Mirando tus quehaceres

Aún escucho tu voz cotidiana platicando con el viento. Con el rabillo del ojo te observo con tus quehaceres. Miras a través de la ventana y mueves la cabeza, seguro viste los fantasmas que van y vienen. Atizas el fogón: las chispas brincan como grillos espantados. Pruebas de la cazuela, y le das el visto bueno a los huevos revueltos con ajo, cilantro y ají. Afuera está la tina con agua que recién llené. Es agua de pozo, fresca y dulce. Salgo al patio y quedo me acerco. ¡Ah la luna que acude a su cita de fotografía, es una quinceañera que nunca cumple años!

Despues de la media noche, los fantasmas, el hambre y la luna se han ido, sólo son recuerdo, mientras en mi oído esucho el alboroto de tus suspiros entrecortados.

cocina

Rui de paula oleo. Texto RGG

Terror

Dañaste a reyes y aldeanos. La mayoría muertos, otros ciegos. En mi perversidad mezclaré tus ácidos para forjarte más letal. Me excita saber que un descuido puede ser mi mortaja. Un día, cuando nadie te nombre y solo seas referente, quitaré las cadenas y te dejaré olvidada en algún aeropuerto. Quince días después renacerás en forma de vesículas hediondas de pus y fatalidad. En la hecatombe te preguntaré desde mi fosa: ¿Estás satisfecha?
*La viruela es una enfermedad infecciosa producida por un virus. La viruela es una enfermedad exclusivamente humana, grave y contagiosa. Afortunadamente está declarada como erradicada de la tierra por la OMS (Organización Mundial de la Salud) desde el año 1979. Desde entonces solo se mantiene en dos laboratorios especializados para su estudio. Sin embargo, si se liberase el virus, por accidente o de forma deliberada, como arma biológica, volvería a asolar a la humanidad como antes de su eliminación mediante los procesos de vacunación llevados a cabo durante más de 20 años.

Un joven y la luciérnaga

¡Terrible! Él prefiere el silencio, que ser objeto de un desprecio. Apretó los puños, movió la cabeza y golpeó la palma izquierda de su mano, al mismo tiempo, que gritaba: ¡eres un pendejo! Harto de calle llegó al departamento, metió la llave con delicadeza, con el propósito de que el ruido no despertará a la familia; tampoco prendió la luz. Penetró a oscuras, rogando no tropezarse con alguna silla del comedor. En la penumbra de la recámara se puso el pijama. Se acostó en línea recta, a fin de no arrugar las sábanas de lino. En el silencio, percibió en su interior una luciérnaga que voló juguetona hacia su pubis y dio paso a una inesperada erección; a la cual cumplió con suspiros entrecortados—parecía un gatito con hipo— Esa satisfacción le daría las fuerzas para sostenerse en los días por venir.

Texto de R.G.G

Gata*

Es la única gata cuyo nombre es Gata. Así entiende. Por la mañana me sigue hacia la cocina, mientras tomo el café, se enrosca en mi pierna y maúlla breve: cómo diciéndome «¡A qué horas, me sirves!” En la noche, al retornar a la casa, me espera en el portón, -ella reconoce el ronroneo del carro y corre a recibirme-, no es que sea muy afectuosa, sucede que tiene hambre. Maúlla suave y prolongado, diciendo: ¡qué tarde llegas!
Gata tiene una historia de sobrevivencia, en eso se parece a mí. Pasa porque la vida convida sorpresas, misterios. Y es un misterio que yo esté con vida; como también lo es para ella.

* Los textos que no escribo el nombre del autor son de mi propiedad. En este caso la foto también.

