Sendero

La araña capaz de matar con su veneno a un dinosaurio, fue víctima de una avispa que le inoculó su semen. Semanas después, del vientre del arácnido, saldrían, una tras otra, avispillas luciendo sus vestidos confeccionados en seda.
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En esta categoría ubico los textos que son de mi autoría. Ficción breve, miificción
Sendero

La araña capaz de matar con su veneno a un dinosaurio, fue víctima de una avispa que le inoculó su semen. Semanas después, del vientre del arácnido, saldrían, una tras otra, avispillas luciendo sus vestidos confeccionados en seda.
Sendero
Ayer se tituló la más chica de la familia. Fueron veinte años de levantarse todos los días antes de que el sol saliera para solventar los gastos de la “niña” «dormiremos hasta que el sol nos despierte» —se dijo el matrimonio.
En la alborada la cama les propinó una patada por el trasero y en silencio se vistieron para allegarse al quehacer de todos los días.

Sendero
Se han detenido las nubes oscuras, gordas. Las gallinas suben a la rama. Mamá mete la ropa, cubre los espejos, cierra las ventanas, desconecta el enfriador, prende una veladora. El perro se ha enroscado en el rincón de la cocina. El enorme zapote cruje y los tordos gritan buscando cobijo. Voy a mis cuadernos usados y ya tengo lista mi flota de barcos. Un trueno nos cimbra, brinco a los brazos de ella «es un rayo y cayó cerca de aquí» dice mi madre. ¿verdad mamá que los barquitos se asustan con los truenos y los rayos?

Al caminar por la alameda hay una estatua que siento que me mira.
Hace tiempo caminaba con mi novia tomados de la mano por el malecón de un puerto. En un instante se desató y corrió hacia una banca, y cruzó la pierna imitando a una estatua. Algo sucedió, que nunca más supe de ella.
Me llené de años, y en mi ruta tengo que pasar por el bosque y encontrarme con la mirada que me perturba.
Un día, cansado, la enfrenté cara a cara, ojo a ojo y encontré en su frente la historia de mi fugacidad. Me quedé a su lado y dejé que mi cuerpo se perdiera en la arboleda.

Sendero
A ls dos de la mañana convoqué a las ovejas y solo llegó una.
—¿Dónde están las demás?
—Están recibiendo instrucciones del nuevo perro ovejero.
—¿Entonces, tú por qué estás aquí?
— El, me dijo que yo tendría otras instrucciones, que me esperara.

Sendero
Makiu implora que aparezca su hado. Está sentada en la cama y no puede dormir. Él llega deshaciéndose en disculpas. Acariciando su cabeza dice:
—¿Qué te sucede?
—Cuando empiezo a dormir, sale un león y me persigue.
El hado sonríe.
—Duerme.
Él entra en su sueño y sí, hay un enorme león.
—¿El león es de melena negra?
—Sí —dice la niña.
—Ya no te molestará.
El hado se retira y sonríe satisfecho cuando la ve dormida. Llega a su retiro, pone la varita en el estuche, se tiende sobre la sábana y sueña con un campo de flores. Hay un extenso jardín donde florean las azaleas. Entre los tallos y las ramas irrumpe el color negro de una melena y el brillo frío de unos ojos. Se despierta angustiado y de inmediato le habla a su hada madrina… Y así, hasta que todos se quedan dormidos, incluso el león de melena negra.

Sendero
Llegó abrupto y entró como la navaja en un tomate. El mayo soleado dejó paso a un día invernal. Desaparecieron las moscas y el gato fiel a su costumbre fue hacía el tejado, pero se regresó antes de que la puerta se le cerrara. Al fondo del patio la lluvia helada caía sobre el naranjo. Él esperaba un chubasco que lo refrescara y no la insolencia de este frío que lo estremece. Las gotas resbalan por sus hojas. Él no sabe dónde quedó la gabardina. Mi madre con una sábana de plástico lo cubre y protege a los minúsculos botones que mañana perfumaran el viento.

Felicidades José Negrete Herrera de Rubén tu alumno de siempre.
«hacemos la incisión, alejamos el tejido graso, no usen instrumentos de corte, solo de disección. Vean, cuento uno, cuento dos y tres y aquí está el nervio circunflejo», «Pintamos a la vena de azul, a la arteria de rojo y al nervio de verde y esto lo llamamos disectocromia. ande, ande, toquen… el que no toca no siente, el que no siente es como el que no ve y el que no ve, no sabe».
«la anatomía que enseño es bajo la óptica de la medicina clínica. Lo que es útil para el médico joven»
Ese era el maestro José negrete Herrera. El libro que escribió es de gran utilidad y aún pasado muchos años lo siguen consultando.
En él había un valor mayor, la de ser humano. Un compañero me confesó: «vivo solo con mi madre, y ella tuvo un dolor en el vientre y fiebre, le hablé al maestro explicándole, y apresuradamente me dijo que la llevara a urgencias del hospital Juárez, que él estaría. Diagnosticó un abdomen agudo y operó de inmediato, se había reventado el apéndice. Mi madre vive por él».
Lo conocí cuando sus condiciones físicas mermaban, pero su pulso se mantenía firme, su cariño por enseñar era su diario. Tuvo el atributo de las personas sabias: enseñando lo que sabía y amando a las personas que lo rodeaban.
Ha pasado mucho tiempo pero su presencia persiste, su estatura moral sirva a nuestro México y al mundo.
En el cielo nublado, en salud y educación, que atormenta al país, más que nunca lo necesitamos.

