Noticia de Rubén García García

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Me quedé quieto, en silencio. Ayer caminaba sin preocupaciones. Por la noche me despertó el llanto de mi vecina. Alfredo, su esposo, había muerto. Una semana antes el velador del vecindario fue cruelmente asesinado. Mi esposa que parece que nunca duerme me platicó que los perros no han parado de aullar; el colmo fue cuando lo hicieron en pleno día.

Ya se llevan el féretro, mi mujer estaba a punto de integrarse al cortejo, la detuve. «Te quedas en casa, ya habrá oportunidad de darles el pésame». Se han ido y quedó en el aire un aroma de flores trituradas.

Tomando café en la cocina vi pasar a mi hija. Llegó mi esposa, me dijo: «no sé cuál es tu ansiedad, al final tú y yo tenemos un año…», «¿un año de qué?» —le pregunté. «tal parece, que la volcadura que nos hizo caer al abismo, a ti, no tan solo te quitó la vida sino que también te hizo perder la memoria. Te lo diré una sola vez: estás muerto»

La abuela de Rubén García García

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El abuelo tiene cinco años que murió y la abuela no deja de llorar. La escucho por la noche con sus gimoteos de niña. Hoy le diré al padre Toño para que se haga el aparecido.

El cura habló con ella y sigue lloriqueando. Si supiera que a mí no me duele el abuelo, me jode ella, que de tanto escucharla me deja con el ojo pelón. Anoche, la escuché hablar dormida: «Remigio, me dijo el cura que dejara de llorar para que tu alma descanse. Sabes que no le haré caso, seguiré gimiendo para que te revuelques en el purgatorio como el gusano que siempre fuiste».

La jaqueca de Rubén García García

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Llovía. Llovía tanto que lo mejor fue aparcarse subiendo el auto a una banqueta.

Ella llegó a la reunión de Samantha y se sorprendió de ver tanta gente. La reunión la había imaginado con las personas allegadas a la familia y dos o tres amigas de años. La música fue estridente. Tiempo después le pidió a su amiga una aspirina y más tarde se despedía. Había empezado la lluvia y el esposo de la anfitriona fue el encargado de llevarla hasta su casa, contrariado por dejar a medias una plática.

La mujer, cada vez que tronaba, se tapaba los oídos. En aquella soledad de agua, le preguntó:

—¿Te doy un masaje en la nuca? —tal vez disminuya tu dolor.

El agua corría por la avenida arrastrando la basura de la ciudad.

Ella Tenía un cuello de garza. Las manos iban desde la nuca hasta los hombros y se detenían entre los dorsales y el arroyo de la espalda. Tenía ventosas y toques analgésicos en las yemas de los dedos.

El agua golpeaba el techo del carro.

—¿El dolor?

—Me lo quitas. —y ella destrabó los ganchos del corpiño. — sigue.

El masaje hurgó en áreas oscuras y sensibles. El golpe del agua coincidió con un arrebato que la cimbró. Una erección del cabello que la recorrió hasta llegar a los dedos de los pies.

En la oscuridad se escuchaba el muelleo, la rima de estertores y los quejidos de placer que tenían como fondo el murmullo de la lluvia.

El aguacero se hizo garua pertinaz y del dolor quedó una diminuta luz.

La orden de Rubén García García

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No me gusta que me agarren la cara!, deja que el viento fresco de la serranía entre y cierre mis ojos. ¡Tú, siéntate! Desde joven odio tener frialdad en las plantas de los pies porque me espanta el sueño. ¡No te quedes tieso! y fricciona fuerte, pero con cariño. No sea que por tenerlos helados, también se me espante la muerte.

Sobresalto de Rubén García García

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Es un bosque sonoro. Ahora está en silencio y con una capa gruesa de nieve. El oso inverna. La cueva es tibia y más por la osa que lo acompaña. El sueño es inquieto por el temor de que llegue su compañera y descubra que duerme con otra. Tiene otra daga: ¿su esposa estará durmiendo sola?

Beethoven de Rubén García García

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Una vez al año la luna se aparta del camino y aluza aquel bosque donde una casa abandonada recobra su brillantez. A través de la ventana se ve una tertulia, al centro un piano de cola. Se oyen risas, voces que dan paso al silencio cuando el artista levanta la tapa del piano. Del prodigio de unas manos se escucha majestuosa la sonata “Claro de luna” que colma de inmensidad a la arboleda. Al terminar el artista agradece los aplausos con una leve inclinación, y el resplandor poco a poco se apaga hasta quedar en la penumbra. La luna vuelve al camino y desaparece.

Seré un bocado de cardenal de Rubén García García

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He sido un glotón. Disfruto una buena comida, una buena plática de sobremesa con un coñac y un café en la mano. Cincuenta años departiendo. Soy gordo, hipertenso, diabético. El placer de la comida está por encima. Y lo que quiero para mí, lo quiero para mis gusanos. Por eso, cuando el médico me instó a que diera un cambio de hábitos privándome del sabor, hablé por mí y por ellos. Mis gusanos tendrán el placer de disfrutar de una carne afrutada con tintos, sal y finas hierbas. Será una satisfacción observarlos en su comilona, hasta que solo quede mi sonrisa.

