Jacinto es un hombre trabajador que nunca contradice a su patrón. Tenacio está disgustado con el tiempo. Siempre dice que el tiempo no alcanza para nada. Y es que, en el rancho, el trabajo nunca se le ve fin, sin embargo, él no se rinde y busca la manera de exprimirlo.
Muy temprano había llegado Jacinto. La esposa del ranchero ya tenía listo el desayuno, pues saldrían hacia la parcela que distaba a hora y media de camino. El patrón no come, devora, y es que un retraso trae consecuencias, la inmediata es que habrá algo que se deje de hacer. Anoche pensó que sería bueno desayunar y comer de una sola vez, así podrían trabajar dos horas más. En pleno desayuno le dejó ir la idea a boca de jarro a Jacinto.
— Para no regresar a casa, —y se interrumpe al escuchar el sorber que hace su ayudante al café caliente— para no regresar, repite, ¿por qué no comemos de una buena vez? Así le avanzaríamos al techo y podremos reírnos de la lluvia, si le da por caer.
Jacinto con la boca ocupada, se pasa la comida con un trago de café y le contesta que es una buena idea. — no pensé convencerlo tan fácil. —piensa Tenacio.
Vieja, —dice el ranchero— danos de comer de una buena vez, la mujer no replica, así que se pone a la tarea de hacerles una comida rápida… y se las sirve, Jacinto que es de buen comer, de inmediato empieza, y después de media hora el ranchero, con voz militar le dice:
— Ahora sí, Jacinto, a darle al trabajo, ya vamos almorzados y comidos, ya no tendremos que regresar. Jacinto, estirándose le contesta:
—Patrón, ay patroncito, yo después de comer mi cuerpo me pide una siesta…si no, no rindo.

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