Los entresuelos del pueblo, terrosos, agrietados colmaban el camino de quejidos. Sudaba  y los pulsos del pensamiento brincaban. La nada podía intuirse entre la sólida niebla. Olía el silencio; en los pinos de la montaña nacía un verde herido por sepias antiguas.

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Nocturne en negro y oro, por James Abbot