Al extremo de Rubén García García

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La cochinilla es excelente para pintar de carmín alimentos veganos. Los veganos lo ignoran, y algunos al enterarse que el rojo emana de un insecto, sienten que han caído en pecado, y para limpiar su impureza se flagelan con pencas de nopal que es donde se cultiva el insecto.

Un saxofón en el bar de Rubén García García

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Me estremecí con tu olor de varón, tu piel cuchicheándome al oído. La tela plegada a mi pezón me encendía en un placer doloroso. No pude más y me quité la braga. Desde mi lugar veía solo dos mesas una en la que jugaban ajedrez y en la otra un tipo que escribía. Un saxofón. Mi vestido amplio, oscuro y la poca luz ocultaron lo que hacía. Cuando me atreví el mesero hizo una seña, como interrogando si deseaba algo y con un ademán le di a entender que no. Sentirme sobre ti y con mis dedos felinos al centro. ¡Nadie puede evitarlo! Muerdo la servilleta para no gemir… Es culpa, miedo y algo más que no defino. ¡Me insulto! Tal vez sólo trato de defenderme de lo que creía imposible hacer, tal vez sólo limpio o ensucio mi conciencia, Me maldigo porque quizá un día no me importen los veinte años de matrimonio ¡qué se vayan al desagüe! Temblorosa salí del bar con el libro bajo el brazo.

Todo se parece… de Rubén García García

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El aroma del café salta de casa en casa. La neblina no se despereza y sigue en reposo. En el pueblo de Tlen repiquetean las campanas llamando a misa. La niña de ojos negros se entretiene haciendo dibujos en el vidrio de la ventana que da al patio. Mira que la niebla se arrastra bajo el manzano: «es una boa que repta». Algo más le ha llamado la atención. Es el gato de Juan, su amigo de la escuela, que brinca sobre la serpiente de humo y cae sobre el charco llenándose de barro. Romi explota en una carcajada, y recuerda que ayer, Juan se tropezó frente a su casa. El gato con lodo y su amigo también.

Invierno de Rubén García García

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Me turba el árbol enjutado y carente. Ya doblado por el viento y cubierto de hongos.

Perseverancia de Rubén García García

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Salió al patio. Pasaban de las tres de la mañana y era el tercer día que no podía dormir. Había tomado de todo, desde remedios caseros hasta las grageas del homeópata. Cuando los bostezos llegaban, se tiraba a la cama y el sueño desaparecía. En la séptima madrugada sacó del cajón una pistola y se voló la tapa de los sesos. A través del cristal reconoció a la misma araña que se columpiaba indiferente al murmullo de los rezos

Los posos de Rubén García García

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En el departamento del tío, la sala de estar con sus cojines de terciopelo que hacían juego con el color de los muebles. Un grupo de muñequitos vivía en las mesitas y esquineros. Dos veces al día eran meticulosamente limpiados. El reloj que cada hora daba la cuota exacta de campanadas, el espejo situado en lo alto de la pared era un ojo registrando cualquier movimiento. Las lámparas sobre los esquineros parecían dos torres.

En la noche, para ir a mear, iba sigiloso. Los botones del pijama los aseguraba. Cerrado el baño. Salía el chorro grueso y enérgico que caía golpeando el agua del retrete. Rompía la profundidad de aquel silencio. Sentía que meaba sobre sonajas y el éxtasis llegaba al bajar la palanca que hacía un ruido de hipos mayúsculo. Disfrutaba del ruido, que a él le parecía música. Acostado en línea recta sobre la impoluta sábana se abría paso una inesperada erección, a la cual cumplía con suspiros y chillidos de gato bebé.

