La alborada es rosa con cantos de aves. Abro los brazos y me lleno de briza. El taxista me dice, que ya llegamos. Después de algunos intentos pude abrir la puerta del departamento. Desperté con una resaca cerca del mediodía. Había un recado: «en la cocina hay un caldo de pollo y en la heladora tres cervezas. El baño está preparado. Fui con mi madre, a mi regreso hablamos de lo que dijiste dormido».
El notario por la noche tiene un fantasma. Cuando el personal se ha ido se hace notar. Cambia de lugar algunos utensilios, o prende la televisión que tiene en la sala de espera. El notario absorto sigue con su labor meticulosa. Ahora se mete a su celular y le hace una llamada, misma que no es contestada, porque él no responde fuera del horario de trabajo, al menos que sea de su esposa, que lleva dos años de finada.
Nadie lo quiere, ni mamá Pato, ni mamá Ganso. «Es su karma» dijo la Rana, docta en ciencias ocultas. Triste nadaba hacia las fauces de Lagarta, cuando fue rescatado. En la veterinaria se le identificó con una especie en vías de extinción. Desde ese momento le dieron atenciones extremas. De vez en cuando le llegaban noticias de sus hermanos. Algunos, a vuelo de mata escondiéndose de la carabina de Elmer. Los gansos perseguidos por su hígado. Los pocos sobrevivientes al reconocerlo se ponían verdes de envidia. La Rana movía la cabeza y a cada salto decía croando: «Es el karma, es el karma»
No he dormido. Si bien el sapo que besé se convirtió en apuesto príncipe, por la noche se duerme con la boca abierta; cada mosca que pasa la desaparece y croa satisfecho. Acepté a regañadientes que construyera un estanque, y lo adornara con lajas limosas en la recámara. Anoche le di la orden al “encantador”, que trajese su mejor animalito y lo escondiera entre el limo.
El dia lunes 13 a las cinco de la mañana, Juan, el repartidor de pizzas, tuvo un accidente mortal. El negocio informó que era día de su descanso y se le facilitaba el vehículo por vivir en una zona alejada. El ministerio refiere que el cuerpo portaba una camisa color amarillo, que identificaba a la pizzería, un bóxer ajustado de color rojo, calcetines negros. No se encontraron sus pantalones, ni zapatos. Algunos trasnochados vieron la moto circular a gran velocidad y tras de ella un auto compacto de color indefinido. Menos mal que la moto no sufrió daños.
Se tallan, se miman, se regodean. Muchos años pasaron para encontrarse en las orillas del río, y sus corazones duros se inflaman. Un día por la mañana llega un niño, toma una de ellas, la acomoda en su mano y la tira viendo como hace giros sobre los brillos del agua.
En el camino hacia su casa el músico me explicaba que ya había nacido uno y que el otro no podía. El otro estaba atravesado. Un producto en transversa, en cualquier parte, es cesárea. Y ahora él me decía: «haga lo que pueda médico. Si se va a morir, es mejor que se muera aquí» Faltaba una hora para el amanecer. Aullaban los perros y la brisa traía el olor de las limonarias.
Para fortuna mía la parturienta hablaba español y dos parteras estaban presentes, que intentaron salir en cuanto me vieron, pero les dije que ellas me ayudarían. Quité las imágenes religiosas de la mesa, y ayudamos a la señora a subirse y tenderse sobre ella. Colgué de las vigas dos frascos con suero y canalicé una vena, que previamente había entablillado el brazo para protegerla. Las señoras me servirían para levantar sus piernas. Por fortuna tenía un buen arsenal de medicinas, que poco a poco fui reuniendo cuando hacía mis prácticas hospitalarias. Una hora después, la luz del cuarto mejoró con dos lámparas de gasolina. Cómo si fuese un viaje, todo parecía estar en orden, estaba a punto de partir con mis pasajeros. Ella había tomado bríos con el suero y su cara se había destensado al percibir que la acompañaríamos. Afuera los gallos cantaban en relevos. En el suero estaban las sustancias que llevarían a la pasajera a un sueño profundo, quizá unos diez minutos, críticos, vitales. El borde entre la vida y la muerte.
