por un momento sentí la decepción, y un poco antes de abrir mis ojos, sus labios encontraron los míos. Soy un viejo, pero si me toco el centro de mi boca vuelvo a sentir sus labios y mi juventud aparece.
Era una tía lejana, porque radicaba en el extranjero, y también era de tercer grado. Viuda regresó al pueblo. Me tomó como su secretario. Esa vez le preparé su baño y poco después me llamó enérgica, pensé para mis adentros «¿Qué habré hecho mal?»
Sigue siendo mí tía lejana, pero esta tarde en la tina, acortamos distancias.
La tierra apelmazada se suelta por las navajas de una ave. En el cielo hay una nube gorda, perezosa, que simula una vaca negra. Llueve, llueve a cántaros y por una brevedad humedece el ejido. El aroma dormido despierta. Es olor a tierra mojada que se esparce. Es un olor viejo de vida, es cavernícola. Olor que a los muertos despierta y los hace recordar su niñez. El sol irrumpe poderoso y la memoria se cierra, para volver a la eternidad del silencio.
Solo Tiresias sabía de mi viaje y pasé a despedirme. En la bolsa acomodé la flauta, los maderos, cuerdas y un ramo de hierbas aderezadas por el sereno y la luna. «suerte y buen viaje» me dijo cuando me abrazaba.
Un mes después, en la puerta al inframundo toqué con maestría la flauta y las tres cabezas del perro se durmieron. Caronte me dijo, al bajarme de su barca, «no tienes mucho tiempo». La vi en su sueño profundo y unté en su frente el humor de las raíces. Con dos tablas y las cuerdas inmovilicé su cuello. Poco antes de la salida se oyó una voz imperativa atrás de ella: «¡A dónde vas!» Ella quiso voltear, pero no rompió los amarres. Corrimos hasta ver el día. La mujer florecía en lágrimas al abrazarse con sus hijos, que decían «has vuelto mamá».
Llegó abrupto. Entró como el filo en un rojo tomate. El mayo soleado dejó paso a un día invernal. Desaparecieron las moscas y el gato adormilado salió hacía el tejado, pero se regresó antes de que la puerta se le cerrara. Al fondo del patio las gotas frías y afiladas caían sobre el naranjo. El árbol esperaba un chubasco que lo limpiara del polvo y no la insolencia de este frío que lo estremece.
La lluvia se hace más helada y el naranjo no sabe donde guardó la gabardina. Mi madre corre con una sábana de plástico y lo cubre.Ella ama las naranjas dulces que desde niña le ofrece su amigo y ella disfruta.
El clavel es la flor favorita de nuestra comunidad política. El otro quehacer que ejercitan con maestría es el de la “vista gorda” Muchos son adictos a los dos, y los de mirada obesa se justifican diciendo que apenas si pueden ver para no caerse de los escalones.
Era un reprobador de matemáticas empedernido. Tenía un tio abuelo, que mi padre lo acogió en su negocio. Empezó a darme clases y los problemas que me presentaba se los respondía con acierto. «Sí sabes, eres listo. Con seguridad tus maestros no han reparado, o quizá sean impacientes. Sí sabes me repitió» En el examen de última oportunidad logré una calificación aprobatoria y seguí mis estudios de preparatoria.
El buen maestro prende los interruptores de luz que tiene el alumno y después él será capaz de aluzar su camino.
Mi Tio-abuelo Félix me dio lo que me faltaba: que alguien creyera en mí.
Felicidades Félix Austria donde quiera que te encuentres.
Fui a Tlen. Dos días y a la vera del sendero llegué a un campo de piedras encimadas, y algunos hoyos a medio cavar, ¿o buscaban agua, o tesoros? Dicen que por este rumbo campeaba la banda de los Ali hace décadas. Había un socavón. El tiempo y los remolinos lo llenaron de hojas y arena de desierto. De él sobresalía un árbol de pirulí, una frutita roja vistosa que la disfrutan los pájaros viajeros. Me senté a la sombra y al poco tiempo llegaron varios tipos de aves que hicieron un barullo grandioso. En aquel silencio cubierto de lajas y yuyos un árbol tenía su fiesta. Así que me uní a la chifladera.
