Dolor casero por Rubén García García

La casa está sola, se siente sola. Afuera hay un silencio ardiente. El enorme mango no se mueve; la brisa se ha ido. El sopor de la tarde asfixia. Lo hago llevadero con frecuentes tragos de cerveza y coletazos de aire del ventilador. No hay más ruido que el del vecino con su música electrónica que contrasta. Te llevaste el ruido de los trastes, la tonadilla de la estación que escuchabas, el tintineo de las tazas, el sonido de tus pasos en la madera, el aroma de tus caderas… hay un enorme vacío que no lo llena mi esposa; y tú, ¿dónde te fuiste?, ¿en qué nueva casa estarás haciendo quehaceres?, ¿ cómo serán tus nuevos patrones?…

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Los quehaceres del río.

El río recuerda a las lavanderas: gustaba de verlas cada semana en sus orillas con su chorcha de hijos. El splash splash que cada una de ellas hacía al lavar y que se unía a los rumores de su corriente. Algunas veces la brisa se colaba entre los sauces llorones, y hacia silbar a las hojas. En otras se detenía, abriéndole las puertas al silencio.
Y el río complacía a la bóveda del cielo; entregándole su música alegre, o bien a la nostalgia que la vida conlleva.

Mi camino y la palabra

Mi camino está cerca del final. Reflexiono que lo mejor de nosotros lo llevamos dentro. Por eso, abro mis ventanas y azuzo los pensamientos para que tengan oportunidad de ser. He vivido entre las hojas de los libros y hoy entre las pantallas. Encontré hospedaje a lado de la palabra. Ella es mi otro corazón. Me complace lanzarla al espacio y admirar sus giros, me embelesa como la flor, el cielo o el mar.

El enano

Dormía al lado de los bonsái… Soñaba que un ejercito de hombrecillos lo sujetaban con cuerdas, y lo herían con afiladas lanzas. Despertaba con madres y chingaos en la boca, y quitándose las hormigas.
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Depresión en el castillo

Todas las noches, por una razón que ignoro despierto y me levanto a caminar por los salones de la casa. Me he sorprendido mirando el cielo. Quizá sean los azahares los que avivan mi vigilia. No sé qué me pasa, cuando regreso, rumo con la idea de quemar mi futuro. Me digo: ¿para qué sirve?, ¿puedo vivir sin éste? Tiendo el lecho, lo golpeo para hacerlo confortable y antes de que salga el sol, cierro ruidosamente el ataúd.
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Sucesos del diluvio

La lluvia arreciaba. Eran los primeros días del diluvio y el arca bamboleaba a mitad del océano. Quedaban algunos promontorios visibles.Rachas de viento, olas coronadas de espuma se levantaban, cuando Noé salió a la cubierta sus oídos se llenaron de un bello canto que envolvía la nave. La sirena cantando le suplicó que le diera posada. La tibia luz enmarcó la perfección de sus pechos y la fina cintura que hacía resaltar la voluptuosidad de sus caderas. Le volvió a pedir refugio, invocando el nombre de Dios. Noé estuvo tentado a decirle que sí, pero recordó su hermoso y perturbador canto, las sinuosidades y redondeces de su cuerpo y la amenaza de los felinos que estarían tras ella. Ya se retiraba sollozando, cuando Noé le gritó: “¡detente!, cerrando los ojos la recorrió con sus manos y poco después la agregó en el mascarón de proa.

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Tu nombre

Tu nombre tiene un vasto silencio a mi lado ¡ay de mí si lo rompiese! Tendría que vivir contigo como un árbol que permanece mil años en la montaña ofreciendo flores al viento

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Música en el río

El río recuerda a las lavanderas, gustaba de verlas cada semana en sus orillas, llevando la chorcha de hijos. El splash splash, de cada una de ellas hacia coro y se untaba a los rumores que él traía. Algunas veces la brisa se colaba entre los sauces llorones, silbaba y detenía su respiración, abriéndole las puertas al silencio.
y el río complacía a la bóveda del cielo entregándole su música que animaban a la alegría, o bien a la nostalgia que la vida conlleva.

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La soledad del almendro

Me conmueve mirarlo sin hojas. Arriba hay un cielo borroneado y el agua finita y fría duele, como si las gotas trajesen espinas. Es una tarde entintada de sepia que estremece mis huesos. Los truenos son pisadas que se acercan. La luz apenas se unta en la frontera lejana y en los bordes de los árboles; me envuelve a cada paso la congoja y me aterra el relámpago que ilumina el almendro y lo exhibe, como una radiografía, en su precariedad.

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Concordancias

Ella vive en un pueblo donde los varones son lampiños, y las féminas de senos generosos. Él habita en un pueblo distante, y los hombres son de pelo en pecho; con mujeres de escaso busto.
Después de los correos, pasaron al Messenger, se vieron en la pantalla. Los ojos de ella escrutaron su pecho y él disfruta verla con vestidos de profundos escotes.

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El enano

Se acostaba al lado de los bonsái… y veía que de las naves salía un ejercito de hombrecillos que lo sujetaban con cuerdas y lo herían con afiladas lanzas. Despertaba con madres y chingaos y quitándose las hormigas.

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Juego de máscaras

Destrabo la mandíbula y a punto de engullirse al ave, ésta levantó el vuelo llevándose la víbora, hacia los cielos.

La fiebre de la oveja loca

—¿Cómo desea su corte de pelo?
— Un estilo ajedrez —ordenó la oveja— sacudía su melena y le guiñaba un ojo  al estilista.
Ya peluqueada se atrevió con los equinos y con descaro coqueteo con ellos…, desesperada por no turbar a los caballos, tomó su bolsa y fue en busca del perro ovejero, que al verla movió la cola y rasco con entusiasmo el pasto.

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Cazador cazado o no sabes por donde saltará la liebre.

El cazador le saltó la liebre por donde menos esperaba y por reflejo accionó el gatillo. Ocho horas después salía del hospital en una silla de ruedas. Pos-operatorio complicado, días más, egresó de nuevo, ahora con dirección al anfiteatro. En la fría soledad, con el cuerpo arqueado, y una sonrisa sardónica vio de reojo a, la mierda de la liebre, acariciada por una mano larga y huesuda.

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