El hereje de Rubén García Garcia

Sendero

Le dije a mi madre que solo sería catequizado por un santa. Ella partió rumbo a la montaña y el desierto. Era una santa, traía una aureola que resplandecía sobre su cabeza. Acepté.

Ella se quitó la aureola, y rezamos en la cama como manda su doctrina. De mi cuarto, escapaban rechinidos, golpes de lucha, y jadeos. «quítele los demonios gritaba mi madre» mientras en mi defensa pellizcaba su aureola. Al salir le di un beso en la frente, me persigné, al tiempo que rezaba incoherencias.

¿Qué dijo? preguntó mi madre «retazos del demonio, contestó la Santa.

Seguro que necesitará de más ejercicios». «Los que sean necesarios, pero sáquele los demonios».

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