Platicando con mamá

 Había vida por donde quiera que pusieras los ojos. También nosotros albergamos vida. En la escuela mi amigo Juan empezó con una tos que no se le quitaba ni pegándole en la espalda, se tiró al suelo, se puso morado y todos mirando sin saber que hacer. El maestro lo zarandeaba de los hombros para hacerlo reaccionar, y al abrirle la boca vimos con horror que le salían hartas lombrices de la boca y otras por la nariz… quedó con sus ojos abiertos y húmedos. Albergar vida es también anidar a la muerte.

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Meditaciones de una hoja

Los caminos son infinitos, dijo la hoja del árbol antes de morir, un segundo después tomó el viento de otoño.

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Platicando con mamá 3

Cuando mamá empezaba a hablar sola, había que levantarse. No teníamos camas sino catres y dos petates por si llegaban visitas. Seguro que mi madre levantaba a los gallos; minutos después empezaban a cantar uno tras otro, parecían platicar levantando cada vez más su canto y seguían tan estridentes que tenías que taparte las orejas. Los cotorros volaban tan cerca y bajo, que manchaban al cielo con sus colores. ¡Qué cosas! de niña odiaba su alboroto, y hoy que no los veo, ni los escucho, me sobrecoge.

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Petate

Petate es una noción que procede de un vocablo náhuatl (petlatl). Se trata de una clase de estera o alfombra que se suele elaborar de manera artesanal en México y en diversos países centroamericanos. El petate se teje con las fibras de una planta cuyo nombre científico es Leucothrinax morrisii

Platicando con mamá

Los sacerdotes eran escasos. Cuando ya había varios chamacos para bautizarlos, los llevaban al mar, para cortarles los cuernos. Navegaban río abajo hasta ver la desembocadura; se adentraban entre el oleaje a veces calmo en otras ríspido y llegaban a la playa. Al regreso era para festejar con mole, que era el resultado de tres días de trabajo con el molcajete y el metate. Sucedía, no siempre, pero sucedía que una lancha era volcada por el arrebato de Las olas y la fiesta del bautizo se convertía en velorio. Por supuesto el mole nunca sobraba.

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Señora moliendo en el metateImagen relacionada

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Molcajete

Aedes el egipcio

El Egipcio
Apostados en un rincón oscuro del dormitorio esperaron.
Estaban detrás de la cabecera de la cama.
Atacaron en la madrugada.
El macho zumbaba en los oídos para distraerlo; la hembra voló hacía los pies y succionó ávida la sangre.
La hembra tenía el suficiente alimento para que sus huevos maduraran.
Quince días después un hombre moría “sudando sangre”.
Aedes el Egipcio volaba impune, sediento de nuevo.

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Zozobra y deseo RGG

Esteban deja saber que le gusto. En la reunión, él trata de ofrecerme su compañía. Me mira entornando los ojos y lo hago tartamudear. Fingiendo ir hacia mis adentros me pregunta como si alguien le sacará las palabras con un sacacorchos
-¿ En qué piensa?
Si él supiera que deseo que el tiempo se escurra para encontrarme con el hombre que deseo y amo.
En algún momento, cuando menos lo espero me ofrece algún piropo. Suspira. Cuenta algún chiste y no puede evitar que lo perturbo; y se retira en silencio al percibir la indiferencia.
Si tú fueras como esteban, jamás hubiese conocido la zozobra y este deseo que cada día se convierte en leña dispuesta para vos.

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Platicando con mamá 1 RGG

En la mañana jugar era imposible, ya caída la tarde pedíamos permiso a mamá y si estaba de malas, era mejor callar.  Si te habías portado bien y la escuchabas silbar, entonces aprovechabas y con voz cariñosa y queda le pedías permiso. Jugábamos en bola. No había calles, banquetas, sino un pequeño campo que servía de atajo para no llegar tarde a la iglesia. Los Chamacos correteando la pelota y las mujeres jugando al bebeleche.

