Con afecto dedicado al profe Manolo
Hubo un tiempo que el gato se le reconocía como el rey de la selva. Los felinos lo veían con temor, respeto.
El tigre era un cazador inútil y se le veía desgarbado, tambaleante y sus costillas se levantaban escandalosamente y lo seguían de cerca las aves de rapiña.
Un día quedaron frente a frente y el tigre balbuceó.
– Gato enséñame a cazar musitó más con los ojos que con la garganta.
El rey lo vio y no pudo evitar sentir tristeza.
Con paciencia fue inculcando su destreza. El tigre seguía al gato, lamía su piel, velaba su sueño, a cambio  fue entrenado en el acecho, en otear los aromas del viento, en camuflarse entre la vegetación, la estrategia y el ataque.
Muchos meses después el tigre lucía diferente, se volvió todo un cazador y la comida le restituyó la vitalidad perdida. Se sintió poderoso y de frente le dijo:
-Gato estoy satisfecho de lo que me has ayudado, de lo aprendido y ya estoy en condiciones de valerme por mi mismo, pero también ansío ser rey de la selva. Así que, con todo respeto, pero es necesario comerte. No lo tomes a mal, me caes bien, solo acepta que es necesario para lograr mi objetivo.
El tigre se abalanzó sobre el gato, éste, se escabulló y estando una palmera se subió con facilidad y rapidez. El tigre lo miró y enfadado le gritó.
-No me enseñaste a subir a los árboles y menos a las palmeras.
.No tigre, un maestro, nunca enseña todo.

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