Por seguir la huella RGG

Iba descalza. Las huellas de sus pies estaban marcadas en el camino que conduce del baño hacia su recámara. Sin la menor duda la seguí. Había dejado la puerta entreabierta. Buscaba su ropa interior y la toalla amenazaba con caerse. El olor del champú se desprendía como mariposas al vuelo. Leve fue su resistencia y grande el placer de ambos. Hoy que lo recuerdo, acepto que caí en su trampa. Dos hijos, diez años de casado y el dinero que no alcanza.

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Degas

El mar… RGG

 

 

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Por la noche, cuando duermo escucho un mar embravecido, y eso perturba mis latidos. En sincronía aparece un calor inusitado, me sofoca y despierto. Soñoliento, creo ver una sombra que huye y mi pulso brinca. Algunas veces me hago el dormido y el mar está en calma.
Fueron dos semanas de zozobra.
El día de ayer sentía ahogarme, pero fui capaz de despertar sin sobresalto. Descubrí el misterio y era el pinche gato que dormía ronroneando a un lado de mi cabeza

El ángel de la media noche

Decidió amarla con las alas puestas. Al día siguiente la novicia amaneció muerta. ¿quién puede prever que ella fuese alérgica a las plumas?

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Tiene ojos negros RGG

Tiene ojos negros, de mirada aromática. Sé que soñó con una calle desierta y una arboleda con una cabaña que olía a posada. He caminado por las hosterías que conviven bajo la sombra vegetal buscando sus ojos negros. Regresé cabizbajo a casa y al chirriar la puerta me sobrecoge la posibilidad que me esté esperando en una calle desierta. 

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¿Dónde?

Tiene ojos negros, de mirada aromática. Sé que soñó con una calle desierta y una arboleda con una cabaña que olía a posada. He caminado por las hosterías que conviven bajo la sombra vegetal buscando sus ojos negros. Regresé cabizbajo a casa y al chirriar la puerta me sobrecoge la posibilidad que me esté esperando en una calle desierta. 

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El quehacer

Cumplir setenta y cuatro años y divertirse extrayendo palabras para después armarlas y rearmarlas es un trabajo de dioses. Inicias el trabajo con una idea y en el devenir la terminas con diferente acabado y color. La dejas en el estantero y te ocupas de otros menesteres…un día sin tiempo pasas y la reconoces, le quitas el polvo y la espulgas. Siempre critique a mi tía por estar sacándole brillo a sus figuras de porcelana y me acuso de tener el mismo pecado. Tallar la palabra  no aburre, siempre es mi mejor regalo.

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En el café…RGG

Tenía mi mano apretando la tuya y estuve a un instante de proponerte matrimonio. En cascada llegaron emociones; sobresalía el miedo de vivir bajo la sombra de tu carácter firme y frío. Enmudecí, aflojé tu mano y recobré la trivialidad del momento. “Así que te gusta la nieve de fresa”, y sonreíste.

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Van Gogh

Acerca del recuerdo

Me despedí de ella hace tantos años, pero la memoria no entierra ni lo que besa, ni lo que muerde.

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Síndrome de Estocolmo.RGG

La secuestró un «pájaro de cuenta» y ahora, silba marcialmente, defendiendo con su vida el territorio de su opresor.

El anciano RGG

Cerca de mi casa vivía un anciano. Solo una vez platiqué con él, un día antes de su muerte. Veía que la gente que entraba y salía de su choza de tarro y, alguien dijo que el señor estaba en agonía. Me sentí ofendido de que siendo vecino y dedicándome a la medicina no me hubiesen llamado. Así que me hice presente, sino como médico, al menos como vecino. La luz se filtraba por aberturas de la casa y caían en el catre donde el anciano reposaba semisentado. Se despedía de unos amigos. El olor de los enfermos graves es evidente, la muerte se huele y yo no olfateaba su presencia. Delgado, fibroso, recostado sobre una almohada, lo saludé a su usanza: tocando la punta de los dedos y diciendo suavemente “Tlenn” No sabía que decirle y él fue quien rompió ese silencio. Nunca antes lo había tratado. Me miró con limpieza y en claro castellano me dijo:

 

— Voy a morirme. Todo lo tengo previsto. Mis hijos ya saben que les va a tocar a cada quien. Me iré limpio del corazón y de la conciencia, ya vino el padre panchito y me confesé.

—No te vas a morir —, le decía.

Lo miraba sereno, su voz calmada más que precaria. ¿Cómo se va a morir? No veía signos atrevidos de enfermedad.

— Así está dispuesto. Ya sé en qué lugar quedaré. Escogí estar en lo alto de la loma para que pueda mirar hacia mi casa.

Y es que el cementerio estaba en cerro, desde allí, su casa era visible, como también la mía y esa era la única parte del paisaje que a mí me desagradaba.

—No te vas a morir, verás que mañana desayunamos juntos. Eso le dije y me despedí con respeto.

Nunca supe que sucedió. El anciano habló de la muerte como si fuese parte de la vida, como decir, mañana haré esto y lo otro. Cierto murió en la madrugada, claro de conciencia, fibroso como una raíz y está enterrado en la loma, viendo su casa.

