Fuiste reina blanca, yo, alfil negro. Un día en la vida decidimos ser viento y fecundar con sonidos a la hierba. Hubo flores en nuestras vidas, aromas de fuego en tus nevados. También hubo tiempos en que la tierra se hizo gris y abrieron fuego los tambores. Hay en el ejido: sol, silencio y soledad.
Alberto se dio cuenta de las miradas brillosas de las adolescentes. Tenía un carácter reservado que lo vendía por timidez. La licenciatura la obtuvo gracias a que ellas lo registraban como parte del equipo. Se casó en cuatro ocasiones. Y cuando la edad cobró su cuota en su figura y sexualidad, decidió vivir solo en su mansión. Por las mañanas salía a su jardín a consentir sus rosas que alimentadas con abono femenino nunca dejaron de florear.
Es un bosque sonoro por el canto de las aves y ahora tiene una alfombra nevada. El oso inverna y sueña. La cueva es tibia y más por la osa que lo acompaña. El sueño es inquieto por el temor de que llegue su compañera y descubra que duerme con otra. Tiene dentro del sueño una espina afilada y gruesa: ¿su esposa estará durmiendo sola?
Llegaban mujeres doblando orillas; zurciendo esperanzas. Tú no llegabas. En mis sueños veía que el desasosiego dormía contigo. En el cielo de tus ojos pasaba el presagio como nubes aceradas que transitaban en sospechosa calma. Despertaba con un resabio amargo. Siguen pasando mujeres que hilan en el camino. No te veo. Nada, solo soñé con fantasmas de luz. Sin embargo, sigo esperando a que cruces.
No sé que llegará primero si la esperanza o la muerte.
Todos podemos hablar, algunos se quedan con las palabras en la boca, otros simulan esparcir confeti en un carnaval, o insuflan la palabra y como globos se pierden en el cielo. Los menos, son discretos mesurados y oportunos. Algunas frases sobreviven y dentro de estas, muy pocas se quedan enjauladas y nunca se van, por ejemplo: «mi mamá me mima»
Este corazón está contento con el que no puede estar conmigo. Sólo por momentos me complace, sin embargo todo el coraje contra la vida desaparece cuando él me sonríe. No deseo saber que hubiese sido mejor, sí haberte conocido, o no. Pero en el aquí y el ahora, mis días los cambias en veredas de flor y sol. Los disfruto y eso es suficiente.
Quién maullaba de dolor fue mi gata. En mi velorio estuvo escondida entre los arreglos florales. Luna, mi gata, sabía que yo planeaba matar a mi esposo, pero, se me adelantó. No había dinero de por medio, simplemente odio que se afilaba cada día. Él ganó. Fue simple, regó lentejas en la escalera y … Luna vio todo. El vestido negro que compré para lucirlo en el duelo de futura viuda, ahora me lo llevo de mortaja.
Escúchenlo: «después del novenario me encargaré de la gata, me mira con odio y huye cuando intento acariciarla».
Luna duerme en el sótano. Percibe mi energía como yo la de ella. Luna hizo lo que yo no pude. Fui testigo.
Todas las noches la gata llegaba a la recámara cuando él dormía, se recostaba a su lado y antes que despertara desaparecía. Una noche le dio un acceso de tos violento y prolongado que le ocasionó un infarto. Nada raro en un hombre añoso, hipertenso y gordo como marrano.
Lo encontraron muerto, con la boca abierta y los ojos de espanto. Sobre la lengua miríadas de gusanos. Cuando se lo llevaron a la morgue, uno de ellos vio la gata con un inocente y doloroso aullido.
Seguro que era su mascota, dijo el legista, cuando lo autopsiaban.
En mis sueños escuché en la lejanía tus balbuceos de pa…pá como murmullos entre el agua. Pasaron muchos años. Sigo en mi ataud, impoluto. Soñando. Hoy vino mi nieta a contarme que habías nacido y que mi nombre sería, el que yo tuve. Tus balbuceos que movieron mi corazón, solo estaban atorados en el gusano del tiempo.
Miraba su lunar sin que ella se percatara. Admiré su pelo lacio. ¡Qué feliz estoy, decía! Y su mano se entrelazaba con la mía. No advertía que después de su sonrisa, plegaba leve el entrecejo.
Movía por reflejo el mechón de su pelo. Las últimas veces al despedirnos, notaba su apremio por darme las buenas noches.
Comprendí que no era el varón que deseaba. Y en señal de despedida rozaba mi mejilla con sus labios.
Hoy la vi fugazmente. Por delante caminaba el marido y ella atrás lidiando con dos hijos. Esperaban el urbano.
La amé y lo que vi duele. Me vio, y fingió no verme.