Las aves de Rubén García García

Sendero

Se levanta impulsado por un olor y apoyándose con el bordón camina hacia las afueras del pueblo. Escucha el grito lejano de los animales del monte.

Va rumbo a la cañada tratando de recordar su sueño. Al pasar por debajo de el zapote, un pájaro aletea cerca y un aroma a plumas queda en su nariz aguileña. Sube con dificultad. La humedad de las lajas lo hace ir lento.

 Al llegar a la cima, la luz de la luna proyecta la sombra de la higuera y,  abajo, sobre la falda del cerro, se ve el cementerio. Allá, camino al río, vivió con su madre. La visualiza lavando montones y montones de ropa ajena, barriendo la minúscula hoja del tamarindo y dándole a los pollos las sobras de la comida.

Se ve en el patio con su pantalón raído, flaco, mugriento. Aún recuerda cómo un polluelo apresaba con el pico una lombriz y, detrás de él, dos de ellos lo correteaban ferozmente por todo el patio. Se fue tras los pollos, los apresuró hasta que vio que daban vueltas y vueltas, y caían al suelo con los ojos abiertos; piando lastimosamente.

 las veces que podía, y burlando la atención de los mayores lo hacía una y otra vez.; hasta que, cierta vez, a mitad de la diversión, se dio cuenta que su madre iba detrás de él con una vara que, al blandirla zumbaba. Se ocultó bajo el guayabo que por estar cargado de frutos sus ramas se doblaban ofreciendo un buen escondite. Tirado en el suelo, percibió el alboroto que hacían las gallinas y una de ellas se vino hacia abajo haciendo caer frutos y media docena de larvas negras y peludas que cayeron sobre su espalda. Cuando empezó a dar gritos de dolor lo sacaron del escondite. Tres días estuvo en cama sacudido por las fiebres.

Tiempo después volvía a las andadas. Buscaba entre los zacates a las aves extraviadas, o bien, las hacía perdidizas para corretearlas en los potreros, o  en la ribera del río.

Le hacia sonreír los ojos de espanto y miraba cómo daban vueltas en un piar sin freno que terminaba cuando el ave doblaba la cabeza y caía de lado, dando dos o tres aletazos, antes de morir.

El alba está cerca. Así, en un momento, piensa que está atardeciendo y que no tardará en llegar la noche. En un instante el bordón resbala. Pierde el equilibrio, da varias vueltas. Cae, la inercia lo saca de la vereda. Rueda, rueda. Desesperado intenta asirse de las raíces. Cae hasta el fondo. Respira con dificultad, siente la humedad y el sonido del agua que corre, así como la sombra de un frutal que se recuesta sobre la mitad de su cuerpo. Percibe los golpes de su corazón. Quiere sentarse y, al apoyar la mano, rompe la corteza de un fruto y por su brazo corren atropellándose cientos de gusanos. No puede evitar la náusea, cuando las larvas reptan hacia su cara.

Al mirar hacia arriba observa a unas aves encuclilladas que en hilera lo escrutan con fingida indiferencia. Aletean al parejo, como si quisieran iniciar el vuelo.

Pero no. Solo llaman a otras plumíferas que planean en círculo y que se retratan, sonrientes, en los ojos del viejo.

La mañana se abre con un insolente olor a guayabas.

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