Cuando se extraña a un hombre de Rubén García García

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Debo de aceptarlo, él me hace falta. Todavía hace un año, agazapado en las sombras esperaba que se fuese a trabajar, y si ella prendía el radio podía colarme a su dormitorio. Qué brincos daba mi pulso, la boca seca y el ardor por abrazarnos. Salía furtivamente y retornaba a mi vida gris. Hoy llego a cualquier hora, no hay zozobra, ni pulso saltón. Estimado esposo de mi actual mujer, me hace falta tu presencia. Lamento profundamente su accidente.

Hoy me sentí pleno, ardiente, fogoso. Fui una tea en la cama. No la dejé dormir, sabía que en el clóset estaba él finado. Me hace tanto bien, que pondré otras cenizas en su cripta y dejaré aquí la suyas.

Berrinche por Rubén García García

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Toma al nieto y va a una loma, donde vive su comadre. La parte baja del pueblo, donde vive, es rodeada por el arroyo. Por el camino le dice:

Se ve mejor la lluvia desde el cerro, que estando encaramados sobre el techo de la casa. — niño está enojado.

—Abuela, yo quería ver cómo navega mi barquito, también escuchar el cacaraqueo de las gallinas cuando la corriente las revuelque y los chillidos del puerco de doña Eduviges que siempre se va a cagar al patio de la casa. La vez pasada tampoco me dejaste ver como se llevaba la corriente a don Marco, el señor que fue a gritarte frente a la casa. ¡Nunca me das gusto! En el cerro no veré nada.

Nepo y la muerte

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Nepo inició sus ejercicios después de los ochenta. Por la noche reflexionó que debería de prepararse para un buen morir. Regularmente dormía seis horas diarias, pero a fuerza de insistencia iría durmiendo dos horas más, de tal manera, que después de dos años llegase a las veinticuatro horas. Con tanto entrenamiento se fue empequeñeciendo, tanto, que la barba le ocultaba los pies.

Una noche la dama de negro le preguntó: ¿qué es lo que más deseas? «quiero morir» Por ahora, eso es imposible. «¿por qué?» antes de hacerse viento le dijo: Nepo, estás sobreentrenado.

La señora de la limpieza no discrimina de Rubén García García

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¡Un mes trabajando el cuento!, a media res había sido la mejor manera de presentarlo. A las tres de la madrugada lo terminé y resolví acostarme. Por la mañana fui a la oficina. La mesa del trabajo lucía brillante. Los libros ordenados, los ceniceros sin cenizas, sin colillas. De mi cuento solo una frase: «Aprovechen el viento, nos despoja del sopor y oxigenamos el espíritu». Era el tiempo de la Olivetti, y la campana del camión de la basura tintineaba lejos, muy lejos.

Salem de Rubén García García

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Salem se recostó sobre su cama y cruzó sus huesudos brazos sobre la quilla de su pecho. «No tarda en llegar», musitó en voz baja en aquel cuarto de azotea.

De los lavaderos comunales se oía el jugueteo del agua. Las mujeres tallaban la ropa y sus caderas se movían al ritmo del chapoteo. El viento de la tarde dejaba un aroma de limones y el recuerdo de su esposa.

Ella después de comer ordenaba la cocina. Se duchaba y salían rumbo a la alameda. Una nieve de zapote, otra de pitahaya y la noche los detenía en las esquinas oscuras bajo el alboroto de las luces lejanas. Asi fue su primera vez y nunca hubo una segunda. La oscuridad y los besos siempre fueron los mismos.

¡Te quiero así! Y se metía en sus labios, en el limón de sus axilas y el salado de sus ingles. Años donde tocaron el cielo con fuego y sal. Ella murió con felicidad, y con las letras de su nombre en la saliva. El corazón de él se fue con ella. Con el tiempo las mujeres que llegaron después tuvieron que aceptar que Salem se había quedado sin corazón, pero repleto del prodigio sexual para elevar las féminas al borde. Como si ellas fueran un cohete que en la negritud estalla y dispersa corpúsculos multicolores. Así lo sentían.

