Me recostaba debajo del mango. Comía hasta quedar ahíto. Descansaba y volvía a jambarme de la carne dorada y jugosa; ríos amarillos, dulces y pegajosos escurrían hacia mi barbilla. Lejos se oían los gritos de mi madre llamándome y reclamando su hato de leña. «Tanto tiempo para traer unas cuantas ramas» «ya no hay amá. Seguro que fueron a leñar antes»
Mi madre fue a buscar y encontró los huesos de mango que tiré. Enojada me dice: «¡Chamaco holgazán!, por estar tragando mangos no buscaste leña, pues con qué crees que se guisan los frijoles, las tortillas que te jambas. Te pareces a tu padre, buenos para nada. Todos los días sale a buscar trabajo y solo regresa con hambre y se acaba lo poquito que hay. ¡Nada, no trae nada! Busca y trae leña, pero ya». «Qué culpa tiene mi padre que no le den trabajo, que culpa tengo de que otros leñadores se me hayan adelantado…». Eso pensaba. En la mano traía una piedra lisa, redonda y veía entre las ramas el amarillo de los gordos mangos que bamboleaban con el viento.
Juan siempre sonríe, me busca con su mirada en la iglesia. Cuando nos damos el saludo para honrar en la hermandad percibo que su apretón de manos es un ruego. Terminada la ceremonia se despide con una voz que apenas le alcanza, le contesto educada. Él nota mi indiferencia y se retira con los hombros caídos. Si yo le diera una lucecita, seguro que su pulso percutiría sin ton ni son. Podría tenerlo comiendo de mi mano, pero mi cuerpo por dentro y por fuera lo rechaza. Allá está Esteban, siempre rodeado. Tiene tiempo que le doy la mirada, pero él no se ha dado cuenta. Hace tres meses me enteré que es hijo del cura y una amiga de mi mamá. Fue la vez que buscaba, en el viejo clóset, una joya y encontré una agenda donde leí que Esteban fue dejado en las puertas de la iglesia y el cura se ha hecho cargo de él. Fue entonces, cuando lo vi con otros ojos.
Mañana cumplo doce años y le he dicho a mi madre que invite al cura. Mi madre solo movió la cabeza y no me contestó.
La ángel Inició con su voz de remilgo, supe que algo no marchaba bien. Me dijo:
—Te cuidas exageradamente. Tomas café descafeinado a la misma hora con galletitas dietéticas. Visitas al jardín, más tarde das tu caminata habitual con tu perro Tobi.
—Sí. Todo eso hago, ¿a dónde quieres llegar?
—Eres predecible, si te quisieran hacer daño, lo harían fácilmente.
—¿Entonces para qué estás?
—Para cuidarte. Ahora tienes cuarenta años y desde que tienes conciencia siempre haces lo mismo. El único día que tuviste acción fue cuando fuiste a la biblioteca. Ya me cansé de estar cuidando a un anciano prematuro. Estoy pensando en solicitar un cambio. Necesitas incorporar a tu vida un suceso que rompa con tu vida monótona.
«Este ángel de la guarda tal vez quisiera que fuese un Robin Hood; me gusta vivir sin sobresaltos».
Como pude lo convencí de que estuviese más cerca. Nos llenamos de acción hasta la madrugada. Esa y muchas noches más.
Le ha cambiado el carácter y ahora ya no habla de solicitar un traslado.
El administrador del hotel “La flor” leyó: si atiende las indicaciones será compensado. Ponga en el mostrador el duplicado del cuarto 313. No nos mire.
Bajaron en silencio las escaleras. El camaleón sacaba la lengua a cada momento y sin motivo alguno. Fueron hacia la administración. El empleado supo que el trabajo se había hecho. Cerraba los ojos cuando lo amarraron, al tiempo que mordía su pañuelo. Sabía que la cacha de la escuadra caería sobre su cabeza.
«Tres mil dolares por un chingadazo en la cabeza, no es mala paga» dijo el Camaleón.
Encontró a su hermosa mujer haciendo el amor en el dormitorio con el vendedor de seguros. El hombre herido tuvo mesura. Guardó la pistola y se retiró para no volver nunca. Tres años después se casaba con una mujer muy fea. Disfrutaba de la paz que le da una mujer atormentada por la fealdad. Su trabajo de agente viajero lo desarrollaba con éxito y no exenta de riesgos por lo que su compañera conocía los sitios donde el pernoctaba. El día previo había platicado con ella y estaba a cientos de kilómetros. Por la ruleta de la vida esa noche llegó a su hogar y su esposa hacia el amor en su dormitorio con un sujeto joven y atlético. Sacó la “tartamuda” y encañonando al amante le preguntó visiblemente alterado
─ ¿Dígame que le ve a esta mujer que no es fea, sino feísima? ¡Dígame la verdad o lo mato!
La infiel parecía una ranita asustada, abdomen globoso y risa amplia, cuyas lágrimas rodaban por su cara y bañaban sus pechos caídos.