Una rémora detiene a una flota de barcos

El viejo marinero, acomodó los barquitos sobre un mar de papel azul, Miró a los niños, se puso la gorra y con voz pausada se dirigió a los pequeños.
—Mi tatarabuelo que era capitán de los siete mares me dijo que en tiempos muy antiguos los barcos eran de madera. El vigía en la cofa estaba atento a lo que sucedía. Esa vez una flota se detuvo. Sobre las olas, había una rémora que hacía mil acrobacias: se levantaba unos metros de la superficie, daba de vueltas con gracia en el aire y parecía jugar con la espuma y la brisa, Al terminar, graciosamente doblaba su cabeza ofreciendo su respeto a los capitanes. Estos ordenaban que tronaran los cañones, primero uno, después otro; que era la forma de aplaudir y reconocer a la rémora. luego, cada barco seguía su camino.
—¿Y las rémoras son tan grandes como las ballenas? — preguntó Carlitos.
—No tanto, dijo el capitán— pero casi casi…

Siempre contesto al botepronto

Soy un hombre que responde al botepronto. Platica mi esposa con alguno de mis hijos y sueltan alguna palabra y de inmediato lo asocio con un hecho que sucedió en mi vida, y en un silencio que ellos hacen, tomo la palabra e inicio mi narración. Me escuchan un momento y uno de ellos me dice: —eso ya lo ha contado papá. Me callo y me voy hacia mis adentros y me cuestiono. ¿lo habré contado? ¿quizá me estoy volviendo un hombre de recuerdos e ideas repetitivas? Me levanto de la mesa, camino distraído por el sendero que lleva a la arboleda, voy de un lado a otro y no encuentro la fosa que me corresponde.

Soy capulín

Seguramente un pájaro me depositó en el patio de un tal sendero. Él tuvo la gentileza de dejarme vivir, y me dio de beber en períodos de sol y bochorno. Crecí sin saber que la vida me pondría un verde intenso en mis hojas y me daría flores tan blancas que podrían pensar que me cayó nieve; eso sería una locura en el trópico. Se abrieron, y exhalé un aroma dulce y penetrante que llamó a las abejas que prontas acudieron a succionar mi polen. fue hermoso tener tantas visitas e irme con ellas hacia lugares donde fecundaré a otros de mi especie. No sabía. A mis frutos que son de color azul oscuro, casi negro, pequeñas circunferencias que los niños se llevan a la boca y sonríen al ver maculados sus dientes. La gente tritura las esferitas y hace paletas y una bebida caliente que llaman atole, sí , atole de capulín. Cuando me zarandean, me da por suspirar y dejar un exuberante olor que complace a los sentidos más exigentes. Puedo entintar pasteles y servir de sombra a pintores que gusten contrastarme con su luz. Cómo muchos frutos que no somos comerciales, es posible que me pierda en el tiempo por las manos mezquinas del hombre, que piensa que los que no dan dinero, están de sobra.

 

El gallo

Intenso es el frío. Parece un gallo en el tejado. Un gallo de cuello vigoroso, que canta a la boca del oído. Un estertor que hace su cama en mis huesos. El frio medular que abre mis ojos a una alborada de dolor. No hay nadie, todo está en la profundidad de la calma. La enfermera se ha ido dejándome la promesa de que en los próximos momentos estaré mejor. Los ojos como canicas brillosas alcanzar a ver los círculos de luz que ruedan hacia uno y otro lado, son de variados colores, predomina el rojo, el naranja y el amarillo; después, lentos se consumen y queda la oscuridad y el recuerdo de mis desmemorias. Mi voz, el estertor del gallo se hicieron agua que escurre hacia la nada… — ya se durmió.

Los amigos

Cobijados por la tarde vieja, los amigos se despiden, cada quien marcha por diferente camino, unos a pie, otros en mulas. Lejos, ondean el sombrero; uno de ellos, quién está próximo a desaparecer, da la vuelta y sobre la colina el arriero chifla tres veces, deseando buena ventura. El que va hacia la sabana, se detiene y le contesta. Se vuelven diminutos y se pierden. Tal vez nunca volverán a verse, quizá en la próxima fiesta. Un año se va rápido. Nadie sabe, nadie se preocupa.

