El Egipcio
Apostados en un rincón oscuro del dormitorio esperaron.
Estaban detrás de la cabecera de la cama.
Atacaron en la madrugada.
El macho zumbaba en los oídos para distraerlo; la hembra voló hacía los pies y succionó ávida la sangre.
La hembra tenía el suficiente alimento para que sus huevos maduraran.
Quince días después un hombre moría “sudando sangre”.
Aedes el Egipcio volaba impune, sediento de nuevo.

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