Sólo daba tiempo de lavarse la cara, la boca y salir corriendo para encontrarse con el primer autobús. Caminaba a paso veloz cinco cuadras y llegaba a la terminal. Comía un pan con café. La mitad de las veces encontraba asiento. Casi dos horas. Minutos más después de las siete y el mierda del maestro cerraba la puerta del salón. Varias veces le menté la madre, tanto a los urbanos, como al catedrático por dejarme fuera. Pero la mayor parte la dirigía hacia mí, por ser tan pendejo.

En el bus que tomé en ciudad universitaria me encontré a un viejo amigo.

-Dónde te inscribiste para llevar el curso de neumología?

-En el instituto nacional.

-Sabes que ya lo cambiaron de lugar y que esta a la salida de Cuernavaca

-¡Cómo!

– Sí, fue apenas.

-¡No mames buey!. Pero que pendejada hice.

-¡Regresate!

Bajé del autobús. Las oficinas estaban cerradas.

Falté a la mitad de clases, un tercio por quedarme dormido, el otro por el transporte y la otra porque me cerraron la puerta en mis narices. Hice el examen y cuando daban los resultados de la A a la f. sólo había pasado uno.

-Le tengo una noticia buena y una mala me dijo el maestro. ¿Cual quiere? y siguió. Le daré la buena, aprobó usted con siete una calificación sobresaliente dado que tiene más faltas que cuentas un rosario. y esa es la mala, va a repetir el curso por ausencias. Le sugiero vuelva, seguramente le irá mejor.

Salí del salón de clases dándole las gracias al maestro y prometiendo regresar. En el urbano encontré asiento en la ventanilla y él y yo sabíamos que no nos veríamos jamás.

radiografía-pulmón