La vara de Rubén García García

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En los momentos que escribo siento que camino sobre un hilo que cruza un abismo; y antes de llegar, caigo. ¿Sabes? Una vez los duendes me obsequiaron una vara viva. Cada vez que cometía un error me azotaba. Cuando cometí el primer abrupto me lanzó al vacío y dijo con gravedad: «¡Uno más que deja de ser escritor!». la miré desde abajo sin odio, sin rencor y le pedí continuar. Noventa y nueve veces lo he intentado y las mismas que he rodado hasta la sima.

No la detesto.

La última vez que caminaba sobre la cuerda, había recorrido la mitad del precipicio, cuando cometí la imprudencia y ella, salvaje, me dobló el lomo con un golpe y se rio. Aún escucho: «¡Cuándo aprenderás!» Lloré de impotencia. Me tragué el llanto. Respiré hondo para amortiguar la caída y desde allí, la miré con súplica, pero ella me gritó: “¡Quédate allá! ¡Busca otro oficio! Supe entonces comprender lo que quiso decirme y con las manos inflamadas volví a escalar.

Los día difíciles de Rubén García García

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Regresaba poco después de las diez de la noche, «¿recuerdas que te gustaba caminar por la zona rosa esperando alguna aventura? La tía y las primas dormían. Con cuidado metías la llave en la cerradura, el mismo que se necesita cuando es una primera vez y en silencio sonreías. No prendías la luz e ibas como gato ciego hasta llegar a tu recámara. «¡Claro que tenía que hacerlo! uno de arrimado es siempre arrimado. Me miro y allí estoy quitándome la ropa, acomodándola para que no se arrugue. «¡Chamacas no ensucien tanta ropa, que la señora que plancha no vendrá en un mes!” desde mi cuarto escuchaba a la tía».

A veces, la luz de la noche aluzaba la sábana blanca de lino que el tío había pasado de la frontera. Me tendía en la cama, recto, como muerto estirado y evitaba que se arrugara el lino. Pienso en Alicia, en aquella compañera de pechos abultados. «¿aquella que te mandó a la chingada?». La misma. La imagino a mi lado y mi amigo se inquieta. «Cómo madres ibas a saber que aquel ángel a quien le rendías honores con tu instrumento un día llegaría a tu lado en condiciones precarias. La vida es cabrona. Terminada la faena, vas al baño y orinas con un chorro grueso, caliente y bajas la palanca con fuerza y escuchas los hipos violentos del wc. Yo sonreía, pues el ruido del sanitario nadie lo puede evitar, con el agua se iban mis tensiones y regresaba enfundado en el pijama dispuesto a dormir con una sonrisa.

La pócima mágica para ser escritor

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Un servicio esmerado debe de ser bien retribuido de Rubén García García

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Mañana vendrá el niñato de piel delicada, es insoportable, pero a cambio me deja el doble de lo que hoy gasté. A mí me gustan las manos ásperas, callosas por el golpe diario del quehacer. Ese contraste que percibo entre la rugosidad de la palma y la tersura de mis caderas. Estoy exhausta, y satisfecha de intimar varias veces con un hombre recio, viril, al que le dejé una porción generosa de dinero.

Makiu. El hada y el león de Rubén García García

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Makiu implora que aparezca su Hada. Está sentada en la cama y no puede dormir. Ella llega deshaciéndose en disculpas. Acariciando su cabeza dice:

—¿Qué te sucede?

—Cuando empiezo a dormir, sale un león y me persigue.

El Hada sonríe.

—Duerme.

Ella entra en su sueño y sí, hay un enorme león.

—¿El león es de melena negra?

—Si. -Dice la niña

—Ya no te molestará.

La madrina se retira, sonríe satisfecha cuando la ve dormida. Llega a su retiro, pone la varita en el estuche, se tiende sobre la sabana y programa soñar con un campo de flores. Hay un extenso campo donde se florean las azaleas. Entre los tallos y las ramas irrumpe el color negro de una melena y el brillo frío de unos ojos. Se despierta angustiada y de inmediato le habla a su hada madrina.