«No tardará». Se dijo abriendo las piernas huesudas como un compás. Emocionado por el recuerdo, su sangre se hizo veloz. Esa noche llegó su mujer, lo llevó a la alameda y regresaron para consumirse en caricias que chispearon hasta el amanecer. En la segunda noche se correteo con las mujeres del después. Una dama en la oscuridad le hizo un guiño.

Salem, el viejo, todavía escuchó el chapoteo de las lavanderas, el frenesí de las caderas y el aroma a limón de su mujer amada.

El niño Caramelo de Rubén García García

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Para que no se lo llevaran las hormigas, se hizo muy amigo de un oso de lengua larga y pegajosa.

El día del padre de Rubén García García

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El anciano movió la cabeza rala de pelo y contestó: tiene razón amigo, me casé muy, pero muy joven, por eso tengo ya bisnietos. Era un hombre apreciado. Mi moral y candidez estaban fuera de toda duda. ¿Qué cómo fue que me casé? esa es otra historia. ¿quiere que se la cuente? Es algo atrevida. Verá, iba por un barrio que no conocía. Se hacía de noche, Tras de mí intuía que unos pasos me seguían. Por el taconeo de las zapatillas deduje que era una mujer dispuesta. ¡Y no me equivoqué! En la soledad de un callejón me puso de espaldas a la pared y usted se imaginará. A ella la obligaron a casarse… para salvar mi honra. Tiene razón. Eran otros tiempos. Los tiempos de mamá Carlota o lo que es lo mismmo: cuando a los perros los amarraban con chorizo.

La duda texto numero dos de Rubén García García

Después de escucharlo me sosegué. Qué no soy mayor de edad, qué soy una niñata, qué me dejé llevar por la pasión. La decisión la tomé yo. Yo fui quien se lo pidió. En el baño de niñas había una palabra que nunca le encontré sentido. Estaba escondida la palabra «cógeme». Posteriormente lo supe, pero era una palabra vana, sin peso. Hace dos meses tuve que decirla apremiada por mi deseo. Me explotó como un flash y tomé conciencia de todo el significado.

Me ha dicho al oído que quiere bañarse conmigo y me sonrojo. Le digo que sí, pero seré yo quien lo bañe y él a su vez lo hará en reciprocidad. Hace diez, once años años llevaba mis muñecos a la tina y chapoteando el agua los fregaba con jabón para luego vestirlos y llevarlos a su cuna.
Los dos estamos desnudos. Con delicadeza talla mi cabello y lo enjuaga. Con la esponja me ha frotado el cuello, los hombros, la espalda y frota mis pechos que responden y se erectan. Soy muy sensible y eso él lo sabe. Confieso que estando dormida con una almohada entre mis piernas me desperté a media noche porque sentí algo raro que me corrió de mi panza hacia las piernas. Le dije a mi mamá, no me hizo caso, solo chasqueó la boca y me contestó que debía de ser un calambre por mis clases de ballet.

