La mano era fría, y se sentía pesada sobre su cadera. No era una mano humana, seguro que no. Era una pesadilla, eso era todo. Pero la mano seguía allí y ella no podía despertar. Intentó gritar, pero estaba bloqueada, atrapada en su sueño. La mano subió hasta llegar a su pecho, se cerró sobre su cuello, y empezó a apretar. El mundo se fue oscureciendo a medida que la mano la violentaba… intentó salirse de la pesadilla y lo logró: recordó en una brevedad su vida y como si subiera escalones llegó a la cima. Los aplausos de la sociedad, los abrazos de la familia y luego el disparo certero y fatal en su dormitorio; Así volvía a la paz de su muerte.
Este hoy tiene silencio y ausencia. Comprendí que el carruaje en que nos instalamos era una calabaza. Permanecer en la montura de un viento que no existe, no tiene lógicani futuro.
Quizá en el corredor de los sueños, en un día neblinoso, te pregunte ¿nos conocemos?
Desperté sobresaltado y vi que la sala estaba llena de una luz brillante. Oía voces que decían que yo había regresado. Lo cierto es que estaba encerrado en una bolsa de plástico. ¿Cómo es que llegué hasta aquí? Fui a una fiesta loca y todos bebían. A punto de partir me tope con una mujer generosa que me puso en las manos una copa…¿me acompañas? y me condujo a un cuarto a media luz, donde un sujeto resoplaba un saxofón. Me dijo al oído: tengo frío, vamos a bailar. Estábamos pegados, muy pegados. Solo sentí un pinchazo en la nuca y minutos después me jalaba de la corbata hacia un lugar desconocido. He aceptado que estoy muerto, que habito dentro de una bolsa negra de plástico. No estoy solo, hay diez cabezas más en la bolsa.
El olvido de su ama de recortar su plumaje y cerrar su jaula permitió que el cotorro de cabeza azul escapara hacia la copa del cielo. Se llenó de viento y voló hasta el bosque. Cuando iba hacía la montaña, sintió una mezcla de coraje e inquietud. Regresó como saeta a su casa. No podía aceptar que otro perico, le diese de besos a su ama y que ella rascara otra cabeza que no fuese la suya.
Por la mañana, si mamá hablaba sola, había que levantarse. Su voz era una exigencia. De pie para ir por agua al pozo, asearle y darle de comer al chancho y barrer el patio. Se oía el barullo de los cotorros, era un griterío espantoso. Desesperada les tiraba piedras para que se fuesen. Era enérgica la voz de mi madre y hoy solo la escucho en mis recuerdos. La entiendo en su carencia y soledad. Qué no daría por traerla y ¿dónde se fue el escándalo de los cotorros? ¿O acaso los has visto pasar en este cielo sin nubes? me pregunta mi madre.
Calladito, calladito… ¡Así se ve tan bien!, sin nada de alharacas. Esa es la manera de enfrentar a la muerte; como si fuese una vieja amiga, o una esposa a quien se le dice que sí, porque es el día en que ella sale de compra. Tranquilo. Ya vendrá cada dos de noviembre. Seguro que le ofrendaran sus viandas de mole, su cerveza oscura y hasta es posible ese ron blanco añejo que tanto disfrutaba. Claro, también debe de tomar en cuenta que la viuda ha conservado sensualidad y belleza y el deseo de conocer el mundo y usted, cuando estuvo en vida siempre se negó a salir del rancho. Nunca se lo dijo, pero siempre soñaba conocer y vivir en las islas del océano Pacífico. Allá, los festejos son diferentes. No se altere, es poco probable que eso suceda, pero siempre hay una posibilidad. Recuerda aquel tejano con quien hizo negocios…ayer fue a su rancho y le dieron la noticia de su deceso, se fue hasta después del novenario y todo parece que seguirá haciendo negocios, ahora con la viuda. ¿y qué cree?, tambien gusta de las islas del ensueño y piña.
Con un portafolio bajo el brazo y una pequeña maleta abrió la puerta con precaución. Dio una última mirada a su casa. Dormían. Antes de cerrar escuchó la voz de su hija.
