La mariposa parda de Rubén García García

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La mariposa tenía colores pardos y soltaba una pelusilla gris cada vez que se posaba en una flor. Volaba como si tuviese un ala rota, en tanto las amarillas lo hacían como breves fogatas sobre las olas del mar. Oculta tras un viejo árbol veía con admiración la fuerza de las monarcas; a ella le dolía el ala.

«reumatismo juvenil», -le había dicho su mamá, «es cosa de familia». Hacía interrupciones en el vuelo y eso molestaba a las flores ya que manchaba sus pétalos. «Esa mariposa tiene mucha caspa» Cuchicheaban. Ella dejó de volar sobre ellas y lo hizo de árbol en árbol.

Las flores doradas se enfermaron de palidez y arrugas. En silencio sollozaban al verse ajadas y polvorosas. La mariposa fue hacia ellas y aún así tuvieron fuerza para decirle: «llévate tu caspa a otra parte». Una flor infante, le dijo: «acomódate a mi lado y cuéntame de la vida que no conozco el mundo»

Le habló de la montaña, del viento, de la alegría del pájaro y del viejo cedro que fue su confidente. Los días siguieron como la gota de rocío que rueda. A la flor niña la llenó de su caspa gris. Hasta que la flor le pidió que la peinara y la mariposa fea vio que el color y la tersura llegó de nuevo a sus pétalos…

Un Clarín cantaba a lo lejos.

Un día en la vida de Elia

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lleva la pelota de ropa ajena que ha lavado en el río. No tarda la noche y sabe que hay que rebuscar en la cocina algunas tortillas que untadas con frijol y chile servirá para calmarle el hambre a su marido. Hay un huevito que reparte entre sus dos hijos, ella con un café negro con galletas se conforma. Tiene que ordenar la ropa, planchar el uniforme de los niños, limpiar los zapatos y calcetas que remendar. Antes de acostarse va a verlos, y los besa. Trastea, hace tiempo en la cocina, y confía que el compañero esté en el sueño. Solo desea dormir, y dormir como si nunca hubiese dormido.

El beso de Rubén García García

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Hace millones de años besé tu boca. Beso helecho que descendió de la montaña. Nadie sabía del tiempo, un beso que se alojó en tu memoria, en tus sueños. Beso forjado en la herrería de tus emociones. Reptaba hacia tus fuentes y bebía de ti hasta calmar la sed, mientras tus suspiros se confundían con el fuego de tus volcanes. Bajo tu lengua sentía la catarata de tu aliento con sabor de canela y menta. El beso está en ti como lluvia, como sol tibio y noche afrutada. Sólo tú lo llamas, la planicie de tu piel lo grita y el sabe que dormirá contigo.

El fulgor de Rubén García García

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Te encontré donde los ríos se unen. donde el puente parecía un ave dispuesta al vuelo. Todo llegó como un sueño con tiempo alterado. El cielo en ocres. Ollas de fragua donde el cobre se licua. Algún estruendo, el agua presurosa y los dos en un miligramo fulgente. Y después la eterna oscuridad, el sinsentido y solo en mi memoria el aroma de tus labios.

Pompas del terror de Rubén García García

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Mi Shing, general de la dinastía Tang, para amedrentar a los pueblos que se negaban a contribuir a la riqueza del imperio; hacia volar las semillas de diente de león. Sabían entonces, que el ataque era inminente del dragón Chino; si al terminar la lluvia de esferas no habían reunido el oro en semillas.

Era inútil huir.

Tierra triste de Rubén García García

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La selva ha sido destruida, los ríos se han adelgazado y los arroyos son esbozos. Los nidos de agua donde bebía, hoy solo quedan señales. Las piedras no sudan, el helecho que tiraba vainas a diestra y siniestra se ha esfumado. Paso por potreros, con vacas flacas bajo árboles de chote y planicies amarillas.

Como camaleón me camuflo en rama seca.

El niño y la yegua de Rubén García García

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Muy temprano fue a cortar la cereza del café. La vereda bajaba o subía, y la yegua resoplaba como un acordeón desafinado. Sobre su lomo llagado bamboleaban tres bultos repletos de cereza. Sentía su dolor y la detenía, para que descansara. Al llegar a la finca, el patrón desde su poltrona le gritó: «¡Gelasio!, dale maíz a la yegua y suéltala para que retoce en el campo. Le hará bien revolcarse. Vas al pozo, saca agua, y le ayudas a Ponciana para que termine de lavar las porquerizas».

Se hacía de noche, y en el silencio de la finca se escuchaba el taconeo de las botas del Señor.

La abuela no deja de llorar de Rubén García García

El abuelo tiene cinco años que murió y la abuela no deja de llorar. La escucho por la noche con sus gimoteos de niña perdida. Hoy le diré al padre Toño para que se haga el aparecido y platique con ella. Eso es de todas las noches y más los fines de semana que el abuelo llegaba con sus tragos en la madrugada.

