Camino. La tarde gris. Llueve y ya algunos hilos de agua corren por la mejilla. Recuerdo tu cabello abundante, suelto, que se movía al vaivén del viento, despidiendo olores de manzanilla. Ese día te pediría que fueses mi novia, no llegaste, de hecho, nunca llegaste. Han pasado muchos años y cuando la tarde se hace gris, lluviosa. No puedo reprimir una exhalación y preguntarme: ¿Cómo estarás?
Agradezco a Lilian elphick, Daniel Frini, Sergio Astorga, Eddie Morales Piña, Camilo Montecinos Guerra y Andrés Pérez F. por acompañar a una lista de excelentes escritores y conformar el libro «La minúscula cuerda floja» antología de microrelatos 2023.
EL TRAPECISTA
Rubén García García
Tiene una semana que no se baja, el dueño ha comprado para él diferentes platillos y los rechaza. Sólo come alpiste, después de dormir arrodillado, se levanta y silba. Ni por equivocación hay que pasar por debajo.
Rubén García García. México, 1946. Médico cirujano con maestría en salud pública. Jubilado dela facultad de medicina de la Universidad Veracruzana. Ficticiano. Textos publicados en antologías:100 Fictiminimos, Libro de los seres no imaginarios, Alebrije de palabras, Cuentos pequeños, grandes lectores, Eros y afrodita; cuentos en libros escolares editorial Sm. Publica un libro de la editorial BGR, «La seña del murmullo». Se le encuentra en Fb como Rubén García García y en el blog https://wordpress.com/view/sendero.blog
LA MINÚSCULA CUERDA FLOJA». ANTOLOGÍA DE MINIFICCIONES.
Mientras buscan a donde acomodarse en el salón de clase de la escuela, las señoras del pueblo se saludan y el vaho denso y nuboso sale de su boca. De las casas cercanas llega el olor a café. Presido la mesa del comité de salud. Las personas se animan a preguntar. Contesto, dialogo y respondo con pasión. Se hacen señas, muestran interés. Hay gente de pie, otras escuchan fuera del recinto soportando las ráfagas de viento frío. El sol se ha mostrado y entre la plática con la comunidad, se abren silencios.
«Puedo verte a la distancia. Si tú pudieras hacerlo verías la sombra del pino en mi rostro»
Me preguntan, diálogo. Así son las mesas de trabajo.
Espero otro silencio para imaginar que nos damos vueltas con los brazos abiertos. Allá el monte del abuelo con su pinar, abajo el rio que serpea entre las lajas.
Finalizó la reunión.
Las mujeres mayores, se enteran que me gustan las flores, desean enseñarme su jardín.
—Llévese un codito y la siembra, con esto recordará nuestro pueblo. —Otras me ofrecen rosas.
Nadie nota mi urgencia. Es un viaje largo. «me embarcaré en el río de tu espalda para sembrarte de flores que me dieron en la comunidad». Eterno se me hace el viaje, pero que placentero es sentir cosquillas en el corazón.
Las mandarinas tienen la piel blanda y olorosa. A medida que maduran la cascara toma el color de cobre sucio. Se construyen en gajos simétricos, protegidos por hilos acremados. Un gajo en la boca complace al paladar más exigente, morder y sentir que los flujos dulces te inundan es refrescante. Una mandarina para un sediento es un placer inefable.
¡Por supuesto que no!, la mandarina no es la esposa del mandarín.
Salí a caminar por el centro histórico. Mi esposa salió fuera de la ciudad y llegaría dos días después. Mi hija recién regresó de un curso de informática y viajaría a una ciudad aledaña con un grupo de amigas. Sin plan me introduje al primer bar que vi. Había reproducciones de Van Gogh y música de saxofón. Le pregunté al capitán de meseros si me recomendaría una acompañante. Me desagrada estar solo.
