«No todas las irritaciones seculares tienen un fin oscuro. Una ostra es capaz de transformar la irritación en una perla. Es una lección que los humanos deberíamos de aprender». Explicaba el maestro a sus discípulos.
«Para mí, dijo la ostra: eso es peor que tener una piedra en el zapato».
La plaza llena y los jinetes caían, uno que otro lograba domar al becerro por lo que el respetable aplaudía. Esperaban el turno del maestro de primaria, ya que la mujer que pretendía se encontraba en las primeras filas. Cuando fue nombrado, se quitó el sombrero, se inclinó con reverencia. Montó, se sujetó y el becerro salió dando coces. En media vuelta el animal lo despidió y fue a caer a los pies de su novia. Ella de inmediato se levantó para auxiliarlo. Muchas voces en el estrado gritaban: ¡ya es tuya, maestro!, ¡Ya es tuya!
Ayer pasó el vidente Tiresias. Me dio un manojo de hierbas. Al abrazarme me dijo: “buen viaje”. Llegué al inframundo. Los perros me ignoraron y Caronte me dio luz verde. La vi en su sueño profundo y unté en su frente el humor de las raíces. Con dos tablas y una mantilla inmovilicé su cuello. Poco antes de la salida escuchamos ¡A dónde vas! y por reflejo quiso voltear, y no pudo. La empujé hacia la salida y corrimos hasta ver el día. ¡Ella florecía en lágrimas y sonrisas al escuchar “mamá, mamá!, y ser abrazada por sus hijos. Yo sabía cual era mi futuro por haber desafiado a los dioses.
Dejé de comentarte, porque me sentí un hombre que hablaba solo. Estabas con tu taza de té meciéndote en el sillón, con tu mirada en la lejanía. Te limitabas a contestarme con monólogos, como desde hace meses lo hacías. Me recluí en los periódicos, y tú en las telenovelas. Desde el balcón veía tu quehacer en el jardín, yo dibujaba. Los hijos, los nietos reunidos era uno de los momentos que disfrutábamos. Tarde nos dimos cuenta que jugábamos en equipos contrarios. ¿Volar? es ridículo. Esta casa la construimos hombro a hombro, es lo que logramos. Aquí viven los años felices, el silencio. Están en mis oídos tus pláticas con el rosal, como lo están en mi lienzo.
Debo de aceptarlo, él me hace falta. Todavía hace un año, agazapado en las sombras esperaba que se fuese a trabajar, y si ella prendía el radio podía colarme a su dormitorio. Qué brincos daba mi pulso, la boca seca y el ardor por abrazarnos. Salía furtivamente y retornaba a mi vida gris. Hoy llego a cualquier hora, no hay zozobra, ni pulso saltón. Estimado esposo de mi actual mujer, me hace falta tu presencia. Lamento profundamente su accidente.
Hoy me sentí pleno, ardiente, fogoso. Fui una tea en la cama. No la dejé dormir, sabía que en el clóset estaba él finado. Me hace tanto bien, que pondré otras cenizas en su cripta y dejaré aquí la suyas.
Toma al nieto y va a una loma, donde vive su comadre. La parte baja del pueblo, donde vive, es rodeada por el arroyo. Por el camino le dice:
Se ve mejor la lluvia desde el cerro, que estando encaramados sobre el techo de la casa. — niño está enojado.
—Abuela, yo quería ver cómo navega mi barquito, también escuchar el cacaraqueo de las gallinas cuando la corriente las revuelque y los chillidos del puerco de doña Eduviges que siempre se va a cagar al patio de la casa. La vez pasada tampoco me dejaste ver como se llevaba la corriente a don Marco, el señor que fue a gritarte frente a la casa. ¡Nunca me das gusto! En el cerro no veré nada.
Nepo inició sus ejercicios después de los ochenta. Por la noche reflexionó que debería de prepararse para un buen morir. Regularmente dormía seis horas diarias, pero a fuerza de insistencia iría durmiendo dos horas más, de tal manera, que después de dos años llegase a las veinticuatro horas. Con tanto entrenamiento se fue empequeñeciendo, tanto, que la barba le ocultaba los pies.
Una noche la dama de negro le preguntó: ¿qué es lo que más deseas? «quiero morir» Por ahora, eso es imposible. «¿por qué?» antes de hacerse viento le dijo: Nepo, estás sobreentrenado.
¡Un mes trabajando el cuento!, a media res había sido la mejor manera de presentarlo. A las tres de la madrugada lo terminé y resolví acostarme. Por la mañana fui a la oficina. La mesa del trabajo lucía brillante. Los libros ordenados, los ceniceros sin cenizas, sin colillas. De mi cuento solo una frase: «Aprovechen el viento, nos despoja del sopor y oxigenamos el espíritu». Era el tiempo de la Olivetti, y la campana del camión de la basura tintineaba lejos, muy lejos.
