Paisaje de Rubén García García

Sendero

La tarde vieja con rayones naranjas y violetas. El viento desordenaba mi cabello. Del bosque de cedros venía el ruido de las chicharras. El graznido de los patos se hacían punta de flecha en el cielo. Reposo sobre una piedra fría, dura. Respiro profundo, y ella se dibuja. Bajo el cielo pasean las nubes distantes la una de la otra.

Los superviejos de Rubén García García

Sendero


—Por favor háblame despacio, que no se escuche.
—Es tan bonito decirte que me gustas toda.
—Que me hables quedo, ¿no has escuchado que las paredes oyen?
—Es que es tan grande mi amor que quisiera gritarlo.
—Ni se te ocurra.
—Esta noche saltaremos en el colchón hasta oír que la madera de la cama cruja.
—No. ¿estás loco?
—¿Te preocupas porque las paredes pueden escuchar?
— Asi es. Me pone de “nervios” que la gente se entere.
— Qué te preocupas, ya nadie nos conoce, la mayor parte, si no es que todos ya están muertos. Y las paredes de esta casa ya no oyen, se han hecho sordas. Despreocúpate y deja escapar tus gemidos, que es miel para mis sentidos.

La cereza de Rubén García García

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Después de veinte años, me da la espalda y duerme a las tres caídas de cabeza. ¡Ay! queda la sensación de haber hecho el amor con un amigo de la infancia. Duermo insatisfecha deseando que mi sueño tenga las vivencias de las primeras veces. Por supuesto él está invitado. Un mirón añade la cereza en el pastel.

La señora Feudal de Rubén García García

Sendero.

Se murió el conde, señor feudal, dejando una esposa en plenitud y riqueza. Hubo una boda y ella se presentó con su guardia reclamando el derecho de pernada. Con los ojos dio la orden, dos guardias inmovilizaron al novio, y ella tomó a la novia, diciéndole en el trayecto. «te gustará tanto que una noche no será suficiente»  

Al trote de Rubén García García

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El sol aún se hamaca en las montañas. sigilosa trotas y al ritmo de tus pensamientos. Hay ruidos lejanos: chillidos de los pájaros nocturnos. Escuchas el tac de tus pasos cuando golpeas el adoquín. Tu mirada se fuga en el resplandor de las torres de la iglesia y aparece el color viejo del pasado. Te estremeces y aceptas que la vida te haya dado un menú de claroscuros. Saltas y saltas al percibir tu cara graciosa, la misma que ves ahora en tus hijos.
En el parque central de tu ciudad se entremezclan los retoños con la corteza de los pinos. Das de brincos y te ríes, al recordar que así lo hacías cuando jugabas al bebe leche en tu escuela. Te miras con tus hermanos, y llega hasta ti, la figura de tu madre, que con los brazos cansados de sueño y trabajo te abrigaban en las noches de oscuridad o de frío.
El amor te hace mover la cabeza y el tranco es firme. Abres los brazos y escuchas la alborada. Se oye el canto de un ruiseñor y una alegría danza en tu corazón. La joven entregada al placer del amor con el hombre más maravilloso que has conocido y las hojas tiernas que te miran, saben que has enrojecido de la cara. Tu suspiro, si pudieses verlo, es un ave que aletea.
La respiración se te vuelve asmática, sudas. Te observas en la media noche vigilando el reposo de tus hijos y sales a trabajar, el esfuerzo diario. Los días pasan en procesión, te ves en las graduaciones, mientras tu esposo vive obseso en su quehacer. En una esquina encuentras a la mujer que barre la calle, su escoba pareciera ser una prolongación de su cuerpo. Te mira con intensidad y sigues. Te arrepientes de no haberla saludado. Va aclarando el día. Levantas tu cara, y tu mirada se pierde entre los cerros como puños levantados. En el descenso, el sudor se desvanece por el viento frío. Un rocío cae y baña tu nuca y produciéndote un escalofrío. De la oscuridad de tu pensamiento corren como bolas de fuego los silencios y el desamor de un hombre que se extravió en la vida. Respiras profundo a pesar de que tienes nudos en el pecho y a punto de desfallecer y quedarte a la vera del camino, sacas, de tu vientre un impulso más y logras rebasar la loma y seguir y seguir. Pareciera que corres por inercia, sin embargo, sobre el paisaje llega una ventisca con olor de frutas y levantas tu cara sobre el bermellón de las montañas y corres con más fuerza como una cabra que reta el peligro de los abismos.