Han pasado tres meses de que inició el curso de bioquímica, Ya los conozco bien. Algunos son brillantes, otros con dificultad, pero caminan y otros están atascados. «su calificación trimestral se las daré en privado» El examen no lo hacían los maestros sino el departamento correspondiente. Cómo no voy a estar en problemas sino había comprado el libro y con eso me justifiqué. En clase, comentó el maestro: «ya tengo claridad de quienes se perfilan a repetir la materia» Me encontré con su mirada verde. Se me atragantaban las formulas y volvía una y otra vez al inicio, era inútil. Me veía rodar por el desfiladero. Y empecé desde la introducción e ir párrafo por párrafo para que me llegase algo de oxígeno. En el segundo trimestral pude alcanzar el seis y él irónico: «García, encontraste una tablita, o afilaste la mirada» Sus exposiciones eran destacadas y hubo una luz, cuando él llenaba el pizarrón de letras y números. En clases sentía su mirada glauca correspondiente a un güero y un pelo castaño. En el pasillo, en el salón me comentaba. Desiste, Te espero en el próximo curso. El día que lo vi sonreir fue la vez que me lanzó una pregunta y se la contesté con acierto. En el tercer trimestral tuve una calificación de ocho. Con esta calificación estas exento García «no sé como lo hiciste, pero lo hiciste» Para los que no estaban exentos se les dio fecha. Me presenté al examen final y cuando me vio me dijo «¿Y que andas haciendo por aquí?, si te presentas al final y me sacas cinco, esa será la calificación final». Volví a repetir el ocho y el maestro güero, glauco de ojos y pelo rojizo me dio un fuerte abrazo y al oído me dice: yo sabía lo que eras, solo había que picarte el orgullo.
Le había dado todo la vida, menos suerte con las mujeres. Siempre oyendo la radio, porque las féminas habían rehusado el «aventón» en su auto. Adquirió una muñeca igual a una adolescente rubia y la hizo su copiloto. Se dejaba ver por el centro, plazas de conveniencia, clubs de boliche. La muñeca acomodada de tal modo, que parecía una novia amorosa. Hizo lo mismo con otra muñeca, ahora morena con el pelo alborotado. Esta mucho mas atrevida, tanto que parecía ir besando su cuello.
Fue la comidilla de los círculos femeniles y más de alguna de ellas movía la cabeza, reprochándose. Otra se hizo la aparecida y le sugirió ir a cenar. Recibió invitaciones y decía que sí, pero después se excusaba por no asistir. «seguramente tu novia no te deja» y él sonreía socarrón. Tomaron como cierto el rumor de que se había casado y ahora las insinuaciones se hicieron atrevidas. En el circulo femenil se decía que un hombre con experiencia era mejor que cualquier mozalbete.
Amaba a sus muñecas, siempre fieles y calladas; tampoco eran celosas.
Tomado del Fb del muro de Norah Hernández Perales El maravilloso poder de las palabras. Leticia, piojos y cuentos. Adaptado por el profesor Veracruzano: Víctor Manuel Cruz Castañon.
Leticia fue mi alumna en la escuela ‘Justo Sierra», en plena Sierra. Tenía 11 años de edad. Once años conociendo las carencias y la mugre de la vida. Siempre con la misma ropa, heredada por una tradicional necesidad familiar. Once años batallando con los bichos de día y de noche. Con una nariz que como vela escurría todo el tiempo. Con el pelo largo y descolorido sirviendo de tobogán a los piojos. Aun así, era de las primeras en llegar a la escuela. Tal vez iba por los momentos necesarios para soñar que era lo que no; aunque enfrentara el rechazo y el asco de los demás.A la hora del trabajo en equipo nadie la quería. No dieron la oportunidad para demostrar qué tan inteligente era: el repudio fue lo que Leticia conoció. Me desconcertaba el hecho de ver que algunos varones con características semejantes a las de Leticia eran aceptados por el resto de las niñas y los niños, pero no ocurría lo mismo con Leticia y las niñas. A mí sólo se me ocurría hacer recomendaciones que nunca fueron atendidas. En ese tiempo me preguntaba: ¿de qué sirve leer cuentos a esos niños que no han comido?; ¿serviría de algo alimentarlos con fantasías? Yo creía que sí, pero no sabía hasta dónde. Constantemente les brindaba relatos, sobre todo en la mágica hora de lecturas, dos veces por semana. Un día conté «La Cenicienta» y cuando llegué a la parte en que el hada madrina transformó a la jovencita andrajosa en una bella señorita de vestido