─ La verdad la verdad… es que su esposa tiene orejas muy bonitas.
Mi esposa me dijo que estaría unos días con su hermana, yo que saldría a un viaje de negocios, el caso es que nos encontramos en el carnaval bailando mejilla con mejila.
Se sentó y tiró de las sábanas para cubrirse el pecho, mientras miraba la habitación desconocida. Estaba decorada en tonos joya. Tenía una mano sobre su cadera, por el anillo, reconoció que era la de Toño, el mejor amigo de su marido que dormía a su lado. Con cuidado se quitó la mano. Fuera de la cama y ya vestida salió hacia la calle. «Laura, Laura» escuchó la voz. Era la voz poderosa de su marido.
Laura, laura. Despiértate que Toño ya viene en camino.
El Chuleta abrió la puerta del cuarto de aquel hotel. Percibió el olor y un cuerpo ensangrentado. Se acercó con precaución «es el “Perro”». Su enemigo. Lo identificó por el arete de marfil con forma de calavera. La sonrisa inicial desembocó en una gran carcajada que dispersó a las moscas. «¡Hasta que te vi muerto, cabrón hijo de puta!».
Escuchó detrás de él un suspiro. Luego, un dolor punzante en la nuca. Antes de sumirse en el vacío oscuro oyó la voz en eco de su odiado enemigo: «Hoy se te quitará lo pendejo».
Es tu hijo, el que fue bendecido por tus desvelos, quien dice: «Qué bien que ya se fue». La esposa y la hija, que llevan años prodigándole cuidados y gastando lo que no se tiene para cubrir sus gastos médicos, se quedan en silencio. La esposa llora y la hija sabe que es por la muerte del finado, quizá por lo que significó en su vida y porque será liberada del infinito cansancio de estar pendiente noche tras noche. Después de que terminen los rezos y la buena gente se despida podrá dormir algunas horas seguidas que desesperadamente reclama su cuerpo.
En la profundidad del sueño la alegría también se expresa con lágrimas.
Detrás de la carrosa iba un par de caballos blancos. El viudo montaba uno de color azabache. Poco antes de llegar al cementerio, Elpidio dio la orden de que se hiciera un alto y llamó al médico. La tarde se hacía vieja.
—¡Saquen el ataúd! ¡Médico!, ¿dígame si mi Lalita está realmente muerta?
Espero. Los ojos vidriosos y atentos. Ella dormía.
El médico le dijo que no había signos de vida.
No pudo contener el gemido. Sus arrugas se hicieron profundas e imposibilitado para hablar, con señas indicó que cerraran el féretro y volvió a ponerse delante del cortejo. Los caballos blancos eran de la finada y siempre la seguían.
Desnuda, frente al espejo, peino los cabellos que caen lacios caen sobre mi espalda. Las ropas ocultan mi piel. Nadie sabe, ni yo, de los vacíos que tiene mi alma: oscuridad muda.
Después del maquillaje, nadie diría que soy fea. Me miro de pies a cabeza, todo es perfecto, calzo las zapatillas; me doy vuelta de un lado a otro y todo está en su lugar.
El señor secretario me ha mandado el taxi, me espera en su oficina para disfrutar del café. Es un espacio íntimo, anexo a su oficina, atiende gajos de su vida privada.
Afuera, tiene asuntos graves que esperan.
Para él soy un capricho y quiere tomarse un capuchino, e inclinarse y mirar de reojo mis pechos. A veces se inquieta y le tiemblan las manos, aunque su voz tenga crisantemos, sé que su intención es envolverme con sabanas de seda.
Cuando el gobernador le habla, es el instante para salir.
Voy a mi oficina y la jefa con su voz de mando me pregunta por el secretario. Me mira parte por parte para descubrir alguna seña que la haga deducir que hubo algo más. Mis labios gruesos mantienen el color, el maquillaje exacto. Mi cabello tiene orden y aroma, exhalo mar y limonarias. Mis partes tienen un sentido de la exactitud.
Cuando salgo a entrevistar voy en el auto de la institución y un guarura del secretario me sigue. Qué torpeza sería si les hiciera saber que me doy cuenta. Regreso con mi trabajo realizado, el operador me compra una soda. No hay nada de extraño que el anciano me tome del brazo y roce mi cintura. Me dejo, pues sé que eso ánima su interior que todo hombre lleva.
Regreso a mi departamento y por las cortinas observo a un par de sujetos que rondan el edificio. Todos los días es lo mismo. Al señor secretario cada vez lo veo más desesperado, sabe que ya no tardo en irme a mi país, que el agregado cultural en la embajada es un viejo compañero de mi padre. Ya me dieron la liberación del servicio social, fue una gracia de su poder.
Acepté del Señor una felicitación, un beso en la mejilla y un abrazo.
Esa noche salí. Vi que me seguían. Me introduje al cine, se fueron y regresé en taxi a mi departamento que había dejado a oscuras. Antes de la media noche escuché la cerradura crujir, no me asusté, sabía quién era.
