Dos días antes de que la tristeza se adueñara de su madre, su hermano había traído carne de monte que fue guisada con chile, cebollinas y ajo. Estábamos con la panza llena y el corazón contento y tomé y tomé agua de mandarina. Por la madrugada escuchó el sonido de la lluvia y el resoplo de una persona que le cae de golpe frío en la espalda. Era su hermano que se bañaba. Se hizo la dormida— vi que llenó la bolsa con dos mudas. Supo entonces que Juan iría a buscar al padre que tenían años de no saber de él. Salió del cuarto de mi mamá y se fue. Empezaba una delgada y fría brisa que trajo una llovizna que persistió por una semana y que ocultaba las lágrimas de mi madre, pero no los sollozos. Se fue el mal tiempo, pero quedaron las lágrimas, de esas que no abultan los ojos, de las que se van para dentro.

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