Zozobra de Rubén García García

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El barco navega salvando rocas. Una ola gigante lo arrastra a la cadena de macizos y se hunde. Como no es posible salvarlo, el niño ya hizo otro.

«¡Mamá, mi hermano no desocupa el baño!»

La locura de un coco dedicado a los niños por su día de Rubén García García

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Un coco siempre creyó que podría ser luna. «es un coco loco» —decían. Una noche aluzó las olas, y algunos dijeron que la luna había bajado a beber al mar.

El coco nunca se percató que la vida le había concedido ser un nido de luciérnagas y en la noche oscura iluminó el mar.

La compostura de la silla es muy cara de Rubén García García

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La introdujeron en un auto que pidieron prestado, la silla, en la cajuela. Fueron a un comercio donde reparaban el inmueble. «sale más caro componerla que comprar una nueva» les dijeron. A la anciana paralítica la dejaron frente a un asilo, recostada en una pared. «aquí la atenderán, no creo que tengan tan mal corazón para no darle un lugar» Arrancaron, perdiéndose entre el tráfico.

El trapecista de Rubén García García

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Tiene una semana que no se baja, el gerente ha comprado diferentes platillos y los rechaza. Solo come alpiste, después de dormir arrodillado, se levanta y silba.

Ni por equivocación hay que pasar por debajo.

No todo lo que brilla es oro de Rubén García García

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Me atrae tu pelo negro azul que se mece al compás de tu paso. Respirar tu sabor de capulines que esparce el viento, complace. Me gusta escucharte, hay lluvia que cae cuando hablas. Sueño vivir contigo mirando la vastedad: el barco que se hunde en el horizonte. Es una pena que pases tomada de la mano fina, larga, con mancuernas de oro y fistol en la camisa de seda.

Ayer lo reconocí por esos dedos largos y huesudos. Iba abrazando a otra mujer, que cargaba a un niño menor. Escuché que le decía con voz ronca: «apúrate, que hay que entregar la corbata, las mancuernillas y el fistol a mi hermano. Espero que hayas causado buena impresión y te den el trabajo»

Ficción negra de Rubén García García

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Al abrir la puerta percibió un olor a sangre. Se acercó al obeso cadáver y lo identificó por el arete. la estridente carcajada dispersó a las moscas.
—¡Hasta que te vi muerto cabrón hijo de puta!
Escucho la ingravidez de un suspiro y luego, un dolor punzante. Antes de sumirse en el vacío, la voz odiosa de su enemigo:
—¡Hoy se te quitará lo pendejo!
Y le dio la razón al gordo, que salió con el “Camaleón” que con un trapo limpiaba la sangre de su piel y le devolvía el arete.

Es demasiado de Rubén García García

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La mañana es húmeda y fría. Hace noches que la lluvia se escurre ahogando los campos sembrados de papa. Los viejos soplan sus manos para entibiar los dedos. La curva es gris, presagia que el mal tiempo seguirá.

El pueblo de San Filemón ora, y el rezo busca algo en el cielo dónde asirse, solo los alfileres de agua que caen.

Cuatro espectros montados bajan de la serranía y las madres, desesperadas, abrazan el cuerpo de los niños. ¡Lloran, lloran mucho; sin lágrimas para no mojar más la tierra!

Transformación de Rubén García García

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En la agonía del anciano, solo pidió perdón y las palabras se convirtieron en mariposas amarillas.

Monotonía de Rubén García García

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Dejé de comentarte, porque me sentí un hombre que hablaba solo. Estabas con tu taza de té, meciéndote en el sillón, tu mirada se perdía. Te limitabas a contestarme con monólogos como desde hace meses lo hacías. Me recluí en los periódicos, y tú en las telenovelas. Desde el balcón veía tu quehacer en el jardín, yo dibujaba. Los hijos, los nietos reunidos era de los momentos que disfrutábamos y después el mutismo. Tarde, nos dimos cuenta que jugábamos en equipos contrarios. ¿Volar? es ridículo. Esta casa la construimos hombro a hombro, es lo que logramos. Aquí viven los años felices, el silencio. Está en mis oídos tus pláticas con el jardín, como en mi lienzo se encuentran tus flores sonriendo de colores.

La molestia del ángel de Rubén García García

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Bastó un balazo. y fue viuda esa noche. Mañana será un día agitado y se durmió. el ángel de la guarda del occiso pasó la noche dando vueltas en la recámara. llegó la primera mosca zumbando y ella no dejaba de roncar.

El ángel enojado y nervioso se maldecía. Le molestaban las mudanzas.