Tiempo después me hice novia de un niñato que se me quedaba mirando y recibía de él besos en las manos y el más atrevido en la frente. El más reciente fue un moreno de ojos verdes que pertenecía a un grupo musical. Él me enseñó a besar y a ponerme la piel de gallina cuando alguna vez me acariciaba los senos. Después me exigía que tuviésemos intimidad y lo mandé a volar. Ahora que tengo más vida, quizá hubiese accedido si me hubiese tenido paciencia. Ahora frota mis muslos, temeroso, por encima del vello ensortijado de mi pubis, no se atreve a más. Abro mis piernas y le pido que pase la esponja, lo hace con temor. Le tomo la mano y lo hacemos los dos. Me he dado la vuelta y su mano amplia recorre mis nalgas, abre mi surco y agrega abundante jabón. Llevo su mano e higienizo mi parte anal. La espuma desaparece con la regadera de mano. Me estremezco. Es una mezcla de placer y violación a mi intimidad.
Me agrada que sus manos se deslicen por mi cadera y me diga “que piel tan delicada tienes”. Besa y muerde quedo mis glúteos.
Soy yo quien lo baña, froto su pelo oscuro. Mi cabeza lle ga hasta su nariz. Su espalda es amplia, definida con sus crestas y valles, que contrasta su moreno blanco con el color cobre de su cara y la negritud de sus ojos. Su ombligo es profundo y tiene forma de coma. La cintura es la de un hombre que hace ejercicio. Mientras lo baño él acaricia mi pelo, sus manos me peinan. Le he tomado su pene y a medida que le paso la esponja se ha estirado. Se nota que está haciendo un esfuerzo por evitar la erección. Lo miro y le sonrío como diciéndole no te preocupes. No está circuncidado, así que le bajo el prepucio para hacerle la limpieza. La maestra que nos dio educación sexual nos enseñó a reconocer la piel sana de un miembro. Al subir y bajar el prepucio el aparato creció casi al doble y me sorprendí, que en esa primera vez tuviese dentro de mí, tanto espacio. “te gusta». Y sin hablar me toma de la nuca, en una clara insinuación. (lo rechacé, no por falta de deseos o asco, sino que ya llegaría el momento) Me hice la loca y terminé de bañarlo. Él me toma del mentón y me besa con ternura. Sus manos sobaron mis nalgas y sin secarnos nos fuimos hasta llegar a la cama. Pensé que el sexo era inminente, pero no, solo me abrazo y dejó su miembro entre mis piernas y me aprieta contra su pecho.

El mesero vino a tocarnos y dejó el menú debajo de la puerta. Se levantó y fue a recogerlo, Elástico, alto y con una cicatriz cerca del hombro. Los vellos del pecho y de los brazos lo hacían ver como un oso y me recordé al oso jeremías que dormía conmigo de niña. No sé cómo podía contenerse, solo de bañarlo y verlo mi excitación estaba en niveles ascendentes. Me pregunté si mis atributos no serían capaces de motivarlo. Cuando sentí que sus manos apretaban mis glúteos, yo levanté mi cara e hice que descansaran mis pechos en su cuello, Con eso le decía que ya era el momento de atenderme. Volvió a besarme. “ardo en deseos de hacerte mía” “tambien” le dije. “Pero aún no. Traje preservativos, así no te pongo en riesgo ni de un embarazo, ni de alguna enfermedad”. “Si la tuvieses ya habría sentido alguna molestia”. “Dónde trabajo cada seis meses nos hacen un barrido de laboratorio. Hace dos meses nos ganó el deseo, fuimos un par de bonzos y no nos dimos un lugar para platicar. Hoy quiero que sea diferente. Fui tu primer varón y me complace que te hayas sentido satisfecha. Quiero hacerlo pensando que eres mi mujer y yo tu mujero”. Y me hizo soltar una carcajada. Si bien estaba que me derretía, lo que dijo me hizo sentir respetada.

Amor furtivo de Rubén García García

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No había nada que decirse, nuestras miradas exhaustas se entendían. Un golpe con tu codo en mis costillas me decía que el camión de la media noche no tardaría en pasar. Afuera brincaba la lluvia fría en los pinares. Decidí no vestirme, ni mojarme, ni dejar de abrazarla, mañana me iría antes de que llegasen sus padres. Total, ya era tiempo de que supieran que su hija tenía un amante. Un novio con pechos y pocas caderas, pero dispuesta a casarse con ella.

Obedeciendo al corazón de Rubén García García

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Aquel pollo se subía a los árboles y empezaba a graznar como urraca, a fuerza de exigirse un día se descubrió cantando como pájaro. El gallo más viejo le recriminó que no estuviese practicando el sagrado canto, que anunciaba la llegada del sol, y él se subió al tejado, tomo aire, batió sus alas y se fue volando hacia la montaña.

