La marcha fúnebre se detiene, se abre el ataúd, corroborado que el cuerpo está, se prosigue. Y no es para menos Harry Houdini tiene fama de ser el mejor escapista del mundo.

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En esta categoría ubico los textos que son de mi autoría. Ficción breve, miificción
La marcha fúnebre se detiene, se abre el ataúd, corroborado que el cuerpo está, se prosigue. Y no es para menos Harry Houdini tiene fama de ser el mejor escapista del mundo.

Después del carnaval.
Y me la lleve al río creyendo que era mozuela, y no… Era mi mujer. Y me dijo la muy masoquista: pégame, humíllame, muérdeme… Se denudo y me dio el látigo. Lo levanté para azotarla, pero no lo hice… mañana te doy, -le dije. y salí rumbo a la ciudad silbando.

Sobre el tejado del portón, se ha desparramado “la copa de oro”.Se enjuta si el sol de agosto achicharra sus retoños. Cuando la luna emerge, ella mitiga sus ardores y crece. Sobre su cielo armaron una espiral de púas, con el deseo de impedir que los mañosos penetren a la residencia. Ella, que tiene miles de manos y maneras, cubre con sus hojas la cerca de alambre. Días de verano lastiman su tejido, pero las noches alunadas la robustecen. Al tiempo, cubrió el metal y el sol de septiembre la ve erguida, fogosa de flores de un amarillo rabioso, con hojas verde limón.

Antes morías en casa rodeado de tus familiares. Ahora mueres entre sonidos de ambulancia, luces intensas y batas blancas. Antes los viejos tenían la alegría de mirar el paisaje y sus recuerdos, meciéndose en la poltrona. Ahora los achaques lo comentas con otros ancianos en el asilo. Hoy, todos los hijos con su pareja están insertos en el trabajo diario.
Hemos cambiado. Los bebes de ahora desde los tres meses están guardados, porque los adultos laboran. Que no extrañe que estos bebes, el día de mañana estén firmando el convenio para que los padres sean enviados al asilo.
Ese es nuestro presente y futuro.

Iba descalza. Las huellas de sus pies estaban marcadas en el camino que conduce del baño hacia su recámara. Sin la menor duda la seguí. Había dejado la puerta entreabierta. Buscaba su ropa interior y la toalla amenazaba con caerse. El olor del champú se desprendía como mariposas al vuelo. Leve fue su resistencia y grande el placer de ambos. Hoy que lo recuerdo, acepto que caí en su trampa. Dos hijos, diez años de casado y el dinero que no alcanza.

Degas
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Por la noche, cuando duermo escucho un mar embravecido, y eso perturba mis latidos. En sincronía aparece un calor inusitado, me sofoca y despierto. Soñoliento, creo ver una sombra que huye y mi pulso brinca. Algunas veces me hago el dormido y el mar está en calma. |
Decidió amarla con las alas puestas. Al día siguiente la novicia amaneció muerta. ¿quién puede prever que ella fuese alérgica a las plumas?

Tiene ojos negros, de mirada aromática. Sé que soñó con una calle desierta y una arboleda con una cabaña que olía a posada. He caminado por las hosterías que conviven bajo la sombra vegetal buscando sus ojos negros. Regresé cabizbajo a casa y al chirriar la puerta me sobrecoge la posibilidad que me esté esperando en una calle desierta.

Tiene ojos negros, de mirada aromática. Sé que soñó con una calle desierta y una arboleda con una cabaña que olía a posada. He caminado por las hosterías que conviven bajo la sombra vegetal buscando sus ojos negros. Regresé cabizbajo a casa y al chirriar la puerta me sobrecoge la posibilidad que me esté esperando en una calle desierta.

Cumplir setenta y cuatro años y divertirse extrayendo palabras para después armarlas y rearmarlas es un trabajo de dioses. Inicias el trabajo con una idea y en el devenir la terminas con diferente acabado y color. La dejas en el estantero y te ocupas de otros menesteres…un día sin tiempo pasas y la reconoces, le quitas el polvo y la espulgas. Siempre critique a mi tía por estar sacándole brillo a sus figuras de porcelana y me acuso de tener el mismo pecado. Tallar la palabra no aburre, siempre es mi mejor regalo.

Tenía mi mano apretando la tuya y estuve a un instante de proponerte matrimonio. En cascada llegaron emociones; sobresalía el miedo de vivir bajo la sombra de tu carácter firme y frío. Enmudecí, aflojé tu mano y recobré la trivialidad del momento. “Así que te gusta la nieve de fresa”, y sonreíste.

Van Gogh


Cerca de mi casa vivía un anciano. Solo una vez platiqué con él, un día antes de su muerte. Veía que la gente que entraba y salía de su choza de tarro y, alguien dijo que el señor estaba en agonía. Me sentí ofendido de que siendo vecino y dedicándome a la medicina no me hubiesen llamado. Así que me hice presente, sino como médico, al menos como vecino. La luz se filtraba por aberturas de la casa y caían en el catre donde el anciano reposaba semisentado. Se despedía de unos amigos. El olor de los enfermos graves es evidente, la muerte se huele y yo no olfateaba su presencia. Delgado, fibroso, recostado sobre una almohada, lo saludé a su usanza: tocando la punta de los dedos y diciendo suavemente “Tlenn” No sabía que decirle y él fue quien rompió ese silencio. Nunca antes lo había tratado. Me miró con limpieza y en claro castellano me dijo:
— Voy a morirme. Todo lo tengo previsto. Mis hijos ya saben que les va a tocar a cada quien. Me iré limpio del corazón y de la conciencia, ya vino el padre panchito y me confesé.
—No te vas a morir —, le decía.
Lo miraba sereno, su voz calmada más que precaria. ¿Cómo se va a morir? No veía signos atrevidos de enfermedad.
— Así está dispuesto. Ya sé en qué lugar quedaré. Escogí estar en lo alto de la loma para que pueda mirar hacia mi casa.
Y es que el cementerio estaba en cerro, desde allí, su casa era visible, como también la mía y esa era la única parte del paisaje que a mí me desagradaba.
—No te vas a morir, verás que mañana desayunamos juntos. Eso le dije y me despedí con respeto.
Nunca supe que sucedió. El anciano habló de la muerte como si fuese parte de la vida, como decir, mañana haré esto y lo otro. Cierto murió en la madrugada, claro de conciencia, fibroso como una raíz y está enterrado en la loma, viendo su casa.