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Encuentro RGG

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Tenerte así…dos hojas empalmadas. Quién es una y cuál es la otra… dos hojas que podrían ser una; tú el haz, yo el envés. En silencio, sin respirar, en una quietud secreta.
Luego, las respiraciones acaloradas, estertóreas, que empapan al algodón. Silbamos a seguidillas, y ondulamos nuestros cuerpos: el jadeo duele y extasía. Ola, brisa, marea, estallido y sueño soñando a la sueñera.

Cortando mangos

En una tarde vieja le dije a la Cristina que el mango de don Nicolás estaba a reventar, que todavía teníamos tiempo de ir a cortar. Ya es muy tarde, no lo es, y si llega mi mamá y no me encuentra me deja sin cabellos, No. Vi que se llevó su librito de rezar y estará ocupada con el difunto. ¿Estás seguro?, claro que lo estoy, pues mi mamá también fue al velorio, así mientras me subo al árbol, los corto y tú los cachas.
Eso se lo dije hace tres meses. Días después de haber hecho el corte dejó de hablarme y me evitaba, ahora me hizo la seña de que me esperaba bajo el mango.
No estaba lejos, diez minutos a buen paso, el árbol vivía casi pegado al arroyo. Teníamos la misma edad y en la escuela nos llevábamos bien; por eso algunas veces hacíamos la tarea en su casa o en la mía. Y cuando terminábamos sonreíamos a la menor provocación. La Cristina me gustaba para novia.
Esa tarde habíamos cortado mangos verdes, cocoyos y otros de un amarillo que invitaba.
Le hincamos la muela, el diente y toda la arcada a los mangos. Sonreíamos y sonreíamos porque a ella y a mí se nos escurrían hilos dorados que llegaban a la barbilla y al cuello. En un impulso, se los quité del mentón y me dejó seguir como si ella fuese el mango. Se hacía de lado, pero fue cediendo y llegué al cuello y más abajo. La tarde si hizo parda, así que me embarré de mango y le dije: te toca a ti… “no va a querer”, pero sí quiso. Después destripamos más frutos. Y con la lengua y labios sorbíamos el arroyo de dulce que regaba nuestros cuerpos. Regresamos sin mangos.
El árbol solo es dormitorio de tordos. Le reclamé a la Cristina porque no me habla. No me hagas caso, ya te platicaré. Entonces la tomé de la cintura y la besé, ella no dijo nada, pero al tocarle sus pechos saltó hacia atrás y dijo que no. Qué estaba asustada y ahora contenta porque la regla ya le había bajado, aunque con muchos dolores. Qué mejor la viera en el patio de su casa en tres días, que sus padres se irían a la ciudad a visitar un compadre. Antes de despedirme me dijo al oído: cortas mandarinas…

RGG

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En apuros

Me percuten los pulsos. Es él. Sé bien que no viene a darme las buenas noches…
Hace unos días:
servía la comida a los vaqueros, cuando miré sus nudillos. Su mano callosa, parecía una pinza. Alzó sus ojos oscuros y me sonrío. Ayer por poco derramo la sopa al sentir la firmeza de su mirada. En la cena me hizo una seña: balanceó el puño como un martillo. Era claro, tocaría a mi puerta.
Tocan quedo. Él es el novio de mi tía. La noche es oscura y fría y mi corazón hierve, ¿de miedo?, no puedo evitar imaginarme que me tiene entre sus brazos. Me tiembla el vientre y estoy engarrotada. Es la tercera vez que lo escucho. Con torpeza camino y entreabro la puerta.
Ya no está. Se que fue él, percibo su aroma de sudor. Mañana saldrá muy temprano a dejar un hato de ganado, y regresará el mismo día por la noche a la hora de la cena.

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El doctorado de RGG

La esposa le acomodó el moñito del frac. 
Los arreglos florales del fondo. 
¡Lograste el doctorado en leguas muertas! le dijo al oído. 
 Los concurrentes aplaudieron cuando vieron que ella lo iniciaba.  
 Del bolso sacó un encendedor con chapas de oro. 
Sólo le faltaba prender los cirios para iniciar la ceremonia. 

 

¿y…para cuando?

Cursaba la preparatoria y le pregunté al subdirector: ¿si escribiese un libro, podría tener apoyo de la escuela para publicarlo? —me miro con sus ojos saltones y acomodándose los lentes con el dedo meñique me contestó:

—Claro Rubén, faltaba menos, veríamos cómo. Sería grato que la escuela contase con un escritor tan joven. —Sonreí, ese era nuestro subdirector, amable, estudioso. en cambio, el director apestaba. Por la noche anexé a mi autoría dos poemas más… han pasado más de cincuenta años y pareciera que solo son cinco minutos. Ya se fue quién me prometió la impresión y aún sigo espulgando textos.

 Me río. Él maestro sabía lo complicado que es el proceso de hacer un libro, imprimirlo, promocionarlo y llevarlo a las vitrinas de las librerías. Sólo fue una mentira piadosa, que nunca he olvidado y que llevaré a la realidad.  Algunas de mis historias forman parte de antologías, pero yo no he hecho un libro. Me inspira temor, respeto. No aspiro más, a que el lector diga: está bien.