Salem se recostó sobre su cama y cruzó sus huesudos brazos sobre la quilla de su pecho. «No tarda en llegar», musitó en voz baja en aquel cuarto de azotea.
De los lavaderos comunales se oía el jugueteo del agua. Las mujeres tallaban la ropa y sus caderas se movían al ritmo del chapoteo. El viento de la tarde dejaba un aroma de limones y el recuerdo de su esposa.
Ella después de comer ordenaba la cocina. Se duchaba y salían rumbo a la alameda. Una nieve de zapote, otra de pitahaya y la noche los detenía en las esquinas oscuras bajo el alboroto de las luces lejanas. Asi fue su primera vez y nunca hubo una segunda. La oscuridad y los besos siempre fueron los mismos.
¡Te quiero así! Y se metía en sus labios, en el limón de sus axilas y el salado de sus ingles. Años donde tocaron el cielo con fuego y sal. Ella murió con felicidad, y con las letras de su nombre en la saliva. El corazón de él se fue con ella. Con el tiempo las mujeres que llegaron después tuvieron que aceptar que Salem se había quedado sin corazón, pero repleto del prodigio sexual para elevar las féminas al borde. Como si ellas fueran un cohete que en la negritud estalla y dispersa corpúsculos multicolores. Así lo sentían.
«No tardará». Se dijo abriendo las piernas huesudas como un compás. Emocionado por el recuerdo, su sangre se hizo veloz. Esa noche llegó su mujer, lo llevó a la alameda y regresaron para consumirse en caricias que chispearon hasta el amanecer. En la segunda noche se correteo con las mujeres del después. Una dama en la oscuridad le hizo un guiño.
Salem, el viejo, todavía escuchó el chapoteo de las lavanderas, el frenesí de las caderas y el aroma a limón de su mujer amada.
El anciano movió la cabeza rala de pelo y contestó: tiene razón amigo, me casé muy, pero muy joven, por eso tengo ya bisnietos. Era un hombre apreciado. Mi moral y candidez estaban fuera de toda duda. ¿Qué cómo fue que me casé? esa es otra historia. ¿quiere que se la cuente? Es algo atrevida. Verá, iba por un barrio que no conocía. Se hacía de noche, Tras de mí intuía que unos pasos me seguían. Por el taconeo de las zapatillas deduje que era una mujer dispuesta. ¡Y no me equivoqué! En la soledad de un callejón me puso de espaldas a la pared y usted se imaginará. A ella la obligaron a casarse… para salvar mi honra. Tiene razón. Eran otros tiempos. Los tiempos de mamá Carlota o lo que es lo mismmo: cuando a los perros los amarraban con chorizo.
Después de escucharlo me sosegué. Qué no soy mayor de edad, qué soy una niñata, qué me dejé llevar por la pasión. La decisión la tomé yo. Yo fui quien se lo pidió. En el baño de niñas había una palabra que nunca le encontré sentido. Estaba escondida la palabra «cógeme». Posteriormente lo supe, pero era una palabra vana, sin peso. Hace dos meses tuve que decirla apremiada por mi deseo. Me explotó como un flash y tomé conciencia de todo el significado.
Me ha dicho al oído que quiere bañarse conmigo y me sonrojo. Le digo que sí, pero seré yo quien lo bañe y él a su vez lo hará en reciprocidad. Hace diez, once años años llevaba mis muñecos a la tina y chapoteando el agua los fregaba con jabón para luego vestirlos y llevarlos a su cuna. Los dos estamos desnudos. Con delicadeza talla mi cabello y lo enjuaga. Con la esponja me ha frotado el cuello, los hombros, la espalda y frota mis pechos que responden y se erectan. Soy muy sensible y eso él lo sabe. Confieso que estando dormida con una almohada entre mis piernas me desperté a media noche porque sentí algo raro que me corrió de mi panza hacia las piernas. Le dije a mi mamá, no me hizo caso, solo chasqueó la boca y me contestó que debía de ser un calambre por mis clases de ballet.
