Es un bosque sonoro. Ahora está en silencio y con una capa gruesa de nieve. El oso inverna. La cueva es tibia y más por la osa que lo acompaña. El sueño es inquieto por el temor de que llegue su compañera y descubra que duerme con otra. Tiene otra daga: ¿su esposa estará durmiendo sola?
Una vez al año la luna se aparta del camino y aluza aquel bosque donde una casa abandonada recobra su brillantez. A través de la ventana se ve una tertulia, al centro un piano de cola. Se oyen risas, voces que dan paso al silencio cuando el artista levanta la tapa del piano. Del prodigio de unas manos se escucha majestuosa la sonata “Claro de luna” que colma de inmensidad a la arboleda. Al terminar el artista agradece los aplausos con una leve inclinación, y el resplandor poco a poco se apaga hasta quedar en la penumbra. La luna vuelve al camino y desaparece.
He sido un glotón. Disfruto una buena comida, una buena plática de sobremesa con un coñac y un café en la mano. Cincuenta años departiendo. Soy gordo, hipertenso, diabético. El placer de la comida está por encima. Y lo que quiero para mí, lo quiero para mis gusanos. Por eso, cuando el médico me instó a que diera un cambio de hábitos privándome del sabor, hablé por mí y por ellos. Mis gusanos tendrán el placer de disfrutar de una carne afrutada con tintos, sal y finas hierbas. Será una satisfacción observarlos en su comilona, hasta que solo quede mi sonrisa.
En la madrugada el taxista regresaba a su casa. Se repetía una y otra vez que las deudas de juego son deudas de honor. Apagó el motor y con el impulso del carro llegó al frente de su casa. Con sigilo cargó el tanque de gas y lo metió a la cajuela. «Aquí está lo apostado» —le dijo a los compinches. Volvió a su casa y sin desvestirse se acostó al lado de su mujer. Por la mañana su esposa se dio cuenta que no estaba el cilindro de gas. Despertó al marido y llorando le contó. «María deja de llorar y entiende que la delincuencia no descansa, aunque sea domingo» y volvió al sueño profundo y reparado
«¿Por qué te dejas patito?». «Es que son muchos, suman más de diez». Al patito feo le daban cargada sus hermanos ya fuesen patos o gansos. Era un ir y venir de un extremo a otro de la laguna. «¿Y tu mamá no te protege?» «ni la una, ni la otra, ignoran los picotazos que me dan mis hermanos».
Convocaron a una competencia de nado para las aves infantes. Serían mil metros de nado libre, fue una lucha entre los patos y los gansos, pero salió triunfador al que nadie quería. Él levantó el trofeo y diez kilos de mosquitos deshidratados. A los clics de los fotógrafos, a lado de él se encontraban mamá pato y mamá ganso, levantándole cada quien una ala.
Soñaron las lagartijas con un cinturón magenta, que resaltaría el verde untado de las piernas. Tomaron su baño de sol y colgaron en su cuello argollas violetas.
Se fueron hacía el desfiladero, cruzaron las dunas, los cactus, y esperaron sobre las piedras, en las partes bajas del río muerto.
Después de los relámpagos vibró la tierra. El agua corrió ruidosa hinchando las rocas. Y con la avalancha se sumó el de las moscas zumbadoras sobre la espuma del río. Son miríadas de dípteros que nacían en milésimas de segundo.
Las lagartijas saltan y bailan. Comen hasta hartarse. El río difunto resucitó llenándose de agua y de insectos. Bailan y devoran. Las lagartijas que ayer en la noche soñaban con un cinturón magenta, ahora es el verde danzón de sus piernas que con sus lenguas consumieron miles de moscas. Mañana el río volverá a ser difunto.
Gracias por amamantarnos. Por darnos la caricia, el canto de tu nana, el cuento antes de dormir; por levantarse a deshoras y asegurarse que la noche transcurre con bondad. Por cultivar la fantasía y preocuparte en los días de fiebre y tos. Gracias por los hijos y enseñarles la majestuosidad de la luna y las estrellas. Gracias porque aun siendo hombres los sigues amando como niños. Gracias por apretar mi mano, por estar a mi lado en mis horas grises. Sin tu quehacer mi mundo sería opaco. Intento la empatía con mis amigas de las que aprendo de su amistad y de su conocimiento. Adelante a perseverar en su lucha y desterrar la violencia machista. Muchos abrazos y un enorme ramo de rosas.
Hubo un tiempo que el gato se le reconocía como el rey de la selva. Los felinos lo veían con temor, respeto. El tigre era un cazador inútil que caminaba desgarbado, tambaleante.
Un día quedaron frente a frente y el tigre balbuceó.
– Gato enséñame a cazar.
El rey lo vio y no pudo evitar un maullido de lástima.Con paciencia inculcó su destreza. El tigre seguía al gato, lamía su piel, velaba su sueño, a cambio fue entrenado en el acecho, en otear el viento, en camuflarse entre la vegetación. En la estrategia y el ataque.
