La garza hunde su pico en las entrañas del pozo petrolero. Una y cien mil veces lo hace, obsesa por el manto que yace en el vientre de la tierra. Nada le cansa, ni el sol abrazador, ni la tromba que en los huecos del cielo se gesta.
Un día quedará quieta, maniatada por el silencio, satisfecha de haber succionado los veneros, de liberar enormes helechos y bestias. La lluvia que cae, llega con micro-fantasmas de plástico.

bimba