Dos horas después teníamos una plática afortunada. Ella tenía alegría en su voz y al mover su cuello su pelo ensortijado bamboleaba sobre su exacto perfil. «Creo haberte conocido antes, tu cara me es familiar» —me dijo. Fueron tres horas excelentes. Me despedí, no sin antes agradecerle con una transferencia. Me acompaño hasta mi auto tomándome del brazo. ¿Cuál es tu rumbo? Coincidentemente vivía en un departamento cerca de mi residencia, así que la dejé frente al edificio. «metete al estacionamiento, te invito una copa. Yo la pago». Me sonreí. Un departamento mediano, íntimo, de colores sobrios con algún detalle que rompía la monotonía. Después de la copa puso música tranquila y la invité a bailar. Fue una noche deliciosa que amenizamos con la fluidez de la plática y algunas intimidades familiares. Nunca pensé que una mujer de veinte años menos que yo me instruyera en algunos secretos sexuales. Ja, yo que pensé que me las sabía de todas todas. Después me confesó que también tenía predilección por las chicas. Soy una mujer bisexual, me dijo con franqueza cosa que le agradecí.
Por la mañana, mientras se bañaba, yo lo había hecho antes, la rutina de levantarme temprano. Fui a su tocador a peinarme y hacerme el nudo de la corbata. Miré hacia la repisa y veo su foto acompañada de otra chica. La veo de cerca y me desordené. Tuve que sentarme. Reconocí a la mujer que estaba al lado de ella y haciendo un esfuerzo le pregunté cuando regresó. ¡Qué bien saliste en la foto Armenia! Sonriendo la vuelve a ver y me dice bajando la voz, mejor salió mi novia. Una semana estuvimos en Can Cun. La acompañé en un curso que llevó de informatica.
Dejé de comentarte porque me sentí un hombre que hablaba solo. Estabas con tu taza de té meciéndote en el sillón, con tu mirada en la lejanía. Te limitabas a contestarme con monólogos, como desde hace meses lo hacías. Me recluí en los periódicos, y tú en las telenovelas. Desde el balcón veía tu quehacer en el jardín, yo dibujaba. Los hijos, los nietos reunidos era uno de los momentos que disfrutábamos. Tarde nos dimos cuenta que jugábamos en equipos contrarios. ¿Volar? es ridículo. Esta casa la construimos hombro a hombro, es lo que logramos. Aquí viven los años felices, el silencio. Están en mis oídos tus pláticas con el rosal, como sus rosas lo están en mi lienzo.
Abrió el libro. Una colmena de sílabas y palabras se hicieron imagen. Sus sentidos se abrieron. El corazón duro de tantas batallas en el desierto cambió de modo. En la loma estaba el Principito hablandole a las dunas. —El viejo se quebró—, al escuchar la voz dulce que decía:
En la oscuridad y el silencio de una tarde en la caballeriza de la hacienda coincidimos. Sobrevino la indiferencia. Como vaquero me emplee en otros ranchos. Años después te vi sobre una yegua fina con nuestro hijo en tu regazo. Un hijo mío inocultable por el lunar entintado que ambos tenemos en el brazo. Atrás, tu esposo sobre un fino alazán.
De nadie me despedí, solo tomé el primer autobús que salía del poblado. Es cierto soy un cobarde, ¿pero, que haría usted, en mi lugar, amigo lector?.
Aquel tipo declaró que mató a más de cuarenta. En un acto de remordimiento aceptó donar una cornea, un riñón, una porción de hígado. Así cuando Dios lo llame a cuentas, la deuda será menos.
Al mirarte, me imaginó, que para ti doblar y desdoblar nubes te es cotidiano. Así como tomo mi almohada, que le doy de golpecitos para hacerla confortable a mi cabeza, así harás eso con los celajes. Si me acomodara en tus ojos vería pasar de cerca gusanos presurosos, vacas echadas a la holganza o dinosaurios imponentes que avientan llamaradas de cobre y oro en los ocasos. Por la noche en ese campo de iridiscencias quizá jueges ajedrez con la osa mayor. Podrías decirme que aroma tienen las estrellas, o cuantos secretos te ha contado la luna. No me cabe la menor duda que eres un ser celestial que todos los días miras a Dios. ¡qué terrible debe de ser para ti! Cuando la sed te agobia, tu cuerpo de pino esbelto, con su cuello de mujer ha de inclinarse para beber el agua terrenal.
