Asistía a una escuela que tenía dos niveles, salones amplios, luminosos, por fuera, cuadritos de cerámica color café. Era fresca y daba gusto sentir sus pisos fríos. Iba en la mañana y en la tarde. Regresando a casa veía  ocasos de fuego, escuchaba el alboroto de los cotorros. Otras veces,  el cielo oscurecía. llegaba la tormenta. Caían unas gotas gordas que al caerte dejaban una humedad fría. Los arroyos se formaban en instantes y era el momento para arrancar hojas al cuaderno y hacer un barquito de papel, llevarlo a la corriente de agua y verlo partir rumbo al mar. Imaginarlo a un lado del buque, ante la sorpresa del capitán, enfebrecido ya por los bochornos del paludismo.

barco.