El viento de Rubén García García

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El viento juega con las luces del cementerio. Y, los niños difuntos sonríen.

Cuando amo me vuelvo frágil de Rubén García García

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Cuando amo me vuelvo frágil de Rubén García García

El camino rojo tiene una alfombra de hojas. ella al pisar amolda su pie, él hace el ruido de una escoba que barre. Es un paseo bajo una mañana fresca, tibiamente soleada.

— Cuando despierto pienso en vos.

— Gracias. Yo no pienso en nada, me arremolino en la cama y trato de relajarme y después le doy gracias a la vida mientra me baño.

— ¿Qué día dejas tus quehaceres y desayunamos juntos, como hace quince años lo hacíamos?

— Buenos momentos que aprecio. Recuerdo tus disertaciones. Debo reconocer que en derecho laboral, eres un conocedor de primera.

— Es que tenía una mujer bella e inteligente que me sabia escuchar.

—No me hagas reir, siempre te rodeaste de alumnas guapísimas.

— Me agradaba tu don de gente. Que sin egoísmos compartías tu saber.

— En cambio yo me enamoré de ti.

— Me haces reír, en ese lapso te enamorabas de todas. No eras para mí, ni yo para ti. Tú querías un sueño y yo estaba lejos de ser eso.

— Deseaba que camináramos como uno solo. Esposos ante la sociedad y ante Dios. Como lo fueron mis padres, mis abuelos.

— Tú deseabas una mujer que te siguiera. Yo tengo sangre nómada.

— Hubiese deseado leerte en la intimidad de una chimenea.

— Es tierno; mas no me llena, porque me gusta saber que sucede fuera de mi casa, trabajar para comprar mis cosas y ser sostén de mis padres. No me gusta depender de nadie.

— Pero, nos amábamos.

— Yo te admiraba

— Te hubiese conquistado.

Ella se queda en silencio y mira a la lejanía. Los rayos de luz entre los árboles abren una puerta.

— Me conquistaste. Pero nunca te diste cuenta. Tal vez pensaste que era una broma, no lo sé, Te lo hice saber. Fue un instante que la alegría de tenerte rompió en ola y sofoqué un momento mis deseos de fuga. ¡Joder! te tardaste. cuando decidiste solo quedaba la espuma sobre la arena. —Todo tiene su tiempo. Tuviste miedo a lo que dijesen tus hijos tu familia estirada. Recién había terminado la licenciatura. —Te diré que me vuelvo una mujer frágil cuando amo. Y tú jamás te diste cuenta. —Regresemos mi buen amigo, el viento arrecía y las nubes se ven amenazantes. Tus hijos están lejos y la única que viene a verte soy yo. Es mi manera de agradecerte lo que me enseñaste. Dentro de una hora estaré marchando para apapachar a mis nietos y tú cenaras con tus amigos del asilo.

Exigencia de Rubén García García

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¿Recuerdas aquel día que quedamos a medias…? Es tiempo de terminar lo que un día iniciamos. Te llevaré a las playas del mar de Lilith. A mí no se me olvida la noche que regresó tu marido y tuve que saltar…

Reflexiones de Rubén García García

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Al abrazarte, te percibo lejana. ¿Qué te preocupa? Solo sonríe y percibe. ¿La lejanía de tus hijos? Entiendo. La soledad como en las paredes se ha incrustado; el salitre brota y serpea. El hombre dientes de sable se fue. No te valoró; y será tarde mañana. El duelo no es eterno; la vida sigue. Solo es cuestión de que des el primer paso. Atrévete, que la soledad es buena consejera cuando está de visita, pero si se queda a vivir contigo es un cáncer.

Nadie vendrá a tocar a tu puerta, eres tú quien debe de tomar la decisión. Y, ya basta de llorar, una vez pasa, pero todos los días no es saludable.

Pasea y silba, que eso enciende el ánimo.

