Miro la montaña, el viento que mueve la arboleda y el sol agónico que revienta en colores.  Volteo la mirada y me veo jugando con la pandilla. Recorro a pie las grandes avenidas y percibo el frío que adormece. Mis hijos son hombres. Nadie me acompaña y el golpe de mis tacones solo suena para mí. Llegan ráfagas con olor de jazmín y suspiro. Alegre vainilla que golpeas, intenso café que me hace latir. Caricias olvidadas, mujeres que sombrean la pared y sigo en el camino apretando contra mi pecho la vida. Llueve y se oye silbar el barco. Caminar sobre el mar, cerca del sol será inefable.

 

996086_438927236233000_499790630_n(1)