La encrucijada de Rubén García García

Sendero

Llegaban mujeres doblando orillas; zurciendo esperanzas. Tú no llegabas. En mis sueños veía que el desasosiego dormía contigo. En el cielo de tus ojos pasaba el presagio como nubes aceradas que transitaban en sospechosa calma. Despertaba con un resabio amargo. Siguen pasando mujeres que hilan en el camino. No te veo. Nada, solo soñé con fantasmas de luz. Sin embargo, sigo esperando a que cruces.

No sé que llegará primero si la esperanza o la muerte.

Es un genio de Rubén García García

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Nada como dormir frotando la lámpara de Aladino, decía con una sonrisa la princesa a su dama de compañía.

La palabra de Rubén García García

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Todos podemos hablar, algunos se quedan con las palabras en la boca, otros simulan esparcir confeti en un carnaval, o insuflan la palabra y como globos se pierden en el cielo. Los menos, son discretos mesurados y oportunos. Algunas frases sobreviven y dentro de estas, muy pocas se quedan enjauladas y nunca se van, por ejemplo: «mi mamá me mima»

Las razones del nieto de Rubén García García

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La mañana radiante se disfrazó de una tarde vieja.

—No tarda en caer la tormenta, dijo la abuela.

Tomó al nieto y se fue a una loma con su comadre. Quizá algo peor venía …le dijo para convencerlo:

—Se ve mejor la lluvia desde el cerro, que estando encaramados sobre el techo de la casa.

El nieto gimoteaba, se distraía correteando a las gallinas en el patio.

—Abuela, yo quería ver cómo navega mi barquito, también escuchar el cacaraqueo de las gallinas cuando la corriente las revuelque.

Cuando no hay condiciones

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Este corazón está contento con el que no puede estar conmigo. Sólo por momentos me complace, sin embargo todo el coraje contra la vida desaparece cuando él me sonríe. No deseo saber que hubiese sido mejor, sí haberte conocido, o no. Pero en el aquí y el ahora, mis días los cambias en veredas de flor y sol. Los disfruto y eso es suficiente.

Éramos iguales de Rubén García García

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Quién maullaba de dolor fue mi gata. En mi velorio estuvo escondida entre los arreglos florales. Luna, mi gata, sabía que yo planeaba matar a mi esposo, pero, se me adelantó. No había dinero de por medio, simplemente odio que se afilaba cada día. Él ganó. Fue simple, regó lentejas en la escalera y … Luna vio todo. El vestido negro que compré para lucirlo en el duelo de futura viuda, ahora me lo llevo de mortaja.

Escúchenlo: «después del novenario me encargaré de la gata, me mira con odio y huye cuando intento acariciarla».

Luna duerme en el sótano. Percibe mi energía como yo la de ella. Luna hizo lo que yo no pude. Fui testigo.

Todas las noches la gata llegaba a la recámara cuando él dormía, se recostaba a su lado y antes que despertara desaparecía. Una noche le dio un acceso de tos violento y prolongado que le ocasionó un infarto. Nada raro en un hombre añoso, hipertenso y gordo como marrano.

Lo encontraron muerto, con la boca abierta y los ojos de espanto. Sobre la lengua miríadas de gusanos. Cuando se lo llevaron a la morgue, uno de ellos vio la gata con un inocente y doloroso aullido.

Seguro que era su mascota, dijo el legista, cuando lo autopsiaban.

La sangre de Rubén García García

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En mis sueños escuché en la lejanía tus balbuceos de pa…pá como murmullos entre el agua. Pasaron muchos años. Sigo en mi ataud, impoluto. Soñando. Hoy vino mi nieta a contarme que habías nacido y que mi nombre sería, el que yo tuve. Tus balbuceos que movieron mi corazón, solo estaban atorados en el gusano del tiempo.

Dolor de Rubén García García

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Dolor de Rubén García García

Miraba su lunar sin que ella se percatara. Admiré su pelo lacio. ¡Qué feliz estoy, decía! Y su mano se entrelazaba con la mía. No advertía que después de su sonrisa, plegaba leve el entrecejo.

Movía por reflejo el mechón de su pelo. Las últimas veces al despedirnos, notaba su apremio por darme las buenas noches.

Comprendí que no era el varón que deseaba. Y en señal de despedida rozaba mi mejilla con sus labios.

Hoy la vi fugazmente. Por delante caminaba el marido y ella atrás lidiando con dos hijos. Esperaban el urbano.

La amé y lo que vi duele. Me vio, y fingió no verme.