Platicando con mamá dedicado a María Estela García García
A donde se fuera la mirada había vida, volaba con las garzas, pelícanos, gaviotas, y entre los aguáchales me sumaba al escándalo de los patos, chachalacas y cotorros. Elvira, mi hermana, era capaz de descifrar el rumor del río y cuando mamá le iba mal en la venta del pan y no teníamos que comer, Elvira se llevaba la cubeta y la traía llena de langostinos. El monte era inmenso y de todos. Cuando regresaba apenas si podía con mi morral de tomate silvestre y mangos que el viento había hecho caer. Eso era en los días que el dinero se volvía ojo de hormiga.
Ayer cumplió ochenta años y hace más de cincuenta que tolera un dolor de cabeza que se le instala por unas horas y se va. Agrega: «Ay de mí, él siempre tan puntual, que, si no llegara, me preguntaría :¿qué le habrá pasado? Por la noche me despierta y se va. ¡Duermo tan bien! Yo creo que el día que se ausente, me muero.
El viento oscuro levanta las hojas que caen. En el árbol hay un rumor y en la cripta un niño que sueña, y corre tras el remolino que se pierde. A su lado, en la misma cripta la madre le dice que se sosiegue, que a los trompos no se les persigue, solamente se les mira y se les disfruta en su brevedad.
Las gentes de Cox cuidan en sus patios a las plantas de café. Sus hojas parecen boleadas con aceite. Por la mañana, mientras caminas la cuesta quedas en éxtasis, ¡qué espectáculo cuando los cafetales florean!, el color blanco es tan tupido, que bien puede decirse que nieva en el trópico. Los niños ven crecer el fruto, y dia con día el rojo se apodera milimétricamente de la piel de la cereza y la engullen, es una gota de miel. Las abuelas dejan que el fruto se seque en la mata. La llevan al mortero hasta que la carne de la semilla está lista para tostarse en los comales de barro bajo el amparo de su paciencia. El aroma se dispersa y revolotea como niño travieso. Nunca se va, se queda en la memoria y todos los días se despierta.
Juana vivía en una vecindad. Por la tarde sacaba la silla fuera de la vivienda y tejía. Sus ojos en el manto y sus oídos en el taconeo. Cuando reconocía el andar de su esposo empezaba a calentar su cena. Desde hace un mes llegaba cerca de la media noche. Lo oía comer, desvestirse y roncar. Sospechaba con buenas razones de que su esposobuscaba o tenía otra mujer.
Hace cinco años se juntó con él. Estaba joven, con cara de niña. y harta. Como fue la mayor, hacia todo y su madre solo sabía hacer hijos con los hombres que se juntaba. No le incomodaban sus hermanos, ellos no tenían culpa, para ellos era su mamá. Tampoco juzga a su madre. Simplemente se hartó y se fue. En poco tiempo se encontró con el que sería su pareja.
En cinco años nunca se le detuvo la regla. Y mujer es la que puede tener hijos y ella no se embarazaba por más que se lo pedía a la virgencita. Vendió los bordados y empeñó su reloj. Fue inútil. Los estudios ni en sueños podía pagarlos y el punto final se lo dio la doctora «tendremos que hacerle estudios a su pareja». Decirle eso a Toño, su marido, es como decirle que no sirve
Ese día aseó la vivienda, lavó la ropa, guisó. Si Toño llegaba temprano, solo calentaría la comida. Salió a la calle con un vestido encendido, pegado y se fue a un parque de luces y cumbia. Se sentó a mirar los anuncios. Después de unos minutos se gritó «si soy yo, maldita sea mi vida» al rato se le acercó un jovencito. Ella dudó. Las piernas le temblaban y el sudor en las manos hizo que las frotara. Escuchó la voz de él, como si ésta hubiese salido del cascarón. «No sea malita, yo también tengo miedo» y eso le dio valor.
Esa noche esperó a Toño y lo incitó a tener sexo. Un día no llegó la menstruación. El esposo volvió a ser el mismo, amable cariñoso y protector de la familia. Cuando el niño cumplió el año, le dijo al oído. ¿Cuándo me darás la niña para tener la parejita?