¡Chamacos! ¡Chamacos sosiéguense!, gritaba doña Paca. Todos dejábamos de jugar, —la voz de un adulto era una orden— detrás viene doña Sandra, ella ya tiene más de cincuenta años y no vaya a ser la de malas que uno de ustedes la atropelle y se le rompa una pierna, cuando ella haya pasado, pueden seguir jugando… mamá tiene noventa y cinco años.neblina

La bomba

La garza hunde su pico en las entrañas del pozo petrolero. Una y cien mil veces lo hace, obsesa por el manto que yace en el vientre de la tierra. Nada le cansa, ni el sol abrazador, ni la tromba que en los huecos del cielo se gesta.
Un día quedará quieta, maniatada por el silencio, satisfecha de haber succionado los veneros, de liberar enormes helechos y bestias. La lluvia que cae, llega con micro-fantasmas de plástico.

bimba

El pinche tiempo que no alcanza de Rubén García García

Jacinto es un hombre trabajador que nunca contradice a su patrón. Tenacio está disgustado con el tiempo. Siempre dice que el tiempo no alcanza para nada. Y es que, en el rancho, el trabajo nunca se le ve fin, sin embargo, él no se rinde y busca la manera de exprimirlo.
Muy temprano había llegado Jacinto. La esposa del ranchero ya tenía listo el desayuno, pues saldrían hacia la parcela que distaba a hora y media de camino. El patrón no come, devora, y es que un retraso trae consecuencias, la inmediata es que habrá algo que se deje de hacer. Anoche pensó que sería bueno desayunar y comer de una sola vez, así podrían trabajar dos horas más. En pleno desayuno le dejó ir la idea a boca de jarro a Jacinto.
— Para no regresar a casa, —y se interrumpe al escuchar el sorber que hace su ayudante al café caliente— para no regresar, repite, ¿por qué no comemos de una buena vez? Así le avanzaríamos al techo y podremos reírnos de la lluvia, si le da por caer.
Jacinto con la boca ocupada, se pasa la comida con un trago de café y le contesta que es una buena idea. — no pensé convencerlo tan fácil. —piensa Tenacio.
Vieja, —dice el ranchero— danos de comer de una buena vez, la mujer no replica, así que se pone a la tarea de hacerles una comida rápida… y se las sirve, Jacinto que es de buen comer, de inmediato empieza, y después de media hora el ranchero, con voz militar le dice:
— Ahora sí, Jacinto, a darle al trabajo, ya vamos almorzados y comidos, ya no tendremos que regresar. Jacinto, estirándose le contesta:
—Patrón, ay patroncito, yo después de comer mi cuerpo me pide una siesta…si no, no rindo.

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El ayudante de albañil de Rubén García G.

Con la lata de cemento al hombro, el joven albañil sudaba un sudor agrio que le irritaba la visión. Depositó la mezcla y con la franela se limpió la cara. Miró las nubes y había una enramada de hojas violetas. Bajó para volver a llenar el recipiente de mezcla y subir. El cielo estaba cargado de colores y espirales girando que iban de un lado a otro. Tomó dos tragos de caña que se bajó con un buche de cerveza. Sabía que eso le garantizaría la croma y el sabor de los celajes. Faltaban cuatro horas de trabajo.

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De los cambios

En mil años del 300 o 400 al 1300, 1400  las aldeas sufrieron pocos cambios en la manera de vivir su cotidianidad, es lo que conocemos como la edad media. Hace noventa años mi madre vivía su niñez y encuentro cambios radicales. Comente de su país y enriquecemos nuestra visión.*

En la mañana jugar era imposible, ya caída la tarde pedíamos permiso a mamá y si estaba de malas, era mejor callar.  Si te habías portado bien y la escuchabas silbar, entonces aprovechabas y con voz cariñosa y queda le pedías permiso. Jugábamos en bola. No había calles, banquetas, sino un pequeño campo que servía de atajo para no llegar tarde a la iglesia. Los Chamacos correteando la pelota y las mujeres jugando al bebeleche.

