La lluvia arreciaba. Eran los primeros días del diluvio y el arca bamboleaba a mitad del océano. Quedaban algunos promontorios visibles.Rachas de viento, olas coronadas de espuma se levantaban, cuando Noé salió a la cubierta sus oídos se llenaron de un bello canto que envolvía la nave. La sirena cantando le suplicó que le diera posada. La tibia luz enmarcó la perfección de sus pechos y la fina cintura que hacía resaltar la voluptuosidad de sus caderas. Le volvió a pedir refugio, invocando el nombre de Dios. Noé estuvo tentado a decirle que sí, pero recordó su hermoso y perturbador canto, las sinuosidades y redondeces de su cuerpo y la amenaza de los felinos que estarían tras ella. Ya se retiraba sollozando, cuando Noé le gritó: “¡detente!, cerrando los ojos la recorrió con sus manos y poco después la agregó en el mascarón de proa.

sirenaaa.