En la semana el cura habló con ella y sigue lloriqueando. Si supiera que a mí no me duele el abuelo, me jode ella, que de tanto llorar no me deja dormir. Anoche la escuché hablar dormida: «Remigio, me dijo el cura que dejara de llorar para que tu alma obtenga el reposo. Sabes que no le haré caso, seguire gimiendo para que te revuelques en el purgatorio como el gusano que siempre fuiste».

No pude ayudarte hermano de Rubén García García

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—¡Cierre la puerta, sargento! —habló fuerte el jefe de la policía. Levantó los ojos y vio a una mujer joven, bien formada y de pechos contestones. Su actitud agría cambió a una sonrisa y dijo sin pudor. «Ya era tiempo que cayera por estos lugares una cosa tan hermosa».

—Vengo a declarar acerca del caso de mi hermano, que lo acusan de robo.

—Ya es muy tarde, se dio la orden de que lo ingresaran a la prisión de Santa Marta.

—Pero él no fue, —Eso dicen siempre.

—Él no fue porque a esa hora que refiere el expediente, se encontraba conmigo.

—Ya es tarde.

Tomó la regla del escritorio y la deslizó por uno sus pechos.

—Depende de usted, para que intervenga y solicite que retrase el traslado.

Ella hizo a un lado el coraje y se fue desnudando y le dijo:

—Necesita excitarme, para que coopere.

El jefe de la policía no se lo esperaba, saltó de la silla con tanta ansiedad que desgarró la blusa de la mujer. Y como becerro empezó a chuparle los pechos.

Ella gritó pidiendo auxilio. Para los diarios fue un festín.

«No pude ayudarte hermano, pero sí le di un buen madrazo a ese hijo de puta».

Atrás del escritorio ondeaba el lábaro nacional y las fotos del gobernador y el presidente.

Un empujoncito no le hace mal a nadie de Rubén García García

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Antes de expirar, tu hijo el que fue bendecido por tus desvelos, dice: «qué bien que ya se va». La esposa y la hija que llevan dos años prodigándole cuidados y cubriendo gastos médicos, se quedan en silencio. La esposa llora y la hija sabe que no es por la muerte del finado. Anoche su mamá se quedó cuidándole y el frasco de sedantes está en la basura.

Un pueblo mágico o nada es para siempre

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Los cascos de la yegua resonaron con eco en el empedrado del pueblo. Parecía que todos dormían la siesta. Había señales de un pasado esplendoroso: figuras talladas en las ventanas de cedro, con el vidrio astillado. Huellas de la opulencia que se negaba a desaparecer. La maleza crecía en los jardines, las trepadoras subían por las paredes de piedra. En los tejados, como urracas centinelas, se balanceaba los helechos. La iglesia majestuosa. El pueblo fue paso obligado de los mercaderes de la vainilla. Cuando los precios bajaron llegó la penuria. Los pudientes se llevaron su dinero, dejaron sus casas y se hospedaron en la capital. Se quedaron los viejos los enfermos de amor a la tierra. Otros huyeron porque tienen fuga en la sangre y la mayoría para no morir de hambre.

Hoy leo que habrá una feria de globos en un pueblo mágico. Aún huele a vainilla. Renació el lustre de las casas, la sonrisa de los niños y los que se fueron estarán en algún cementerio de la capital.

Ajedrez de Rubén García García

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Fuiste reina blanca, yo, alfil negro. Un día en la vida decidimos ser viento y fecundar con sonidos a la hierba. Hubo flores en nuestras vidas, aromas de fuego en tus nevados. También hubo tiempos en que la tierra se hizo gris y abrieron fuego los tambores.
Hay en el ejido: sol, silencio y soledad.

El jardín de Alberto de Rubén García García

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Alberto se dio cuenta de las miradas brillosas de las adolescentes. Tenía un carácter reservado que lo vendía por timidez. La licenciatura la obtuvo gracias a que ellas lo registraban como parte del equipo. Se casó en cuatro ocasiones. Y cuando la edad cobró su cuota en su figura y sexualidad, decidió vivir solo en su mansión. Por las mañanas salía a su jardín a consentir sus rosas que alimentadas con abono femenino nunca dejaron de florear.

El sueño inquieto del oso de Rubén García García

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Es un bosque sonoro por el canto de las aves y ahora tiene una alfombra nevada. El oso inverna y sueña. La cueva es tibia y más por la osa que lo acompaña. El sueño es inquieto por el temor de que llegue su compañera y descubra que duerme con otra. Tiene dentro del sueño una espina afilada y gruesa: ¿su esposa estará durmiendo sola?