El Tedio

Dormía. Cuando fue clonado diez veces por la muerte; —la flaca huesuda se apestaba de aburrimiento— los acomodo en una línea de cuatro, cuatro, dos.  Calentó su brazo, tomó impulso y su bola negra corrió una, dos y muchas veces, hasta que exclamó ¡hurra! “chuza, Chuza».
Tuvo Alferecía, dijo el brujo del pueblo.

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Al vuelo

Cuando regreso de un viaje largo no me preocupa que nadie me de la bienvenida; me horroriza que digan :¡cómo te extrañamos!
Rub2019.

¡Por supuesto que no!

Las mandarinas tienen la piel blanda y olorosa; qué caen del árbol con el color del ocaso. Se acomodan en gajos simétricos, protegidos por hilos acremados. Un gajo en la boca complace al paladar más exigente; morder y sentir que los flujos dulces te inundan es refrescante. Una mandarina para un sediento es un placer inefable.
Por supuesto que no, la mandarina no es la esposa del Mandarín.

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Lágrimas que no se ven de Rubén García

Dos días antes de que la tristeza se adueñara de su madre, su hermano había traído carne de monte que fue guisada con chile, cebollinas y ajo. Estábamos con la panza llena y el corazón contento y tomé y tomé agua de mandarina. Por la madrugada escuchó el sonido de la lluvia y el resoplo de una persona que le cae de golpe frío en la espalda. Era su hermano que se bañaba. Se hizo la dormida— vi que llenó la bolsa con dos mudas. Supo entonces que Juan iría a buscar al padre que tenían años de no saber de él. Salió del cuarto de mi mamá y se fue. Empezaba una delgada y fría brisa que trajo una llovizna que persistió por una semana y que ocultaba las lágrimas de mi madre, pero no los sollozos. Se fue el mal tiempo, pero quedaron las lágrimas, de esas que no abultan los ojos, de las que se van para dentro.

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La rima de reloj de Rubén García

Ya nadie mira el reloj. Trituran el chicle y no encuentran acomodo, muchos en la vida la pedalean a contrarreloj.
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La tenuidad de Rubén García García

Hubo instantes… cuando resguardaba su mano entre su mano; en otras, la conducía al cruzar las avenidas en medio de la muchedumbre; ella caminaba o se detenía a la sutil orden de un apretón sobre el dorso de su mano. Recordaba la luz tierna de su mirada cuando respondía a la luz de sus ojos. Después saboreando un helado ambos sonreían sin que mediara palabra. Un día llegó la tenuidad.
La miraba sin que ella se percatara, fingía ver los rulos oscuros de su pelo, pero se detenía en el sudor y la tensión de la piel del entrecejo. Percibía su inquietud, esa mirada que no se aquieta ni se detiene relajada. La urgencia de la despedida que hay que llevarla sin que lo parezca.
<Aquella mañana la neblina reptaba en el piso. La reconocí por su caminar, en una mano su equipaje y la otra suelta; con desorden, como lo hace una mariposa con el ala rota. ¿Se iba de viaje?, cuando ayer todavía me abrazaba?
El tren se fue. Antes me vio y la saludé agitando el pañuelo, bordado por sus manos que me había regalado una semana antes>

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Confeso de Rubén García García

No fue el viento quien descubrió tus pezones, ni el esfuerzo por saltar de piedra en piedra, ni el peso de las miradas. Tampoco fue la lluvia torrencial con su olor de tierra húmeda. A nadie le otorgues culpa. Todos son inocentes.

 

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Sorpresa de Rubén García G

Regresó a su casa de improviso. Entró con pies de gato para darle una sorpresa a su esposa y la sorpresa se la llevó él. Su amigo más amado y su compañera gemían al unísono. Su espasmo se lo trago, si acaso una lágrima abultó su párpado y se retiró en silencio.
Lloró de impotencia, tristeza, desamor. El fino estilete de la decepción aún hacía estragos en la batea del tórax.
No le dolía tanto la infidelidad de ella, si no la de él.
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Sigues o te regresas Rubén García G.

Ralentizo mis pasos de gato. A unos suspiros de mi lavas los trastos. Abrazo tu cintura y escarbo delicadamente tu ombligo -permaneces indiferente y sigues en la labor- mis labios caen como hoja de otoño sobre la fertilidad de tu cuello; se deslizan con suave siseo, acercando mi respiración a la caracola de tu oído. Me desespero y muerdo delicadamente tu oreja. Escucho con satisfacción como se escapa espontáneamente un suspiro y luego tu voz nítida que me dice: ¿y… se aguantará?
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La lavandera de Rubén García G.

