Apuntes de un niño 6

Había dos temporadas malditas: los aguaceros y el frío. No podía jugar con los amigos en la calle.
llegar a la escuela era calzarme botas de hule, cubrime con impermeable. Media hora a pie. En las calles se hacían lagunas que cruzábamos. ¡Qué placentero meterse y chapotear el agua! El impermeable estorbaba, más de una vez disfruté las gordas gotas sobre mis brazos, percibía la rueda húmeda de la lluvia. penetrando por mi cuello. haciéndome exhalar un suspiro cuando la chorrera caía brutal por mi nuca.
-¿Porque vienes tan mojado?
– Estaba fuerte el aguacero, me descuidé y una chorrera gorda cayó en mi espalda.
– ¡Pues te vas a bañar y te metes a la cama y no te levantas hasta mañana!. Un te de limón con canela,  el calor de la cama y el reposo te hará bien,
. En la cama me hacía bolita y la oreja se prendía en la chorrera de la casa que caía continua sobre el tejado y en su caída despertaba sonidos de bongó  en la hoja del plátano.

 

paisaje 1 Carlos Scafino

Carlos Scafino.

Miedo

Los entresuelos del pueblo, terrosos, agrietados colmaban el camino de quejidos. Sudaba  y los pulsos del pensamiento brincaban. La nada podía intuirse entre la sólida niebla. Olía el silencio; en los pinos de la montaña nacía un verde herido por sepias antiguas.

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Nocturne en negro y oro, por James Abbot

Apuntes de un niño 5

La televisión era un bicho raro, después de la escuela, en calles de barro y yuyos jugábamos a las canicas, el trompo y cerca de la noche a las escondidas. Recuerdo el resplandor de los quemadores alimentados por el gas, que parecían gigantes de lumbre que se mecían con el capricho del viento. Luz. daban mucha luz que permisiva nos permitía retozar en calles de lodo, piedra, zacate. Cuando mamá gritaba mi nombre, sabía que era hora de despedirse, cenar ; bañarse a jicarazos y meterse dentro de un asfixiante pabellón para librar la enjundia de los moscos.

Un viejo ventilador daba batalla al bochorno; pelea perdida.

quemadores

 

 

tv

Apuntes de un niño 4

Asistía a una escuela que tenía dos niveles, salones amplios, luminosos, por fuera, cuadritos de cerámica color café. Era fresca y daba gusto sentir sus pisos fríos. Iba en la mañana y en la tarde. Regresando a casa veía  ocasos de fuego, escuchaba el alboroto de los cotorros. Otras veces,  el cielo oscurecía. llegaba la tormenta. Caían unas gotas gordas que al caerte dejaban una humedad fría. Los arroyos se formaban en instantes y era el momento para arrancar hojas al cuaderno y hacer un barquito de papel, llevarlo a la corriente de agua y verlo partir rumbo al mar. Imaginarlo a un lado del buque, ante la sorpresa del capitán, enfebrecido ya por los bochornos del paludismo.

barco.

Neumología dos

No cometí el error, esta vez quedé inscrito muy cerca de donde tenía mi departamento. En quince minutos estaba en el hospital, llevaría el segundo curso de neumología. Conocí a mis compañeros, había más mujeres que varones, El titular era un maestro que peinaba arrugas y canas, con voz apagada nos dio la bienvenida. Dijo las cosas que se dicen y nos presentó al adscrito de apellido Negro, quién realmente nos daría el curso. Al titular solo lo vi esa vez y en el exámen final, teniendo a su lado el adscrito..

El Dr Negro, de cerca de los treinta años, , bigote fino, hoyuelos al reírse y de lado derecho una verruga color vino. Caminaba como si corriera, saco blanco, corbata oscura, y ojos juguetones que iban y venían por el salón, deteniéndose en las compañeras. Los hombres nos veíamos a hurtadillas. El maestro se presentaba con ropa de quirófano, llegaba disculpándose, por no tener tiempo de cambiarse. Cuando una compañera no comprendía, él se acercaba, daba explicaciones con detalle y terminaba dándole golpecitos en la espalda con cariño. Si un hombre solicitaba, te atendía con indiferencia, su voz se hacia sonora y terminaba con una frase » Ya sabes lo que les pasa a los que no estudian»

El curso era sólo de tres meses por la mañana y había que regresar por la tarde para realizar las historias clínicas que él pedía como trabajos. Siempre había altas, unas por voluntad, otras por defunción. La mayoría eras casos de tuberculosis. El trato frecuente con los hospitalizados permitía que algunos de ellos nos invitaran a compartir el alimento. Sabíamos que tenían tuberculosis y aceptaba estar a su lado y compartir el pan con una que otra broma.

