En el tren de Rubén García García

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Sintió la tibieza de una boca en sus labios. El tren del medio día había cruzado el túnel y la claridad volvió. Los cuatro pasajeros parecían dormidos y de pelo en pecho.

Disfruto imaginar de Rubén García García

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En mi espacio de relax en la oficina, me da por imaginar que te platico los cotilleos que hacen mis compañeras de oficina, mientras bromean y tomamos café. En mi dormitorio, entre los susurros del acondicionador de aire, me gustaría que estuvieras en mi cobijo. Amo el placer de decir lo que sucede, lo que vuela por mi interior. Me estremece paladear los gajos de tu nombre, y gritar en silencio lo que no puedo decir en voz alta. fantasear que eres tú quien levanta mis piernas y entre el agua desbordada percibir en mi senda la marcha de tu infantería. Exhausta, abrazo a mi almohada.

El tío de Rubén García García

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El tintineo de un reloj, el tintineo de una campana y el sonido de alguien respirando. Algunas veces era así en el apartamento del tío. El salón con sus cojines de terciopelo que hacían juego con el color de los muebles. Dos lámparas en las esquinas que parecían torres.

En las mesas y jugueteros vivía el grupo de muñequitos de porcelana. Dos veces al día se limpiaban meticulosamente. El reloj daba las campanadas cada hora, y cuando lo hacía, era como si alguien saliera del cuerpo del tío, dejándolo solo con sus pensamientos y recuerdos.

Parecía muerto, pero no, solo dormía.

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Finanzas de Rubén García García

Ayer a las quince horas de Greenwich se dieron a conocer noticias catastróficas para las bolsas del mundo: murió la gallina de los huevos de oro, el vellocino de oro desapareció y el rey Midas agoniza de inanición. Solo se está en espera de que la expedición que se armó con los mejores gambusinos del mundo de la buena noticia que por fin encontraron el tesoro de Moctezuma.

Hay mucha inquietud en los inversionistas.

Al extremo de Rubén García García

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La cochinilla es excelente para pintar de carmín alimentos veganos. Los veganos lo ignoran, y algunos al enterarse que el rojo emana de un insecto, sienten que han caído en pecado, y para limpiar su impureza se flagelan con pencas de nopal que es donde se cultiva el insecto.

Un saxofón en el bar de Rubén García García

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Me estremecí con tu olor de varón, tu piel cuchicheándome al oído. La tela plegada a mi pezón me encendía en un placer doloroso. No pude más y me quité la braga. Desde mi lugar veía solo dos mesas una en la que jugaban ajedrez y en la otra un tipo que escribía. Un saxofón. Mi vestido amplio, oscuro y la poca luz ocultaron lo que hacía. Cuando me atreví el mesero hizo una seña, como interrogando si deseaba algo y con un ademán le di a entender que no. Sentirme sobre ti y con mis dedos felinos al centro. ¡Nadie puede evitarlo! Muerdo la servilleta para no gemir… Es culpa, miedo y algo más que no defino. ¡Me insulto! Tal vez sólo trato de defenderme de lo que creía imposible hacer, tal vez sólo limpio o ensucio mi conciencia, Me maldigo porque quizá un día no me importen los veinte años de matrimonio ¡qué se vayan al desagüe! Temblorosa salí del bar con el libro bajo el brazo.

Todo se parece… de Rubén García García

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El aroma del café salta de casa en casa. La neblina no se despereza y sigue en reposo. En el pueblo de Tlen repiquetean las campanas llamando a misa. La niña de ojos negros se entretiene haciendo dibujos en el vidrio de la ventana que da al patio. Mira que la niebla se arrastra bajo el manzano: «es una boa que repta». Algo más le ha llamado la atención. Es el gato de Juan, su amigo de la escuela, que brinca sobre la serpiente de humo y cae sobre el charco llenándose de barro. Romi explota en una carcajada, y recuerda que ayer, Juan se tropezó frente a su casa. El gato con lodo y su amigo también.

Invierno de Rubén García García

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Me turba el árbol enjutado y carente. Ya doblado por el viento y cubierto de hongos.

Perseverancia de Rubén García García

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Salió al patio. Pasaban de las tres de la mañana y era el tercer día que no podía dormir. Había tomado de todo, desde remedios caseros hasta las grageas del homeópata. Cuando los bostezos llegaban, se tiraba a la cama y el sueño desaparecía. En la séptima madrugada sacó del cajón una pistola y se voló la tapa de los sesos. A través del cristal reconoció a la misma araña que se columpiaba indiferente al murmullo de los rezos

Los posos de Rubén García García

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En el departamento del tío, la sala de estar con sus cojines de terciopelo que hacían juego con el color de los muebles. Un grupo de muñequitos vivía en las mesitas y esquineros. Dos veces al día eran meticulosamente limpiados. El reloj que cada hora daba la cuota exacta de campanadas, el espejo situado en lo alto de la pared era un ojo registrando cualquier movimiento. Las lámparas sobre los esquineros parecían dos torres.