Sendero
El hermano Carlos llegaría a casa de Juana, que a sus veinte años está tan débil que sus rodillas desfallecen. Ella entregará su corazón y fe al sanador.
El Hermano ordena que las veladoras y los santos estén en armonía con las flores. Reza como si platicara con Juana.
¿Recuerda el vestido de flores amarillas? La noche aquella en que lloró. ¡Qué nadie supo! ¿recuerda? —la olisquea.
Su libro de misal, que es de ella, olía a lágrimas infectadas de algo insano.
La intensidad de su voz resuena por los rincones de la casa y de los entramados. «¡Será el día en que el milagro llegue! Que lo insano se derrame en las almas proclives». Después de tres horas las plegarias están en camino celestial.
«Te pedimos por la alegría de ver caminando a Juana por los montes de Dios».
Meses después ella deambula por el jardín, corta la hierba que merma las dalias. mientras el sanador la recuerda con dolores intensos en las rodillas, con un perfil céreo y maltratado por las fiebres.
Ha llamado a su maestro, que atiende a tres horas de su pueblo, y no aparece.

Sendero
Tuve una amante musical. Al pulsarla escuchaba que caían sobre el tejado gotas de lluvia. Si mis labios rodeaban sus ojos me parecía escuchar los oboes al caer la tarde. Cuando mi respiración corría por la senda de su cuello susurraba su latido en un solo de maracas. Si besaba la oscuridad de sus colinas, ella me hacía oir los tambores de mi corazón en un frenesí que simulaba el aleteo del colibrí.

Sendero
Debo a la mujer mi nacimiento. y de mi esposa los cuatro hijos. Las mujeres me enseñaron a leer y escribir. Lo mucho o poco que sé de narrativa también se lo debo a ellas ¿Cómo no amarlas? Felicidades a las que han dado vida, poniendo en riesgo la suya. Las que día a día se la parten. Las que hacen milagros para sobrevivir y que apartan algo de algo para un sobresalto. Las que muy cansadas llegan del trabajo y continúan con él para que la casa no se caiga. Aquellas que en la madrugada se levantan para confirmar que sus hijos duermen tranquilos. Mucho les debemos.
Hace un año aún pude abrazarla y cuando decidió irse la tuve a mi lado.

Sendero
Camino. La tarde gris. Llueve y ya algunos hilos de agua corren por la mejilla. Recuerdo tu cabello abundante, suelto, que se movía al vaivén del viento, despidiendo olores de manzanilla. Ese día te pediría que fueses mi novia, no llegaste, de hecho, nunca llegaste. Han pasado muchos años y cuando la tarde se hace gris, lluviosa. No puedo reprimir una exhalación y preguntarme: ¿Cómo estarás?

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Agradezco a Lilian elphick, Daniel Frini, Sergio Astorga, Eddie Morales Piña, Camilo Montecinos Guerra y Andrés Pérez F. por acompañar a una lista de excelentes escritores y conformar el libro «La minúscula cuerda floja» antología de microrelatos 2023.
EL TRAPECISTA
Rubén García García
Tiene una semana que no se baja, el dueño ha comprado para él diferentes platillos y los rechaza. Sólo come alpiste, después de dormir arrodillado, se levanta y silba. Ni por equivocación hay que pasar por debajo.
Rubén García García. México, 1946. Médico cirujano con maestría en salud pública. Jubilado dela facultad de medicina de la Universidad Veracruzana. Ficticiano. Textos publicados en antologías:100 Fictiminimos, Libro de los seres no imaginarios, Alebrije de palabras, Cuentos pequeños, grandes lectores, Eros y afrodita; cuentos en libros escolares editorial Sm. Publica un libro de la editorial BGR, «La seña del murmullo». Se le encuentra en Fb como Rubén García García y en el blog https://wordpress.com/view/sendero.blog

LA MINÚSCULA CUERDA FLOJA». ANTOLOGÍA DE MINIFICCIONES.
DISPONIBLE AQUÍ:
o aquí: https://letrasdechile.cl/…/la-minuscula-cuerda-floja…/
Sendero
Mientras buscan a donde acomodarse en el salón de clase de la escuela, las señoras del pueblo se saludan y el vaho denso y nuboso sale de su boca. De las casas cercanas llega el olor a café. Presido la mesa del comité de salud. Las personas se animan a preguntar. Contesto, dialogo y respondo con pasión. Se hacen señas, muestran interés. Hay gente de pie, otras escuchan fuera del recinto soportando las ráfagas de viento frío. El sol se ha mostrado y entre la plática con la comunidad, se abren silencios.
«Puedo verte a la distancia. Si tú pudieras hacerlo verías la sombra del pino en mi rostro»
Me preguntan, diálogo. Así son las mesas de trabajo.
Espero otro silencio para imaginar que nos damos vueltas con los brazos abiertos. Allá el monte del abuelo con su pinar, abajo el rio que serpea entre las lajas.
Finalizó la reunión.
Las mujeres mayores, se enteran que me gustan las flores, desean enseñarme su jardín.
—Llévese un codito y la siembra, con esto recordará nuestro pueblo. —Otras me ofrecen rosas.
Nadie nota mi urgencia. Es un viaje largo. «me embarcaré en el río de tu espalda para sembrarte de flores que me dieron en la comunidad». Eterno se me hace el viaje, pero que placentero es sentir cosquillas en el corazón.

sendero
Las mandarinas tienen la piel blanda y olorosa. A medida que maduran la cascara toma el color de cobre sucio. Se construyen en gajos simétricos, protegidos por hilos acremados. Un gajo en la boca complace al paladar más exigente, morder y sentir que los flujos dulces te inundan es refrescante. Una mandarina para un sediento es un placer inefable.
¡Por supuesto que no!, la mandarina no es la esposa del mandarín.
