Le ordenaron reposo y tranquilidad. Rentar una choza a la orilla de un lago, le pareció buena idea. Dos días después se instalaba. Los moscos fueron un suplicio. Los ruidos de un monstruo que rompía el agua los escuchaba bajo la cabecera. Con los ojos vidriosos y ojeras profundas se levantó a prepararse un café, al primer sorbo llegó una parvada de patos haciendo un ruido infernal.
Ya descansa. Su fosa quedó entre un gritón de la lotería y un vendedor ambulante que no se cansa de gritar: bara bara…
Duerme a ratos, carraspea, se despierta. Abre sus ojos, me ve. Pregunta por doña Chica, le digo que soy Rubén y le tomó su mano lacia y la llevo a mi cara para que sienta mi barba áspera. Se queja y trata de espantar su cansancio. La peino con mis dedos. Su pelo ralo y blanco. Me toma de la mano y hace por apretarla. Sé que tiene el hastío y el temor saliéndose de la piel. Solo cierra los ojos. No duerme. Ella sabe que el fin se aproxima. También yo. La espera es un fino estilete que duele. El quejido es a saltos, el dolor es una pisada en el pecho sin poder evitarlo. Solo hay que estar a su lado y que lenta pasa la madrugada sin sollozar.
El quejido: es alguien que toca la puerta; y sé quién es.
Tarde de lluvia que humedece y escarba. ¿Cómo fue posible que escaparas? dan ganas de seguirte, pero eso es imposible. Eras la más bella de todas, virgen aún. Se fueron como aves entre cinco y diez mil dolares. Aún no me repongo.
En un hospital, las tres de la mañana es el momento en que la tensión da un respiro a los trabajadores.En el servicio de atención de urgencias ginecoobstétricas los médicos de pregrado y enfermeras estaban de pie, con un ojo abierto y el otro cerrado.
Solo es un instante, como si la maquinaria del gran hospital se detuviese y diera su lugar a un profundo silencio.
Todos intentaban aprovecharlo. Un relax, un pestañeo, eran renovadores y daban el impulso para las siguientes horas, que suelen ser más intensas. Los que tomaban las decisiones tenían un cuarto privado y se les llamaba en caso de ser necesario.
En el segundo piso estaban hospitalizadas las mujeres que iniciaban con dolores de parto. No hay nadie a su lado; sólo ellas y sus hijos por nacer. Las enfermeras platican con ellas solo cuando les toman los signos vitales, es un instante, y se van con la siguiente parturienta.
El puente entre la mujer que está en espera y el hospital eran los médicos internos o de pregrado, que revisaban a las señoras y ordenaban a la enfermera a transportarlas al servicio de atención obstétrica. Para tal hecho se requería que el cuello de la matriz estuviese con cuatro centímetros de dilatación, Algunas, ya con varios hijos el proceso fluía con rapidez y no daba tiempo a los camilleros de llevarla al servicio, por lo que el parto se atendía en la cama. A este hecho se le conocía como «Camacho». Por lo tanto, el prestigio de un médico de pregrado era no tener «Camachos».
A las tres de la mañana, a esa hora crucial, preparaban al Dr Durazo. Él tenía un abdomen con el radio de un embarazo gemelar. Lo caracterizaron para ser llevado a la unidad toco-quirúrgica: un turbante para resguardar el cabello, la bata, vendas en las piernas que le ocultaban los pelos, y botas de algodón cubriendo sus pies; una sábana húmeda con restos de yodo para que simulara sangre y un suero clavado en la vena.
Guiábamos la camilla con la mayor rapidez a la sala de partos. El jefe Durazo en el silencio del hospital daba alaridos tan desgarradores, que más bien parecía una puerca a punto de sacrificio.
–¡Camacho! ¡Camacho! –anunciábamos alzando la voz.
El escándalo alertó a los compañeros, médicos de pregrado, que salieron del sopor de la madrugada. Los auxiliares y enfermeras se movían preparándose para la atención del parto. Los de la guardia de pediatría tambien estaban listos para recibir al nuevo ser. y los encargados de obstetricia con atención máxima.
Se pasó la “parturienta” a la mesa, y alzaron sus piernas para que las apoyase en las pierneras y situarla en posición ginecológica.
Mientras tanto, otros dábamos consuelo.
–Ya, señora. Todo va a salir bien.
El médico interno encargado de atender el parto retiró la sábana para hacerle el tacto. Se quitó los guantes y encabronado dijo:
–¡Esta mujer tiene huevos y no está rasurada!
Nadie se contuvo. Todos reímos a carcajada abierta y sonora.
El jefe Durazo escapó de un salto; todavía tuvo el humor para caminar como patito y, sujetándose el vientre, se perdió entre los pasillos del hospital.
La somnolencia es por la lluvia fría y perseverante, y como efecto secundario los engendrados en ese lapso tienden a ser aburridos y llorones. Y si los bebes nacen el día de los muertos, crecen callados, siempre están encerrados en su cuarto aduciendo que están en una teleconferencia. Por la madrugada, como fantasmas asaltan el enfriador, que se la parte día y noche.