Aguacate oloroso

Es un pequeño árbol de aguacate oloroso. Diría que es un jovenzuelo, pero es la segunda vez que ofrece sus frutos a la familia. Tiene característica que lo hacen diferente. El aroma es penetrante y delicioso; apto para degustarlo en un te. Nuestra gente le ha encontrado virtudes medicinales para insuficiencias degestivas, puede ser. Es un fruto que se puede comer con todo y cascara; esto lo diferencía del resto de sus hermanos. Las hojas que es donde se concentra el aroma son favorecidas por los amantes de la cocina uff un «pescado verde al horno» es de paladear. El hueso me lleva a los juegos que podrían convertirse en maldades de la niñez. Hace ya mucho tiempo los boligrafos o plumas atómicas, traían un tubo que contenía la tinta. El tubo a diferencia de los actuales era de metal, por el color para mi eran de cobre. Insertabamos el tubo en la masa de la semilla de aguacate y soplabamos con fuerza y zas salía la bala y daba en el blanco en la espalda del compañero o bien en las nalgas del profesor.

aguacate oloroso

El niño y el mango

Me recostaba debajo del mango. Comía hasta quedar ahíto; descansaba y me dormía. Despertaba con hambre y volvía a jambarme de la carne dorada y jugosa; ríos amarillos dulces y pegajosos escurrían de mi barbilla. Lejos se oían los gritos de mi madre llamándome y reclamando el agua deseada del pozo. “Ninguna culpa tengo de que el árbol de mango me distrajese de mis deberes…”.

arbol mango

Clotilde

Corría por una vereda que no conocía. La tierra suelta recién raspada. Cerca el ganado pastaba y de lejos venía un gruñido que se hacía intenso. Después de traspasar la loma vi que se trataba de un Bulldozer. Cuando me acerqué a la máquina, ésta detuvo su marcha y quedamos en silencio. Le dije mi nombre.
—Soy Rubén.
—Soy Clotilde. —El nombre saltó como un chapulín en mi memoria.
—¿Eres del pueblo de Contreras?
—De Allá mero.
—¿Fuiste agente municipal en tu comunidad?
—Hace diez años tuve el honor.
—Entonces tu esposa es doña Lorenza que es auxiliar médico.
—Pues cómo me conoce tanto, yo por mas memoria que hago no me acuerdo.
Platicábamos en el campo a kilómetros del conglomerado urbano. Él montado en el asiento del Bulldozer y yo en short, con tenis y sudado de pies a cabeza. Las voces podrían haberse escuchado con claridad en aquel espacio. El sol empezaba a ponerse bravo y los animales buscaban la sombra de los mangos, dispersos en el potrero.
—No me reconoces porque ya han pasado cerca de diez años que nos vimos, Imagínate estuvimos en la misma mesa y esa vez tu señora hizo un mole de guajolote con tortillas recién hechas. —Se bajó de la máquina y se acercó a saludarme.
—¿Pues quien es usted?  —se rascaba la cabeza, hasta que se hizo la luz en su memoria. — Ya recuerdo tú eres el médico
y esa vez fue para darle medicinas a mi esposa.
—Así es Clotilde, pero dime, si no es cierto el dicho que dice que más vale llegar a tiempo que ser invitado.
Nos despedimos con un abrazo en un paisaje verde, ausente de brisa y saturada de silencio y soledad.

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La niña y el «pirata»

Bajo la sombra, Cecilia, de diez años mira hacia el caserío. Imagina que su perro yace con el lomo quebrado en alguna callejuela. Su mirada va y viene. Suspira. Sus parpados no le arden, no le pican, pero los talla. Varias amigas la saludan, van acompañadas por su mascota. La tarde envejece y Ceci está por regresar a su vivienda, cuando siente un roce peludo entre sus piernas. Sabe que es “Pirata”. Se hace la indiferente y alzando la voz lo regaña.  “Dos días sin saber de ti es demasiado”. El can mueve la cola. Percibe que en un futuro no regresará. ¡De muy dentro sale un grito “No has sido buen amigo”! “¡Eres libertino, andariego!” El can lame sus manos, chilla. Ella solloza, cierra sus ojos, ya inundados de lágrimas. busca tejos, tira a no darle. ¡Vete!, ¡vete! camina dándole la espalda, a pasos cortos recuerda a su padre que la abandonó sin motivo. Después corre hasta ser un punto.

PIRATA