Se miró en la playa. Estaba arrodillada con las manos sobre la arena de la costa solitaria. Los últimos rayos del sol pintaban de sepia la curva del talle. A cada empuje de su amante los dedos se enterraban en el arenal. El rumor del mar iba y venía. Despertó sudorosa, inquieta y con granos de arena en las manos.
No he dormido. Si bien el sapo que besé se convirtió en apuesto príncipe, por la noche se duerme con la boca abierta; cada mosca que pasa la desaparece y croa satisfecho. Acepté a regañadientes que construyera un estanque en la recámara, y lo adornara con lajas limosas. Anoche le ordené al “encantador”, que trajese su mejor animalito y lo escondiera debajo de las verdes lajas.
El Tío Juan daba una cena, y era de los pocos sobrinos que había invitado. «Vivo hasta el fondo de la calle y el portón es negro. Procura llegar temprano, estará tu prima y unas amigas de ella». Oprimí el timbre, y me abrió una mujer que sin poder precisar la edad se veía elegante. Pasé. La seguí, me senté, y en un minuto ya tenía un Whisky en la mano. No veía gente, ni barullo «¿Es la casa del señor Juan Carmona?» «No, la casa de él es la anterior» perdón, e hice el ademán de retirarme, y dejé la bebida en la mesa de centro. «No me dejará con la copa en la mano» y reparé en mi descortesía. Se cruzó de piernas, levantó una ceja y se acomodó en el sofá «por el gusto de conocernos» Alcé mi copa, estaba mudo por la impresión de ver a una mujer tan atractiva. «Si no se ofende y quiere acompañarme, lo invito a cenar» «Daría la mitad de mi corazón por convivir con usted, pero tengo un compromiso familiar al cual no puedo ofender, si me acepta, mañana estaré con usted».
Para fortuna llegué a tiempo para convivir con la familia. Pretexté un compromiso y lo más temprano que pude me despedí. Salí y con sorpresa solo me topé con una barda de hormigón. A un lado una vendedora de camotes, le pregunté por la casa de al lado, ¿casa? y contestó: «estoy vendiendo camotes desde años y dónde dice nunca he visto una casa».
Tomó al nieto y se fue a una loma con su comadre. La parte baja del pueblo era rodeada por el arroyo. Por el camino, el niño rezongaba
—Se ve mejor la lluvia desde el cerro, que estando encaramados sobre el techo de la casa. Le dijo al niño que iba enojado.
—Abuela, yo quería ver cómo navega mi barquito, también escuchar el cacaraqueo de las gallinas cuando la corriente las revuelque y los chillidos del puerco de doña Eduviges que siempre se va a cagar al patio de la casa. La vez pasada tampoco me dejaste ver como se llevaba la corriente a Don marco el señor que fue a gritarte frente a la casa. Todo por no quedarnos en la azotea. ¡Nunca me das gusto! En el cerro no veré nada.
Dormía la siesta. Soñaba con un ejército de hombrecillos que lo sujetaban con cuerdas y lo herían con sus lanzas. Despertó vociferando madres y quitándose las hormigas aferradas a sus nalgas y al sumidero.
Por la noche fue clonado diez veces dejándolo con forma de bolo. La mano larga y huesuda los formó. Tomó una pelota ósea y empezó a jugar. Después de cinco intentos no pudo hacer chuza y se retiró exclamando «¡otro que se me va!»
Y yo que me la lleve al río creyendo que era mozuela.** Retozamos bajo la luna encendida. Ya sin las máscaras nos reconocimos. Cuando acudo a la casa del tio, con prudencia, evitamos la mirada.
Escucho un mar embravecido. Sudo, me sofoco y me despierto. Soñoliento creo ver una sombra. Ya recuperado, me hago el dormido y todo está en calma.
Fueron dos semanas de zozobra.
la noche de ayer me ahogaba, y violentamente me desperté. La sombra salió por la ventana y se perdió en la noche. Dormí tranquilo, ya ajustaría cuentas con el gato negro de mi vecina.
Hace tres años que el río es difunto. Ayer el sol rencoroso fundía el mantel de piedras. Y sin que nadie lo predijese el agua despertó de su sueño longevo. El cielo se oscureció tanto, que las gallinas buscaron las ramas secas de los árboles. Sonaron tambores detrás de los cerros y un relámpago rompió la falsa noche. Cayeron cubetas de agua. Los niños que nunca habían visto llover corrieron asustados buscando las enaguas de la madre. La gente se bañaba en las chorreras, primero vestidos y locos por el agua se desnudaron. Los amantes se perdieron entre la oscuridad y retozaron como gusarapos en medio de los charcos. Era tanto el júbilo que los ancianos tomaron fuerzas y salieron para sentir la inefable seducción de sentir el agua. El río volvió a la vida, una laguna apareció. De los yermos germinaron plantas que solo los abuelos conocían por dichos de los tatarabuelos. La gente desbarató malos entendidos y se unieron para festejar la vida. Cuando el agua bajo, emergió el pueblo.
Entresacando un texto para el día de San Valentín dedicado a quienes me siguen. Felicidades a todos de su amigoRubén García García
Lara
Bajo la sombra jugábamos a creer que la nieve caía sobre nuestras cabezas con un sol de treinta y ocho grados; los copos de nieve eran las flores de la limonaria. Le quitaba de su cabello las flores de “nieve” y tarareaba la canción de Lara. ¡Dónde te metes condenada muchacha! gritaba su abuela desde la choza. Y ella al oído decía: «sigue, hasta que grite dos veces más».
Supo que a ella le gustaban los hombres barbudos y con pelos en el pecho. Leía que aquel fármaco tenía como efecto secundario el hirsutismo. «esto es lo que necesito» se dijo. Meses después veía con satisfacción el crecimiento de la barba, pero al mirarse el tronco, vio con horror dos pequeños bultos peludos que reclamaban un corpiño.
Me pregunta una niña, que cómo es que invento tantos cuentos. Le digo, que no hay nada nuevo bajo el sol, que lo escrito por mí, solo tiene mi olor, otros en el pasado me han legado la idea y aun otros, quizá miles, escribieron lo mismo. La niña me hace sonreír, cuando me interroga, que si deseo estar en los libros de literatura. Le contesto que conozco muchos que escriben mejor, que tienen reconocimiento social, que sus libros están en los estantes de librerías y bibliotecas y que aun ellos, podría suceder que dentro de cien años nadie se acuerde. Algunos, tienen el don de compartir sus experiencias y se agradece. Otros, se hacen engreídos y hasta groseros. Entonces ¿por qué escribe? Escribo para espantar a mis demonios, para soltar la banda de mis deseos o quizá, me gusta llenar con palabras mal vestidas la hoja blanca. Entonces, aun escribiendo bonito (conste lo dice la niña) no siente la pretensión de que su nombre forme parte de la historia. ¡claro que no, señorita! Tomó sus notas y se fue a entrevistar a otro (hay millones de escritores) El tiempo me ha dado la razón. Llevó quinientos años yendo a bibliotecas, hemerotecas y de las gentes que conozco, alguno que otro nombre se me hace conocido. ¡Hipócrita!, me dice mi ego, sé bien que te buscas, pero no estás.