Antes de la cesárea los médicos de aquel tiempo intentaban lo siguiente. Yo parecía escuchar aquella clase en que el viejo maestro nos dictaba: «Metan la mano y traten de localizar el producto, dónde la cabeza, donde están los pies. Localicen la mano y traten de saludarlo, si su mano encaja, podrán imaginarse cómo está situado. Recorran el cuerpo para llegar a sus pies y sujétenlo, trabando sus dedos entre los dos tobillos. Muy despacio, lleven los pies hacia el pubis, y al llegar harán que de una maroma. Sacaran los pies y a lo último quedará la cabeza. Una equivocación y la matriz se desgarrará».
Han trascurrido muchos años y lo recuerdo como si fuese ayer. El día en que una mano invisible entró a la yema de mis dedos y me dio la increíble belleza de salvar a una madre y a su hijo.
En la madrugada, frente a su casa, hablé con el músico. Lejos relinchaba un caballo. —Tu mujer está mal, el niño está atravesado. Hay que trasladarla a un hospital. —No tengo dinero doctor. Usted sabe lo que ganamos y lo caro que sería una operación. Además ¿Cómo la llevamos? Me quedé callado. Había un cielo sin estrellas. —Dígame médico ¿podemos hacer algo? Tardé en contestar. La alborada estaba a la vuelta de la esquina. Ya uno que otro gallo cantaba. —Corremos el riesgo de que se muera. —Como quiera se va a morir doctor. Mire, si decido llevarla, habrá que cargar con ella. Serían seis horas de camino hasta el río. Si está el lanchero cruzaremos rápido, pero del otro lado habrá que esperar a que pase algún vehículo y nos haga el favor. Y si se me muere allá ¿cómo la traemos? De que se muera allá, mejor que se muera aquí… «Qué poca madre tiene, pero no le falta razón». Y entré de nuevo a la vivienda a enfrentarme con algo que solamente había leído en los libros y en la vos de un viejo maestro.
Los truenos se oyen cada vez más cerca. La luz apenas se unta en los bordes y me aterra el relámpago que enciende el almendro y lo exhibe en su fragilidad. Asi veo la radiografía de mi papá, cuando el médico la pone en la pantalla y dice: «llévenlo a terapia intensiva»
Mamá y yo seguimos con la mirada la camilla dondeva mi padre.
Frente a mí, una bella mujer descruza las piernas y no puedo evitar verle su ropa interior. Ruborizada me dice » ¡ay ya lo retraté! » Una expresión usada en mis días de escolar, por el mismo motivo. Con picardía le contesté: sería mejor si nos tomáramos una de cuerpo entero.
La luz traspasa los vidrios de la ventana y se tiende en una sábana color madera proyectando un tablero sobre la cama. Ella, es una reina blanca, él, un alfil negro, que, estremecidos, evocan la reciente victoria..
Se sentó y tiró de las sábanas para cubrirse mientras miraba la habitación desconocida. Estaba decorada en ricos tonos joya y la cama era enorme. Se percató que tenía una mano sobre su cadera, por el anillo, reconoció que era la de Toño, el mejor amigo de su marido, que dormía a su lado. Con cuidado se quitó la mano. Fuera de la cama y ya vestida salió hacia la calle. Laura, laura escuchó que la llamaban. Era la voz de su marido.
Laura, laura despiértate que no tarda en llegar Toño.
Abrí la cortina, y hubo luz y brisa. La cortina se movía al parejo del rechinido de la cama. Por tu aroma de manzana sabía que estábamos en el paraíso. Sí, también la mirada furiosa de Dios que volvió a expulsarnos.
Me desperté solo, con un dolor intenso en mis costillas. Todavía escuché la voz de la enfermera que gritaba: «¡Traigan el desfibrilador!».