Hubo instantes… cuando resguardaba su mano entre su mano; en otras, la conducía al cruzar las avenidas en medio de la muchedumbre; ella caminaba o se detenía a la sutil orden de un apretón sobre el dorso de su mano. Recordaba la luz tierna de su mirada cuando respondía a la luz de sus ojos. Después saboreando un helado ambos sonreían sin que mediara palabra. Un día llegó la tenuidad.
La miraba sin que ella se percatara, fingía ver los rulos oscuros de su pelo, pero se detenía en el sudor y la tensión de la piel del entrecejo. Percibía su inquietud, esa mirada que no se aquieta ni se detiene relajada. La urgencia de la despedida que hay que llevarla sin que lo parezca.
<Aquella mañana la neblina reptaba en el piso. La reconocí por su caminar, en una mano su equipaje y la otra suelta; con desorden, como lo hace una mariposa con el ala rota. ¿Se iba de viaje?, cuando ayer todavía me abrazaba?
El tren se fue. Antes me vio y la saludé agitando el pañuelo, bordado por sus manos que me había regalado una semana antes>

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