Tiempo después me hice novia de un niñato que se me quedaba mirando y recibía de él besos en las manos y el más atrevido en la frente. El más reciente fue un moreno de ojos verdes que pertenecía a un grupo musical. Él me enseñó a besar y a ponerme la piel de gallina cuando alguna vez me acariciaba los senos. Después me exigía que tuviésemos intimidad y lo mandé a volar. Ahora que tengo más vida, quizá hubiese accedido si me hubiese tenido paciencia. Ahora frota mis muslos, temeroso, por encima del vello ensortijado de mi pubis, no se atreve a más. Abro mis piernas y le pido que pase la esponja, lo hace con temor. Le tomo la mano y lo hacemos los dos. Me he dado la vuelta y su mano amplia recorre mis nalgas, abre mi surco y agrega abundante jabón. Llevo su mano e higienizo mi parte anal. La espuma desaparece con la regadera de mano. Me estremezco. Es una mezcla de placer y violación a mi intimidad. Me agrada que sus manos se deslicen por mi cadera y me diga “que piel tan delicada tienes”. Besa y muerde quedo mis glúteos. Soy yo quien lo baña, froto su pelo oscuro. Mi cabeza lle ga hasta su nariz. Su espalda es amplia, definida con sus crestas y valles, que contrasta su moreno blanco con el color cobre de su cara y la negritud de sus ojos. Su ombligo es profundo y tiene forma de coma. La cintura es la de un hombre que hace ejercicio. Mientras lo baño él acaricia mi pelo, sus manos me peinan. Le he tomado su pene y a medida que le paso la esponja se ha estirado. Se nota que está haciendo un esfuerzo por evitar la erección. Lo miro y le sonrío como diciéndole no te preocupes. No está circuncidado, así que le bajo el prepucio para hacerle la limpieza. La maestra que nos dio educación sexual nos enseñó a reconocer la piel sana de un miembro. Al subir y bajar el prepucio el aparato creció casi al doble y me sorprendí, que en esa primera vez tuviese dentro de mí, tanto espacio. “te gusta». Y sin hablar me toma de la nuca, en una clara insinuación. (lo rechacé, no por falta de deseos o asco, sino que ya llegaría el momento) Me hice la loca y terminé de bañarlo. Él me toma del mentón y me besa con ternura. Sus manos sobaron mis nalgas y sin secarnos nos fuimos hasta llegar a la cama. Pensé que el sexo era inminente, pero no, solo me abrazo y dejó su miembro entre mis piernas y me aprieta contra su pecho.
El mesero vino a tocarnos y dejó el menú debajo de la puerta. Se levantó y fue a recogerlo, Elástico, alto y con una cicatriz cerca del hombro. Los vellos del pecho y de los brazos lo hacían ver como un oso y me recordé al oso jeremías que dormía conmigo de niña. No sé cómo podía contenerse, solo de bañarlo y verlo mi excitación estaba en niveles ascendentes. Me pregunté si mis atributos no serían capaces de motivarlo. Cuando sentí que sus manos apretaban mis glúteos, yo levanté mi cara e hice que descansaran mis pechos en su cuello, Con eso le decía que ya era el momento de atenderme. Volvió a besarme. “ardo en deseos de hacerte mía” “tambien” le dije. “Pero aún no. Traje preservativos, así no te pongo en riesgo ni de un embarazo, ni de alguna enfermedad”. “Si la tuvieses ya habría sentido alguna molestia”. “Dónde trabajo cada seis meses nos hacen un barrido de laboratorio. Hace dos meses nos ganó el deseo, fuimos un par de bonzos y no nos dimos un lugar para platicar. Hoy quiero que sea diferente. Fui tu primer varón y me complace que te hayas sentido satisfecha. Quiero hacerlo pensando que eres mi mujer y yo tu mujero”. Y me hizo soltar una carcajada. Si bien estaba que me derretía, lo que dijo me hizo sentir respetada.
No había nada que decirse, nuestras miradas exhaustas se entendían. Un golpe con tu codo en mis costillas me decía que el camión de la media noche no tardaría en pasar. Afuera brincaba la lluvia fría en los pinares. Decidí no vestirme, ni mojarme, ni dejar de abrazarla, mañana me iría antes de que llegasen sus padres. Total, ya era tiempo de que supieran que su hija tenía un amante. Un novio con pechos y pocas caderas, pero dispuesta a casarse con ella.
Aquel pollo se subía a los árboles y empezaba a graznar como urraca, a fuerza de exigirse un día se descubrió cantando como pájaro. El gallo más viejo le recriminó que no estuviese practicando el sagrado canto, que anunciaba la llegada del sol, y él se subió al tejado, tomo aire, batió sus alas y se fue volando hacia la montaña.
Duerme a ratos, carraspea, se despierta. Abre sus ojos, me ve. Pregunta por doña Chica, le digo que soy Rubén y le tomó su mano lacia y la llevo a mi cara para que sienta mi barba áspera. Se queja y trata de espantar su cansancio. La peino con mis dedos. Su pelo ralo y blanco. Me toma de la mano y hace por apretarla. Sé que tiene el hastío y el temor saliéndose de la piel. Solo cierra los ojos. No duerme. Ella sabe que el fin se aproxima. También yo. La espera es un fino estilete que se mueve en círculos sin que ella te vea llorar.