El caballero del puñal de Rubén García García

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Lo conocí hace cinco años. Nunca nos dijimos adiós. Tardó en irse, decía que se iba y regresaba. Cuando se fue, se fue sin despedirse. Hoy regresó disfrazado. Ayer sacó un estilete y picó. caminé jorobado y apretándome la pierna. Me sonrío con su sombrero de bombín. meneo la mano en círculos. dándome a entender que regresaba. Me encerré en la madriguera a lamerme la herida y medroso por no saber cuándo llegaría.

visitando a una amiga

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Abrí el portón, caminé entre las flores y las ramas de durazno. Salió una niña espigada, morena, con su pelo a la cintura y una sonrisa con hoyuelos.

—¿Aquí vive la señorita Alicia?

Asintió, y me invitó a sentarme. Se lo agradecí con una sonrisa.

—Dice mi hermana que lo espere un momento. Me trajo un jarro de agua y otro de café. —Ahorita le traigo pan, es rico, anoche lo hizo mi abuela.

«Este pan solo lo comes por estas tierras de frío con hornos de barro. Es exquisito».

El corredor tenía enredaderas que formaban un arco de hojas y flores.

«Salí antes que el sol. El pasto lleno de rocío. Al caminar la huella se quedaba impresa. Me pregunté ¿Cuántas generaciones habrán transitado por estos senderos? y vi correr a los aztecas llevando el pescado fresco a Moctezuma, décadas después el trote de los caballos que iban al altiplano. Al pisar los grillos saltaban, parecían serpentinas de colores. Ya el viento enfriaba mis orejas que las cubría con una bufanda. Se disipó la neblina. A los lados del camino se levantaban macizos, formando una valla.

Sobre las rocas se echaban las iguanas que te regresaban a un tiempo antiguo.

El sol descubrió los volcanes. ¡Qué majestuosidad! La alegría del escalador al conquistar la cima. ¿Qué sentirán? El aliento pobre, las fuerzas al límite y el corazón en plenitud. La mirada hacia el valle, sintiéndose águila entre las nubes. ¡Ser Dios! un millonésimo de segundo y después la humildad, que es la mejor manera de estar en paz consigo y con los hombres. La vida tiene muchas montañas. Mis rodillas viejas se duelen al peso del frío. Solo he sido un trepador con la imaginación. No importa si no soy ave o cometa.

El viento llegaba con olor de pinares, resoplé y el pulso se hizo rápido. Atrás dejé mi casa, mis libros y una mecedora. Seguí, olvidé el dolor y las percusiones de mi corazón. Disfruté de los colores del cielo. Respiré hondo y me hice uno con el paisaje.

Salieron viejas canciones que tarareaba cuando regresaba de la escuela. Por el sendero topé con nopales tasajeados por caminantes. Las pencas recientes de un verde limpio y arriba de la planta aparecía una procesión de tunas.

Nadie inventó la campana, estas existen con forma de flores, las ladea el viento y tintinean perfumes. Encontré un campo de ellas con variedad de colores. Bajo las piedras las lagartijas. Había un ajedrez de vida, donde cada pieza tiene una labor y todas se ordenan de manera celestial. Nadie intenta suplir, cada uno es como es y eso lo define como auténtico. Amo a las personas por esta cualidad y no por la apariencia. Me río al imaginar a una campana que suene como rebuzno.

El café de barro, endulzado con panela y un pan que no comía desde niño. La casa tiene calor y una mezcla de aromas, La niña de los hoyuelos viene de nuevo a preguntarme ¿No quiere que le traiga más café? Mis manos callosas abarcan la circunferencia del pocillo aromático. Al entibiar mis dedos le doy gracias a la vida de poder abarcarla con mis manos.

Los pasos de mi amiga se oyen…

El antivacunas

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Eres un objeto peligroso y te encapsulan. No hay despedidas. «¡No aguantó! ¡llamen al camillero, traigan bolsas!» Ahora comprendes que fue por rechazar la vacuna. Por hacerle caso al amigo. Hoy lo ves claro. Por supuesto que él se vacunó, pero a ti te convenció de que no lo hicieras. Te llega la voz de tu mujer, que ahora va del brazo de Arturo a la sala de espera.

Manifiesto de Rubén García García

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El hecho de que hagamos una fila extensa, cada quien, cargando la sagrada manutención, de ninguna manera quiere decir que lo estamos sustrayendo, por eso interponemos una queja a nombre de nuestra sociedad. Levantamos los aguijones en ristre para que de su vocabulario desaparezca la despectiva frase de robo-hormiga.