En la noche, para ir a mear, iba sigiloso. Los botones del pijama los aseguraba. Cerrado el baño. Salía el chorro grueso y enérgico que caía golpeando el agua del retrete. Rompía la profundidad de aquel silencio. Sentía que meaba sobre sonajas y el éxtasis llegaba al bajar la palanca que hacía un ruido de hipos mayúsculo. Disfrutaba del ruido, que a él le parecía música. Acostado en línea recta sobre la impoluta sábana se abría paso una inesperada erección, a la cual cumplía con suspiros y chillidos de gato bebé.

La vara de Rubén García García

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En los momentos que escribo siento que camino sobre un hilo que cruza un abismo; y antes de llegar, caigo. ¿Sabes? Una vez los duendes me obsequiaron una vara viva. Cada vez que cometía un error me azotaba. Cuando cometí el primer abrupto me lanzó al vacío y dijo con gravedad: «¡Uno más que deja de ser escritor!». la miré desde abajo sin odio, sin rencor y le pedí continuar. Noventa y nueve veces lo he intentado y las mismas que he rodado hasta la sima.

No la detesto.

La última vez que caminaba sobre la cuerda, había recorrido la mitad del precipicio, cuando cometí la imprudencia y ella, salvaje, me dobló el lomo con un golpe y se rio. Aún escucho: «¡Cuándo aprenderás!» Lloré de impotencia. Me tragué el llanto. Respiré hondo para amortiguar la caída y desde allí, la miré con súplica, pero ella me gritó: “¡Quédate allá! ¡Busca otro oficio! Supe entonces comprender lo que quiso decirme y con las manos inflamadas volví a escalar.

Los día difíciles de Rubén García García

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Regresaba poco después de las diez de la noche, «¿recuerdas que te gustaba caminar por la zona rosa esperando alguna aventura? La tía y las primas dormían. Con cuidado metías la llave en la cerradura, el mismo que se necesita cuando es una primera vez y en silencio sonreías. No prendías la luz e ibas como gato ciego hasta llegar a tu recámara. «¡Claro que tenía que hacerlo! uno de arrimado es siempre arrimado. Me miro y allí estoy quitándome la ropa, acomodándola para que no se arrugue. «¡Chamacas no ensucien tanta ropa, que la señora que plancha no vendrá en un mes!” desde mi cuarto escuchaba a la tía».

A veces, la luz de la noche aluzaba la sábana blanca de lino que el tío había pasado de la frontera. Me tendía en la cama, recto, como muerto estirado y evitaba que se arrugara el lino. Pienso en Alicia, en aquella compañera de pechos abultados. «¿aquella que te mandó a la chingada?». La misma. La imagino a mi lado y mi amigo se inquieta. «Cómo madres ibas a saber que aquel ángel a quien le rendías honores con tu instrumento un día llegaría a tu lado en condiciones precarias. La vida es cabrona. Terminada la faena, vas al baño y orinas con un chorro grueso, caliente y bajas la palanca con fuerza y escuchas los hipos violentos del wc. Yo sonreía, pues el ruido del sanitario nadie lo puede evitar, con el agua se iban mis tensiones y regresaba enfundado en el pijama dispuesto a dormir con una sonrisa.

La pócima mágica para ser escritor

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Un servicio esmerado debe de ser bien retribuido de Rubén García García

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Mañana vendrá el niñato de piel delicada, es insoportable, pero a cambio me deja el doble de lo que hoy gasté. A mí me gustan las manos ásperas, callosas por el golpe diario del quehacer. Ese contraste que percibo entre la rugosidad de la palma y la tersura de mis caderas. Estoy exhausta, y satisfecha de intimar varias veces con un hombre recio, viril, al que le dejé una porción generosa de dinero.

Makiu. El hada y el león de Rubén García García

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Makiu implora que aparezca su Hada. Está sentada en la cama y no puede dormir. Ella llega deshaciéndose en disculpas. Acariciando su cabeza dice:

—¿Qué te sucede?

—Cuando empiezo a dormir, sale un león y me persigue.

El Hada sonríe.

—Duerme.

Ella entra en su sueño y sí, hay un enorme león.

—¿El león es de melena negra?

—Si. -Dice la niña

—Ya no te molestará.

La madrina se retira, sonríe satisfecha cuando la ve dormida. Llega a su retiro, pone la varita en el estuche, se tiende sobre la sabana y programa soñar con un campo de flores. Hay un extenso campo donde se florean las azaleas. Entre los tallos y las ramas irrumpe el color negro de una melena y el brillo frío de unos ojos. Se despierta angustiada y de inmediato le habla a su hada madrina.