La decisión de Juana de Rubén García García

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Ella sospechaba que él tenía ya otra mujer. De un tiempo acá llegaba después de la media noche.

. —Cuando me acosté estabas bien quieta y no te quise despertar.

—¿Te fuiste con tus amigos?

—Ha aumentado el trabajo, pero a la salida nos tomamos una cerveza.

Juana vivía en una vecindad. Por la tarde sacaba la silla y su canasta de tejido fuera del cuartucho y continuaba con la filigrana de colores que iban decorando la tela. Sus ojos en el manto y sus oídos en el taconeo. Cuando reconocía el andar de su esposo empezaba a calentar su cena. Desde hace meses lo oía trastear en la cocina, desvestirse y roncar.

Hace cinco años se juntó con él. —Estabas joven, con cara de niña. Sí, pero harta. Como yo fui la mayor hacia todo y mi madre solo sabía hacer hijos con los hombres que se juntaba. Dos años después la dejaban. No me incomodaban mis hermanos, ellos no tenían culpa, para ellos yo era su mamá. Tampoco juzgo a mi mamá, simplemente me harté y me salí de la casa y me fui con él.

En cinco años nunca se le detuvo la regla. «mujer es la que puede tener hijos y por más que le rogué a la virgencita nunca quedé panzona. Vendí mis bordados y fui a ver al médico de la iglesia que me dio la dirección de una especialista. Me gasté hasta lo que no tenía y la doctora dijo que había que hacerle estudios a él. Pero como va a creer que yo le iba a decir eso a Alfonso. Es como decirle que no sirve».

Amaneció enojada con ella. Aseó la vivienda, lavó la ropa, guisó. Si su marido llegaba temprano, solo calentaría la comida. Después de bañarse, maquillarse, y vestirse con su mejor atuendo salió hacia la calle de luces y cumbia. «si soy yo, ¡malhaya!, si es diosito que no quiere, pues que se le hace». Se le acercó un jovencito. Ella dudó, ¿Tenías miedo? y como chingaos no tenerlo. Miedo a que te destripen, miedo a todo. Escuché la voz de él, como si hubiese salido del cascarón. “No sea malita, yo también tengo miedo” y eso me desarmó y me dio valor.

Esa noche lo esperó y lo incitó a tener sexo. Un día no llegó la comadre y la panza se le hizo globosa. El esposo volvió a ser el mismo, amable y protector de la familia. Cuando el niño cumplió el año, el esposo con cariño, le dijo al oído: ¿Cuándo me darás la niña para tener la parejita?

Reencuentro de Rubén García García

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¡Fueron días de esplendor! El sótano de la escuela era el refugio donde tus manos me tomaban del cuello y tus piernas se anudaban a mi cintura. Hoy nos encontramos en el cinema, tú fingiendo una plática con tu pareja, yo, simulando no verte. Al cruzarnos solo los aromas se mezclaron, viejos conocidos…

El otro de Rubén García García

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El bebé vio a otro bebé. Arrojó la sonaja al intruso y el intruso hizo lo mismo. Lloró con espanto y a toda prisa regresó buscando los brazos de su mamá. El otro se sonrió y despues se hizo humo por la ventana del espejo.

Los patos de Rubén García García

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Llegué al pueblo de Chinapa cuando los patos volaban colmando el cielo. La choza olía a cera, a silencio. A ella le confesé mi ánimo indiferente. Juntó hojas, flores y aceites que al hervir dejaron escapar aromas de raíces tiernas.

Tome la poción al anochecer.

Me despeñé en un sueño y me vi en una procesión. Llegué al altar frente a la sacerdotisa. Ella, ocultando mi cara con su túnica besó mi boca y degusté el sabor de las almendras silvestres. Desperté sudoroso, tratando de tomar una bocanada de aire. Los cantos de fe envolvían mis oídos, pero no lo suficiente. A lo lejos escuchaba el graznar de los patos, que enmudecían los golpes que yo propinaba al ataúd.