Se fue, solo se llevó algunos tiliches y su esperanza. Juana recordaba el día de su partida. En la mesa dejó un recado breve, cada letra era una espina, que al leerla le oprimía el pecho. Se fue, como se había ido su padre, del que nunca supo más.
José no pudo evitar el resoplo que le causaba el agua helada del pozo cuando rodó por su espalda. Era una madrugada fría con resabios de jazmín. Con el baño se fue el sueño. Su mirada se perdió en el patio, y jugaba con sus hermanos, al fondo los gruñidos del marrano y el cacaraqueo de las gallinas. Entró a la pieza de su madre, le dejó un plátano, el recado sobre la mesa, y la intención de un beso.
Durante dos años Juana lavó y planchó para mantener a la prole y comprar cada ocho días una veladora que dejaba al pie de la imagen pidiéndole que cuidara de su hijo. Algunas veces, en la soledad del lavadero tallaba la ropa con coraje, con furia para dejarla reluciente, pero ella sabía que solo deseaba romper con la tristeza que le ocasionaba la ausencia de su hijo. Llegaban imágenes poderosas, oscuras, donde la voz de José clamaba pidiendo a su mamá. Y el lloro se iba por el boquete, el mismo por el que se va el agua sucia.
Una mañana encontró sobre la rústica mesa dos piezas de pan y una fruta y al fondo algunos juguetes. Supo en ese instante que su José había llegado y lloró, lloró… Con las lágrimas se dispersó el dolor y la presión del pecho que no la dejaba respirar, ahora lo hacía con sumo placer. Los ruegos que le hizo a la virgencita no fueron en vano. Cerró los ojos, aflojó las mandíbulas y los surcos de la frente y un sueño sobrevino y durmió y dormía como si no hubiese dormido nunca.

MARÍA PÉREZ, “UNA AGUADORA DE LOS RECUERDOS, UNA LAVANDERA DE SU PRESENTE”

 

Tenacidad RGG

A las moscas les valió madre que no hubiese letreros en el arca de Noé dándoles la bienvenida. Se posaron sobre las deyecciones que eran abundantes y empezaron a proliferar. Al mes, era tal su cantidad que su asedio de mosqueteos y trompetas se volvió intolerable. La lluvia fértil y monótona. Al siguiente día vieron una neblina que envolvió a la nave. Horas después se dispersó la bruma y también las moscas.
Algunas por tenacidad sobrevivieron, mismas que en la actualidad nos siguen jodiendo.

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Dolor casero por Rubén García García

La casa está sola, se siente sola. Afuera hay un silencio ardiente. El enorme mango no se mueve; la brisa se ha ido. El sopor de la tarde asfixia. Lo hago llevadero con frecuentes tragos de cerveza y coletazos de aire del ventilador. No hay más ruido que el del vecino con su música electrónica que contrasta. Te llevaste el ruido de los trastes, la tonadilla de la estación que escuchabas, el tintineo de las tazas, el sonido de tus pasos en la madera, el aroma de tus caderas… hay un enorme vacío que no lo llena mi esposa; y tú, ¿dónde te fuiste?, ¿en qué nueva casa estarás haciendo quehaceres?, ¿ cómo serán tus nuevos patrones?…

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Los quehaceres del río.

El río recuerda a las lavanderas: gustaba de verlas cada semana en sus orillas con su chorcha de hijos. El splash splash que cada una de ellas hacía al lavar y que se unía a los rumores de su corriente. Algunas veces la brisa se colaba entre los sauces llorones, y hacia silbar a las hojas. En otras se detenía, abriéndole las puertas al silencio.
Y el río complacía a la bóveda del cielo; entregándole su música alegre, o bien a la nostalgia que la vida conlleva.

Mi camino y la palabra

Mi camino está cerca del final. Reflexiono que lo mejor de nosotros lo llevamos dentro. Por eso, abro mis ventanas y azuzo los pensamientos para que tengan oportunidad de ser. He vivido entre las hojas de los libros y hoy entre las pantallas. Encontré hospedaje a lado de la palabra. Ella es mi otro corazón. Me complace lanzarla al espacio y admirar sus giros, me embelesa como la flor, el cielo o el mar.