Me atrae tu pelo negro y petróleo que se mece al compás de tu paso. Respiro tu aroma de capulines que al viento complace. Me gusta escucharte, tu voz suave como una lluvia que platica con el tejado. Sueño con vivir contigo mirando la vastedad; el barco que se hunde en el horizonte. Es una pena que pases tomada de la mano fina, larga, y un carro nuevo que lo presume como suyo.
Es un empleado que cuida los coches, y que desagrado que tu intuición esté desorientada, por decir lo menos.
La araña capaz de matar con su veneno a un dinosaurio, fue víctima de una avispa que le inoculó su semen. Semanas después del vientre del arácnido saldrán insectos vestidos de seda en negro y amarillo con fino apéndice.
Pasan haciendo alharaca una docena de hombres. van rumbo al río Tlen, a sentir la corriente fría de la montaña. Se acomodan fetalmente, así el agua masajea y relaja. Hay en la vera del río donde me acuesto en una gran laja a ver el tablero del cielo: torres caballos, alfiles y peones.
Los hombres descamisados, pisan viejas pisadas. platican de mujeres y algunos se embroman tocándose las nalgas. A la vera del camino, se oye, lejana la risa cascada de los abuelos. Por un momento dejan la charla y beben dejando en el viento el dulce sabor de la caña. Mañana, el sol escarbará, una vez más, en su espalda.
En la iglesia su patrón, cena con el prior y degustan un tequila, especial para limpiar pecados.
Mis ojos juegan ajedrez en la inmensa copa del cielo. Tengo caballos, alfiles y una dama que al bailar tira sus velos.
Corro por desiertos y laderas de nieve. Voy por los tejados abrasados y me da por brincar tan alto que vuelo. Volar rozando las olas. Volar entre flores y salir con olor a jazmín. Mirar desde el cielo a los pescadores que llegan al puerto y retornar por callejones trenzados con piedra y laja. ¡Ahh! el aroma sagrado del pan y caminar con pisadas de gato hacia la cocina y tomar una pieza dorada y esponjosa. «Solo así te paras haragán”—me dice la compañera.
Te encontré donde los ríos se unen. donde el puente simulaba un ave dispuesta al vuelo. El cielo en ocres. Ollas de fragua donde el cobre se licua. El estruendo, el agua presurosa y los dos en un abrazo. Y después la eterna oscuridad, el sinsentido. Solo en mi memoria el aroma que me dejaste en los labios.
Desperté empapado de sudor en aquella tierra de sombras y silencio.
Ella tenía veinte años y yo era un chamaco. Su pelo danzaba cuando subía por los escalones y bajo la rodilla tenía un lunar en forma de ala.
Un día le pedí un beso, ella movió la cabeza y me dio la espalda. aunque logré mirar una mueca que me pareció una sonrisa. La miraba en silencio todos los días. Una tarde me llamó a su oficina.
«Te voy a dar el beso, no soporto tu mirada pedinche». La veía hacia arriba, había almendra en sus ojos y una corona de oro en su diente medió. Cerré mis ojos, sus labios sobre mi frente, por un momento sentí la decepción, y un poco antes de abrir mis ojos, sus labios encontraron los míos. Soy un viejo, pero si me toco el centro de mi boca vuelvo a sentir sus labios y mi juventud aparece.
Era una tía lejana, porque radicaba en el extranjero, y también era de tercer grado. Viuda regresó al pueblo. Me tomó como su secretario. Esa vez le preparé su baño y poco después me llamó enérgica, pensé para mis adentros «¿Qué habré hecho mal?»
Sigue siendo mí tía lejana, pero esta tarde en la tina, acortamos distancias.
La tierra apelmazada se suelta por las navajas de una ave. En el cielo hay una nube gorda, perezosa, que simula una vaca negra. Llueve, llueve a cántaros y por una brevedad humedece el ejido. El aroma dormido despierta. Es olor a tierra mojada que se esparce. Es un olor viejo de vida, es cavernícola. Olor que a los muertos despierta y los hace recordar su niñez. El sol irrumpe poderoso y la memoria se cierra, para volver a la eternidad del silencio.
Solo Tiresias sabía de mi viaje y pasé a despedirme. En la bolsa acomodé la flauta, los maderos, cuerdas y un ramo de hierbas aderezadas por el sereno y la luna. «suerte y buen viaje» me dijo cuando me abrazaba.
Un mes después, en la puerta al inframundo toqué con maestría la flauta y las tres cabezas del perro se durmieron. Caronte me dijo, al bajarme de su barca, «no tienes mucho tiempo». La vi en su sueño profundo y unté en su frente el humor de las raíces. Con dos tablas y las cuerdas inmovilicé su cuello. Poco antes de la salida se oyó una voz imperativa atrás de ella: «¡A dónde vas!» Ella quiso voltear, pero no rompió los amarres. Corrimos hasta ver el día. La mujer florecía en lágrimas al abrazarse con sus hijos, que decían «has vuelto mamá».