El tiempo se fue, ella no de Rubén García García

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Duerme a ratos, carraspea, se despierta. Abre sus ojos, me ve. Pregunta por doña Chica, le digo que soy Rubén y le tomó su mano lacia y la llevo a mi cara para que sienta mi barba áspera. Se queja y trata de espantar su cansancio. La peino con mis dedos. Su pelo ralo y blanco. Me toma de la mano y hace por apretarla. Sé que tiene el hastío y el temor saliéndose de la piel. Solo cierra los ojos. No duerme. Ella sabe que el fin se aproxima. También yo. La espera es un fino estilete que se mueve en círculos sin que ella te vea llorar.

Un domingo en el mercado de Cox de Rubén García García

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A las doce del día los pasillos del mercado se atestaban de gente. De las rancherías aledañas al pueblo llegaban para vender y otros a comprar. Las muchachas se prendían por el color de las telas, o ajuares de belleza. El campesino por un sombrero de palma. El vaquero por los botines de piel, espuelas, o porta navajas. Las señoras iban por chile, semillas, verdura recién cortada; tela para vestido, zapatos, o hilos para costura. El cacique llegaba con su caballo brioso, monturas de plata y oro, vestido para fiesta. Su esposa traía una fina yegua y tras de ellos un séquito de vaqueros. Se instalaban en la casa del presidente municipal donde lo esperaban cerveza en mano los principales del pueblo.

El club de los tragones buscaba los tamales de frijol, calabaza o de carne con chile. Una parte se situaban alrededor de la paila del carnicero esperando los chicharrones a medio cocer, o los que crepitaban en la boca. Yo salivaba por unos envueltos en la hoja del maíz, dentro estaban los sesos aderezados con fino chile verde, epazote y finas especies que la esposa del carnicero sabía y era un secreto que había pasado de generación en generación.

A un lado salían esponjosas las tortillas de maíz y una salsa verde de chile pateado con ajo. Olvidaba el atole de capulín o bien la horchata aderezada con canela. Tres vueltas alrededor del parque y regresaba a esperar alguna urgencia.

La seña del murmullo: cansancio de Rubén García García

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Lleva la pelota de ropa ajena que ha lavado en el río. No tarda la noche y sabe que hay que rebuscar en la cocina algunas tortillas que, untadas con frijol y chile, servirán para calmarle el hambre a su marido. Hay un huevito que reparte entre sus dos hijos, ella con un café negro y galletas se conforma. Tiene que ordenar la ropa, planchar el uniforme de los niños, limpiar los zapatos y calcetas que remendar. Antes de acostarse va a verlos, y los besa. Trastea, hace tiempo en la cocina, y confía que el compañero esté en el sueño. Solo desea dormir, y dormir como si nunca hubiese dormido.

Rubén García García, La seña del murmullo, BGR Editora, España, 2023.

La duda de Rubén García García

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Yo sé que soy una mujer. Me sucedió meses atrás y lo acepto como parte de mi vida. Nadie sabe nada. Vivo con mis padres y recién terminé la instrucción secundaria. Mi madre prepara maletas. Es un viaje inesperado hacia una ciudad donde una tia abuela pide verla. Quieren mis padres que vaya con ellos, les dije que tenía examen de inglés y que tengo que estudiar. Es una mentira más, la realidad es que deseo estar sola.

La casa está en un barrio tranquilo. Es una construcción antigua, con un patio lleno de frutales y al fondo un departamento por si llegasen visitas. Por la noche se ilumina y se prenden las alarmas. Para acompañarme escucho a los Beatles en mi dormitorio. Al abrir el clóset para acomodar mi ropa interior miro hacia el rincón donde puse la bolsa de mezclilla, la misma que llevé cuando él me abordó. Iba temprano a casa de una compañera y darle una sorpresa. Un día antes, él me pidió informes para dar con un domicilio, se los di. «es que no di con la dirección». Se veía urgido y acepté llevarlo. Sería repetir lo que escribí y que guardo en un archivo secreto; ese día me hice mujer. Antes de despedirnos, en la minucia de un papel, copié apresuradamente el telefono.

Me prometí olvidar el suceso y escondí la bolsa. Y hoy la tengo en mis manos. ¿Qué habré sido para él? Desde que pasó, hasta ahora, me lo pregunto y me perturba. Le hablo y me contesta. Casi en monosílabos acordamos.