¡Chamacos! ¡Chamacos sosiéguense!, gritaba doña Paca. Todos dejábamos de jugar, —la voz de un adulto era una orden— detrás viene doña Sandra, ella ya tiene más de cincuenta años y no vaya a ser la de malas que uno de ustedes la atropelle y se le rompa una pierna, cuando ella haya pasado, pueden seguir jugando… mamá tiene noventa y cinco años.

-* Mi madre vivió en una comunidad pequeña quizá 500 habitantes, en un clima tropical y cercano al mar. Cazones, Veracruz, México.

Se ha convertido en un pueblo costero, con playas muy cercanas y visitadas.

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En las olimpiadas de la fe de Rubén García G.

En las olimpiadas de la fe…
ha causado mucha expectación, no tan sólo la carrera de montañas, sino la lucha de ellas a tres caídas sin limites de tiempo. Todo indica que el ganador podría salir de la región del Tibet o del Medio Oriente.
Las grandes potencias de occidente ya están fuera de la competencia.
Noticielo, su agencia de noticias.

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La madre

 Se fue, solo se llevó algunos tiliches y su esperanza. Juana recordaba el día de su partida. En la mesa dejó un recado breve, cada letra era una espina, que al leerla le oprimía el pecho. Se fue, como se había ido su padre, del que nunca supo más.
José no pudo evitar el resoplo que le causaba el agua helada del pozo cuando rodó por su espalda. Era una madrugada fría con resabios de jazmín. Con el baño se fue el sueño. Su mirada se perdió en el patio, y jugaba con sus hermanos, al fondo los gruñidos del marrano y el cacaraqueo de las gallinas. Entró a la pieza de su madre, le dejó un plátano, el recado sobre la mesa, y la intención de un beso.
Durante dos años Juana lavó y planchó para mantener a la prole y comprar cada ocho días una veladora que dejaba al pie de la imagen pidiéndole que cuidara de su hijo. Algunas veces, en la soledad del lavadero tallaba la ropa con coraje, con furia para dejarla reluciente, pero ella sabía que solo deseaba romper con la tristeza que le ocasionaba la ausencia de su hijo. Llegaban imágenes poderosas, oscuras, donde la voz de José clamaba pidiendo a su mamá. Y el lloro se iba por el boquete, el mismo por el que se va el agua sucia.
Una mañana encontró sobre la rústica mesa dos piezas de pan y una fruta y al fondo algunos juguetes. Supo en ese instante que su José había llegado y lloró, lloró… Con las lágrimas se dispersó el dolor y la presión del pecho que no la dejaba respirar, ahora lo hacía con sumo placer. Los ruegos que le hizo a la virgencita no fueron en vano. Cerró los ojos, aflojó las mandíbulas y los surcos de la frente y un sueño sobrevino y durmió y dormía como si no hubiese dormido nunca.

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Se oye silbar el barco de Rubén garcía García

Miro la montaña, el viento que mueve la arboleda y el sol agónico que revienta en colores.  Volteo la mirada y me veo jugando con la pandilla. Recorro a pie las grandes avenidas y percibo el frío que adormece. Mis hijos son hombres. Nadie me acompaña y el golpe de mis tacones solo suena para mí. Llegan ráfagas con olor de jazmín y suspiro. Alegre vainilla que golpeas, intenso café que me hace latir. Caricias olvidadas, mujeres que sombrean la pared y sigo en el camino apretando contra mi pecho la vida. Llueve y se oye silbar el barco. Caminar sobre el mar, cerca del sol será inefable.

 

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El hallazgo de Rubén García García

El político la encontró después de cuarenta años de campaña entre los pueblos áridos y agrestes de la sierra. No hizo falta la palabra. El suspiro que abrió de par en par los pulmones y una erección violenta que no recordaba desde la adolescencia, fueron los signos. Eres la mujer que siempre han buscado mis ansias, y la acarició con la emoción contenida. Imaginando que el peso de su deseo pudiese astillarla. Su beso navegó por los ríos y afluentes del delicado cuerpo, deseando prolongar el tiempo. Dentro, la barca del infarto había desatado los nudos.
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