La paz perdida de Rubén García García

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La paz perdida de Rubén García García

Le ordenaron reposo y tranquilidad. Rentar una choza a la orilla de un lago, le pareció buena idea. Dos días después se instalaba. Los moscos fueron un suplicio. Los ruidos de un monstruo que rompía el agua los escuchaba bajo la cabecera. Con los ojos vidriosos y ojeras profundas se levantó a prepararse un café, al primer sorbo llegó una parvada de patos haciendo un ruido infernal.

Ya descansa. Su fosa quedó entre un gritón de la lotería y un vendedor ambulante que no se cansa de gritar: bara bara…

Los días oscuros de Rubén García García

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Duerme a ratos, carraspea, se despierta. Abre sus ojos, me ve. Pregunta por doña Chica, le digo que soy Rubén y le tomó su mano lacia y la llevo a mi cara para que sienta mi barba áspera. Se queja y trata de espantar su cansancio. La peino con mis dedos. Su pelo ralo y blanco. Me toma de la mano y hace por apretarla. Sé que tiene el hastío y el temor saliéndose de la piel. Solo cierra los ojos. No duerme. Ella sabe que el fin se aproxima. También yo. La espera es un fino estilete que duele. El quejido es a saltos, el dolor es una pisada en el pecho sin poder evitarlo. Solo hay que estar a su lado y que lenta pasa la madrugada sin sollozar.

El quejido: es alguien que toca la puerta; y sé quién es.

Mamá

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Mamá ya no quiere vivir; nada se puede hacer. Es tener un puñal dentado en el corazón, que ya no entra, que ya no sale.

Rubén García García

Nostalgia de Rubén García García

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Nostalgia de Rubén García García

Tarde de lluvia que humedece y escarba. ¿Cómo fue posible que escaparas? dan ganas de seguirte, pero eso es imposible. Eras la más bella de todas, virgen aún. Se fueron como aves entre cinco y diez mil dolares. Aún no me repongo.

La urgencia obstétrica

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En un hospital, las tres de la mañana es el momento en que la tensión da un respiro a los trabajadores.En el servicio de atención de urgencias ginecoobstétricas los médicos de pregrado y enfermeras estaban de pie, con un ojo abierto y el otro cerrado.

Solo es un instante, como si la maquinaria del gran hospital se detuviese y diera su lugar a un profundo silencio.

Todos intentaban aprovecharlo. Un relax, un pestañeo, eran renovadores y daban el impulso para las siguientes horas, que suelen ser más intensas. Los que tomaban las decisiones tenían un cuarto privado y se les llamaba en caso de ser necesario.

En el segundo piso estaban hospitalizadas las mujeres que iniciaban con dolores de parto. No hay nadie a su lado; sólo ellas y sus hijos por nacer. Las enfermeras platican con ellas solo cuando les toman los signos vitales, es un instante, y se van con la siguiente parturienta.

El puente entre la mujer que está en espera y el hospital eran los médicos internos o de pregrado, que revisaban a las señoras y ordenaban a la enfermera a transportarlas al servicio de atención obstétrica. Para tal hecho se requería que el cuello de la matriz estuviese con cuatro centímetros de dilatación, Algunas, ya con varios hijos el proceso fluía con rapidez y no daba tiempo a los camilleros de llevarla al servicio, por lo que el parto se atendía en la cama. A este hecho se le conocía como «Camacho». Por lo tanto, el prestigio de un médico de pregrado era no tener «Camachos».

A las tres de la mañana, a esa hora crucial, preparaban al Dr Durazo. Él tenía un abdomen con el radio de un embarazo gemelar. Lo caracterizaron para ser llevado a la unidad toco-quirúrgica: un turbante para resguardar el cabello, la bata, vendas en las piernas que le ocultaban los pelos, y botas de algodón cubriendo sus pies; una sábana húmeda con restos de yodo para que simulara sangre y un suero clavado en la vena.

Guiábamos la camilla con la mayor rapidez a la sala de partos. El jefe Durazo en el silencio del hospital daba alaridos tan desgarradores, que más bien parecía una puerca a punto de sacrificio.

–¡Camacho! ¡Camacho! –anunciábamos alzando la voz.