Recibí la orden de atender a un grupo de estudiantes para darles estadísticas de nutrición.
El domingo salí con una bolsa de compras. En realidad, era un escape para disfrutar de la playa. El mar, la inmensidad y el rumor fueron los que me movieron para tener una tarde intensa y acalorada y prometerle una platica más íntima. Y la tuvimos.
La prudencia de todo un año, de ser sorda a las insinuaciones y en una brevedad ruedo sin conocer hasta donde.
Esa noche con una veladora con olor a canela aluzamos la sala de estar, para no llamar la atención. Pasé la noche con él. Y poco antes de que abriera el día, lo insté a que se marchara.
No me dio descanso hasta que la madrugada nos alcanzó. Dos noches que conocí paisajes, colores, sensaciones y mis gemidos sofocados por la complicidad de las almohadas.
Él ya no está, terminaron el estudio. La Primera intimidad no se olvida.
En mi país tienen todo preparado para la fiesta de la ceremonia civil y religiosa. El novio que me espera. Los preparativos de ambas familias para realizar una fiesta de altura como corresponde al linaje. Somos de familias conservadoras y orgullosas del apellido.
La mujer se enamora en un clic y en una noche dejas a un lado de tu ropa íntima prejuicios, pudor y valores. Mañana estaré en el avión tratando de responderme si continuó con la boda o me enfrento a las consecuencias.
Me quedé quieto, en silencio. Ayer caminaba sin preocupaciones. Por la noche me despertó el llanto de mi vecina. Alfredo, su esposo, había muerto. Una semana antes el velador del vecindario fue cruelmente asesinado. Mi esposa que parece que nunca duerme me platicó que los perros no han parado de aullar; el colmo fue cuando lo hicieron en pleno día.
Ya se llevan el féretro, mi mujer estaba a punto de integrarse al cortejo, la detuve. «Te quedas en casa, ya habrá oportunidad de darles el pésame». Se han ido y quedó en el aire un aroma de flores trituradas.
Tomando café en la cocina vi pasar a mi hija. Llegó mi esposa, me dijo: «no sé cuál es tu ansiedad, al final tú y yo tenemos un año…», «¿un año de qué?» —le pregunté. «tal parece, que la volcadura que nos hizo caer al abismo, a ti, no tan solo te quitó la vida sino que también te hizo perder la memoria. Te lo diré una sola vez: estás muerto»
El abuelo tiene cinco años que murió y la abuela no deja de llorar. La escucho por la noche con sus gimoteos de niña. Hoy le diré al padre Toño para que se haga el aparecido.
El cura habló con ella y sigue lloriqueando. Si supiera que a mí no me duele el abuelo, me jode ella, que de tanto escucharla me deja con el ojo pelón. Anoche, la escuché hablar dormida: «Remigio, me dijo el cura que dejara de llorar para que tu alma descanse. Sabes que no le haré caso, seguiré gimiendo para que te revuelques en el purgatorio como el gusano que siempre fuiste».
Llovía. Llovía tanto que lo mejor fue aparcarse subiendo el auto a una banqueta.
Ella llegó a la reunión de Samantha y se sorprendió de ver tanta gente. La reunión la había imaginado con las personas allegadas a la familia y dos o tres amigas de años. La música fue estridente. Tiempo después le pidió a su amiga una aspirina y más tarde se despedía. Había empezado la lluvia y el esposo de la anfitriona fue el encargado de llevarla hasta su casa, contrariado por dejar a medias una plática.
La mujer, cada vez que tronaba, se tapaba los oídos. En aquella soledad de agua, le preguntó:
—¿Te doy un masaje en la nuca? —tal vez disminuya tu dolor.
El agua corría por la avenida arrastrando la basura de la ciudad.
Ella Tenía un cuello de garza. Las manos iban desde la nuca hasta los hombros y se detenían entre los dorsales y el arroyo de la espalda. Tenía ventosas y toques analgésicos en las yemas de los dedos.
El agua golpeaba el techo del carro.
—¿El dolor?
—Me lo quitas. —y ella destrabó los ganchos del corpiño. — sigue.
El masaje hurgó en áreas oscuras y sensibles. El golpe del agua coincidió con un arrebato que la cimbró. Una erección del cabello que la recorrió hasta llegar a los dedos de los pies.
En la oscuridad se escuchaba el muelleo, la rima de estertores y los quejidos de placer que tenían como fondo el murmullo de la lluvia.
El aguacero se hizo garua pertinaz y del dolor quedó una diminuta luz.
No me gusta que me agarren la cara!, deja que el viento fresco de la serranía entre y cierre mis ojos. ¡Tú, siéntate! Desde joven odio tener frialdad en las plantas de los pies porque me espanta el sueño. ¡No te quedes tieso! y fricciona fuerte, pero con cariño. No sea que por tenerlos helados, también se me espante la muerte.