Nos veremos temprano en el sitio donde nos conocimos. Él trabaja en una ciudad cercana y durante dos meses tengo un desasosiego que me rebasa. Eché a la basura principios, la promesa de no mentir. Por fortuna la menstruación llegó normal. Por las noches pensaba y pensaba y concluía que era mejor cortar de tajo y olvidar. Horas después volvía a pensar en el hombre, en la habilidad que tuvo para que yo aceptase, o quizá él no fue tan hábil y yo si fui permisiva. De inmediato borré la llamada. «una se vuelve precavida cuando la manera de ser deja que desear».

Sería la segunda vez que me encontrase en el mismo parque, con la misma persona. » no es una persona, le nombraste el desconocido, pero es tu hombre, quien te…» La mañana es fresca. Voy hacia la plaza. Vestida con una falda de mezclilla, blusa blanca y la misma bolsa de hace dos meses. Casi por llegar, un carro que reconozco se empareja y abordo. Me contengo y le doy un beso en la mejilla y un hola que desea ser indiferente. Él me acaricia la mano y la mantiene, Eso me complace. Los dos en silencio y hacia la carretera que lleva al mar. «Te invito un helado de chocolate» Me sonreí, fue la frase con la que se inició la relación «Sí, pero que sea de vainilla» Los dos nos sonreímos y se aligeró mi tribulación. Volvió a tomarme de la mano, sentí su calor, su apretón delicado y tierno. Así manejó con una mano hasta que llegamos a la desviación para llegar a una quinta de cabañas con su propio garaje.

Desayunamos. Estábamos con el rumor del mar y salimos a caminar. Abrazados en silencio sentí sus besos dulces que me hablaban de un cariño. Me dieron a entender que había seguido pensando en mí. Besos que poco a poco fueron transformándose en apasionados. No lo rechacé, por el contrario, me sumé a su deseo. Hace dos meses también estuvimos en la playa, solo que en vez de caminar, corríamos. En la soledad se oye el rumor de las olas, el grito de las gaviotas y a lo lejos el silbato de un barco. Me dice: “han pasado dos meses desde la última vez que nos vimos. En estos sesenta días mis emociones y pensamientos han estado alrededor de ti. Ninguna duda tuve de la pasión que sentí. De la que siento, pero eso se pasa y luego me llené de prrguntas. ¿Te causé daño? ¿Qué tanto? ¿se habrán enterado tus padres? ¿ bajó tu regla? Cada quince días he venido a estacionarme en el parque con el propósito de verte y hablar contigo. Cuando escuché tu llamada fue una bendición. Ahora, frente al mar háblame con franqueza y si hay algún problema, lo resolvemos, y esto incluye todo y todo es todo” Me dio un acceso de risa y estuve a punto de llorar. Solo le dije “atrápame” y como la vez primera dejó que corriese un trecho y ya para alcanzarme me tiré sobre la arena, él me siguió y entre carcajadas nos abrazamos. Su beso amigo, amante, apasionado. Sentí su entrega y le di la mía. Te quiero, me dice. Yo tambien, le digo y volvimos a besarnos. Es ilógico pero desconozco muchas cosas de él, solo sé que trabaja en una fundación ecológica. Hoy estamos juntos y me siento feliz a su lado.

Consejos sección de sociales

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Muchas veces se ha escrito que la literatura no es el medio idóneo para tener una vida sin penurias. No insistiremos. Los maestros esotéricos aconsejan que apliques tu ojo a las pequeñas cosas de la vida, si deseas armonía, una cajita de cedro que resguarde el ópalo y el cuarzo es excelente para sostener una buena salud. En días de incertidumbre proponen que no abandones la cueva; solo si es estrictamente necesario. Sugieren que estés pendiente a lo que dice el oído. Si al descansar por las noches escuchas latidos saltones, huracanes sibilantes o pompas que se rompen en tu pecho será necesario que llames al médico y a una excelente modista para tener a la mano un buen traje que te haga ver elegante y no ser un pobre muerto que sea el hazme reír en tu velorio.