El escándalo alertó a los compañeros, médicos de pregrado, que salieron del sopor de la madrugada. Los auxiliares y enfermeras se movían preparándose para la atención del parto. Los de la guardia de pediatría tambien estaban listos para recibir al nuevo ser. y los encargados de obstetricia con atención máxima.

Se pasó la “parturienta” a la mesa, y alzaron sus piernas para que las apoyase en las pierneras y situarla en posición ginecológica.

Mientras tanto, otros dábamos consuelo.

–Ya, señora. Todo va a salir bien.

El médico interno encargado de atender el parto retiró la sábana para hacerle el tacto. Se quitó los guantes y encabronado dijo:

–¡Esta mujer tiene huevos y no está rasurada!

Nadie se contuvo. Todos reímos a carcajada abierta y sonora.

El jefe Durazo escapó de un salto; todavía tuvo el humor para caminar como patito y, sujetándose el vientre, se perdió entre los pasillos del hospital.

Horóscopo

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Horoscopo de Rubén García García

La somnolencia es por la lluvia fría y perseverante, y como efecto secundario los engendrados en ese lapso tienden a ser aburridos y llorones. Y si los bebes nacen el día de los muertos, crecen callados, siempre están encerrados en su cuarto aduciendo que están en una teleconferencia. Por la madrugada, como fantasmas asaltan el enfriador, que se la parte día y noche.

Decepción de Rubén García García

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Me atrae tu pelo negro y petróleo que se mece al compás de tu paso. Respiro tu aroma de capulines que al viento complace. Me gusta escucharte, tu voz suave como una lluvia que platica con el tejado. Sueño con vivir contigo mirando la vastedad; el barco que se hunde en el horizonte. Es una pena que pases tomada de la mano fina, larga, y un carro nuevo que lo presume como suyo.

Es un empleado que cuida los coches, y que desagrado que tu intuición esté desorientada, por decir lo menos.

Pasarela de Rubén García García

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La araña capaz de matar con su veneno a un dinosaurio, fue víctima de una avispa que le inoculó su semen. Semanas después del vientre del arácnido saldrán insectos vestidos de seda en negro y amarillo con fino apéndice.

En el río Tlen de Rubén García García

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Pasan haciendo alharaca una docena de hombres. van rumbo al río Tlen, a sentir la corriente fría de la montaña. Se acomodan fetalmente, así el agua masajea y relaja. Hay en la vera del río donde me acuesto en una gran laja a ver el tablero del cielo: torres caballos, alfiles y peones.

Los hombres descamisados, pisan viejas pisadas. platican de mujeres y algunos se embroman tocándose las nalgas. A la vera del camino, se oye, lejana la risa cascada de los abuelos. Por un momento dejan la charla y beben dejando en el viento el dulce sabor de la caña. Mañana, el sol escarbará, una vez más, en su espalda.

En la iglesia su patrón, cena con el prior y degustan un tequila, especial para limpiar pecados.

Mis ojos juegan ajedrez en la inmensa copa del cielo. Tengo caballos, alfiles y una dama que al bailar tira sus velos.

Volar da hambre de Rubén García García

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Volar da hambre de Rubén García García

Corro por desiertos y laderas de nieve. Voy por los tejados abrasados y me da por brincar tan alto que vuelo. Volar rozando las olas. Volar entre flores y salir con olor a jazmín. Mirar desde el cielo a los pescadores que llegan al puerto y retornar por callejones trenzados con piedra y laja. ¡Ahh! el aroma sagrado del pan y caminar con pisadas de gato hacia la cocina y tomar una pieza dorada y esponjosa. «Solo así te paras haragán”—me dice la compañera.

Ella no sabe que volar da mucha hambre.

Donde los ríos se unen de Rubén García García

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Te encontré donde los ríos se unen. donde el puente simulaba un ave dispuesta al vuelo. El cielo en ocres. Ollas de fragua donde el cobre se licua. El estruendo, el agua presurosa y los dos en un abrazo. Y después la eterna oscuridad, el sinsentido. Solo en mi memoria el aroma que me dejaste en los labios.

Desperté empapado de sudor en aquella tierra de sombras y silencio.