vaporoso y zapatillas de cristal, Leticia aplaudió frenéticamente el milagro realizado. Había una súplica en su rostro que provocó la burla de los que no tenían la misma capacidad ni la misma necesidad de soñar. Esta vez hubo recomendaciones y regaños.En otra ocasión, pregunté a mis alumnas y alumnos: ¿qué quieren¬ ser cuando sean grandes? Y el cofre de sus deseos se abrió ante mí: alguien quería ser astronauta, aunque al pueblo ni el autobús llegaba; otros querían ser maestros, artistas o soldados. Cuando le tocó el turno a Leticia, se levantó y con voz firme dijo: “¡Yo quiero ser doctora!» y una carcajada insolente se escuchó en el salón. Apenada, se deslizó en su banca invocando al hada madrina que no llegó.Mi labor en esa escuela terminó junto con el año escolar. La vida siguió su curso. Después de quince años, regresé por esos rumbos, ya con mi nombramiento de base. Hasta entonces encontré algunas respuestas y otras preguntas. Las buenas noticias me abordaron en autobús, antes de llegar al crucero donde trasbordan los pasajeros que van al otro poblado. Llegaron en la presencia de una señorita vestida de blanco.-¡Usted es el maestro Víctor Manuel!… , Usted fue mi maestro! –me dijo-sorprendida y sonriente. El que podía encantar serpientes con las historias que contaba.Halagado, contesté:-Ése mero soy yo.- ¿No me recuerda, maestro? -preguntó, y continuó diciendo con la misma voz firme de otro tiempo- yo soy Leticia … y soy doctora …Mis recuerdos se atropellaban para reconstruir la imagen de aquella chiquilla que en otro tiempo nadie quería tener cerca.Se bajó en el crucero dejando, como La Cenicienta, la huella de sus zapatillas en el estribo del autobús … Y a mi con mil preguntas. Todavía alcanzó a decirme: – Trabajo en Parral … búsqueme en la clínica tal… y se fue …Un día fui a la clínica que me dijo y no la encontré. No la conocían ni la enfermera ni el conserje. ¡Era demasiada belleza para ser verdad! «Los cuentos son bellos pero no dejan de ser cuentos», me lamentaba. Arrepentido de haber ido, y casi derrotado, encontré a la directora de la clínica y hablé con ella. Lo que me dijo, revivió mi fe en la gente y en la literatura:-La doctora Leticia trabajaba aquí -me contó-. Es muy humana y tiene mucho amor por los pacientes, sobre todo con los más necesitados.-Ésa es la persona que yo busco -casi grité.- Pero ya no está con nosotros-dijo la directora.-¿Se murió? -pregunté ansioso.-No. La doctora Leticia solicitó una beca para especializarse y la ganó … ahora está en Italia. Leticia sigue aprendiendo más y enseñando sus secretos para luchar. Yo sigo queriendo saber hasta dónde llega el poder de las palabras; ¿cuál es el sortilegio para encantar a las serpientes que jalan a los descobijados?; como profesor, ¿qué puedo hacer para equilibrar la balanza de la justicia social ante casos parecidos?; ¿cuándo empezó el despegue de los sueños de Leticia en cuanto al resto de sus compañeras y compañeros?; ¿dónde radica la fortaleza de las mujeres que superan cualquier expectativa?Ya no quiero ser el maestro de Leticia: Ahora quiero aprender. Quiero que me enseñe cómo evoluciona una oruga hasta convertirse en ángel y, sobre todo, quiero descubrir cuál fue la varita mágica que la convirtió en la Princesa del Cuento.
Cuento adaptado por el maestro, Víctor Manuel Cruz Castañon.
Aquella tarde, furtivo llegué a su palacio. Detrás de los guerreros de piedra le declaré mi amor. Ella supuso que me burlaba de ella. Para nada, mi deseo no era darle muerte, y como muchos quedé convertido en piedra.
Mañana vendrá Perseo.
Estoy entre cuerpos de roca y el otoño llega lúgubre y gélido. Me azota el viento frío del sur, pero ni eso puede congelar la tibieza de su recuerdo. Todo el tiempo la contemplo y si ella me tocara, sentiría el latido de mi corazón de laja.
Tengo muchas amigas que son mamás. Debo a la mujer mi genética, mi nacimiento y desarrollo y de mi esposa 4 hijos. Me acuso que me enseñaron a leer y escribir. Escribir prosa, lo mucho o poco que sé también me lo enseñaron ellas ( y me siguen enseñando minificción)¿Cómo no amarlas? Felicidades a las que han dado vida, poniendo en riesgo la suya.
Las que día a día se la parten, Espero que este día diez de mayo crezca en el tiempo y que los años por venir todos los días sean: día de las madres.
Su amigo quien las respeta y admira. Rubén García García.