Caótico eran los lunes. Conocía a la mayoría de los internos y era de pesadez, caras largas, sollozos. Alguno de los enfermos había dejado un lugar. Permanecía en silencio y pasado el trago amargo volvía el ambiente laboral a la normalidad. La cama era  ocupada por otro paciente.
LLegó el examen final. Nos reunieron en el salón. Sería oral, cinco preguntas y entrevistarse con un paciente, dar el diagnóstico, tanto clínico como radiológico. Se pasaría de acuerdo al orden de la lista. Mis compañeros sacaron sus apuntes, yo me fui al pabellón de los enfermos.
Cuando pasé, estaba el titular de la materia con una bata blanca impecable y una corbata negra. y el maestro Negro,  vestido con el pantalón de quirófano, calzando un saco blanco.
. ¿Y que me dices de él? -se refería a mí -dijo el titular de la materia.
– Ahora le comento, primero que vaya a explorar al paciente de la cama ocho. Tiene quince minutos, me ordenó.
– Gilberto que así se llamaba, tenía como todos una tuberculosis pulmonar, pero se le añadía dos más, El corazón lo tenía hacia el lado derecho y lo otro era una preferencia sexual.
Regresé con el jurado, expuse los hallazgos clínicos y coloqué las radiografías en el negatoscopio.
– Ya vio Dr, lo que le dije, no sabe poner adecuadamente una radiografía. No merece ser aprobado.
– Profesor, las radiografías están colocadas correctamente. Tal vez el Dr. Negro no recuerde que el señor Gilberto, tiene una dextrocardia y por eso las radiografía debe de colocarse al revez.
El titular se le quedó mirando al adscrito y sin decir nada me dio la boleta de aprobado.
Me despedí de los amigos y fuí al área de hospitalización.
Gracias Gilberto, por decirme que tenías el corazón del lado derecho y estaba por retirarme.
Dr ¿y no cree que sea por eso me gusten los muchachos?
Tal vez Gilberto, tal vez y me retiré diciéndome, ya falta menos.

radiografía-pulmón

De los frutos

Zapote mamey

El zapote mamey es oval, carne rica, olorosa y color asalmonado.La semilla, hueso café oscuro,  brillante en armonía con la forma del fruto.Verla es arrobarse. La fruta es parte de mujer.
El nonagenario acarició la piel, olfateo y con los recuerdos vivos , la fue degustando.

zapote

El gato y el tigre

Con afecto dedicado al profe Manolo
Hubo un tiempo que el gato se le reconocía como el rey de la selva. Los felinos lo veían con temor, respeto.
El tigre era un cazador inútil y se le veía desgarbado, tambaleante y sus costillas se levantaban escandalosamente y lo seguían de cerca las aves de rapiña.
Un día quedaron frente a frente y el tigre balbuceó.
– Gato enséñame a cazar musitó más con los ojos que con la garganta.
El rey lo vio y no pudo evitar sentir tristeza.
Con paciencia fue inculcando su destreza. El tigre seguía al gato, lamía su piel, velaba su sueño, a cambio  fue entrenado en el acecho, en otear los aromas del viento, en camuflarse entre la vegetación, la estrategia y el ataque.
Muchos meses después el tigre lucía diferente, se volvió todo un cazador y la comida le restituyó la vitalidad perdida. Se sintió poderoso y de frente le dijo:
-Gato estoy satisfecho de lo que me has ayudado, de lo aprendido y ya estoy en condiciones de valerme por mi mismo, pero también ansío ser rey de la selva. Así que, con todo respeto, pero es necesario comerte. No lo tomes a mal, me caes bien, solo acepta que es necesario para lograr mi objetivo.
El tigre se abalanzó sobre el gato, éste, se escabulló y estando una palmera se subió con facilidad y rapidez. El tigre lo miró y enfadado le gritó.
-No me enseñaste a subir a los árboles y menos a las palmeras.
.No tigre, un maestro, nunca enseña todo.

gato

 

Neumología uno

Sólo daba tiempo de lavarse la cara, la boca y salir corriendo para encontrarse con el primer autobús. Caminaba a paso veloz cinco cuadras y llegaba a la terminal. Comía un pan con café. La mitad de las veces encontraba asiento. Casi dos horas. Minutos más después de las siete y el mierda del maestro cerraba la puerta del salón. Varias veces le menté la madre, tanto a los urbanos, como al catedrático por dejarme fuera. Pero la mayor parte la dirigía hacia mí, por ser tan pendejo.

En el bus que tomé en ciudad universitaria me encontré a un viejo amigo.

-Dónde te inscribiste para llevar el curso de neumología?

-En el instituto nacional.

-Sabes que ya lo cambiaron de lugar y que esta a la salida de Cuernavaca

-¡Cómo!

– Sí, fue apenas.

-¡No mames buey!. Pero que pendejada hice.

-¡Regresate!

Bajé del autobús. Las oficinas estaban cerradas.