Ahora, el tigre lucía diferente. La buena caza le restituyó la vitalidad perdida. Se sintió poderoso.
«Gato estoy satisfecho de lo aprendido. Estoy en condiciones de valerme por mi mismo. También quiero ser rey de la selva. No lo tomes a mal, me caes bien, solo acepta que estoy en todo mi derecho. No lo tomes personal».
El tigre saltó sobre el gato y éste subió a una palmera con rapidez. El tigre lo miró enfadado.
«No me dijiste como subir a los árboles y menos a las palmeras».
»No tigre, un maestro nunca enseña todo, y menos si es un pariente»
Pasa…platiquemos. La noche es tibia. La flor del cedro ha caído sobre las hojas y la osa mayor no salió. Tal vez quieras tomar un descanso a mi lado. Entre cerrar los ojos y arribar parece un instante, pero es un largo viaje. Cuando llegas las oscuridades que te consumían se dejaron en el camino. Pasa. no tengas duda. Mi lecho es confortable y sobre mi tumba las margaritas no dejan de florear.
Despiertas porque hay partes vivas que gritan de tanto estar inmóviles y recurres a la poca fuerza de tus brazos. El codo se vuelve palanca y te alzas del tronco para moverte cinco miserables centímetros a un lado. Es un aliento, un soplo fresco que las otras partes del cuerpo te lo agradecen. Duermes, duermes no sabes cuánto, pues el tiempo lo mides por el goteo que recorre el frasco de vidrio y llega hasta tu red venosa. Sabes que cuarenta gotas es un minuto, eso me contestó la enfermera antes de ingresar al quirófano.
Escuché pasos.
—¿Cómo está?
—Sigue dormido.
Revisó los frascos de suero, de la orina y el drenaje de las secreciones.
—No te confíes. Algunas veces se ven dormidos y no lo están, ni se hacen. Simplemente se van sin decirle nada a nadie. Son los apresurados.
Se miró en la playa. Estaba arrodillada con las manos sobre la arena de la costa solitaria. Los últimos rayos del sol pintaban de sepia la curva del talle. A cada empuje de su amante los dedos se enterraban en el arenal. El rumor del mar iba y venía. Despertó sudorosa, inquieta y con granos de arena en las manos.
No he dormido. Si bien el sapo que besé se convirtió en apuesto príncipe, por la noche se duerme con la boca abierta; cada mosca que pasa la desaparece y croa satisfecho. Acepté a regañadientes que construyera un estanque en la recámara, y lo adornara con lajas limosas. Anoche le ordené al “encantador”, que trajese su mejor animalito y lo escondiera debajo de las verdes lajas.
El Tío Juan daba una cena, y era de los pocos sobrinos que había invitado. «Vivo hasta el fondo de la calle y el portón es negro. Procura llegar temprano, estará tu prima y unas amigas de ella». Oprimí el timbre, y me abrió una mujer que sin poder precisar la edad se veía elegante. Pasé. La seguí, me senté, y en un minuto ya tenía un Whisky en la mano. No veía gente, ni barullo «¿Es la casa del señor Juan Carmona?» «No, la casa de él es la anterior» perdón, e hice el ademán de retirarme, y dejé la bebida en la mesa de centro. «No me dejará con la copa en la mano» y reparé en mi descortesía. Se cruzó de piernas, levantó una ceja y se acomodó en el sofá «por el gusto de conocernos» Alcé mi copa, estaba mudo por la impresión de ver a una mujer tan atractiva. «Si no se ofende y quiere acompañarme, lo invito a cenar» «Daría la mitad de mi corazón por convivir con usted, pero tengo un compromiso familiar al cual no puedo ofender, si me acepta, mañana estaré con usted».
Para fortuna llegué a tiempo para convivir con la familia. Pretexté un compromiso y lo más temprano que pude me despedí. Salí y con sorpresa solo me topé con una barda de hormigón. A un lado una vendedora de camotes, le pregunté por la casa de al lado, ¿casa? y contestó: «estoy vendiendo camotes desde años y dónde dice nunca he visto una casa».
Tomó al nieto y se fue a una loma con su comadre. La parte baja del pueblo era rodeada por el arroyo. Por el camino, el niño rezongaba
—Se ve mejor la lluvia desde el cerro, que estando encaramados sobre el techo de la casa. Le dijo al niño que iba enojado.
—Abuela, yo quería ver cómo navega mi barquito, también escuchar el cacaraqueo de las gallinas cuando la corriente las revuelque y los chillidos del puerco de doña Eduviges que siempre se va a cagar al patio de la casa. La vez pasada tampoco me dejaste ver como se llevaba la corriente a Don marco el señor que fue a gritarte frente a la casa. Todo por no quedarnos en la azotea. ¡Nunca me das gusto! En el cerro no veré nada.