—Por qué te vas? —La luz del foco resbaló por su bata y delineó la silueta de una mujer en plenitud. Se acercó para darle un abrazo y decirle al oído:
—Me proponen un negocio y veré de que se trata. —No mientas papá, pero respeto tu decisión. —ella sabía que no era cierto, intuía el porqué. Más de alguna vez sintió en su espalda el peso de su mirada
Llegó a su casa con hambre. En la cocina había sopa con pescuezos y patas de pollo. Al mordisquear el hueso tuvo un dolor intenso en la encía. Extrajo la prótesis dental y la puso sobre la mesa. Los huesos, en vez de tirarlos al cesto de la basura se los dio al perro que dormía bajo el árbol. Regresó a la cocina y al no encontrar el puente dental, corrió a buscarlo, pero el aparato bucal se hizo ojo de hormiga. El perro deseoso de más alimento se hizo el aparecido moviendo de un lado a otro la cola. Él pensado lo peor, lo tomó de la cabeza forzándolo a abrir las fauces, desesperado introdujo los dedos. El animal le clavó los colmillos en la mano. Fuera de sí, sujetó al perro del cuello, ambos rodaron por el suelo. Él apretándolo, el perro luchando por zafarse. Pateaba, gruñía, arqueaba el espinazo y por el esfuerzo el can lo bañó de excremento desde el cuello hasta el pecho. Se distrajo y el animal huyó. Con rabia buscó una piedra y solo halló un proyectil irregular que lo hizo volar buscando la cabeza del perro.
Cuando se bañaba, tuvo un repentino entendimiento y en bata se fue a la calle con una lámpara. Recordó que el objeto que le tiró al perro no tenía la textura de una piedra, sino que era muy liviano. Después de una búsqueda minuciosa, palmo a palmo, había encontrado su prótesis. Estaba hincado en medio de la calle, mirando el cielo y dándole gracias a Dios, cuando fue arrollado por la bicicleta del vigilante que perseguía a un ladrón. Rodó con un dolor intenso en la boca. Horas después era intervenido por fractura del maxilar inferior. Luego de dos meses quiso ponerse la prótesis, pero con horror se dio cuenta que no le ajustaba. Ha cambiado. Se ha vuelto medroso y es que el perro bajo el mango lo acecha.
Sintió la tibieza de una boca en sus labios. El tren del medio día había cruzado el túnel y la claridad volvió. Los cuatro pasajeros parecían dormidos y de pelo en pecho.
En mi espacio de relax en la oficina, me da por imaginar que te platico los cotilleos que hacen mis compañeras de oficina, mientras bromean y tomamos café. En mi dormitorio, entre los susurros del acondicionador de aire, me gustaría que estuvieras en mi cobijo. Amo el placer de decir lo que sucede, lo que vuela por mi interior. Me estremece paladear los gajos de tu nombre, y gritar en silencio lo que no puedo decir en voz alta. fantasear que eres tú quien levanta mis piernas y entre el agua desbordada percibir en mi senda la marcha de tu infantería. Exhausta, abrazo a mi almohada.
El tintineo de un reloj, el tintineo de una campana y el sonido de alguien respirando. Algunas veces era así en el apartamento del tío. El salón con sus cojines de terciopelo que hacían juego con el color de los muebles. Dos lámparas en las esquinas que parecían torres.
En las mesas y jugueteros vivía el grupo de muñequitos de porcelana. Dos veces al día se limpiaban meticulosamente. El reloj daba las campanadas cada hora, y cuando lo hacía, era como si alguien saliera del cuerpo del tío, dejándolo solo con sus pensamientos y recuerdos.
Ayer a las quince horas de Greenwich se dieron a conocer noticias catastróficas para las bolsas del mundo: murió la gallina de los huevos de oro, el vellocino de oro desapareció y el rey Midas agoniza de inanición. Solo se está en espera de que la expedición que se armó con los mejores gambusinos del mundo de la buena noticia que por fin encontraron el tesoro de Moctezuma.