Falté a la mitad de clases, un tercio por quedarme dormido, el otro por el transporte y la otra porque me cerraron la puerta en mis narices. Hice el examen y cuando daban los resultados de la A a la f. sólo había pasado uno.

-Le tengo una noticia buena y una mala me dijo el maestro. ¿Cual quiere? y siguió. Le daré la buena, aprobó usted con siete una calificación sobresaliente dado que tiene más faltas que cuentas un rosario. y esa es la mala, va a repetir el curso por ausencias. Le sugiero vuelva, seguramente le irá mejor.

Salí del salón de clases dándole las gracias al maestro y prometiendo regresar. En el urbano encontré asiento en la ventanilla y él y yo sabíamos que no nos veríamos jamás.

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Solicitud de empleo

Inserté en la sección del “aviso de ocasión” el anuncio donde solicitaba un licenciado en ciencias sociales, con carácter, ambición y capacidad para resolver problemas. Pasé días entrevistando a los solicitantes. Supe que era el hombre; frente amplia, mediana edad, ojos claros, grandes  y un movimiento rápido en su mirada, que sólo he visto en las personas observadoras. Discutimos el sueldo y acepté su propuesta. Le pagaría de acuerdo a los resultados, palabra de Senador.
La zona indígena de la región de la montaña andaba alborotada. Él tendría que llevar en una mano el pan y en la otra el fuete. Tenía libertad para decidir.
si una situación escapaba y había difuntos, habría a quién echarle la culpa. ¡Joder! en la actualidad los “ chivos expiatorios” le salen caros al gobierno del cambio.

sierra

La enfermera

Joven, morena,ojos de paloma, cejas negras que se tocaban a la mitad de su cara oval.

-Doctor, la paciente de la cama doscientos veinte está alterada. Puse cara de estúpido, ella debió darse cuenta y sonrió “vamos a revisarla”.

La paciente daba la impresión de estar siendo golpeada. Del carrito sacó un par de guantes . Mi torpeza debió ser evidente para calzármelos, así que sacó otro par, seguramente los había contaminado, ella, sonriente, exclamó “perdón, estos sí son del tamaño de sus manos”. me puse a sudar tanto como la paciente; “los pinches guantes no calzaban bien en mis manos”.  le habló con cariño a la mujer y ésta empezó a tranquilizarse. Pude al fin meter mis dedos dentro de la cavidad vaginal,( mi segunda vez) una vez dentro, sentía  blandito y calientito. La enfermera preguntó:

-¿Cuánto tiene de borramiento?

Me quedé callado, volví a meter mis dedos. Ella se puso unos guantes con una facilidad que me hizo sentir pigmeo. Hizo tacto y en confidencia “tiene como un ochenta por ciento y tres de dilatación”. Toqué, toqué de nuevo, y seguí sus consejos. Lo oscuro se hizo claro.

Han pasado los años, pero la memoria de mis yemas sigue fresca, si en este momento hago tacto a una señora en trabajo de parto, diré cuánto tiene de dilatación , pues la yema de los dedos nunca olvida.

Tampoco la olvido a ella.

Santiago Rusiñol. 1894-la-morfina

Confusión

Estoy desordenado, confuso. Sentía tus cabellos tocando mi cuerpo. Dilatado de la nariz y entre soñando llegaba a tus manos; encontraba el aroma del viento que un dìa respiramos juntos. Lo negaba; con gritos dentro del silencio. Hubo noches que escuchaba tus pasos recorriendo a trote mis latidos y me levantaba habitado de ti. Hoy en la mañana cantaron los pàjaros, los mismos que volaban por nuestras tardes. Se que nada es cierto, es mi torpeza o mi cuerpo que sueña. Qué dificil  es decirme que te espero.

Van gogh

Apuntes de un niño 3

Jugué con canicas, trompo, balero y carritos de madera. Me gustaba caminar bajo la lluvia y brincar sobre los charcos. Mirar a las mariposas que iban y venían revoloteando.  Otras amarillas marchaban como soldaditos sobre las flores que se abrían después del aguacero.  Lo mejor,   lo daba mamá, besos y abrazos sin ton ni son; café con leche por la mañana con pedacitos de harina que cocía en la estufa de petróleo. Ella me decía que eran gatitos y  me abrazaba a sus piernas.

mariposas-amarillas

Filomeno Mata población totonaca

Filomeno Mata Ver. Población totonaca. Mujeres dando la bienvenida a funcionarios del estado. Hay un dolor viejo en ellas, seguramente obligadas a pasar lista. Filomeno mata es montaña, costumbres intensas, también enfermedad y olvido.

filomeno mata

Foto de Rubén García García

El pez

Montada en caballo. La luna teje un velo sobre tu espalda; tus pechos ondulan siguiendo las olas, el rumor del mar se columpia en tus oídos ¡Soy pez que te sigue!

mujer y mar