Cobijados por la tarde vieja, los amigos se despiden, cada quien marcha por diferente camino, unos a pie, otros en mulas. Lejos, ondean el sombrero; uno de ellos, quién está próximo a desaparecer, da la vuelta y sobre la colina el arriero chifla tres veces, deseando buena ventura. El que va hacia la sabana, se detiene y le contesta. Se vuelven diminutos y se pierden. Tal vez nunca volverán a verse, quizá en la próxima fiesta. Un año se va rápido. Nadie sabe, nadie se preocupa.