Primero es el honor de Rubén García García

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En la madrugada el taxista regresaba a su casa. Se repetía una y otra vez que las deudas de juego son deudas de honor. Apagó el motor y con el impulso del carro llegó al frente de su casa. Con sigilo cargó el tanque de gas y lo metió a la cajuela. «Aquí está lo apostado» —le dijo a los compinches. Volvió a su casa y sin desvestirse se acostó al lado de su mujer. Por la mañana su esposa se dio cuenta que no estaba el cilindro de gas. Despertó al marido y llorando le contó. «María deja de llorar y entiende que la delincuencia no descansa, aunque sea domingo» y volvió al sueño profundo y reparado

Una más del patito feo de Rubén García García

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«¿Por qué te dejas patito?». «Es que son muchos, suman más de diez». Al patito feo le daban cargada sus hermanos ya fuesen patos o gansos. Era un ir y venir de un extremo a otro de la laguna. «¿Y tu mamá no te protege?» «ni la una, ni la otra, ignoran los picotazos que me dan mis hermanos».

Convocaron a una competencia de nado para las aves infantes. Serían mil metros de nado libre, fue una lucha entre los patos y los gansos, pero salió triunfador al que nadie quería. Él levantó el trofeo y diez kilos de mosquitos deshidratados. A los clics de los fotógrafos, a lado de él se encontraban mamá pato y mamá ganso, levantándole cada quien una ala.

El baile de las lagartijas de Rubén García García

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Soñaron las lagartijas con un cinturón magenta, que resaltaría el verde untado de las piernas. Tomaron su baño de sol y colgaron en su cuello argollas violetas.

Se fueron hacía el desfiladero, cruzaron las dunas, los cactus, y esperaron sobre las piedras, en las partes bajas del río muerto.

Después de los relámpagos vibró la tierra. El agua corrió ruidosa hinchando las rocas. Y con la avalancha se sumó el de las moscas zumbadoras sobre la espuma del río. Son miríadas de dípteros que nacían en milésimas de segundo.

Las lagartijas saltan y bailan. Comen hasta hartarse. El río difunto resucitó llenándose de agua y de insectos. Bailan y devoran. Las lagartijas que ayer en la noche soñaban con un cinturón magenta, ahora es el verde danzón de sus piernas que con sus lenguas consumieron miles de moscas. Mañana el río volverá a ser difunto.

Empatía con la mujer de Rubén García García

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Gracias por amamantarnos. Por darnos la caricia, el canto de tu nana, el cuento antes de dormir; por levantarse a deshoras y asegurarse que la noche transcurre con bondad. Por cultivar la fantasía y preocuparte en los días de fiebre y tos.
Gracias por los hijos y enseñarles la majestuosidad de la luna y las estrellas. Gracias porque aun siendo hombres los sigues amando como niños.
Gracias por apretar mi mano, por estar a mi lado en mis horas grises. Sin tu quehacer mi mundo sería opaco.

Intento la empatía con mis amigas de las que aprendo de su amistad y de su conocimiento. Adelante a perseverar en su lucha y desterrar la violencia machista.
Muchos abrazos y un enorme ramo de rosas.

Un gato para Juan de Rubén García García

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Hubo un tiempo que el gato se le reconocía como el rey de la selva. Los felinos lo veían con temor, respeto. El tigre era un cazador inútil que caminaba desgarbado, tambaleante.

Un día quedaron frente a frente y el tigre balbuceó.

– Gato enséñame a cazar.

El rey lo vio y no pudo evitar un maullido de lástima. Con paciencia inculcó su destreza. El tigre seguía al gato, lamía su piel, velaba su sueño, a cambio fue entrenado en el acecho, en otear el viento, en camuflarse entre la vegetación. En la estrategia y el ataque.

Ahora, el tigre lucía diferente. La buena caza le restituyó la vitalidad perdida. Se sintió poderoso.

«Gato estoy satisfecho de lo aprendido. Estoy en condiciones de valerme por mi mismo. También quiero ser rey de la selva. No lo tomes a mal, me caes bien, solo acepta que estoy en todo mi derecho. No lo tomes personal».

El tigre saltó sobre el gato y éste subió a una palmera con rapidez. El tigre lo miró enfadado.

«No me dijiste como subir a los árboles y menos a las palmeras».

»No tigre, un maestro nunca enseña todo, y menos si es un pariente»

Invitación de Rubén García García

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Pasa…platiquemos. La noche es tibia. La flor del cedro ha caído sobre las hojas y la osa mayor no salió. Tal vez quieras tomar un descanso a mi lado. Entre cerrar los ojos y arribar parece un instante, pero es un largo viaje. Cuando llegas las oscuridades que te consumían se dejaron en el camino. Pasa. no tengas duda. Mi lecho es confortable y sobre mi tumba las margaritas no dejan de florear.

Los apresurados de Rubén García García

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Despiertas porque hay partes vivas que gritan de tanto estar inmóviles y recurres a la poca fuerza de tus brazos. El codo se vuelve palanca y te alzas del tronco para moverte cinco miserables centímetros a un lado. Es un aliento, un soplo fresco que las otras partes del cuerpo te lo agradecen. Duermes, duermes no sabes cuánto, pues el tiempo lo mides por el goteo que recorre el frasco de vidrio y llega hasta tu red venosa. Sabes que cuarenta gotas es un minuto, eso me contestó la enfermera antes de ingresar al quirófano.

Escuché pasos.

—¿Cómo está?

Sigue dormido.

Revisó los frascos de suero, de la orina y el drenaje de las secreciones.

—No te confíes. Algunas veces se ven dormidos y no lo están, ni se hacen. Simplemente se van sin decirle nada a nadie. Son los apresurados.

Perseverancia

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Perseverancia de Rubén García García

«¡Solo muerta saldría contigo!». —me dijo esquiva. Fue difícil, pero aquí viene conmigo.